Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Cuando Sebastian abrió la puerta del despacho, el mundo se detuvo. Charity estaba allí, apenas a unos pasos inmóvil, pálida y nunca en toda su vida él había visto una expresión capaz de helarle la sangre de aquella manera.

No era furia, sino una decepción tan profunda que parecía haberle robado el color al rostro.

Sus ojos estaban fijos en él y, por un instante, Sebastian comprendió exactamente lo que había ocurrido: lo había oído absolutamente todo y el corazón le cayó hasta el estómago.

—Charity...

Ella retrocedió un paso, solo uno, pero aquel pequeño movimiento le hizo más daño que cualquier grito.

—No… —Su voz tembló apenas.

Aquello resultó todavía más devastador para él.

—Charity, déjame explicarte.

Ella soltó una pequeña risa rota e incrédula.

—¿Explicarme qué exactamente? ¿Qué eres mi prometido? ¿Que el hombre del que escapé eras tú? ¿Que todos lo sabían excepto yo? ¿O quizás deberías explicarme cuál de todas las veces que me miraste a los ojos estabas mintiéndome?

—Nunca te mentí.

Decir aquello fue un error y lo supo en cuanto las palabras abandonaron sus labios, porque la herida que apareció en los ojos de Charity fue inmediata.

—No me mentiste… —repitió la frase lentamente, como si le resultara imposible creerla—.

No me mentiste, qué curioso porque llevo semanas hablando contigo sobre mi prometido.

Llevo semanas diciéndote por qué hui. Llevo semanas preguntándote si debía disculparme con él y tú me escuchabas. Tú me escuchabas, Sebastian.

Él dio un paso hacia ella.

—Iba a decírtelo.

—¿Cuándo? —La pregunta explotó entre ellos—. ¿Cuándo exactamente? ¿Antes o después de que me enamorara de ti?

El silencio cayó como una piedra, porque aquella palabra había escapado y ambos la habían oído.

Los ojos de Charity se llenaron inmediatamente de horror, como si ella misma no hubiera querido pronunciarla y como si la verdad acabara de traicionarla.

—Dios mío… —escucharse a sí misma solo hizo que el dolor aumentara. Se cubrió los ojos un segundo y se reprendió en voz alta—. Dios mío, ¡qué estúpida he sido!

—No digas eso… —Sebastian dio un paso, y Charity volvió a retroceder.

—¿No? —Lo miró nuevamente, mientras dejaba escapar unas lágrimas que ya resultaban imposibles de contener.

Sebastian se sintió un miserable cuando vio las lágrimas.

—Porque eso es exactamente lo que siento ahora; que soy una estúpida y ridícula por dejarme humillar de esta manera por ti.

Sebastian intentó acercarse de nuevo, pero ella se apartó de nuevo.

—Charity… —dijo suplicante, sin saber que más decir.

—No… —negó con la cabeza.

—Escúchame —suplicó él.

—No quiero escucharte —sentenció, y entonces se dio la vuelta y corrió.

Sebastian reaccionó inmediatamente. La siguió por el pasillo, atravesó la galería y bajó los escalones tras ella, mientras el corazón le golpeaba las costillas con violencia.

La encontró en los jardines, avanzando casi sin dirección con lágrimas de rabia brillando en los ojos.

—¡Charity!

Ella no se detuvo.

—¡Déjame! —bramó sin detenerse.

—No… —dijo él.

—¡Sebastian!

—No pienso dejarte marchar así.

Ella giró furiosa.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Decidir también eso por mí?

Aquello lo golpeó en el centro del pecho, porque no hablaba solo del compromiso, sino de todo. De cada decisión tomada sin preguntarle, de cada secreto, de cada omisión.

Sebastian la alcanzó finalmente y tomó su mano con firmeza, antes de que pudiera seguir alejándose.

—Ven conmigo.

—No.

—Necesitamos hablar.

—Yo no necesito nada de ti.

—Mientes.

Ella abrió la boca para responder, pero él ya la arrastraba hacia el invernadero antes de que pudiera escapar nuevamente.

El lugar estaba vacío, silencioso, cálido por el cristal que atrapaba los últimos rayos del sol. La puerta se cerró detrás de ellos y entonces la tormenta comenzó.

—¿Qué quieres que escuche? —preguntó Charity, girándose hacia él—.

¿Qué explicación puede existir para esto?

Porque yo no encuentro ninguna. Ninguna.

Tú sabías quién eras desde el primer momento.

Desde aquella noche en el jardín. Desde el primer paseo.

Desde el primer baile. Desde el primer beso.

—Su voz se quebró apenas, pero siguió hablando sin detenerse, como si llevara semanas acumulando aquellas palabras—.

Yo te conté todo. Todo, Sebastian. Te hablé de mis miedos, de por qué hui.

¡De lo aterrada que estaba ante la idea de casarme con un desconocido!

Y tú simplemente te quedabas ahí, escuchando —rio, mientras las lágrimas seguían cayendo—.

Escuchándome hablar de ti sin decir una sola palabra.

¿Te divertía? —lo increpó acusatoriamente—.

¿Era gracioso? ¿Comentabais mis ocurrencias cuando regresabas a Longleat House?

¿Te reías de mí con tu abuelo? Porque empiezo a pensar que fui la única persona en todo Bath que no conocía el chiste.

—Nunca me burlé de ti.

—¡Pero me dejaste seguir creyéndolo!

