CAPÍTULO 7 #2
Él la guiaba con una seguridad que casi la enfurecía, porque no necesitaba arrastrarla ni corregirla.
Bastaba una presión leve de su mano, un cambio imperceptible en su cuerpo, para que Charity supiera hacia dónde debía moverse.
Era como discutir sin palabras. Como si el cuerpo de él hiciera una pregunta y el de ella respondiera antes de que su orgullo pudiera impedirlo.
—No pensé que bailara tan bien —dijo ella, intentando recuperar terreno.
—No pensé que usted obedeciera tan bien.
—No estoy obedeciendo —reprochó furiosa.
—Entonces debe de ser instinto —sonrió Sebastian.
—Tenga cuidado, milord. Podría empezar a creer que disfruta arriesgándose —advirtió Charity.
Sin embargo, Sebastian la hizo girar un poco más cerca de lo necesario, lo bastante para que su falda rozara la pierna de él en el movimiento y lo suficiente para que una dama junto a la pared dejara de agitar el abanico.
—Desde hace una semana —dijo él—, empiezo a sospechar que sí.
Charity sintió que algo se apretaba en su pecho.
Una semana; él también había contado los días.
La idea fue tan inesperada que la dejó sin respuesta y Sebastian la observó con demasiada atención.
—¿Nada que decir? —arqueó una ceja.
—Estoy eligiendo qué insulto resulta más adecuado.
—Tómese su tiempo —sugirió él.
—Lo haría, pero usted me está dando demasiadas opciones.
Una risa baja vibró en el pecho de él, Charity la sintió más que oírla y eso fue imperdonable.
Giraron otra vez más rápido.
El salón se volvió una sucesión de velas, rostros borrosos y murmullos crecientes. Charity podía sentir que la miraban. Sentía los abanicos deteniéndose, las cabezas inclinándose, las palabras viajando de boca en boca.
—¿No es ella la joven del mercado?
—La de la cabra, sí.
—Dicen que lord Weymouth la sostuvo en plena plaza.
—No solo la sostuvo, querida.
—¿No se habla ya de un compromiso?
—Mi sobrina oyó que los Bellerose y los Thynne tenían un acuerdo.
—Pues mírelos. Eso no parece una simple cortesía.
Charity tensó los dedos sobre el hombro de Sebastian.
—Todos están murmurando sobre nosotros… —comentó.
—Sí, lo sé —contestó Sebastian.
—¿Y eso no le preocupa?
—No especialmente.
—¿Porque es hombre y la reputación nunca lo persigue del mismo modo? —lo increpó, decepcionada de él.
Sebastian lo notó y redujo apenas el ritmo, acercándola lo justo para que pudiera hablar sin que otros escucharan.
—Me preocupa si te daña a ti…
Charity no esperaba que le dijera precisamente eso, y de nuevo tuteándola de aquel modo.
—Entonces, debiste pensarlo antes de mentirle a Nathaniel —reprochó, tuteándolo también.
—Créeme que lo pensé —confesó él.
—¿Y aun así lo hiciste?
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta quedó entre ellos, suave y feroz. Sebastian no respondió enseguida, pero sus ojos bajaron un instante a la boca de ella.
Charity lo notó, lo sintió y recordó el beso en el faetón con tanta claridad que casi le dolió.
—Porque lo vi hacerte reír —dijo él al fin.
Charity dejó de respirar.
—¿Eso es todo?
—No.
La música subió, los giros se hicieron más amplios y Sebastian la condujo entre dos parejas con una habilidad impecable, pero Charity apenas veía nada que no fueran sus ojos.
—Lo vi tomar tu mano —continuó él, la voz más baja—. Lo vi inclinarse hacia ti como si tuviera derecho a tus sonrisas, a tu atención, a tu tiempo, y descubrí que no soy tan razonable como creía… —siguió confesando.
El corazón de Charity empezó a latir demasiado fuerte.
—Eso suena a celos… —dijo ella, expectante.
Sebastian sostuvo su mirada y movió la cabeza, diciendo:
—Lo es.
La confesión fue tan directa, tan absolutamente impropia en su boca, que Charity sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—No deberías decirlo de ese modo, y aquí, entre tantas personas...
—Probablemente no.
—Ni siquiera debiste sentirlo —redobló Charity.
—Eso intenté… —La mano de Sebastian en su cintura se afirmó lo suficiente para que ella supiera que él también estaba perdiendo algo—. Durante siete días intenté convencerme de no verte.
Charity no pudo evitar mirarlo con sorpresa.
—¿Por qué?
—Porque después de aquel beso en el camino, comprendí que verte otra vez sería un error.
Ella se endureció por reflejo.
—Entonces, admitimos que fue un error y asunto resuelto —dijo más por rabia que por querer que fuera así. Cada vez se sentía más confundida con las palabras de ese hombre. En un momento la alagaba y en el otro ¿la rechazaba?
—No. —La respuesta fue inmediata—. No fue un error, Charity, y ese es precisamente el problema.
Charity sintió que las lágrimas la amenazaban sin motivo alguno, absurdas y traicioneras, nacidas no de tristeza, sino de una emoción demasiado grande para nombrarla.
—Usted se marchó… —dijo, odiando lo vulnerable que sonó.
Sebastian la miró como si esa frase le hubiera golpeado algo dentro.
—Sí.
—Y no volvió —agregó Charity.
—No —asumió Sebastian.
—Entonces no reclame una danza como si tuviera algún derecho.
—No tengo derecho. —La mandíbula de Sebastian se tensó—. Pero quiero tenerlo.
