CAPÍTULO 7
Sebastian se plantó frente a ellos, sin hacer mucho ruido ni hacer un gesto dramático para reclamar atención, justo cuando los primeros acordes de un vals comenzaron a deslizarse por el salón.
Simplemente llegó, se detuvo delante de Nathaniel Pembroke y de Charity, y con eso bastó para que el aire cambiara.
Charity lo sintió antes incluso de comprenderlo.
La presión en el pecho y una conciencia repentina, ardiente, molesta, de que él estaba allí, la habían asaltado intempestivamente.
Había pasado una semana sin verlo. Siete días absurdamente largos en los que había fingido no mirar hacia el camino desde las ventanas de Ashbourne House, no preguntar con demasiada indiferencia si lord Weymouth había enviado alguna nota, no escuchar con ridícula atención cada ruido de ruedas sobre la grava.
Siete días en los que se había repetido que la ausencia de Sebastian era un alivio, una bendición, una oportunidad para recuperar el sentido común.
Y ahora lo tenía frente a ella impecable, serio y peligrosamente hermoso.
Vestido de negro con una sobriedad que lo hacía parecer aún más alto, más reservado, y aún más dueño de sí mismo.
La luz de las velas rozaba la línea firme de su mandíbula y el puente recto de su nariz, aferrándose por instantes en sus ojos claros, esos ojos que podían pasar del gris al azul en un parpadeo y que en ese momento no miraban a nadie más que a ella, ni siquiera a Nathaniel.
Solo a ella, como si el resto del salón hubiera desaparecido.
Charity sintió el impulso absurdo de sonreír, pero lo reprimió de inmediato.
—Lord Weymouth —dijo Nathaniel, con una cortesía ligeramente sorprendida—. No sabía que asistiría esta noche.
—Fue una decisión reciente —respondió Sebastian.
Su voz era demasiado tranquila y Charity conocía ya ese tono.
Era el mismo que usaba cuando pretendía no estar provocándola.
El mismo que había usado en la cena para acusarla de marearse junto al estanque.
El mismo que empleaba cuando decía cosas imposibles y luego la observaba como si quisiera ver cuánto tardaba ella en arder.
Nathaniel sonrió, todavía amable, aunque algo confundido.
—Me alegra verlo. Lady Charity y yo estábamos a punto de…
—¿Bailar? —lo interrumpió Sebastian con suavidad, sin que su interrupción sonara grosera; fue tan educada que resultó casi imperdonable.
Nathaniel parpadeó.
—Sí. Precisamente.
Sebastian inclinó apenas la cabeza.
—Me temo que esa danza ya está comprometida.
—¿Perdón? —Charity lo miró de golpe y Sebastian no apartó los ojos de ella ni un instante.
—La siguiente danza me pertenece, milady —aseveró Sebastian.
Charity sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—No recuerdo haberle prometido nada, milord —contestó con una falsa sonrisa.
Una leve curva apareció en los labios de él, como si escondiera una amenaza en esa sonrisa.
—Discrepo con usted —contestó Sebastian, sin prestarle atención a Nathaniel que los miró de uno a otro con creciente desconcierto.
—Lady Charity, no sabía que había prometido esta danza… —intervino el anfitrión.
—Es que no la prometí, milord —dijo ella de inmediato.
Sebastian dio un paso más para acercarse lo suficiente, sin resultar indecoroso, pero sí lo suficiente para que ella notara su presencia como una llama acercándose a la piel.
—Lo hizo —insistió Sebastian.
Charity entrecerró los ojos y respondió lo más amable que pudo.
—Lord Weymouth, en verdad no recuerdo haber aceptado, ni siquiera que me hubiera preguntado.
—Lady Charity… —susurró él de un modo peculiar, haciendo denotar que existía entre ellos cierta intimidad.
Sin embargo, la manera en que pronunció su nombre, le produjo a Charity una irritante debilidad en las rodillas y lo odió muchísimo.
—No recuerdo haberle prometido nada —insistió ella, ya irritada por todo lo que ese petulante hombre la hacía sentir.
—Quizá lo olvidó —replicó él—. Sucedió durante uno de nuestros tantos paseos por la propiedad de sus abuelos. Herirá mis sentimientos si vuelve a decir que no lo recuerda, milady…
La frase cayó con precisión perfecta y no fue para ella, lo supo al instante.
Fue para Nathaniel y para cualquier oído curioso que estuviera lo bastante cerca.
«Uno de nuestros tantos paseos»… Como si hubieran tenido docenas, como si hubiese una intimidad establecida entre ellos, y como si Sebastian tuviera derechos sobre su tiempo, sobre sus pasos, sobre su memoria.
Charity sintió que el calor le subía al rostro.
—Eso es una mentira descarada… —masculló ella, acercándose un poco más para que no la oyera su acompañante.
—Una exageración, quizá —aceptó Sebastian en el mismo tono.
—Una mentira —insistió Charity.
—No estoy seguro de que deba discutir conmigo en medio de un salón lleno de gente.
Entonces, Charity volteó y vio que todas las miradas estaban puestas en ellos, ¡ellos! Los tres, como si estuviera en medio de dos hombres que se disputaban el derecho a bailar con ella.
