Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Un mes. Sebastian nunca habría imaginado que treinta días pudieran alterar tanto la vida de un hombre. Sin embargo, allí estaba, exactamente donde jamás pensó encontrarse.

Enamorado.

La palabra seguía resultándole incómoda porque era demasiado seria, demasiado definitiva y demasiado capaz de cambiarlo todo.

Durante años había observado cómo otros hombres perdían el juicio por una mujer. Había escuchado poemas espantosos escritos bajo los efectos de la pasión, presenciado matrimonios impulsivos y decisiones absurdas tomadas en nombre del amor.

Siempre había creído que él sería distinto. Más sensato, racional y más difícil de conquistar. Claramente había sobreestimado su inteligencia, porque ahora no pasaba un solo día sin verla, y lo peor era que tampoco quería hacerlo.

Los desayunos terminaban convirtiéndose en paseos.

Los paseos terminaban convirtiéndose en tardes enteras.

Las tardes terminaban convirtiéndose en cenas.

Y, cuando finalmente regresaba a Longleat House, descubría que ya estaba deseando verla al día siguiente.

Aquello era muy preocupante.

—Qué enamorado —dijo de pronto su abuelo—. Sigues pensando en ella.

Lord Caspian Thynne dejó la taza sobre la mesa y se acomodó mejor en el sillón frente a la chimenea.

La tarde era tranquila. La lluvia golpeaba suavemente los cristales de la biblioteca de Longleat House y el fuego crepitaba en el hogar, pero Sebastian apenas era consciente de ello, porque, para desgracia suya, su abuelo tenía razón.

Estaba pensando en Charity, como llevaba haciéndolo prácticamente cada minuto de cada día.

Sebastian cerró el libro que intentaba leer, con un golpe seco.

—No pienso tener esta conversación.

—La tenemos todos los días.

—Y todos los días me niego.

—Y todos los días tengo razón.

Sebastian apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón y exhaló lentamente.

Durante un instante consideró continuar negándolo, pero era una batalla perdida y los dos lo sabían.

—No estoy enamorado, abuelo…

—Claro que sí.

—No.

—Sebastian. —Su abuelo lo observó con la paciencia de un hombre que había visto crecer a tres generaciones de Thynne y conocía perfectamente cuándo uno de ellos estaba mintiendo—. La miras como miré yo a tu abuela durante cincuenta años.

Aquello hizo que Sebastian desviara la mirada, porque era más fácil contemplar la lluvia que responder.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que crees que significa. —Lord Caspian sonrió apenas—. No te avergüences de ello.

—No me avergüenzo.

—Entonces deja de comportarte como si te hubieran acusado de un crimen.

Sebastian dejó escapar una risa breve a pesar suyo.

—No es eso.

—¿Entonces qué es?

Y allí estaba la verdadera pregunta. No si estaba enamorado, sino por qué aquello lo aterraba tanto.

Sebastian permaneció callado varios segundos. Cuando habló, su voz sonó terriblemente honesta.

—Porque nunca había sentido algo así.

Caspian no respondió, simplemente se acomodó para seguir escuchándolo.

—He conocido mujeres hermosas —continuó su nieto.

—Lo sé.

—He recibido propuestas, incluso… —Negó, divertido, recordando ser él quien recibiera la oferta matrimonial.

—También lo recuerdo… —afirmó el anciano.

—Y jamás me importó… —largó un hondo suspiro.

La confesión salió con una facilidad extraña, como si llevara demasiado tiempo encerrada—.

Y jamás pensé en ninguna cuando no estaba presente, ni conté los días para volver a verla —miró a os ojos a su abuelo—.

Nunca encontré una razón para visitar a alguien cinco veces en una semana, y tampoco me descubrí sonriendo solo porque una persona existía.

Su abuelo observó cómo una sonrisa involuntaria aparecía en los labios de Sebastian al recordarla, y aquella sonrisa, muy a pesar de su nieto, decía más que cualquier palabra.

—Cuando habla —continuó Sebastian—, todo parece más fácil.

Cuando se enfada, quiero provocarla, y si ríe, quiero seguir escuchándola…

—resopló con fastidio, entrecerró los ojos y volvió su mirada a los ojos de su abuelo que lo escuchaba con atención—.

Cuando me mira, abuelo… ¡Dios! Cuando me mira...

—Se interrumpió, porque aquello era precisamente lo que resultaba peligroso.

—¿Qué ocurre cuando te mira? —preguntó Caspian suavemente.

Sebastian soltó una pequeña carcajada sin humor.

—Olvido todo lo que pensaba decir.

El anciano sonrió.

—Eso tiene nombre, muchacho.

—No digas la palabra.

—¿Por qué?

—Porque entonces será real.

—Ya es real, Sebastian —confirmó su abuelo.

Y sabía que tenía razón, que esa era la verdad; la maldita verdad y Sebastian lo sabía.

Lo había sabido desde hacía semanas, quizás desde el beso o mucho antes. Talvez, desde aquella noche en el jardín cuando una joven furiosa había chocado contra él en la oscuridad y había cambiado el rumbo de su vida sin siquiera proponérselo.

—La amo —confesó con la voz temblorosa.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas, y una vez pronunciadas no pudieron retirarse.

El silencio llenó la biblioteca. Sebastian bajó la vista hacia sus manos y extrañamente se sintió aliviado porque era la primera vez que lo admitía en voz alta.

