CAPÍTULO 8
La mañana siguiente encontró a Charity completamente incapaz de decidir si quería recordar el baile o enterrarlo para siempre. Por desgracia, sus abuelos parecían haber tomado una decisión al respecto.
Cuando descendió al comedor, los encontró riendo.
No sonriendo, ni conversando.
Sino riéndose.
Lord Edmund tenía una mano apoyada sobre el periódico y lady Margaret se secaba discretamente una lágrima provocada por la risa.
Aquello nunca era una buena señal.
—Buenos días —dijo Charity con cautela.
Los dos ancianos la miraron al mismo tiempo y aquello fue una señal todavía peor.
—Buenos días, querida —saludó su abuela.
—¿Dormiste bien? —añadió su abuelo.
—Perfectamente.
Charity tomó asiento lentamente.
—¿Puedo preguntar qué resulta tan divertido?
—Oh, nada —respondió Margaret.
—Absolutamente nada —coincidió Edmund.
—Excelente… —murmuró ella, mientras se servía té.
—Sin embargo, parece que Bath entero tiene una opinión muy formada sobre tu vida sentimental… —comentó su abuela.
Charity cerró los ojos.
—No lo creo; no tengo ninguna vida sentimental aquí —respondió, tomando una tostada para untarle mermelada.
Su abuela dejó su taza sobre la mesa y habló.
—Anoche la señora Wilkes me contó una historia fascinante… —comenzó.
—No quiero escucharla —dijo Charity, entrecerrando los ojos, pero su abuela siguió.
—Al parecer, una cabra bendijo la pareja que haces con Sebastian.
El té estuvo peligrosamente cerca de terminar sobre el mantel.
—¡¿Qué?!
—Eso mismo pregunté yo… —dijo su abuela, volviendo a tomar la aza para llevársela a los labios.
—Abuela…
—La cabra, según parece, tiene reputación de acertar —prosiguió la anciana, sin darle tiempo a explicarse.
—La cabra es un animal, abuela.
—Un animal muy observador por lo que he visto anoche. —Lady Margaret arqueó una ceja en dirección a su nieta, que prefirió hacerse la desentendida y enfocar la charla en la famosa cabra.
—La odio…
—La cabra también te aprecia, querida —insistió lady Margaret.
—No creo que las cabras puedan apreciar a nadie, son animales.
—Pues, esta parece haber desarrollado opiniones muy fuertes. —Lord Edmund soltó una carcajada y su esposa continuó—: Y lo mejor no es eso.
—No quiero saber qué es lo mejor, de verdad —ella negó con la cabeza.
—Lo mejor es que ahora la llaman «La cabra casamentera», y el pequeño Timothy está haciendo una pequeña fortuna gracias a ti —la fastidió.
Charity apoyó la frente sobre una mano.
—Voy a regresar a Londres esta misma tarde —decretó.
—No lo harás, niña… —dijo su abuela, divertida.
—Escocia, entonces.
—Tampoco.
—¿Francia? —preguntó, mirando a su abuelo.
—Ni siquiera hablas francés, pequeña —le respondió lord Edmund, divertido.
—Aprenderé.
Los tres se quedaron en silencio un momento y entonces volvieron a reír.
Sus abuelos eran unos traidores.
—Me alegra ver que el baile fue un éxito.
La voz llegó desde la puerta y el corazón de Charity reaccionó antes que el resto de ella.
Era Sebastian, naturalmente, porque el universo había decidido que todavía no había sufrido lo suficiente.
Cuando levantó la vista, lo vio vestido con sencillez para una mañana de campo. Chaqueta oscura, pantalones claros, botas de montar, nada extraordinario y aun así todo parecía extraordinario cuando se trataba de él.
—¡Sebastian! —dijo Lady Margaret con satisfacción apenas disimulada.
—Lady Margaret.
—Sebastian, llegas justo a tiempo. —Edmund sonrió.
—Eso espero —dijo y sus ojos encontraron los de Charity—. Buenos días, milady —la saludó Sebastian.
—Buenos días… —La respuesta sonó mucho más suave de lo que ella pretendía.
—He venido a secuestrar a vuestra nieta —dijo de pronto a los dueños de casa, sin siquiera preguntarle a ella si quería ser secuestrada.
—¡Excelente idea! —aprobó Edmund—. Precisamente hoy, Margaret y yo debemos ocuparnos de un asunto y nos sentíamos agobiados con la idea de dejar sola a Charity y de que se aburriera.
—Abuelo... —Charity rodó los ojos.
—¿Qué? —dijo el anciano con inocencia.
—No puedes entregarme tan fácilmente a un desconocido… —miró a Sebastian y luego a su abuelo.
—Puedo y voy a hacerlo. Además, Sebastian no es ningún desconocido y he pasado más tiempo con él que con mi propia nieta —replicó en tono burlón.
—Traidor… —masculló Charity.
—También eso, pero me lo agradecerás.
Le guiñó un ojo a Sebastian, que ocultó una sonrisa.
—En realidad, venía a proponer un picnic —habló él.
—¿Un picnic?
—¿Te disgusta la idea? —Él olvido todo, incluso la formalidad delante de los abuelos de la dama, y la miró expectante.
Charity tardó un instante en responder, porque la idea no le disgustaba en absoluto.
—No —contestó secamente.
—Entonces vendrás —decretó Sebastian con una amplia sonrisa.
Los abuelos de Charity se miraron, sorprendidos, porque nunca lo habían visto sonreír de ese modo.
