CAPÍTULO 6
La mañana siguiente amaneció cubierta por una ligera neblina sobre los jardines de Ashbourne House. El rocío aún brillaba sobre la hierba cuando Charity abrió los ojos y lo primero que recordó no fue Bath, ni el paseo, ni siquiera el beso.
Fue aquella frase.
«Todavía no».
Abrió los ojos de golpe contra el dosel de la cama y dejó escapar una exhalación frustrada.
Era absurdo. Completamente absurdo que un hombre pudiera decir solo dos palabras y arruinarle la tranquilidad entera.
Se incorporó lentamente, apartando las mantas mientras intentaba convencerse de que Sebastian Thynne era simplemente arrogante y que ella estaba siendo ridícula.
No funcionó, porque cuanto más lo pensaba, más recordaba la forma en que la había mirado antes de marcharse, como si estuviera absolutamente seguro de algo y eso le resultaba insoportable.
—Odio a ese hombre —murmuró.
—Todavía no son ni las ocho de la mañana, milady —comentó Mary, mientras abría las cortinas—. Es un poco temprano para odiar caballeros.
Charity enterró el rostro un instante entre las manos.
—Eso es lo peor… —murmuró.
Mary se giró lentamente.
—Oh, no… ¿le gus…?
—¡No lo digas, Mary! Y no pongas esa cara —advirtió fulminándola con los ojos.
—¿Cuál cara, milady?
—La de «ya sabía que terminaría pasando».
Mary intentó parecer inocente, pero gracias a su curiosidad fracasó.
—Entonces —dijo la doncella, tomando el vestido de mañana que se pondría la joven, y alisándolo con la mano, muy cerca de Charity para que se desahogara—. ¿Ha vuelto a besarlo?
—¡No! —Negó de inmediato—. El me besó a mí —corrigió con un suspiro y esa confesión empeoró la expresión de la doncella.
—Milady…
—Y antes de que digas nada, fue todo culpa suya.
—Naturalmente, lady Charity —le siguió la corriente Mary.
—Es desesperante.
—Ajá.
—Y arrogante.
—Mhm.
—¡Y cree que entiende todo! —siguió numerando los «defectos» de Sebastian.
Mary colocó el vestido sobre la cama antes de mirarla directamente.
—¿Y usted qué cree, milady? ¿Lo entiende todo, o no?
Charity abrió la boca, la cerró y esa fue respuesta suficiente.
***
Más tarde, durante el desayuno, Charity descubrió que era imposible fingir normalidad frente a su abuelo.
Lord Edmund Bellerose llevaba observándola exactamente diez minutos en absoluto silencio, lo cual era mucho peor que si hubiera hablado.
Charity removió el té innecesariamente una vez, dos veces, y luego tres.
—Si continúas atacando esa taza, terminará confesando crímenes —comentó finalmente el anciano.
Ella levantó la vista.
—No sé de qué habla, abuelo.
—Claro que sí. —Su abuelo dejó el periódico a un lado con demasiada calma—. ¿Qué ocurrió ayer después de que Sebastian te trajera de regreso?
—¿Por qué asume que ocurrió algo? —Charity casi dejó caer la cuchara.
—Porque llevas mirando por la ventana desde hace media hora, como una heroína trágica de novela.
—No estoy haciendo eso.
—Lo estás haciendo ahora mismo.
Ella suspiró con dramatismo.
—Es insoportable.
—¿Quién? ¿Sebastian o el hecho de que te guste? —preguntó lord Edmund y ella lo miró horrorizada.
—¡Abuelo!
Edmund sonrió sin el menor remordimiento.
—¿Qué? Estoy viejo, no ciego.
—No me gusta.
—Entonces, tu expresión es aún más preocupante —bromeó el anciano.
Ella volvió a tomar la taza, evitando cuidadosamente mirarlo, pero su abuelo esperó paciente, como un hombre que había criado hijos, sobrevivido al matrimonio y ahora disfrutaba viendo cómo su nieta se complicaba emocionalmente sola.
—Es muy arrogante… —murmuró Charity finalmente.
—Sí, vaya que lo es —afirmó su abuelo.
—Y excesivamente seguro de sí mismo… —arrugó el ceño, manteniendo la mirada en su té.
—También.
—Y tiene la costumbre irritante de mirarme como si supiera exactamente lo que estoy pensando… —dejó la cuchara sobre el platito y resopló con fastidio.
Edmund ocultó una sonrisa tras la taza.
—¿Y suele acertar? —preguntó con extasiada curiosidad.
—A veces…
—Ahhh…
Charity levantó la vista inmediatamente.
—No haga ese sonido, abuelo —le advirtió.
—¿Qué sonido?
—Ese sonido de «abuelo conspirador» —lo miró como si intentara descubrir algún secreto.
—No tengo idea de qué hablas —mintió el caballero con absoluta tranquilidad.
Ella lo señaló acusadoramente con la cuchara.
—Usted sabe algo, ¿cierto?
—Sé muchas cosas, niña. Soy un viejo —encogió los hombros.
—Pero sobre él; usted sabe algo —insistió ella.
—Desde luego; lo conozco desde niño.
—Pues no pienso preguntarle —replicó exasperada
—Eso sería una pena. Tengo información excelente sobre Sebastian —la molestó.
Charity dejó escapar una exhalación frustrada y su abuelo sonrió con abierta satisfacción antes de inclinarse hacia adelante.
—Entonces, dime una sola cosa, querida.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Qué?
Edmund sostuvo y entonces preguntó suavemente:
—¿Te cayó mal Sebastian? O… ¿te cayó demasiado bien?
