CAPÍTULO 8 #2
Consciente de la súbita tensión que produjo en ella el contacto de sus cuerpos, prácticamente pegados sobre una manta extendida bajo el cielo abierto, Sebastian parecía haber olvidado que existía todo lo demás.
La visión de su cuello desnudo, patente en la rigidez que adoptaron sus músculos, hizo que tragara saliva con fuerza.
Estaba entregado a ese instante, mientras la observaba como si su rostro fuera lo más hermoso que había visto jamás; y de hecho, a sus ojos era la mujer más hermosa que había visto en su jodida existencia.
No necesitaba de palabras para expresar la sublime atracción que ejercía sobre él; la cercanía con su cuerpo, el roce suave de su mano en su barbilla, y la tranquilidad de su sonrisa, decían mucho más que cualquier frase que pudiera pronunciar.
Charity se animó a más, y con la mano firme, devolvió la caricia en la mejilla y mandíbula de Sebastian, recorriendo con su dedo desde la barbilla, al cuello, y yendo hacia su pecho provisto de vello que vislumbraba desde esa distancia por los botones desprendidos a esa altura.
Resopló y sonrió conforme. Estaba decidida a recrear aquel beso devastador que se habían dado hace una semana, y que había cambiado por completo la perspectiva que tenía sobre él.
—Ya que, milord ha hecho realidad mi fantasía predilecta, creo que lo correcto es devolverle el favor... —contestó en un susurro apenas audible.
Él sonrió, y entonces ella levantó un poco la cabeza dándole su permiso, buscando su boca, cuando él bajó su rostro para suscitar el encuentro entre sus labios.
La promesa de que aquello apenas comenzaba entre los dos, quedó sellada con aquel beso que a Sebastian le llegó hasta la médula. Entre ellos se propagó una calidez que disipó el frío previo impuesto por la primera mala impresión de cuando se conocieron.
Charity se abandonó entre sus brazos, ofreciendo la boca y más. Él saboreaba los labios femeninos, y en un acto deliberado, arremetió con su lengua el interior de su cavidad.
Al principio, ella permaneció rígida, pero poco a poco fue aprendiendo, moviendo su lengua al mismo ritmo que Sebastian, quien la cautivaba con su lento ir y venir, formando con su cuerpo una caliente línea paralela al suyo, pero sin tocarla.
Sin embargo, ella quería tocar, sentir, explorar. Quería más, y tomar todo cuanto él le quisiera dar a cambio de sus besos, pues había algo tentador en ese libre intercambio de besos que amenazaba con romperla en mil pedazos de placer.
Cuando Sebastian notó que la excitación envolvió por completo a la mujer que estaba besando, supo que debía detenerse. Sin embargo, su cuerpo se negó cuando, por instinto, Charity se pegó a él, acoplándose a la perfección.
Entonces, él jadeó y soltó una risa de frustración, rompiendo el contacto de sus bocas antes de enviar todo al demonio y aprovecharse de la situación. La rodeó con los brazos y se sentó, colocándola en su regazo, mientras ella intentaba recobrar el aliento.
Cuando al fin recuperó la cordura, permanecieron observándose, y por primera vez desde que se conocían, el silencio no se sintió como una batalla, sino como una tregua frágil, nueva, pero una tregua al fin.
—Me alegra haber ido al baile… —dijo Sebastian, mirándola
Charity sonrió.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella de pronto.
Sebastian levantó la vista.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto peligro represente para mí la respuesta.
—¡Cobarde! —lo molestó.
—Prudente, que es distinto —respondió, mientas acomodaba un mechón de su pelo detrás de su oreja—. De todos modos preguntarás, así que te escucho —dijo al fin.
—¿Por qué apareciste en el baile? —preguntó Charity.
Aquello lo hizo quedarse inmóvil un instante, hasta que dijo con suma sencillez:
—Porque me invitaron.
Charity soltó una carcajada.
—Mentiroso… dime la verdad.
—Muy bien —dijo él, resignado—. Fui porque supe que irías.
Ella intentó parecer indiferente, pero fracasó miserablemente.
—Eso sigue sin responder la pregunta que te he hecho —insistió.
—Sí la responde; fui por ti.
—No. —Negó ella—. Estoy segura que hay algo más.
—Eres terriblemente desconfiada.