—Eso no era un sí... —dijo Charity, más que nada para molestarlo, ocultando una sonrisa.
Edmund y Margaret volvieron a mirarse de un modo triunfal.
—Bueno, para mí lo fue.
—Qué conveniente para ti… —volvió a molestarlo, levantándose de la mesa.
—Muchísimo, y por cierto, luces encantadora… —la elogió, como si dos pares de ojos no estuvieran asechando la escena y muriendo por la curiosidad de saber qué había pasado para que en una semana cambiaran tanto el uno con el otro.
—Iré a por mi sombrero —avisó ella, prácticamente corriendo hacia las escaleras, mientras Sebastian no le quitaba la mirada de encima.
Sebastian pilló a los ancianos observándolo con una mezcla de incredulidad, curiosidad y fascinación.
—¿Ocurre algo? —les preguntó.
—Eso mismo quisiéramos preguntarte —dijo lord Edmund, pero entonces Charity apareció y ambos se despidieron, dejándolos solos.
Se volvieron a mirar y con una sonrisa, se dijeron todo.
***
Un cuarto de hora después, estaban alejándose de Ashbourne House solo ellos dos, como si aquello se hubiera convertido en algo habitual, y como si los paseos, las discusiones y las conversaciones privadas fueran ya una costumbre.
El picnic tuvo lugar junto a un pequeño arroyo rodeado de árboles. Era un lugar tranquilo, hermoso y peligrosamente adecuado para olvidar que existía el resto del mundo.
Mientras estaban sentados sobre una manta y disfrutaban del refrigerio que preparó Sebastian en una cesta, hablaron de todo.
De Londres, de Bath, de caballos y libros, de la infancia, de los errores que habían cometido y de los sueños que nunca confesaron a otras personas.
De todo. Excepto del baile.
No mencionaron el vals, ni la forma en que él la había sujetado, o el modo en que ella había sido incapaz de apartar la mirada de él, hasta que el silencio terminó encontrándolos.
Charity observó el agua durante unos minutos y después suspiró.
—Hay algo que debería decirte… —confesó.
Sebastian levantó la vista.
—Eso suena peligroso, viniendo de ti.
—Probablemente lo sea —afirmó ella con la cabeza y con una sonrisa.
—Entonces, adelante.
Ella jugueteó con una hoja entre los dedos, mientras buscaba las palabras correctas. Por primera vez en mucho tiempo no encontró una broma para esconderse.
—Nunca te di las gracias.
—¿Por qué exactamente? —Él arqueó una ceja.
—Por el beso —contestó, tomando desprevenido a Sebastian.
—No esperaba esa respuesta.
—Yo tampoco esperaba decirla… —dijo ella y suspiró de nuevo.
Sebastian la observó con atención, esperando, porque tenía el presentimiento de que no había terminado de decirlo todo.
—Nunca me habían besado… —confesó Charity, mirando la reacción de Sebastian.
Ella esperaba sorpresa, diversión, o alguna observación arrogante, pero no obtuvo ninguna de esas respuestas. Solo una mirada suave y cálida.
—Charity...
—No me arrepiento. —explicó, negando con la cabeza, antes de que él pensara mal.
—¿No? —preguntó Sebastian, aunque sabía la respuesta.
Ella negó lentamente, otra vez, y repitió:
—No.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de ambos.
—Eso me alegra —dijo Sebastian.
Los dos sonrieron y aquello resultó extrañamente fácil.
—Pensé que me sentiría distinta —admitió ella.
—¿Distinta cómo?
—No lo sé. —Charity bajó la vista un instante—. Solo sé que cuando ocurrió, me sentí feliz.
Sebastian la miró fijamente en silencio, y cuando habló, su voz sonó más baja.
—Yo también —admitió.
Ella levantó la vista.
—Eso complica las cosas, Sebastian.
—Muchísimo —aceptó sin dar muchas vueltas.
Charity soltó una pequeña risa.
—¿Y ahora qué hacemos?
Sebastian apoyó los brazos sobre las rodillas, pensativo.
—No lo sé y es inquietante, porque normalmente sí lo sé —sonrió, luego se volvió más serio—. No quiero presionarte, Charity, y tampoco quiero que sientas que alguien decide por ti.
El corazón de Charity se apretó porque él la había escuchado y comprendido.
—Lo sé.
—Estupendo. —Se situó más cerca y con una seriedad intimidante, dijo—: Ya que te sientes agradecida conmigo, ¿no crees que me merezca una recompensa?
Charity exhaló un suspiro y preguntó:
—¿Una recompensa? —Sebastian asintió con la cabeza—. ¿Qué recompensa? —curioseó, mientras en su estómago sintió una especie de expectante hormigueo.
—¿Crees que podrías devolverme el favor?
—replicó él, tomando la mano de Charity y besándole el dorso desprovisto de guante—.
Bésame… —pidió, tirando la mano de ella hacia su cuello y tomándola de la cintura, mientras la tumbaba despacio y delicadamente de espaldas sobre la manta, sin subir encima de su cuerpo.
Cuando él pronunció aquella petición, el mundo a alrededor de ella se apagó.
No fue una invitación gentil; fue un impacto directo que le vació los pulmones.
Sentir sus ojos fijos en los suyos, exigiendo ese contacto, transformó el anhelo que escondía, en una necesidad física urgente.
La distancia entre sus bocas dejó de ser aire para convertirse en fuego, y la certeza de que finalmente iba a besarlo otra vez, la dejó completamente indefensa ante su propio pulso.