CAPÍTULO 11
La primera mañana fue la más fácil, probablemente porque Charity todavía estaba enfadada. Cuando despertó en Ashbourne House y la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas de su habitación, el recuerdo de la discusión en el invernadero regresó de inmediato.
La mentira, el secreto, la confesión y el dolor.
Todo volvió de golpe y con ello regresó también la indignación, lo cual resultó conveniente porque era mucho más sencillo estar enfadada que admitir cuánto había dolido obligar a Sebastian a marcharse.
La mañana siguiente fue peor de lo que había imaginado, y la segunda también, y la tercera.
Al cuarto día comenzó a sospechar que el sufrimiento tenía una capacidad infinita para reinventarse, porque el problema no era únicamente Sebastian.
¡Ojalá hubiese sido solo Sebastian! Habría resultado mucho más sencillo, pero lo verdaderamente insoportable era descubrir que todos habían participado.
Sus padres, sus abuelos, lord Caspian y Sebastian.
Hasta el propio universo parecía haber conspirado para convertirla en la única persona incapaz de comprender qué estaba ocurriendo y aquello dolía muchísimo.
Los primeros dos días evitó deliberadamente a sus abuelos. No era una tarea sencilla viviendo bajo el mismo techo, pero hizo cuanto estuvo en su mano.
Desayunaba tarde, paseaba sola y permanecía largas horas en la biblioteca.
Incluso Mary empezó a preocuparse.
—No puede seguir ignorándolos eternamente, milady.
—Observa cómo lo hago.
—Su abuelo parece un cachorro abandonado.
—Mi abuelo es un conspirador y mi abuela es peor... —Charity resopló, y ocultó el rostro entre las manos.
Mary intentó ocultar una sonrisa, pero fracasó.
—No tiene gracia.
—Un poco sí, milady.
—Mary…
Charity volvió a mirar por la ventana instintivamente y se odió por ello, porque seguía haciéndolo.
Seguía mirando el camino, escuchando cada carruaje y seguía esperando a por él.
Lo peor era que no quería que apareciera; o al menos, eso se repetía constantemente.
No quería verlo, no estaba preparada para verlo porque seguía enfadada, herida y seguía sintiendo que algo precioso se había roto entre ellos.
Sin embargo, cada tarde que pasaba sin que Sebastian apareciera resultaba extrañamente decepcionante.
Aquello era ridículo. Ella misma le había pedido espacio, le había exigido que no la buscara, y él estaba respetando exactamente lo que había pedido.
¿Por qué entonces dolía tanto?
Porque una parte de ella había esperado que no pudiera hacerlo, porque una parte egoísta, absurda y completamente enamorada había imaginado que aparecería igualmente, que insistiría, que lucharía, que se negaría a marcharse, pero descubrir que Sebastian estaba respetando sus deseos, resultaba mucho más doloroso de lo que debería.
Al quinto día terminó explotando y fue durante el desayuno.
Lord Edmund intentaba leer el periódico, lady Margaret fingía bordar y Charity fingía que todo era normal. Aunque nadie estaba teniendo demasiado éxito.
—¿Cuánto tiempo pensaban seguir ocultándomelo? —preguntó, rompiendo el silencio como una piedra que atravesaba un cristal.
Sus abuelos levantaron la vista simultáneamente.
Edmund dejó el periódico sobre la mesa.
—Charity...
—No. —Ella dejó la taza a un lado—. Quiero saberlo. ¿Cuánto tiempo? —increpó—. ¿Meses? ¿Años? ¿Toda mi vida?
Margaret cerró lentamente su costurero.
—Querida...
—No me llames así.
Aquello provocó una pequeña herida visible en el rostro de la anciana, y durante un instante Charity se sintió culpable, pero le duró poco porque seguía enfadada.
—Estoy enfadada, dolida y tengo derecho a estarlo.
Edmund asintió lentamente.
—Sí, lo tienes, querida.
—Entonces responde.
El anciano intercambió una mirada con su esposa y después volvió a mirar a su nieta.
—El acuerdo se hizo cuando eras una niña.
Charity cerró los ojos.
—Dios mío.
—Era habitual.
—No me importa si era habitual, ¡era mi vida!
Margaret se inclinó hacia adelante.
—Lo sabemos.
—¿Lo sabéis? Porque nadie pareció recordarlo cuando decidieron organizar mi futuro.
—Querida...
—No, no, por favor, no me digáis que era por mi bien. No me digáis que queríais protegerme, que era una buena idea porque ahora mismo no puedo soportar escucharlo.
El silencio llenó el comedor, y sus abuelos parecieron realmente viejos por tristeza.
—Nos equivocamos.
Aquello la hizo levantar la vista. Había sido Edmund.
—¿Qué?
—Nos equivocamos —admitió—. Pensamos que te enfadarías, que rechazarías cualquier explicación, que sería más sencillo que lo conocieras primero.