Charity lo miró como si acabara de perder completamente el juicio.
—Ninguna de las dos, abuelo.
—Ah.
—No haga ese «ah», se lo suplico… —dijo con fastidio y su abuelo sonrió.
—Es difícil no hacerlo, cuando tus palabras contradicen tu comportamiento —la molestó.
Charity arrugó el ceño, moviendo la cabeza para sí misma.
—Es arrogante, exasperante y tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo… —opinó en voz alta sin darse cuenta.
—Entonces te agrada —conjeturó lord Edmund.
—¡Abuelo!
Lord Edmund soltó una carcajada.
—Querida, cuando realmente detestas a alguien, no amaneces pensando en él.
Aquello la hizo sonrojarse.
—No pienso en él… —intentó negarlo titubeando.
—Por supuesto que no.
—No lo hago —Charity suspiró con frustración y entonces, intentando cambiar de tema, preguntó—: ¿Usted conocía a mi prometido?
La sonrisa de Edmund se volvió más sutil.
—Sí.
—¿Mucho?
—Bastante.
—¿Y qué opina de él?
Su abuelo la observó por encima de la taza.
—Creo que es un buen hombre.
—Todo el mundo dice eso… —respondió cansina y resignada.
—Porque es cierto, querida.
—¿Y además de bueno?
Edmund pensó unos segundos, hasta que respondió:
—Es leal, serio, bastante correcto y muy valiente.
Esa descripción la sorprendió un poco; sobre todo, la última palabra.
—¿Valiente?
—Mucho más de lo que imaginas.
—¿Es atractivo? —Charity jugueteó con la cucharilla. La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Edmund sonrió despacio con demasiada satisfacción.
—¿Eso te preocupa?
—No mucho.
—Entonces no importa.
—Abuelo… —lo miró suplicante.
—Sí, es atractivo.
Ella rodó los ojos inmediatamente.
—Perfecto. Otro hombre convencido de que el mundo gira a su alrededor.
—No exactamente.
—Entonces no lo conoce tan bien.
Edmund decidió, sabiamente, no responder.
***
Los días siguientes transcurrieron con una lentitud desesperante y eso molestó profundamente a Charity porque estaba en Bath, libre, exactamente donde quería estar, y sin embargo, algo parecía faltar.
Los desayunos se volvieron demasiado tranquilos, las partidas de ajedrez con su abuelo continuaron como siempre y los paseos por los jardines seguían siendo agradables.
Pero Sebastian no apareció por la casa desde su paseo y su beso, y aunque aquello no debería importarle, no podía evitar que la irritara.
—¿Va a desgastar esa ventana, milady? —preguntó Mary una tarde.
Charity se giró inmediatamente.
—¿Qué?
—Lleva un tiempo mirando hacia el camino… ¿Espera a alguien? —indagó disimuladamente.
Charity mantuvo el semblante inexpresivo. Los pensamientos afloraron hacia el beso que compartió con Sebastian y después se hundieron, como maderos arrastrados por el torbellino de su mente. Los dedos se habían cerrado en la tela de su vestido sin darle tiempo a reaccionar.
—Solo me gusta el paisaje… —respondió después de un rato.
—Claro… —dijo Mary y siguió acomodando flores como si nada—. Aunque lord Weymouth no ha venido en casi una semana.
Charity se quedó paralizada por un momento y luego giró la cabeza en su dirección.
—¿Y por qué habría de importarme que el conde no hay venido? —cuestionó con la mirada encendida por la rabia.
Mary solo sonrió y Charity decidió que los criados eran peligrosamente observadores.
Al séptimo día llegó una invitación. Un baile local organizado por una familia acomodada de Bath.
No era un gran evento londinense; más bien una elegante reunión campestre y entre los invitados se encontraba un joven caballero que Charity había conocido en Londres: lord Nathaniel Pembroke. Joven, agradable, educado y completamente inofensivo; exactamente el tipo de hombre que debería gustarle.
Cuando la invitación llegó acompañada de una petición expresa para que asistiera, su abuela prácticamente la obligó.
—Será divertido —dijo para convencerla.
—Los bailes rara vez lo son, abuela.
—Este sí —insistió la anciana.
Charity arrugó el ceño y dijo:
—Eso es muy sospechoso.
—No hagas drama y dile a Mary que escoja un vestido; confirmaré de inmediato tu asistencia y date prisa porque el baile es en la noche… —dijo como si nada la anciana.
—¿En la noche, abuela? —increpó y Margaret afirmó con aparente inocencia—. Me parece totalmente descabellado aceptar una invitación que es enviada el mismo día del evento. No iré —dijo en rotundo.
—Irás, niña, y la invitación llegó hace varios días pero estabas tan distraída que ni siquiera escuchaste cuando te lo mencioné en el desayuno.
¿Te sientes enferma o extrañas a Sebastian?
—indagó como si nada la mujer—. Creo que extrañas a Sebastian; solo eso explica por qué no quieres acepar la invitación de un buen amigo y tu cara de funeral de estos últimos días.
—¡Pero qué dices, abuela! —exclamó ofendida—. Por supuesto que ese hombre no tiene ningún tipo de influencia en mi humor, y claro que iré a ese baile.
—¡Bien dicho! —clamó su abuela con una sonrisa de satisfacción.
—Bien —repitió ofuscada, dándose la vuelta para ir a su habitación.
***
Longleat House se encontraba especialmente tranquila aquella tarde. La lluvia había comenzado a caer poco después del almuerzo, golpeando suavemente los ventanales de la biblioteca mientras el fuego crepitaba en la chimenea.