Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Aquello provocó una chispa momentánea en sus ojos; la misma chispa que aparecía durante sus discusiones y que él había aprendido a adorar.

—No me llames mentirosa.

—Entonces deja de fingir.

—¿Y si quiero fingir?

—No sabes hacerlo.

Aquello estuvo a punto de arrancarle una sonrisa y precisamente por eso se enfadó consigo misma, porque no quería sonreír, no quería ablandarse ni recordar cuánto lo quería, porque seguía doliendo muchísimo.

—No cambia nada… —Su voz volvió a quebrarse—. Aunque te crea, aunque realmente estés enamorado de mí y aunque cada palabra sea verdad, eso no cambia lo que hiciste.

Sebastian guardó silencio, intentando recuperar el control y reconstruir el orgullo que él había destrozado.

—Me ocultaste quién eras… —continuó ella—. Me dejaste confiar en ti, y dejaste que me enamorara de ti.

Aquella confesión de parte de Charity hizo que algo se contrajera dentro de Sebastian, porque era la primera vez que ella admitía que se había enamorado. Sin embargo, no sintió alegría, solo tristeza porque llegaba envuelto en dolor.

—Sí… —aceptó él.

La respuesta apenas fue un susurro.

Charity apartó la mirada, ya no parecía enfadada. Parecía agotada, como si hubiera estado luchando demasiado tiempo.

—No era así como quería descubrirlo.

Sebastian sintió que el pecho se le cerraba.

—No quería enterarme escondida detrás de una puerta y sentirme una tonta.

—Lo sé.

—¡Deja de decir que lo sabes! —la explosión fue inmediata—. Porque si realmente lo supieras no me habrías hecho esto.

El silencio volvió a llenar el invernadero de un modo pesado, doloroso y largo. Entonces, Sebastian hizo algo que no había planeado; algo que nació únicamente del miedo de verla alejarse, de perderla, del miedo de que aquella fuera la última vez que estuvieran juntos.

Se acercó y antes de que ella pudiera apartarse, la rodeó suavemente con los brazos, como un hombre que se estaba quedando sin tiempo.

Charity se quedó inmóvil, tensa, con el corazón golpeándole el pecho.

—Sebastian...

—Dime la verdad.

Ella cerró los ojos porque la cercanía seguía afectándola, ¡maldita fuera! Seguía afectándola.

—No.

—Dímela.

—No quiero.

—¿Escuchaste esa parte? —La pregunta fue suave, casi una caricia.

—Sebastian… —protestó, intentando apartarse, pero él no la dejó.

—¿La escuchaste?

—Eso no importa.

—Importa para mí.

—No debería.

—Importa.

Ella intentó apartarse de nuevo, pero no porque quisiera huir de él, sino porque necesitaba respirar, pensar y sobre todo, recordar que seguía enfadada.

—Sí… —La palabra escapó finalmente—. Sí. Lo escuché.

Sebastian cerró los ojos, sintiendo algo parecido al alivio.

—Entonces sabes que te amo.

—Sé que lo dijiste.

—Charity...

—Eso no borra nada, y te lo dije… —Su voz volvió a endurecerse—. No borra que me engañaras, que todos lo supieran menos yo, y que me dejaras hacer el ridículo durante semanas.

Sebastian apoyó la frente contra la de ella, desesperado.

—Dime cómo arreglarlo.

La sinceridad de la pregunta la hizo cerrar los ojos, porque era real. Él estaba sufriendo porque la amaba, y precisamente por eso dolía tanto que la hubiera engañado.

—No puedes.

Aquellas palabras lo atravesaron.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No, mientes, tú también me quieres…

Charity logró apartarse finalmente, y cuando volvió a mirarlo, había lágrimas en sus ojos, pero también determinación; la misma determinación que la había llevado a abandonar Londres.

—Necesito tiempo.

Sebastian sintió que el mundo se detenía.

—Charity...

—Dame tiempo, Sebastian.

—No. —Negó él porque sabía lo que aquello significaba: ella quería alejarlo—. No quiero alejarme de ti.

—No te estoy preguntando qué quieres, tú, te estoy diciendo lo que necesito yo, y ahora mismo necesito pensar, entender qué siento, recordar quién era antes de todo esto y decidir si puedo confiar en ti otra vez.

Sebastian dio un paso hacia ella.

—Puedo ayudarte, déjame explicarte.

—No.

—Charity...

Ella levantó una mano y lo detuvo. La expresión de su rostro hizo que el corazón de Sebastian se hundiera, porque la conocía y sabía que aquella decisión ya estaba tomada.

—No me obligues… —Su voz apenas fue un susurro, pero contenía más verdad que cualquier grito.

—¿A qué?

Charity tragó saliva y por primera vez pareció tan vulnerable como él.

—A volver a huir. —Su amenaza sonó como una sentencia.

—No, Charity… no puedes —negó él, incrédulo.

—Sí.

—No vas a hacerlo.

—¿Cómo puedes saberlo? —Las lágrimas rodaron de nuevo por sus mejillas—. Toda mi vida han intentado decidir por mí, y cuando sentí que no me quedaba otra opción... me fui, porque para mí huir nunca fue una cobardía… Fue valentía, fue negarme a vivir una vida que otros habían elegido.

Sebastian sintió que algo se rompía dentro de él, porque entendió exactamente lo que estaba diciendo.

—No quiero perderte, Charity…

—Entonces no me obligues, por favor… Dame espacio, no me busques, no intentes convencerme, ni aparezcas mañana en Ashbourne House —le exigió—. No busques excusas para verme.

Sebastian permaneció inmóvil, mientras cada palabra era una puñalada en el centro de su pecho, provocando una herida que le resultaba insoportable, pero comprendía que ella tenía derecho a pedirlo.

—¿Y si no puedo? —increpó—. ¿Y no quiero darte ese espacio? No creo poder soportar estar tanto tiempo lejos de ti, con la incertidumbre de no saber cómo estás, de no poder verte… —La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.

—Entonces me iré.

Sebastian sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—No. No lo harás.

—Lo haré, porque si no respetas esto... No volverás a verme y esta vez no habría forma de encontrarme —aseguró.

Aquella sutil advertencia fue devastadora, porque ambos sabían que ella era perfectamente capaz de cumplir aquella amenaza, pero sabían también que Sebastian prefería cualquier cosa antes que perderla para siempre.

Finalmente, muy despacio, él asintió como un hombre que acababa de aceptar una condena.

—Está bien, será como tu digas, pero por favor, recuerda que siempre estaré esperando a que me perdones y comprendas que no lo hice con mala intención —se pasó la mano por el pelo, tragó grueso, mientras esperaba a que ella le dijera algo más, cosa que no ocurrió.

Entonces suspiró, dio media vuelta y se marchó.