Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—No necesita responder por mí, milord —remarcó aquella última palabra, regresando a la formalidad que los dos habían perdido durante el vals, y que Sebastian no cometiera una indiscreción.

—Intentaré recordarlo, milady —contestó desafiante, inclinando la cabeza, mientras sentía a Nathaniel observarlos a ambos.

Charity comprendió, con una mezcla de alivio y culpa, que el joven lord había visto la verdad; una verdad que ella misma todavía no quería mirar de frente, y aceptar que entre ella y Sebastian no había una simple provocación.

Había algo vivo, algo creciendo, algo que ya no podía ocultarse detrás de insultos, apodos ni discusiones sobre estanques.

—Con su permiso —murmuró Nathaniel y se retiró con dignidad.

Charity se quedó allí, sola con Sebastian en medio de demasiadas miradas.

—Lo has espantado —dijo ella.

—Sí.

—Y no pareces arrepentido.

—No lo estoy, de ninguna manera.

—Deberías estarlo, es nuestro anfitrión.

—Probablemente.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Siempre eres tan imposible?

—Solo cuando estoy perdiendo una batalla, Charity… —la volvió a tutear.

Charity sintió que la rabia se le deshacía en algo mucho más tierno, mucho más aterrador.

—¿Y qué batalla estás perdiendo ahora?

Sebastian bajó la mirada hacia ella y respondió:

—La que empezó cuando me besaste en el jardín.

Charity olvidó cómo respirar.

—Fue un accidente. —se defendió de inmediato.

—No el segundo.

Ella no pudo responder porque era cierto y ambos lo sabían.

Sebastian dio un paso atrás entonces, como si al fin recordara que estaban rodeados de medio Bath, de ancianas cotillas, de madres calculadoras, de caballeros curiosos y de rumores que ya habían tomado vida propia.

—Te acompañaré con tu abuela —dijo.

—No necesito que me acompañes.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué insiste?

Su mirada bajó a sus labios y subió de nuevo a sus ojos.

—Porque si no te llevo ahora mismo al lado de lady Margaret, terminaré haciendo algo mucho menos prudente.

Charity sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Sebastian…

—No digas mi nombre así —murmuró él.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras que olvidara dónde estamos.

Ella no supo si reír o llorar. Tal vez ambas cosas.

—Te detesto —susurró, pero ya no sonó convincente.

Sebastian le ofreció el brazo.

—Lo sé.

Charity lo miró unos segundos, luego aceptó y mientras avanzaban juntos hacia donde su abuela los observaba con una expresión demasiado satisfecha, Charity oyó de nuevo los murmullos detrás de ellos.

—Definitivamente hay un compromiso.

—Oh, sin duda.

—No se baila así con una dama si no hay acuerdo.

—Y después de lo de la cabra…

Charity apretó los dedos sobre el brazo de Sebastian.

—Esto es culpa tuya.

Él inclinó apenas la cabeza hacia ella.

—No completamente.

—¿Disculpa?

—Tú me besaste primero.

—Fue un accidente, y lo sabes.

—Pero después volviste a hacerlo.

Ella se quedó rígida.

Sebastian sonrió al frente, como si estuviera saludando cortésmente a los invitados y no destruyendo por completo la paz de ella en voz baja.

—Buenas noches, lord Perfectamente-Correcto —murmuró Charity entre dientes.

—Pensé que estabas reconsiderando el apodo.

—Estoy considerando uno peor.

—Lo espero con interés.

Lady Margaret los recibió con una sonrisa que intentó ser inocente y falló estrepitosamente.

—Queridos —dijo con dulzura—, han llamado bastante la atención.

Charity soltó el brazo de Sebastian como si quemara.

—Ha sido culpa suya.

—Naturalmente, y acepto toda la culpa —respondió Sebastian.

Lady Margaret miró a uno y luego al otro.

—Qué curioso. Eso mismo dijiste después de la cabra.

Sebastian bajó la cabeza para ocultar una sonrisa y Charity cerró los ojos.

—Voy a fingir que esta noche no ocurrió.

—Eso será difícil, querida —dijo su abuela, mirando discretamente al salón—. Creo que Bath entero piensa lo contrario.

Charity abrió los ojos y siguió la dirección de su mirada. La señora Wilkes, desde el otro extremo del salón, alzó su copa hacia ellos triunfante y Sebastian murmuró, casi junto a su oído:

—Me temo que la cabra nos ha condenado.

Charity quiso indignarse, quiso responder, quiso decir algo brillante, cruel y devastador, pero una risa se le escapó antes de poder impedirlo.

Sebastian la miró entonces y algo en su rostro se suavizó de tal manera que Charity sintió que aquella risa le había revelado más de lo que cualquier beso, porque él no la miró como a una victoria ni como a una conquista.

La miró como si verla reír fuera suficiente para justificar todo el escándalo y ese fue el instante en que Charity supo que estaba perdida.

No enamorada. Todavía no, y se negó incluso a pensarlo, pero perdida, sí.

Porque podía huir de Londres, podía huir de un compromiso, de un apellido, de una ceremonia, de una vida decidida por otros, pero no sabía si podría huir de un hombre que la hacía arder de furia, temblar de deseo, reír cuando quería gritar, y sentirse vista incluso cuando intentaba esconderse.

Sebastian se inclinó apenas hacia ella, con esa calma peligrosa que ya se le estaba volviendo demasiado familiar.

—No se preocupe, milady.

—¿Por qué no debería preocuparme?

Sus ojos brillaron.

—Porque si Bath piensa que estamos comprometidos, al menos esta vez no tendrá que huir de un desconocido.

Charity se quedó inmóvil y él se apartó antes de que ella pudiera responder.

Mientras Sebastian saludaba con perfecta cortesía a lady Margaret, como si no acabara de volver a desordenarle el mundo, Charity comprendió que aquella noche no había terminado ni de lejos.

Apenas acababa de empezar.