—Y tú estás esquivando el asunto —refutó Charity.
Sebastian observó el agua unos segundos, pensativo, como si estuviera debatiendo consigo mismo cuánto decir. Finalmente suspiró.
—No me gusta Nathaniel —confesó, rodeando su cintura posesivamente, mientras ella empotraba sus ojos a los suyos.
—¿Qué? —Charity parpadeó.
—Creo que he sido bastante claro. No me gusta —repitió él.
—¿Por qué? —indagó ella, completamente desconcertada.
Sebastian volvió a tumbarla sobre la manta y suspiró.
—No me gusta porque existe.
Ella soltó una carcajada tan repentina que casi convulsionó.
—Eso es ridículo, Sebastian. Debe haber otra razón… —siguió insistiendo.
—Lo sé, pero es la verdad —dijo él.
—Esa no es una razón.
—Para mí sí.
—Sebastian...
Él se pasó una mano por el cabello y por primera vez parecía ligeramente incómodo. Entonces, Charity lo provocó.
—Nathaniel es un caballero amable, educado y agradable… —habló ella.
—Lo sé —respondió él, rodando los ojos.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —Sebastian la miró directamente, y ella sintió cómo el corazón comenzaba a latirle un poco más rápido.
—El problema es que te mira…
El aire pareció detenerse.
—¿Disculpa? —preguntó perpleja.
—Te mira —repitió él.
—La mayoría de las personas miran cuando hablan con alguien, Sebastian, a eso le llaman educación.
—No así. —Negó con la cabeza. La sinceridad de su propia respuesta lo dejó, por un momento, sin palabras, hasta que dejó escapar una pequeña exhalación—: No me gustó verlo bailar contigo.
—¿Sentiste celos de Nathaniel? —Ella sintió el calor en sus mejillas, ante aquella idea.
—Sí. —La respuesta fue inmediata, sin excusas, sin rodeos, ni intentos de disfrazarla, y precisamente por eso resultó tan devastadora para él decirla.
—Eres increíblemente directo para alguien que pasó una semana escondiéndose de una dama a quien le robaste su primer beso…
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de él.
—Lo sé —admitió.
—¿Y qué exactamente esperabas conseguir apareciendo en mitad del baile? —Charity no podía evitar preguntar.
—Interrumpirlo, por supuesto —contestó divertido.
—Eso lo noté, aunque me pregunto cómo te enteraste de que iría al baile, y específicamente de mis relaciones con Nathaniel… —arqueó una ceja y Sebastian esquivó la mira—. Fue mi abuelo, ¿cierto?
—Así que… existe una relación entre vosotros… —masculló, arrugando el ceño.
—Lo conocí en Londres —admitió Charity—. Y nos hicimos buenos amigos.
Sebastian bufó.
—Dudo mucho que Nathaniel Pembroke solo quiera ser tu amigo.
—Aun así, te comportaste como si estuvieras reclamando un territorio, y mentiste delante de todo Bath… —lo acusó.
—Lo hice, ¿y qué?
—¡Eres imposible!
Sebastian la observó durante un largo momento. El viento movió suavemente algunas hojas sobre ellos y durante unos segundos ninguno habló, hasta que él dijo algo mucho más bajo y sincero.
—No quiero volver a verte bailar con él.
Aquella confesión que sonaba más a deseo que a exigencia, quedó suspendida entre ellos, y Charity descubrió que era imposible burlarse de él cuando, el hombre que parecía tan correcto, tan seguro, tan imposible de alterar, estaba siendo vulnerable con ella.
—¿Y si quisiera bailar con él? —preguntó para medirlo, más que provocarlo.
Sebastian tardó un segundo en responder.
—Entonces, sonreiría educadamente…
—Mientes…
—Sí —admitió Sebastian.
—¿Qué harías?
Una sombra divertida apareció en sus ojos.
—Buscaría otra danza.
—¿Para mí?
—Para ti.
—¿Y después?
—Otra.
—¿Y después?
—Otra más.
Ella soltó una risa.
—Eso es absurdo.
—Muchísimo.
—¿Y cuándo te rendirías?
Sebastian sostuvo su mirada durante un largo rato, silenciosamente, hasta que la sonrisa desapareció de ambos.
—No creo que me rendiría —dijo al fin, como si estuviera haciendo una promesa.