CAPÍTULO 6 #2
Lord Caspian Thynne y Edmund Bellerose ocupaban sus posiciones habituales frente al tablero de ajedrez; una costumbre de décadas.
Sebastian permanecía junto a una de las ventanas, revisando correspondencia relacionada con sus propiedades. O, al menos, eso parecía porque en realidad llevaba diez minutos leyendo la misma línea y eso empezaba a resultarle molesto.
—Tu nieta se ha adaptado bien a Bath —comentó Caspian, mientras movía una torre.
Edmund sonrió.
—Lo dices como si hubieras dudado de ello.
—Lo hice.
Sebastian continuó observando la lluvia impasible, o aparentándolo.
—Sigue siendo tan testaruda como siempre —continuó Edmund.
—Eso me tranquiliza.
—A mí me agota —contestó lord Edmund y Caspian soltó una carcajada.
Sebastian decidió ignorarlos. Era una habilidad que había perfeccionado durante años.
—Aunque, parece que Bath también la ha encontrado encantadora —añadió Edmund casualmente.
Sebastian pasó una página sin levantar la vista y preguntó:
—¿Ah, sí?
—Mucho.
—No me sorprende… —dijo secamente, aunque aquello era cierto.
Charity tenía la incómoda capacidad de atraer atención, incluso cuando intentaba evitarla, lo que le resultaba particularmente irritante por razones que prefería no analizar.
—Recibió una invitación… —dijo casual el abuelo de la joven.
La mano de Sebastian se paralizó al oír aquello.
—¿Una invitación? —preguntó lord Caspian—. ¿De quién?
—De Nathaniel, al baile de los Pembroke.
Caspian arqueó una ceja.
—¿Los Pembroke organizan un baile? —indagó con suma curiosidad.
—Parece que sí.
—Milagro social.
Edmund sonrió detrás de su copa.
—Más interesante aún... —hizo una pausa deliberada y miró a Sebastian que siguió leyendo, o fingía hacerlo, y dijo—: Nathaniel Pembroke fue personalmente a Ashbourne House para entregarla.
Sebastian terminó de leer exactamente la misma línea por cuarta vez.
—Qué considerado —comentó entonces Sebastian con su voz perfectamente neutral.
Sin embargo, Caspian lo observó por encima del tablero, porque conocía a su nieto y aquello le resultaba sospechoso.
—Muy considerado —coincidió Edmund—. Especialmente cuando uno tiene en cuenta que permaneció casi una hora conversando con Charity… —mintió el anciano.
La página que Sebastian sostenía dejó de moverse.
—Imagino que disfrutaron de la conversación.
—¡Oh! Muchísimo —convino lord Edmund para fastidiarlo.
—Qué bien.
Lord Caspian bajó lentamente una pieza y pronunció el nombre de su nieto.
—Sebastian, estás arrugando el papel…
Sebastian miró su mano y efectivamente la hoja se había arrugado ligeramente.
La soltó de inmediato.
Edmund tuvo que contener una sonrisa y siguió provocando al joven caballero.
—Nathaniel parece bastante interesado en mi nieta. Es joven, tiene veintisiete años; más o menos de su edad, y es atractivo… —siguió.
—Bueno —añadió Caspian—, su familia es respetable y es el futuro heredero, así que no es un mal partido.
Sebastian levantó finalmente la vista.
—¿Estamos evaluando pretendientes ahora? —les increpó a los ancianos que aparentaban que él no los oía.
—Solo observando los hechos, muchacho —replicó Edmund.
—Por supuesto… —masculló entre dientes y volvió la mirada al papel, pero ya no veía una sola palabra porque algo profundamente desagradable acababa de instalarse en su pecho; una sensación absurda, irracional, infantil y completamente indigna de él.
Recordaba perfectamente a Nathaniel Pembroke. Era amable, bien educado y agradable; exactamente el tipo de hombre que una mujer debería elegir, lo cual era un problema, porque empezaba a sospechar que no le agradaba la idea de que Charity eligiera a nadie, mucho menos a Nathaniel.
—Y… ¿Asistirás al baile, Sebastian? Recuerdo que aquí también llegó una invitación —dijo Caspian con inocencia calculada.
Sebastian tardó un segundo más de lo normal en responder.
—No lo había considerado.
¡Mentira! La idea acababa de aparecer y ya no pensaba marcharse de su cabeza.
—Sería una pena faltar —comentó Edmund.
—¿Por qué? —preguntó como si no le interesara.
—Porque Nathaniel probablemente reclamará varias danzas —volvió a lanzar su cizaña el abuelo de la joven.
Sebastian observó la lluvia golpeando el cristal y se imaginó a Nathaniel bailando con Charity, a Nathaniel haciéndola reír, a Nathaniel tomándole la mano.
Nathaniel besándola… y la sola imagen provocó una reacción fría, visceral e inaceptable.