—¿Y entonces?
—Entonces todo se complicó, porque os enamorasteis.
Aquello la dejó inmóvil y Margaret fue quien habló esta vez.
—Y ninguno de nosotros lo esperaba.
Charity sonrió con tristeza.
—Eso lo empeora todo, porque significa que lo visteis ocurrir, que observasteis cómo me enamoraba de él sabiendo perfectamente quién era y nadie dijo nada. —Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera impedirlo—. Yo confiaba en vosotros.
Su voz apenas fue un susurro, y eso hizo más daño que cualquier grito.
Margaret se levantó inmediatamente.
—Charity...
—No. Necesito estar sola.
Esta vez salió antes de que pudieran detenerla y pasó el resto de la tarde llorando, no solo por Sebastian, sino por todo.
Por sus padres, sus abuelos, por ella misma, por la vida que había intentado evitar, por el hombre al que había amado sin saber quién era y por el hecho terrible de que seguía amándolo incluso ahora.
Eso era lo que más rabia le daba; que el amor no hubiese desaparecido, que siguiera allí, molesto, persistente y vivo.
Al séptimo día tomó una decisión; la misma decisión que llevaba rondándole la cabeza desde hacía varias noches.
Se marcharía.
No para huir, o al menos eso se dijo. Sino porque necesitaba distancia y recordar quién era antes de Bath, y antes de Sebastian.
Cuando anunció su intención durante el desayuno, sus abuelos se quedaron en silencio.
—¿A Londres? —preguntó Margaret finalmente.
—Sí.
—¿Estás segura?
No. Absolutamente no lo estaba, pero afirmó igualmente.
—Sí.
Edmund bajó la vista, y por primera vez pareció derrotado.
—¿Es por él?
Charity tragó saliva.
—Es por mí.
Aquello era cierto, al menos parcialmente, porque si se quedaba, cada rincón de Bath le recordaría a Sebastian.
La plaza del mercado, la taberna, los senderos, los jardines, el río y hasta la maldita cabra.
Todo.
Necesitaba respirar, descubrir si lo que sentía podía sobrevivir lejos de él, y si podía sobrevivir sin él.
Entonces, decidida, aquella misma tarde comenzaron los preparativos, y mientras las criadas guardaban vestidos y Mary organizaba equipajes, Charity se acercó por última vez a la ventana de su habitación instintivamente, como había hecho todos los días.
El camino seguía vacío. Sebastian no había aparecido ni una sola vez y aquello terminó de romperle el corazón, porque significaba que la había escuchado, que había respetado su decisión y que la amaba lo suficiente para dejarla marchar.
Sin embargo, había deseado que la buscara, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
La mañana siguiente, él día de su partida, amaneció gris, y cuando el carruaje comenzó a alejarse de Ashbourne House, Charity observó los jardines por la ventanilla.
Después miró la casa, los árboles y finalmente el camino que conducía hacia Longleat House.
No volvió a mirar, porque si lo hacía... tal vez cambiaría de opinión, y todavía no estaba preparada para eso.
***
El viaje a Londres fue largo para dormir, pero demasiado corto para olvidar. Durante horas Charity observó el paisaje desfilar al otro lado de la ventanilla, mientras intentaba convencerse de que estaba haciendo lo correcto.
Y quizá lo estaba porque necesitaba distancia, silencio y recordar quién era antes de Sebastian. El problema era que cada vez que intentaba recordar a la mujer que había llegado a Bath unas semanas atrás, descubría que ya no existía.
Algo había cambiado y no estaba segura de querer recuperarlo.
Cuando las primeras calles de Londres aparecieron finalmente ante ella, sintió algo inesperado. Un cansancio profundo que parecía haberse instalado detrás de sus costillas.
El carruaje atravesó avenidas familiares, pasó junto a edificios conocidos y terminó deteniéndose frente a la residencia de los Bellerose, su hogar, o al menos el lugar que había sido su hogar durante toda la vida.
El mayordomo casi dejó caer el sombrero cuando la vio descender.
—¿Lady Charity?
—Hola, Morris.
—¡Milady!
Antes de que pudiera añadir nada más, ya había desaparecido hacia el interior de la casa, probablemente para avisar a sus padres, y efectivamente, apenas cruzó la entrada, escuchó pasos apresurados.
Su madre apareció primero, luego su padre y los dos parecían tan sorprendidos que por un momento resultó casi cómico.
—¿Charity? —Lady Cinthia se llevó una mano al pecho.
—¿Qué ha ocurrido? —Robert Bellerose parecía igual de desconcertado—. ¿Por qué has vuelto tan pronto?
Charity observó a ambos durante unos segundos y comprendió que no estaba enfadada únicamente con Sebastian, también estaba enfadada con ellos, porque ellos sabían la verdad desde el principio.
—Porque ya lo sé.