Charity se quedó sin aire, mientras el vals continuaba y el mundo seguía girando.
Sin embargo, ella tuvo la sensación de que acababan de detenerse en un borde peligroso.
—No digas eso… —susurró.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que significa.
—Sí lo sé, Charity.
—No. —Negó vehemente—. Tú crees que lo sabes porque siempre crees saberlo todo, pero no lo sabes. Yo no soy una mujer fácil, Sebastian. No soy dócil. No soy conveniente. No soy una pieza que pueda moverse de un sitio a otro sin hacer ruido.
—Lo sé.
—No, no lo sabes —insistió ella.
—Charity… —Su nombre en su voz fue una caricia y una advertencia.
Ella quiso apartarse, pero no pudo.
—Hui de un hombre porque no quería que decidieran por mí —dijo ella con el pecho apretado—. No voy a correr hacia otro, solo porque me mire de esa manera.
—¿De qué manera?
Charity rió suavemente, sin alegría.
—Como si ya hubiera decidido que soy suya.
Sebastian guardó silencio y ese silencio fue más revelador que cualquier respuesta.
La música los arrastró hacia otro giro. El vestido de Charity se abrió como una flor pálida alrededor de ellos y una dama contuvo un jadeo cuando Sebastian la acercó un poco más de lo apropiado para salvar una vuelta mal calculada —o quizá perfectamente calculada—, y el murmullo creció.
—Esto es indecoroso… —susurró Charity.
—Sí.
—Sebastian… —musitó cansina.
—Lo sé.
—Entonces suélteme un poco —pidió, pero Sebastian no lo hizo de inmediato. Sin embargo, sus ojos recorrieron su rostro como si quisiera memorizarlo.
—No puedo —dijo al fin, tan bajo que casi no fue sonido—. Aún no.
Aquellas palabras terminaron de desarmarla porque no fue arrogante, ni posesivo. Sino que fue dolorosamente honesto y Charity descubrió que toda su indignación era mucho más frágil de lo que habría deseado.
—La gente está mirando —murmuró.
—Que miren.
—Están hablando de la feria.
—Lo sé.
—De la cabra.
—También.
—De nosotros.
—Especialmente de nosotros.
Ella cerró los ojos un segundo.
—Esto será un desastre… —dijo suspirando.
—Probablemente —respondió él con mucha calma.
—No pareces preocupado.
Entonces, Sebastian sonrió y dijo:
—Estoy ocupado.
—¿En qué?
Sebastian inclinó la cabeza apenas, acercando su boca a la altura de su oído, sin tocarla, sin romper ninguna norma de forma abierta y aun así quebrándolas todas.
—En intentar no besarte en medio de este salón.
Charity abrió los ojos y la respiración se le quedó atrapada en el pecho.
—No puedes decirme eso —estaba pálida ante aquella inapropiada declaración. ¿Dónde estaba el lord estirado con quien riñó en la cena y el desayuno en casa de sus abuelos?
—Ya lo hice.
—Eres un salvaje… —dijo ofuscada, sin saber que más decir.
—Curioso. Creí que era lord Perfectamente-Correcto —la molestó.
—Estoy reconsiderando el apodo.
Él sonrió y esa sonrisa fue tan íntima que Charity supo, con horror, que varias personas la habían visto.
La música empezó a acercarse a su final, las notas se volvieron más amplias, más solemnes, como si el vals quisiera cerrar el escándalo con una reverencia elegante, pero Sebastian no la soltó al último acorde.
Durante un determinado tiempo, permanecieron quietos en medio de la pista, demasiado cerca, demasiado conscientes, demasiado expuestos y la sala entera pareció contener el aliento.
Charity oyó el susurro de un abanico y luego una voz.
—Es evidente.
Luego otra.
—Completamente evidente.
—Ashbourne y Longleat, ya lo sabía.
—Después de lo del mercado, no podía ser de otro modo.
—Pobre lord Pembroke.
Charity quiso desaparecer.
Sebastian, en cambio, parecía decidido a sobrevivir al escándalo con la calma de un hombre que había elegido exactamente dónde arder.
Finalmente soltó su cintura despacio, como si le costara, y ella retiró su mano de la de él, aunque los dedos le temblaron apenas.
—Milady —dijo con una inclinación formal.
Tan formal que casi resultó obscena después de aquel baile.
Charity lo miró con el corazón todavía desbocado, la respiración todavía difícil, y el orgullo hecho pedazos en algún lugar entre el primer giro y la confesión de celos.
—Milord —intentó alejarse, pero él habló antes de que diera un paso.
—Charity.
Ella se detuvo. No debió hacerlo, pero lo hizo.
—No he terminado —dijo él.
Ella soltó una risa breve, temblorosa.
—Pues deberías.
Sebastian la miró con una intensidad que la hizo sentirse completamente desnuda pese al vestido, las velas y el salón lleno de gente.
—No puedo, y créeme que eso también lo intenté —añadió.
Charity sintió que aquella frase se le clavaba en el pecho como una promesa, mientras el murmullo alrededor pareció alejarse.
Nathaniel apareció entonces a cierta distancia, elegante, correcto, con una sonrisa que ya no alcanzaba del todo sus ojos.
—Lady Charity —dijo suavemente—, espero que la danza haya sido… agradable.
Ella iba a responder, pero no encontró palabras. Sin embargo, Sebastian sí las tenía en la punta de la lengua.
—Lo fue —dijo sonriente.
Charity le lanzó una mirada fulminante.