—Sí —dijo Caspian con suavidad—. Lo haces.

Sebastian cerró los ojos un instante.

—Y eso me convierte en un idiota.

—No.

—Sí.

—No.

—Abuelo…

El anciano se inclinó hacia adelante.

—¿Ya le dijiste la verdad?

La pregunta cayó entre ellos como una piedra, y todo el alivio desapareció porque allí estaba el verdadero problema.

Sebastian abrió los ojos lentamente.

—No.

Caspian suspiró.

—¿Por qué?

—Porque cada día resulta más difícil.

—Eso ocurre cuando uno espera demasiado.

Sebastian soltó una amarga sonrisa.

—Lo sé.

—Entonces díselo.

—No es tan sencillo. Cuando llegó a Bath, me detestaba sin conocerme, igual que a su prometido... —dijo burlón—. Ahora me conoce, confía en mí, y cuando descubra que soy el prometido del que huyó y que no se lo dije —continuó Sebastian— sentirá que la engañé.

—¿Y la engañaste?

Sebastian tardó demasiado en responder, porque la respuesta era insoportablemente incómoda.

—Al principio no.

—¿Y ahora?

El silencio volvió a instalarse en la biblioteca, más pesado y más cruel.

—Ahora… sí —aquello fue difícil de admitir, pero era verdad.

Durante semanas había encontrado excusas, momentos inconvenientes y razones perfectamente razonables para esperar. Mientras tanto, el secreto había crecido y crecido, hasta convertirse en algo monstruoso.

—No quiero perderla... —dijo arrastrando las palabras

La confesión salió apenas como un susurro, y por primera vez desde que comenzó la conversación, el miedo apareció sin disfraces.

Desnudo y real.

—No quiero ver cómo me mira cuando lo descubra. —Negó con la cabeza y comenzó a pasearse como un animal enjaulado alrededor de lord Caspian—. No quiero que piense que me burlé de ella, que crea que cada paseo fue una mentira, o que cada beso fue una trampa. —Su voz se quebró apenas.

Caspian lo notó porque era su nieto, lo conocía, y porque aquel hombre que parecía tan sólido por fuera estaba aterrado.

—La amas.

—Sí.

—Y precisamente por eso debes decírselo.

Sebastian pasó una mano por el rostro, agotado.

—¿Y si me odia?

—Probablemente lo hará durante un rato.

—Gracias por el consuelo, abuelo —sonrió nervioso.

—Estoy siendo honesto; es mejor que darte falsas expectativas —dijo el caballero, que estaba con las piernas estiradas y los tobillos cruzados, observándolo.

—Siempre eres insoportablemente honesto.

—Bueno, tu eres igual y lamentablemente eso lo aprendiste de mí.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa a Sebastian.

Caspian se puso de pie lentamente y apoyó una mano sobre su hombro.

—Escúchame. —Sebastian levantó la vista—.

Si Charity te rechaza después de conocer toda la verdad de tu propia boca, al menos habrá tomado la decisión con libertad.

Pero si descubre la verdad por otra persona...

—entrecerró los ojos con preocupación—. Entonces no perderás únicamente su confianza; perderás también la oportunidad de recuperarla.

Aquellas palabras golpearon exactamente donde debían hacerlo porque eran ciertas. Terriblemente ciertas.

Sebastian observó la lluvia detrás de la ventana y pensó en los paseos, en las risas, el picnic, el baile… en el modo en que Charity pronunciaba su nombre y comprendió que llevaba demasiado tiempo evitando ver que no estaba protegiendo aquello que tenían, sino que lo estaba poniendo en peligro.

—Se lo diré., tienes razón, abuelo, como siempre… —contestó nervioso—. Hablaré con ella hoy mismo.

Caspian sonrió.

—Eso esperaba.

Sebastian asintió lentamente, esperando que la mujer de la que estaba irremediablemente enamorado, lo pudiera perdonar cuando supiera toda la verdad.

***

Aquella tarde transcurría con una tranquilidad engañosa. La luz dorada del final del día entraba por los ventanales del salón principal de Ashbourne House, tiñendo de ámbar los muebles antiguos y las paredes revestidas de madera.

Lady Margaret bordaba junto a una ventana, mientras lord Edmund fingía leer el periódico.

Fingía, porque llevaba varios minutos observando a su nieta por encima del borde de las hojas y Charity, completamente ajena a la conspiración silenciosa que compartían sus abuelos, estaba sentada cerca de la chimenea con un libro abierto sobre el regazo.

Abierto, no leído, porque llevaba exactamente diez minutos en la misma página.

—¿Es una lectura tan fascinante? —preguntó Edmund finalmente.

Charity levantó la vista.

—Muchísimo.

—Curioso.

—¿Por qué?

—Porque llevas un cuarto de hora observando el mismo párrafo.

Ella bajó la mirada hacia el libro, luego volvió a levantarla.

—Estoy reflexionando.

—¿Sobre literatura?

—Exactamente.

—Claro.

Margaret ocultó una sonrisa detrás de su bordado. Charity los observó con desconfianza, porque aquella expresión siempre significaba problemas.

—¿Qué?

—Nada —respondieron ambos al mismo tiempo.

—Eso nunca significa nada bueno.

—Te estás volviendo desconfiada.

—Viviendo con ustedes sería extraño que no lo hiciera.

Edmund dobló cuidadosamente el periódico.