Sus padres intercambiaron una mirada, y aquella simple mirada confirmó todo.
—Ah. —fue lo único que consiguió decir su padre.
—Sí. Ah. —Charity dejó los guantes sobre una mesa cercana—. Una respuesta extraordinariamente elocuente.
—Querida...
—No. —Negó—. No empecemos con «querida». No hoy. No todavía.
Su madre se acercó lentamente.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo descubrí sola, y probablemente fue mejor así, porque al menos alguien me permitió participar en la historia de mi propia vida.
La culpa apareció inmediatamente en ambos rostros, y aquello debería haberla hecho sentir mejor, pero no ocurrió.
—Sabíamos que tarde o temprano lo descubrirías.
—Qué alivio… —rodó los ojos—. Temía ser la única persona de Inglaterra que no lo sabía.
—Charity...
—¿Cuánto tiempo? —La pregunta salió sin levantar la voz, y precisamente por eso resultó más dura—. ¿Cuánto tiempo lleváis todos decidiendo cosas por mí?
Robert exhaló lentamente.
—Pensábamos que era lo mejor.
—Por supuesto… —movió la cabeza afirmativamente—. Siempre es lo mejor para mí, lo mejor para la familia, para el título y para el futuro. Todo el mundo sabe siempre qué es lo mejor, excepto la persona que debe vivirlo.
Aquellas palabras hicieron que su madre bajara la vista. Charity sintió una punzada de remordimiento porque sabía que la amaban, que no habían actuado por crueldad, pero seguía doliendo.
—No queríamos obligarte.
—¿No? —Charity soltó una pequeña risa—. Porque organizar mi matrimonio cuando era una niña parece bastante parecido.
—No era así.
—Entonces, explícame cómo era —se cruzó de brazos, esperando una explicación.
Ninguno respondió, hasta que finalmente Robert preguntó:
—¿Lo amas?
La pregunta la tomó completamente desprevenida, porque no había preparado una respuesta para aquello.
Sí, lo amaba muchísimo, pero en ese momento no lo admitiría.
—Eso ya no importa.
Su padre la observó durante varios segundos, para seguir insistiendo.
—Importa más de lo que crees, hija.
—No. —Charity negó con la cabeza—. Lo importante es que esta vez decidiré yo sobre mi vida, mi futuro y mi matrimonio —decretó con una mirada desafiante—.
Nadie volverá a decidir por mí, padre. Ni usted, ni mi madre, ni los abuelos y mucho menos, él...
—apartó la vista de sus padres, pues incluir a Sebastian en aquel decreto dolía más de lo que pensaba admitir.
—Entendido —dijo Robert suavemente, y para sorpresa de Charity, parecía sincero.
***
Los días siguientes transcurrieron exactamente como había imaginado y precisamente ahí estaba el problema.
Todo era igual.
Los mismos salones, las mismas visitas, conversaciones, invitaciones y bailes; la misma vida que había abandonado semanas atrás.
Al principio, intentó convencerse de que aquello era bueno, reconfortante, familiar, pero cada día que pasaba descubría que Londres no había cambiado; la que había cambiado era ella.
Las conversaciones que antes parecían interesantes, ahora resultaban superficiales, los bailes parecían demasiado ruidosos y los pretendientes demasiado previsibles. Aquello la irritaba profundamente porque había regresado para recuperar su vida, no para descubrir que ya no encajaba en ella.
Una tarde, durante una recepción organizada por una familia amiga, comprendió hasta qué punto habían cambiado las cosas.
Un joven vizconde pasó veinte minutos intentando impresionarla. Era atractivo, educado y perfectamente correcto; exactamente el tipo de hombre que toda madre desearía para una hija y Charity estuvo a punto de quedarse dormida, porque no era Sebastian.
La realización apareció de golpe, brutal e inapelable, y le arruinó el resto de la velada.
Las semanas comenzaron a pasar, y con ellas llegó algo mucho peor que el enfado: la nostalgia; porque la rabia se desgasta, el dolor se transformaba, pero la ausencia permanecía.
Había mañanas en las que se descubría pensando qué estaría haciendo Sebastian, si habría visitado a su abuelo, si seguiría paseando por Bath y si Timothy seguía aterrorizando a la población local con su cabra, bendiciendo parejas.
La situación ya era insoportable, porque significaba que seguía formando parte de sus pensamientos todos los días, sin excepción.
En cuanto a Sebastian, fiel a su palabra, no le había escrito, ni aparecido, y tampoco había enviado mensajes.
Nada. Absolutamente nada.
Había respetado su petición, y cuanto más tiempo pasaba, más comenzaba a preguntarse si aquello era exactamente lo que quería, porque la distancia estaba respondiendo una pregunta que había intentado evitar: No la estaba ayudando a olvidarlo; solo le demostraba cuánto lo extrañaba y aquello era peor de lo que había imaginado.
¿Qué iba a hacer?