Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Hoy me encontré con el señor Fletcher… —dijo, refiriéndose al dueño de la posada y restaurante donde Charity fue a comer con Sebastian en su primer paseo, y al cual iban asiduamente cuando estaban de paseo por el pueblo.

—Qué emocionante… —Charity rodó sus ojos.

—También me encontré con la señora Wilkes…

Charity cerró los ojos al oír el nombre de aquella mujer.

—Oh, no… —dijo. Sabía que encontrarse a la señora Wilkes, solo podía significar que existía una nueva versión de su supuesto compromiso con Sebastian.

—Oh, sí.

—¿Qué dijo ahora? —preguntó con resignación.

—Preguntó cuándo anunciaremos el compromiso.

El libro casi terminó en el suelo.

—¡¿Qué?!

Margaret ya no intentó ocultar la sonrisa.

—Eres la única sorprendida, querida… —dijo su abuela—. No se habla de otra cosa en el pueblo.

—¿Pero qué compromiso? ¿De quién? —preguntó con aparente inocencia.

—El tuyo, por supuesto —dijo su abuelo.

—Pues no tengo ninguno; al menos, no aquí —dijo en tono burlón.

—Bath parece discrepar.

—Bath está compuesto por chismosos —refutó ella.

Edmund apoyó los codos sobre los brazos del sillón.

—Bueno, viendo los hechos y las circunstancias, las especulaciones son válidas y me hago la misma pregunta que medio Bath —expresó el anciano.

—¿Cuál pregunta, abuelo?

—¿Cuándo lo anunciarán? —lanzó sin rodeos.

Esta vez Charity no protestó inmediatamente y aquello fue precisamente lo que llamó la atención de sus abuelos, porque normalmente habría negado todo con una energía digna de una revolución. Sin embargo, ahora simplemente sonrió.

Era una sonrisa pequeña, distraída, casi involuntaria y aquello resultó muchísimo más revelador.

Margaret intercambió una mirada rápida con Edmund.

¡Oh, aquello era muy interesante!

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Charity.

—¿Qué? —preguntó Edmund.

—Que ya nadie pregunta si existe un compromiso, todos actúan como si fuera un hecho.

—Porque lo consideran un hecho.

—Es ridículo, ni siquiera he roto mi anterior compromiso y ya quieren emparejarme con otro… —Se burló.

Por un instante, el salón quedó en silencio.

Margaret bajó la vista hacia su bordado con una atención repentina y exagerada, mientras Edmund aclaraba la garganta y recolocaba el periódico que ya había doblado hacía varios minutos.

Ambos intercambiaron una breve, rápida e incómoda mirada que desapareció casi tan pronto como apareció.

—Bath nunca ha sido famosa por su paciencia —dijo Edmund con aparente normalidad.

—Ni por su discreción —añadió Margaret, recuperando la sonrisa.

Charity negó con la cabeza.

—Eso desde luego.

—Pero, ¿qué te parecería un compromiso con Sebastian? —insistió su abuela.

Antes de volver a negar cualquier posibilidad, una imagen inoportuna apareció en la cabeza de Charity.

La imagen de Sebastian riéndose, caminando junto a ella por Bath, sosteniéndola cuando tropezaba y bailando con ella.

Se encontró suspirando, mientras lo recordaba observándola como si fuese la única persona en una habitación llena de gente y, de repente, la idea no pareció tan ridícula, lo cual era profundamente alarmante.

—Estás sonriendo otra vez —observó Margaret.

—No.

—Sí.

—No. —Charity cerró el libro de golpe—. Ustedes son imposibles.

—Lo aprendimos de ti.

—Eso es injusto, eso debería de decirlo yo de vosotros —los acusó.

—Probablemente… —Margaret dejó el bordado a un lado y preguntó con una naturalidad cuidadosamente calculada—: Dime una cosa, querida.

—No me gusta ese tono, abuela…

—Es una pregunta inocente, lo prometo.

—Eso nunca es cierto, pero preguntarás de todos modos… —suspiró, lista para recibir el ataque.

—¿Qué opinas realmente de Sebastian?

Charity parpadeó porque la pregunta la tomó por sorpresa.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —replicó con otra pregunta para ganar tiempo.

—Una bastante sencilla.

—Es exasperante, siempre lo mismo. ¿No se cansan? —volvió a atacar para no responder.

—Eso ya lo sabemos, y no evadas mi pregunta con otra pregunta.

Charity suspiró y se acomodó, intentando ganar tiempo para buscar las palabras más adecuadas.

—Es arrogante —fue lo primero que el salió.

—Eso también lo sabemos —respondió su abuela.

—Un hombre terco… —siguió diciendo Charity.

—Definitivamente —secundó esta vez su abuelo.

—Y tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo… —concluyó la joven, resoplando.

—Continúa —dijeron ambos ancianos, reprimiendo una sonrisa.

Charity entrecerró los ojos.

—¿Por qué sonríen así? —les preguntó.

—Porque todavía no has respondido.

Ella abrió la boca dispuesta a protestar, pero entonces ocurrió algo extraño porque intentó pensar en Sebastian y todas las cosas que acudieron a su mente no fueron las negativas.

—Es... —Se interrumpió.

Margaret aguardó expectante, y Edmund también.

—Es bueno… —aquello salió tan rápido que ella misma pareció sorprenderse.

—¿Bueno? —repitió Edmund.

—Sí. Muy bueno. —añadió y una sonrisa se formó en sus labios—.

Siempre está pendiente de los demás, aunque finge que no —continuó, como si nadie la oyera y estuviera pensando en voz alta—.