Sebastian dejó el libro a un lado con demasiada calma y miró a los dos acianos, cuyas intenciones le resultaron evidentes.
—Creo que asistiré —dijo finalmente.
Caspian y Edmund intercambiaron una mirada; la misma mirada que habían compartido años atrás cuando acordaron aquel compromiso, y la misma mirada que anunciaba problemas.
—¿Por interés social? —preguntó Caspian .
Sebastian tomó su sombrero.
—Naturalmente —respondió.
Los dos ancianos esperaron hasta que él salió de la habitación y solo entonces Edmund dejó escapar una carcajada.
—Está celoso.
Caspian sonrió ampliamente.
—Completamente, y todavía no se ha dado cuenta.
Ambos asintieron con la cabeza y siguieron con su partida.
***
En la noche, Charity descendió las escaleras con un vestido color marfil que hacía resaltar el brillo oscuro de su cabello. Incluso Mary se quedó unos segundos admirándola.
—Si yo fuera un lord, le propondría matrimonio esta noche, milady…
—Por suerte para ambas no lo eres, Mary —respondió con sorna, pues no le agradaba demasiado la idea de asistir a un baile; el sitio perfecto para ser presa de caballeros en busca de esposa, cuando había huido de Londres para no casarse.
Pero incluso ella tuvo que admitir que se veía bien y agradeció un poco la oportunidad de distraerse.
—¿Lista, querida? —pregunto lady Margaret, mirando a su nieta con absoluta fascinación.
—Luces encantadora, pequeña —la alagó lord Edmund, que había llegado con su esposa para despedirlas—. Estoy seguro que a más de uno le arrancarás suspiros.
Charity rodó los ojos, pero luego sonrió.
—Mientras ninguno me proponga matrimonio… —murmuró y todos sonrieron, mientras salían a montarse al coche para ir al baile.
***
La mansión de los Pembroke brillaba como una joya sobre la colina. Las ventanas iluminadas derramaban luz dorada sobre los jardines mientras los carruajes llegaban uno tras otro por el camino principal.
Dentro, la música ya podía oírse desde la entrada. Violines, un pianoforte, risas, conversaciones, todo mezclado en esa agradable confusión propia de una velada bien organizada.
Lady Margaret Bellerose observó a su nieta por encima del abanico mientras el carruaje se detenía.
—Estás preciosa.
Charity acomodó innecesariamente los pliegues de su vestido.
—Eso suele decirse cuando una persona está nerviosa.
—¿Y lo estás? —indagó su abuela.
—Por supuesto que no, pero no quiero llamar demasiado la atención. Lo menos que quiero son pretendientes…
Su abuela sonrió porque ambas sabían que no era del todo cierto aquello, y lady Margaret juraba que la expectación de su nieta, quizás tenía que ver con cierto vecino.
Sin embargo, lejos de pasar desapercibida, cuando las anunciaron Charity obtuvo un resultado totalmente opuesto, pues todas las miradas se posaron en ella.
El vestido color marfil realzaba la delicadeza de su figura, mientras pequeños rizos oscuros escapaban de un recogido aparentemente perfecto.
Unas perlas discretas adornaban su cuello, luciendo sencilla, elegante y completamente inconsciente del efecto que producía.
Sin embargo, apenas levantó la vista después de entregar su abrigo, Charity percibió que todo el mundo la estaba mirando con demasiada curiosidad.
—Oh, no… —murmuró.
—¿Qué ocurre? —preguntó Margaret.
—La señora Wilkes.
Su abuela siguió la dirección de su mirada. Era una viuda que se entretenía con la vida d ellos demás sin ser maliciosa, y estaba allí, sonriendo con satisfacción, como una mujer que conocía información privilegiada.
—Querida —murmuró Margaret intentando no reír—, creo que ya eres famosa.
—Voy a mudarme a Escocia.
—Eso parece un poco extremo.
—No después de lo de la cabra.
Entraron finalmente al salón principal y durante unos segundos, incluso Charity tuvo que admitir que era hermoso. El techo estaba cubierto por guirnaldas de flores y cintas blancas. Docenas de velas iluminaban la estancia, multiplicando la luz en los enormes espejos.
La música llenaba cada rincón, parejas giraban sobre el suelo pulido, los caballeros conversaban junto a las paredes y las damas jóvenes ocultaban sonrisas detrás de los abanicos.
El centro de todo aquello, Bath parecía un mundo completamente distinto de Londres. Era más cálido y más humano.
—Lady Charity.
Escuchó su nombre y se giró para ver a lord Nathaniel Pembroke, avanzando hacia ellas con una sonrisa sincera.
El caballero era alto, rubio y parecía visiblemente encantado de verla.
—Me alegra muchísimo que haya venido.
—Gracias por la invitación, milord.
Nathaniel hizo una pequeña reverencia.
—Esperaba que aceptara.
Margaret observó discretamente la escena y decidió que era el momento perfecto para desaparecer.