Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Las primeras semanas después de la partida de Charity fueron las más largas de la vida de Sebastian, y aquello ya era decir mucho.

Había soportado inviernos interminables, años de estudios, temporadas enteras administrando propiedades y reuniones capaces de hacer que un hombre rogara por una muerte rápida, pero nada se comparaba con la ausencia que dejó la joven impetuosa que había robado su corazón inesperadamente, porque al menos en todas aquellas situaciones existía una certeza, un final y una solución.

Sin embargo, con Charity no había nada de eso. Solo ausencia; una ausencia que parecía haberse instalado en cada rincón de su existencia.

Longleat House seguía siendo la misma. Los jardines continuaban allí, los caballos seguían necesitando ejercicio, los arrendatarios seguían teniendo problemas, y los días seguían amaneciendo. Sin embargo, todo parecía distinto, más vacío, silencioso y más gris.

Sebastian intentó mantenerse ocupado, de verdad lo intentó.

Se levantaba temprano, montaba durante horas, supervisaba las tierras, visitaba aldeas, leía informes, tomaba decisiones y hacía exactamente todo aquello que llevaba años haciendo.

Aun así, en medio de cualquier actividad, siempre aparecía ella.

¡Dios bendito!

Incluso las cabras le recordaban a Charity y aquello era absolutamente ridículo.

Una mañana terminó descubriendo que llevaba varios minutos observando el camino que conducía a Ashbourne House instintivamente, como si esperara verla aparecer, como si fuera a regresar.

—Estás mirando hacia el camino otra vez.

Sebastian cerró los ojos. No necesitaba girarse para saber quién era.

—Buenos días, abuelo.

Caspian se acercó lentamente.

—No ha cambiado desde ayer.

—¿El camino?

—Tu expresión.

Sebastian volvió la vista hacia los jardines.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—No lo sé.

—Por supuesto.

Durante unas semanas aquello habría provocado una discusión.

Ahora no.

Ahora simplemente resultaba agotador porque ya no tenía energía para fingir.

—La extraño. —La confesión salió tan repentinamente que incluso él se sorprendió.

Caspian sonrió, pero no se burló por una vez.

—Lo sé.

—Todo me recuerda a ella y eso es profundamente irritante —bufó, sacudiendo su pelo con la mano.

—Eso sí que lo imagino.

Sebastian dejó escapar una pequeña risa; la primera auténtica en días.

—Ni siquiera puedo mirar una cabra sin pensar en ella.

—Eso probablemente sea culpa de Timothy —intervino su abuelo para darle ánimos de seguir hablando. Era la primera vez, desde la partida de la joven dama, que su nieto hablaba.

—Definitivamente es culpa de Timothy —asumió, dejando escapar otra pequeña sonrisa.

—¿Has pensado en ir a Londres? —preguntó lord Caspian, como si ya conociera la respuesta.

Sebastian observó el horizonte.

—Todos los días.

—¿Y?

—Todos los días decido no hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque se lo prometí —contestó sin vacilación. Charity había pedido espacio, y por mucho que le doliera, la amaba demasiado para negárselo—. Si aparezco allí ahora, solo demostraré que no aprendí nada.

Caspian asintió lentamente, porque también comprendía su punto.

—Entonces espera y sigue sufriendo… —replicó su abuelo en un tono burlón—. Bueno, eso es excelente.

Sebastian soltó una mirada exasperada.

—¿Excelente?

—Significa que por fin eres humano.

—No estoy seguro de que me guste serlo —respondió en el mismo tono que el anciano.

—Ningún hombre enamorado disfruta del proceso, Sebastian. Y menos alguien con tanto orgullo…

Sebastian tragó grueso y volvió a mirar hacia el camino, sin intentar negar lo que su corazón, su expresión y sus ánimos gritaban a los cuatro vientos.

Sí. Estaba profunda e irremediablemente enamorado; probablemente desde hacía más tiempo del que estaba dispuesto a admitir.

***

Una semana después, lord Edmund apareció en Longleat.

Sebastian pensó que iba a jugar ajedrez con Caspian, como siempre, pero algo en el rostro del anciano le dijo que había otro motivo y lo comprendió definitivamente cuando, después de instalarse en la biblioteca, Edmund lo observó por encima del tablero.

—Te ves terrible… —le habló, mientras él estaba sentado en el mismo sitio de siempre, intentando leer un libro que no pasaba de página.

—Gracias —replicó con ironía.

—Era una observación, no un insulto, muchacho —aclaró mientras suspiraba.

—No mejora mucho que sea una observación y no un insulto… —Sebastian se encogió de hombros.

Caspian soltó una carcajada y dijo:

—Pero Edmund tiene razón —secundó su abuelo.

—Ambos sois insoportables —bufó y se acomodó de nuevo en su sitio, intentando vanamente leer.

Sin embargo, efectivamente los dos caballeros tenían razón. Estaba terrible, dormía mal, comía poco y llevaba semanas fingiendo que todo estaba bien, sin demasiado éxito.

Edmund movió una pieza y habló sin mucho entusiasmo.

—Recibí una carta… de Londres.

El corazón de Sebastian reaccionó antes que el resto de él, y aquello fue tan evidente que los dos ancianos sonrieron.

¡Malditos fueran!