Se preocupa por sus arrendatarios, por sus empleados, por sus amigos, por ustedes y por mí...

—La última parte salió tan suavemente que apenas la oyó.

Pero sus abuelos sí. Por supuesto que sí la escucharon.

—Continúa —dijo Margaret.

Charity ya no podía detenerse.

—Es paciente. Mucho más paciente de lo que merece conmigo. Escucha y recuerda las cosas pequeñas, y siempre parece saber cuándo estoy enfadada, incluso antes que yo misma.

Edmund intentó no sonreír, pero fracasó.

—Qué observador… —opinó burlón.

—Es irritante, abuelo —contestó Charity, intentando disimular lo mucho que admiraba a Sebastian—. Y además... —Volvió a quedarse pensativa, porque estaba describiéndolo con una honestidad que nunca había utilizado antes—. Cuando estoy con él todo parece más sencillo.

Charity tardó varios segundos en darse cuenta de lo que acababa de decir, y cuando lo hizo fue demasiado tarde.

Margaret sonrió lentamente.

—Oh, querida.

Charity sintió una alarma inmediata.

—¿Qué?

—Estás enamorada.

El corazón le dio un vuelco tan brusco que casi resultó doloroso.

—¿Qué?

—Completamente enamorada... —reafirmó su abuela, tomándola por sorpresa.

—No... —Negó sin mucha convicción.

—Estás perdida, niña, claro que sí —insistió la anciana.

—¡Abuela! —El calor comenzó a subirle por el cuello, luego por las mejillas y después por todo el cuerpo—. No estoy enamorada.

—Claro que sí.

—No lo estoy.

—Lo acabas de describir como si estuvieras escribiendo poesía —la molestó.

—¡No hice tal cosa!

—Prácticamente recitaste una oda —añadió su abuelo, sonriendo—. No recuerdo haberte oído hablar así de nadie.

—Porque no hablaba así —ella intentó defenderse.

—Hablabas exactamente así.

Charity se puso de pie tan deprisa, que casi volcó una mesita.

—Esto es absurdo.

—Es amor.

—¡Que no! —objetó ofuscada, poniéndose de pie—. ¡Buenas tardes!

Margaret soltó una carcajada.

—¿Adónde vas?

—A prepararme para la cena.

—Falta más de una hora.

—Necesito tiempo.

—¿Para qué?

—Para... cosas —no supo que más decir.

—¿Cosas relacionadas con Sebastian?

—¡No!

Aquello provocó una nueva carcajada de ambos y Charity sintió que su rostro iba a incendiarse.

—Son insoportables.

—Lo sabemos.

—Y crueles.

—También.

Ella caminó hacia la puerta con toda la dignidad que pudo reunir, que no era mucha, porque su corazón seguía golpeando demasiado rápido y una palabra horrible seguía repitiéndose dentro de su cabeza.

«Enamorada…».

No. Eso era imposible, ridículo y completamente absurdo, ¿verdad?

Pero mientras subía las escaleras, descubrió que no estaba intentando convencerse de que no amaba a Sebastian, sino que sus abuelos estaban equivocados y aquello solo podía significar que tenían razón.

***

Sebastian jamás había tenido problemas para enfrentarse a una negociación difícil. Tampoco para resolver disputas entre arrendatarios, tomar decisiones impopulares o hablar frente a una sala llena de personas que esperaban respuestas de él.

Sin embargo, aquella tarde, mientras el carruaje avanzaba hacia Ashbourne House, descubrió que sus manos estaban tensas sobre el bastón que descansaba entre sus rodillas y aquello era absolutamente ridículo, porque iba a hablar con su abuelo, y no a enfrentarse a un ejército.

Aun así, el nerviosismo seguía allí persistente, molesto y completamente ajeno a él.

Durante todo el trayecto intentó convencerse de que exageraba, que Charity se enfadaría, sí, que probablemente lo insultaría y que quizás, incluso se negaría a hablarle durante varios días, pero después comprendería, ¿cierto?

Resopló.

La pregunta resultó menos tranquilizadora de lo que esperaba porque, por primera vez desde que tenía memoria, existía una posibilidad real de perder algo que deseaba conservar y ese pensamiento lo acompañó hasta que el carruaje se detuvo frente a la residencia de los Bellerose.

Cuando atravesó la puerta principal, lady Margaret fue la primera en verlo y la sorpresa apareció de inmediato en su rostro.

—¿Sebastian?

Aquello no ayudó a su tranquilidad.

—Buenas tardes, lady Margaret.

La anciana dejó a un lado la labor que tenía entre las manos.

—No esperábamos verte hasta mañana.

—¿Charity no está? —la pregunta escapó demasiado rápido y lady Margaret sonrió.

—Está arriba, preparándose para la cena.

Sebastian sintió un alivio inmediato y después se sintió culpable por sentirlo, porque aquello significaba que seguía posponiendo el momento.

Lord Edmund apareció desde el salón contiguo.

—Muchacho. —Su expresión cambió apenas al verlo, porque lo conocía demasiado bien—. ¿Ocurrió algo?

Sebastian intercambió una mirada breve con él y bastó. Lord Edmund comprendió inmediatamente que aquello no era una visita habitual.

—¿Podemos hablar en privado?

—Por supuesto. —El anciano arqueó una ceja.

Lady Margaret observó a ambos alejarse hacia el despacho y una pequeña sonrisa apareció en sus labios, porque sospechaba perfectamente de qué trataría aquella conversación y también sospechaba que llegaba unas tres semanas tarde.