—¿Y desde cuándo le preocupa a usted la discreción? —Sus ojos brillaron de indignación.
—Desde que usted empezó a ponerla en peligro… —respondió con una sonrisa.
Nathaniel, entonces carraspeó con suavidad.
—No quisiera interponerme si existe un acuerdo previo.
—No existe —dijo Charity.
—Existe —dijo Sebastian al mismo tiempo.
Se miraron y todo lo demás se volvió ruido lejano.
Charity vio entonces algo que no había visto antes y comprendió que era mejor no discutir más con él porque, bajo aquella calma impecable, Sebastian estaba furioso.
Lo sabía por la tensión en la línea de su boca, en el modo en que sostenía los hombros, en la mirada fija, intensa, casi posesiva con la que la observaba.
Sin embargo, lo más desconcertante fue que esa furia no la asustó, sino que la sacudió, la hizo sentirse vista, deseada y reclamada, que tuvo ganas de huir.
Pero por supuesto, Sebastian pareció adivinarlo.
—¿Va a negármelo? —preguntó en voz baja.
No sonó como un desafío para Nathaniel.
Sonó como una pregunta solo para ella.
Charity tragó saliva.
—Debería hacerlo.
—No he preguntado qué debería hacer —volvió a mascullar Sebastian, a punto de perder la paciencia.
El vals estaba a punto de comenzar. Varias parejas avanzaban hacia el centro de la sala, las faldas se movían como nubes de seda bajo la luz dorada, los caballeros ofrecían sus manos, las madres observaban desde las paredes con abanicos desplegados como escudos de juicio y Nathaniel sonrió con una corrección que lo hacía verse aún más inofensivo.
—Lady Charity, no deseo causarle incomodidad, pero el baile está por comenzar. ¿Me acepta como su pareja de baile? —preguntó, extendiendo apenas el brazo, para no quedar en evidencia si era rechazado.
Charity estaba furiosa y no pudo decir nada, aunque debió haber dicho algo, y debió aceptar su brazo, bailar con él solo para enseñarle a Sebastian que no podía llegar después de siete días de silencio y reclamarla como si nada.
Debió. En cambio, miró la mano que Sebastian le ofrecía; grande, firme y enguantada. La misma mano que la había sostenido cuando casi cayó del faetón, que había apartado un mechón de su rostro antes de besarla y la misma que, por razones profundamente molestas, ella había extrañado.
—Lo detesto —susurró.
La sonrisa de Sebastian fue mínima.
—Lo sé.
—No debería sentirse satisfecho por eso.
—No debería sentir muchas cosas… —respondió Sebastian sin apartar la mirada de sus ojos.
Aquello la dejó inmóvil por un momento, y entonces Charity puso su mano sobre la de él. Sebastian cerró los dedos alrededor de los suyos y el mundo volvió a moverse.
—Lord Pembroke —dijo Sebastian con una inclinación impecable—, agradezco su comprensión.
Nathaniel asintió, aunque su mirada era ahora bastante menos alegre.
—Por supuesto.
Charity quiso disculparse, pero no pudo porque Sebastian ya la estaba arrastrando hacia la pista.
—Es usted imposible —murmuró ella sin mirarlo.
—Y usted aceptó.
—Solo para evitar una escena.
—Milady, ya somos una escena… —contestó él.
Ella levantó la vista y descubrió que era cierto, y que varias miradas los seguían.
La señora Wilkes estaba cerca de una columna, con el abanico contra el pecho y una expresión de triunfo que anunciaba desastre.
Dos damas mayores murmuraban detrás de sus guantes.
Un caballero miró a Sebastian, luego a Charity, y después sonrió como si acabara de confirmar un rumor largamente esperado.
—Lo ha hecho adrede —dijo ella.
Sebastian la tomó por la cintura, y aunque el contacto fue correcto, formal, y perfectamente permitido, Charity sintió el calor de su mano como si no hubiera tela, ni corsé, ni guantes, ni malditas normas sociales entre ellos.
—Sí —afirmó él, y la sinceridad de su respuesta hizo que la joven abriera los ojos con sorpresa.
—¿Ni siquiera va a negarlo?
—No —respondió con rotundidad.
—¡Sebastian!
Él sonrió y acercó un poco su rostro al oído de Charity.
—Me gusta cuando dices mi nombre así… —susurró y ella casi perdió el paso.
Él la sostuvo con demasiada naturalidad.
—No diga esas cosas en un salón de baile.
—Entonces, deje de poner esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La de querer abofetearme y besarme al mismo tiempo —dijo para provocarla.
Charity aspiró aire.
—No sé cómo se atreve… —Negó levemente con la cabeza.
—Con dificultad creciente, se lo aseguro.
Ella no tuvo palabras para replicar y él no la volvió a provocar.
La música los envolvió y el vals, aunque conocido en ciertos círculos, seguía conservando ese aire de peligro que lo hacía distinto a otras danzas.
No era como la contradanza, con sus figuras ordenadas y sus separaciones prudentes.
El vals exigía cercanía, giro, confianza, una mano en la cintura, la otra enlazada y respiraciones que podían confundirse si uno no tenía cuidado, y Sebastian no parecía tener intención alguna de tener cuidado.
Al principio bailaron con precisión.