—¡Porque tenía miedo, maldición! —vociferó, preso de la angustia y el miedo de perderla.

—¿Miedo? —inquirió ella, como si fuera una broma de mal gusto, y aquello pareció enfurecerla todavía más—. ¿Miedo de qué exactamente? Tú eras el único que conocía toda la verdad.

—Miedo de perderte… —confesó sin pensarlo demasiado.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas, y el silencio los envolvió de golpe, pero solo duró un segundo, porque Charity estaba demasiado herida.

—No tenías derecho… —lo acusó, apuntándolo con el dedo—. No tenías ningún derecho a decidir cuándo debía saberlo y menos a besarme… —lo miró con rabia, pero, sobre todo, con decepción—. No tenías derecho a hacer que confiara en ti, sin que supiera quién eras…

—Lo sé, Charity, créeme que lo sé…

—¡Entonces deja de repetirlo! —Su voz tembló y el dolor fue más fuerte que la ira—. Porque si realmente lo sabes... entonces entiendes por qué esto duele tanto.

Aquello lo dejó sin respiración, porque sí, lo entendía, por fin entendía que aquella discusión y la decepción en su mirada, en sus palabras, no se trataba por haberle guardado un secreto, sino porque ella sentía que él había roto la confianza que le había entregado.

—Charity...

—Yo te elegí, ¿lo entiendes? —La frase salió tan suavemente que casi pasó desapercibida, pero no para Sebastian.

Ella bajó la vista, y las lágrimas rodaron por sus mejillas—.

Yo te elegí, pensando que eras tú, creyendo que eras distinto y que, por primera vez en mi vida, había tomado una decisión por mí misma, y ahora descubro que eras precisamente el hombre del que había escapado.

¿Cómo se supone que debo sentirme? —le increpó ella, esperando a por una explicación más convincente, deseando escuchar algo que la hiciera cambiar de opinión, que la hiciera creer que todo se trató de un malentendido.

Sebastian sintió que algo se quebraba dentro de él, porque ella tenía razón.

—No quería que te enamoraras de una obligación —dijo al fin, con los hombros caídos por la resignación.

—Entonces debiste confiar en mí, dejarme decidir, ¡decirme la verdad, maldita seas, Sebastian!

Él solo afirmó con la cabeza, avergonzado, pero sobre todo, temeroso.

Ella se quedó observándolo, mientras por primera vez desde que comenzó la discusión, la rabia desapareció un poco, pero lo suficiente para dejar espacio al dolor.

—¿Por qué no lo hiciste? —insistió Charity ante su silencio.

Aquella pregunta fue peor que todas las anteriores, porque ya no estaba gritando, ni estaba atacándolo. Simplemente quería entender.

Sebastian tragó saliva y dijo:

—Porque cada día que pasaba se volvía más difícil… —confesó entrecerrando los ojos—. Porque al principio eras la mujer que había huido de mí, pero después te convertiste en Charity, en mi mejor amiga, y después... —Su voz vaciló por primera vez—. Después me enamoré de ti.

El silencio permaneció entre ellos después de la confesión.

«Después me enamoré de ti».

Las palabras seguían flotando dentro del invernadero, mezclándose con el aroma húmedo de las plantas y la luz dorada del atardecer que atravesaba los cristales.

Durante un instante, Sebastian creyó ver algo cambiar en los ojos de Charity; algo que se parecía al dolor y a la vez a la esperanza, pero desapareció demasiado rápido porque ella soltó una pequeña risa amarga y herida, y aquello le hizo más daño que todos los reproches anteriores.

—Claro.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que ya no sé qué creer.

La sinceridad de aquellas palabras lo golpeó de lleno, porque era exactamente la consecuencia de sus actos: no era solo que ella estuviera enfadada, sino que había comenzado a dudar de él.

De todo él.

—Charity...

—No. —Volvió a reír y aquella risa rota resultó insoportable a Sebastian—.

Es curioso, ¿sabes? Hace apenas una hora habría jurado que podía distinguir cuándo decías la verdad y cuándo estabas provocándome.

Habría jurado que te conocía, que sabía exactamente quién eras…

—Bajó la mirada un instante—. Ahora resulta que no sé nada.

Sebastian dio un paso hacia ella.

—Eso no es cierto.

—¿No?

—No.

—¿Cómo puedo saberlo?

La pregunta lo tomó desprevenido y Sebastian descubrió que no tenía una respuesta sencilla, porque ella tenía derecho a dudar. Después de todo, había construido su confianza sobre una verdad incompleta.

—Escuchaste toda la conversación.

No fue una pregunta.

Charity levantó la barbilla orgullosa, herida y hermosa.

—Escuché suficiente.

—No. —Sebastian la observó fijamente—. Escuchaste toda la conversación.

Ella no respondió y él confirmó sus sospechas.

—Entonces, también escuchaste cuando le dije a tu abuelo que estaba enamorado de ti.

Los ojos de Charity parpadearon apenas y una pequeña esperanza apareció dentro de él.

—No sé de qué hablas.

—Charity.

—Estaba demasiado ocupada descubriendo que toda mi vida en tu compañía, era una mentira.

—Eso no fue lo que ocurrió.

—¿Ah, no?

—No.

—Entonces ilumíname.

—Escuchaste perfectamente esa parte.

Ella se cruzó de brazos.

—Quizás sí, o tal vez no estaba prestando atención.

—Mentirosa.