—¿De Charity?

—Sí; al parecer, se le ha pasado el enojo con nosotros…

Aquello fue suficiente para que olvidara completamente el libro.

—¿Está bien? —preguntó demasiado rápido, demostrando su ansiedad.

Edmund lo observó durante unos segundos y algo parecido a la compasión apareció en su mirada.

—Sí. Está bien.

Sebastian dejó escapar una respiración que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—Gracias a Dios.

El anciano sonrió, porque aquella reacción decía más que cualquier declaración.

—Habla de Londres, de algunas visitas y bailes, de cosas cotidianas… —continuó ante la mirada ansiosa del joven lord, que lo escuchaba atentamente, como un hombre hambriento escuchando hablar de comida.

—¿Y…?

—¿Y qué? —Edmund arqueó una ceja.

—¿Dice algo más?

—No.

—Ya veo. —Sebastian bajó la vista, intentando ocultar la decepción, y fracasando estrepitosamente.

Caspian observó a su nieto, y después a su viejo amigo y los dos comprendieron que Charity no mencionaba a Sebastian, y que Sebastian necesitaba desesperadamente que lo hiciera para guardar cierta esperanza.

Más tarde, cuando la partida de ajedrez quedó olvidada y la conversación se volvió más tranquila, Edmund habló con una sinceridad que sorprendió incluso a Sebastian.

—Está sufriendo.

—¿Qué? —Sebastian levantó la vista inmediatamente.

—Mi nieta. Está sufriendo.

La esperanza apareció tan rápido que casi resultó dolorosa.

—¿Por mí?

—¿Conoces algún otro motivo? —Edmund negó con la cabeza y apoyó ambas manos sobre el bastón, pareciendo más abuelo que lord—. Es orgullosa, terquísima, y cuando está herida se esconde detrás de la rabia.

—Lo sé… —resopló Sebastian—. Lo sé muy bien.

—Entonces deja de comportarte como si ya hubieras perdido, porque llevas semanas convenciéndote de que todo ha terminado, preparándote para lo peor, protegiéndote sin ni siquiera luchar por ella…

—No quiero presionarla —protestó Sebastian—. No quiero perseguirla, obligarla y que se termine alejando más de mí —explicó, poniéndose de pie, exasperado—. No tienen idea de toda la fuerza de voluntad que debo reunir cada día para no hacer todo lo que me pidió que no haga…

—Entonces no lo hagas… —dijo su abuelo.

Sebastian frunció el ceño.

—Sus consejos son sorprendentemente poco útiles.

Edmund soltó una carcajada.

—Porque no necesitas consejos, muchacho, necesitas paciencia.

—¿Paciencia? —inquirió y el abuelo de Charity asintió, mientras que el suyo negaba—. Ambos queréis volverme loco…

Porque paciencia era lo único que nunca había deseado tener, y menos en ese momento de su vida, que había encontrado algo que quería desesperadamente, y no podía hacer nada para conseguirlo.

Solo esperar, confiar y rezar para que, en algún lugar de Londres, una joven obstinada estuviera descubriendo exactamente lo imposible que era olvidarlo.

***

Semanas después…

Dos meses. Sesenta días. Ocho semanas y tres días lejos de él.

Charity lo sabía porque había contado cada uno de ellos.

No al principio.

Al principio había intentado mantenerse ocupada. Había llegado a Londres convencida de que la distancia le daría respuestas, de que la rabia terminaría imponiéndose sobre el amor, de que el tiempo le permitiría recuperar la claridad que había perdido en Bath.

Pero nada de eso ocurrió.

Lo único que consiguió fue descubrir lo profundamente enamorada que estaba y eso era una auténtica desgracia, porque habría sido mucho más sencillo si hubiese dejado de quererlo, si la decepción, el engaño y el dolor hubiesen sido suficiente.

Sin embargo, cada mañana despertaba pensando en él, cada noche se dormía recordándolo y en medio estaban todas las horas restantes; las horas en las que encontraba a Sebastian en los lugares más absurdos y, por supuesto, en cualquier hombre que intentara cortejarla.

Aquello era probablemente lo peor, porque Londres seguía exactamente igual que siempre, con las madres desesperadas por casar hijas y los caballeros convencidos de resultar fascinantes; los mismos hombres que meses atrás habrían llamado su atención.

Sin embargo, ahora ninguno parecía suficiente porque no eran Sebastian, y aquella comparación resultaba devastadora.

El vizconde Harcourt era un buen ejemplo.

Era joven, atractivo, inteligente, poseía una fortuna considerable y además era amable; todo lo que una madre podía desear y todo lo que una hija sensata debería considerar.

Sin embargo, cada vez que él sonreía, Charity descubría que estaba comparando aquella sonrisa con otra; con una sonrisa más rara, más difícil de conseguir y mucho más peligrosa: la sonrisa de Sebastian.

Cuando Harcourt hablaba sobre política, ella recordaba conversaciones junto a un arroyo.

Cuando hablaba sobre caballos, recordaba a Sebastian enseñándole a montar por senderos imposibles.

Cuando Harcourt le ofrecía el brazo, recordaba otra mano más grande, más firme y más familiar.

¡Era desesperante! Y profundamente injusto para el pobre vizconde.