CAPÍTULO 8 #3
El corazón de Charity dio un vuelco tan brusco, que por impulso levantó la cabeza y sus labios rozaron los de Sebastian.
Cuando él quiso intensificar el beso, un ruido extraño surgió detrás de unos arbustos y ambos se incorporaron.
Entonces, algo se movió. Después otro ruido, seguido de un balido, y ambos se quedaron inmóviles.
—No… creo que alucino con aquella maldita cabra —dijo Charity.
—No puede ser —murmuró Sebastian.
Entonces, una pequeña figura emergió entre las ramas, cubierta de hojas con una sonrisa enorme y una cabra.
—¡LOS ENCONTRÉ!
Charity dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¡Dios mío! ¿Qué haces aquí, niño? —increpó Charity.
—Hola, Timothy —dijo Sebastian con la resignación de un hombre que acababa de aceptar su destino.
El niño avanzó triunfalmente, seguido por la cabra que parecía tan satisfecha consigo misma como siempre.
—Sabía que estarían aquí… —habló sonriente.
—¿Cómo? —preguntó Charity.
—Los seguí —dijo el pequeño como si nada.
—¿Nos seguiste? —replicó sorprendida ella.
—Sí.
—¿Desde dónde?
—Solo desde la entrada de la finca.
Timothy se dejó caer sobre la hierba como si fuese el tercer invitado al picnic y la cabra empezó inmediatamente a inspeccionar la cesta.
—¡No! —exclamó Charity.
Demasiado tarde. El animal ya había conseguido una manzana.
—La vuelve a hacer feliz —observó Timothy.
—La cabra no está feliz —riñó ella, frunciendo el ceño.
—Claro que sí.
—Está robando, por si no te has dado cuenta…
—Las personas felices suelen hacerlo —explicó Timothy, encogiendo los hombros.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Mi tío también dice eso.
Sebastian se pasó una mano por los ojos y preguntó:
—¿Tu madre sabe dónde estás?
—No.
—Eso explica muchas cosas.
Timothy observó a ambos, luego sonrió despacio, con la expresión exacta de alguien que acababa de descubrir algo fascinante.
—Ahhh… —dijo de pronto.
Charity reconoció esa expresión peligrosa.
—¿Qué?
—Ya no se pelean igual —respondió, mirándolos alternadamente.
Sebastian permaneció inmóvil, Charity también.
—¿Disculpa? —volvió a decir ella.
—Antes parecían dos gatos atrapados en un saco… —observó el pequeño como si fuera evidente.
—Gracias por tu cumplido, Timothy —contestó Sebastian, tratando de no sonreír.
—Pero ahora parecen novios —añadió el niño, y la cabra baló, como si quisiera participar en el análisis.
—No somos novios —dijo Charity inmediatamente.
—Claro… —contestó el pequeño, sonriendo burlonamente.
—Timothy…
Sebastian dejó escapar una pequeña risa y Charity decidió que todos estaban conspirando contra ella.
—Además —continuó Timothy—, si no fueran novios, ¿por qué están solos junto al río?
—Porque estamos conversando —le explicó esta vez Sebastian.
—Mis padres también conversaban junto al río —replicó.
—Timothy... —volvió a decir Charity, en tono de advertencia.
—¡Y después se casaron! —aplaudió, haciendo caso omiso a la sutil amenaza de la joven.
—¡Timothy! —exclamó ella.
—Y tuvieron seis hijos… —añadió de nuevo, ignorándola.
—¡TIMOTHY!
La cabra eligió exactamente ese momento para acercarse a Sebastian. El animal le dio un pequeño golpe con la cabeza, luego otro y finalmente se acomodó junto a él, como un perro enorme y mal educado.
Timothy sonrió.
—Le agradas.
—No estoy seguro de querer ese honor.
—Eso significa que te acepta.
—¿Y eso qué implica?
—Que ya eres de la familia.
Sebastian casi se atragantó. Charity soltó una carcajada incontrolable y durante unos segundos no pudo parar.
Timothy la observó.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa sonrisa.
Sebastian levantó una ceja.
—¿Qué tiene? —preguntó.
Timothy señaló a Charity.
—La misma que tenía en el baile.
Silencio.
—¿Fuiste al baile? —preguntó Charity horrorizada.
—¡Por supuesto! —clamó orgulloso.
—¿Cómo?
—Me escondí detrás de unas cortinas.
—Eso es ilegal.
—Probablemente.
—¿Y qué viste?
El niño sonrió triunfante.
—Vi que él te miraba como si fueras la única persona del salón.
El aire pareció detenerse, incluso Sebastian dejó de moverse y por primera vez desde que lo conocían, Timothy pareció darse cuenta de que había dicho algo importante porque bajó un poco la voz.
—Mi padre miraba así a mi madre… —suspiró.
Nadie respondió. La cabra dejó de comer, el viento siguió moviendo las hojas y Timothy observó a ambos unos segundos, hasta que se puso de pie.
—Creo que ya hice suficiente trabajo por hoy.
—¿Trabajo? —preguntó Charity.
—Sí.
—¿Qué trabajo?
El niño sonrió con toda la satisfacción de un estratega victorioso.
—El de asegurarme de que ninguno de los dos siga siendo tan tonto.
Y antes de que pudieran responder, tomó la cuerda de la cabra.
—Vamos, Laila.
—¿Le pusiste nombre? —Charity arqueó una ceja.
—Claro.
—¿Por qué Laila?
—Porque suena respetable.
La cabra baló, Sebastian ocultó una sonrisa, Charity volvió a reír y Timothy comenzó a alejarse entre los árboles.
—¡Nos vemos en la boda! —saludó desde lejos.
—¡TIMOTHY! —lo reprendió Charity.
—¡YO QUIERO SER EL PADRINO! —gritó más fuerte y desapareció, dejando tras de sí silencio, un arroyo, una cesta de picnic medio saqueada y dos personas que de repente se encontraron demasiado conscientes de estar solos otra vez.