CAPÍTULO 9 #3
El despacho de lord Edmund olía a cuero antiguo, papel y madera encerada. La habitación estaba silenciosa cuando la puerta se cerró detrás de ellos.
Durante unos segundos ninguno habló y Sebastian permaneció de pie frente a la ventana, observando los jardines, intentando ordenar pensamientos que llevaban semanas chocando entre sí.
Fue Edmund quien rompió el silencio.
—Estás nervioso.
—No.
—Sebastian.
—Muy bien. Sí.
El anciano sonrió.
—Ahora sí te reconozco.
Aquello arrancó una pequeña risa sin humor.
—No recuerdo la última vez que me sentí así.
—Eso suele ocurrir cuando uno está enamorado.
Sebastian cerró los ojos un instante, pero esta vez no discutió, no lo negó, ni intentó cambiar de tema. Simplemente dejó escapar un largo suspiro.
—Sí, la amo —aceptó porque ya no e veía ningún sentido evitar asumir la verdad.
Lord Edmund observó al joven que tenía delante. Al hombre correcto y reservado que llevaba años viendo visitar aquella casa y sonrió con ternura porque era evidente que estaba enamorado de su nieta, y todo el mundo lo sabía; incluso Timothy.
—Lo sé.
Sebastian soltó una pequeña carcajada.
—¿Tan evidente es?
—Muchísimo.
—Excelente… —resopló, pasándose una mano por el pelo.
—No para ti.
—Definitivamente no para mí.
El silencio regresó durante unos segundos. Luego Sebastian se volvió finalmente hacia él y la preocupación regresó de inmediato.
—Tengo que decírselo.
La sonrisa desapareció del rostro de Edmund porque allí estaba el verdadero problema.
—Sí.
—Y no sé cómo hacerlo… —explicó, tomando asiento frente al anciano.
—Bueno, empieza por la verdad —sugirió Edmund, sirviendo dos copas de brandy.
—La verdad hará que me odie —respondió Sebastian, tomando la bebida que el dueño de casa le ofreció.
—No… —aseguró el anciano.
—¿Está seguro?
—No, pero quiero pensar de ese modo —dijo el lord, levantando su copa.
Aquello hizo que Sebastian lo mirara fijamente.
—Gracias por el apoyo —arrugó el ceño y bufó.
—Estoy siendo sincero, muchacho.
—Lo odio cuando hace eso.
—Lo sé.
Sebastian volvió a ponerse de pie y a caminar por la habitación lentamente, como un hombre acostumbrado a encontrar soluciones que de pronto descubría que no existían respuestas sencillas.
—Lleva semanas hablándome de ese compromiso —inició, deteniéndose frente a la chimenea y bebiendo de su copa—. Semanas burlándose de su prometido y confiándome por qué huyó. Y yo... —Su voz se apagó, porque aquello era precisamente lo que le resultaba imposible perdonarse.
—¿Y tú qué?
Sebastian apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.
—Yo la escuchaba. Sabía que hablaba de mí y no dije nada.
El silencio se volvió pesado.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo. —La confesión sonó extraña en sus propios labios. Era una emoción que rara vez reconocía. Sin embargo, allí estaba desnuda e innegable.
—¿Miedo a qué, Sebastian?
—Miedo de que volviera a huir —confesó—. Miedo de que me rechazara antes de conocerme, de que me viera únicamente como el hombre que otros habían elegido para ella y de perder cualquier oportunidad antes incluso de empezar.
Edmund asintió lentamente, animándolo a continuar.
—Y después pasó el tiempo… —prosiguió Sebastian—. Cada día fue más difícil.
—Y ahora, ¿temes que piense que la engañaste?
Sebastian bajó la mirada.
—Es que lo hice… —aceptó y esa verdad era lo que más le dolía, porque Charity confiaba en él, en sus palabras, en sus consejos, en su compañía y él había permitido que esa confianza creciera, mientras ocultaba una verdad importante—.
Ayer, cuando fuimos al pueblo... —Una sonrisa involuntaria apareció en su rostro—.
Estaba hablando sobre un caballo durante diez minutos y yo no escuché una sola palabra porque estaba demasiado ocupado observándola.
Edmund soltó una carcajada.
—Eso definitivamente suena a amor.
Sebastian volvió a sentarse y apoyó la frente contra una mano.
—Estoy completamente perdido, y si la pierdo...
No terminó la frase y tampoco hizo falta, porque el anciano comprendió perfectamente que Sebastian no estaba pensando en un compromiso ni en una boda; ni siquiera en un futuro.
Estaba pensando en Charity, en sus risas, en sus discusiones, en sus paseos, y en la posibilidad de no volver a tener ninguna de esas cosas, porque aquello era lo que realmente lo aterraba.
—Escúchame bien —dijo Edmund suavemente. Sebastian levantó la vista—. Si Charity te ama, aunque sea la mitad de lo que sospecho...
Aquello hizo que el corazón le golpeara el pecho.
—¿Cree que me ama?
Edmund sonrió.
—Creo que habla de ti exactamente igual que tú hablas de ella cuando crees que nadie te escucha.
Por primera vez en toda la tarde, algo parecido a la esperanza apareció en el rostro de Sebastian.
—Entonces, quizás no sea demasiado tarde.
—Quizás no.
—¿Y si me arroja algo a la cabeza?
—Eso sí parece bastante probable.
Sebastian terminó riéndose, pero al menos desde que llegó a Ashbourne House, la tensión comenzó a aflojarse porque seguía teniendo muchísimo miedo, pero también tenía la certeza de que no quería seguir ocultándose, ni quería que existieran secretos entre ellos y, por encima de todo, ya no quería imaginar un futuro en el que Charity no estuviera presente.
—Voy a decírselo ahora mismo… —se animó, poniéndose de pie.
Edmund asintió satisfecho.
—Eso esperaba escuchar.
Sebastian respiró profundamente, se dirigió hacia la puerta con el corazón golpeándole las costillas como un muchacho de dieciocho años y completamente enamorado de la mujer que estaba a punto de enfadarse con él.
Sin embargo, no hizo falta que hablara, porque apenas tiró del picaporte, el rostro de Charity fue lo primer que vio.