Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Sebastian miró hacia adelante, como si evaluara seriamente abandonar el condado, y Charity sintió que literalmente iba a incendiarse viva.

—No estábamos besándonos… —replicó titubeante.

—Sí estaban —refutó el pequeño.

—¿Desde cuándo eres experto? Un niño no debería saber de esas cuestiones… —Charity quiso desviar el tema.

—Vendo cabras en ferias y veo a muchas parejas como ustedes… —explicó con seriedad.

Su justificación fue tan ridículamente lógica que Sebastian terminó riéndose de verdad, despojándose completamente de la máscara de hombre frío y correcto que ella había conocido la noche anterior.

Charity lo miró sin querer, mientras él seguía riendo, recordando el beso que aun latía en sus labios, hasta que fue interrumpida por el dramático suspiro del niño.

—Definitivamente van a casarse.

—No lo decidiremos basándonos en la opinión de un traficante de cabras de ocho años —dijo Charity.

—Nueve —corrigió el pequeño.

—Eso no mejora nada… y a todo eso, ¿cómo te llamas?

—Timothy, noble dama, para servirle… —respondió, intentando emular una graciosa reverencia.

Sebastian tomó finalmente las riendas otra vez.

—Creo que deberíamos marcharnos antes de que publique nuestro compromiso en todo Somerset.

—¡Ya lo hice en Bath, milord! —exclamó con el pequeño que ahora sabían se llamaba Timothy.

Charity soltó un sonido horrorizado.

—¿QUÉ?

—La señora de las flores dijo que lo comentaría con sus amigas.

Sebastian perdió completamente la batalla contra la risa. Se inclinó apenas hacia adelante, cubriéndose la boca con una mano mientras reía bajo, y Charity cometió el error de mirarlo demasiado tiempo porque ahora sabía cómo se veía Sebastian realmente divertido y era devastador.

El niño dio un paso atrás y saludó alegremente con la mano.

—¡Adiós, lord y lady Enamorados!

—¡NO SOMOS…!

Sebastian hizo avanzar el faetón antes de que Charity pudiera terminar aquella frase.

El carruaje retomó el camino entre árboles y colinas, mientras el eco de la risa del niño quedaba atrás.

Por un momento ninguno habló, hasta que Sebastian, todavía con rastros de diversión en la voz, murmuró:

—Debo admitir que el muchacho tiene convicción.

Charity giró lentamente hacia él.

—Si vuelve a besarme, compraré la cabra y la entrenaré para atacarlo…

Sebastian le sostuvo la mirada desafiante y esa maldita expresión suave volvió a aparecer en sus ojos.

—Entonces, correré el riesgo también esta vez.

Ella lo miró confundida y solo volteó la cabeza.

El silencio después de la partida del niño fue distinto. Ya no existía ese ambiente burlón de antes. Ahora era denso y peligrosamente consciente entre ellos.

El faetón avanzaba entre los caminos rurales mientras el viento movía suavemente los árboles sobre ellos, pero Charity apenas veía el paisaje. Seguía sintiendo el beso y eso la irritaba profundamente porque había sido demasiado fácil y natural responderle.

Sebastian conducía sin mirarla directamente, aunque ella sospechaba que seguía notando absolutamente todo.

Por supuesto, siempre lo hacía.

—No debimos hacer eso… —La frase salió de pronto de los labios de Charity, de forma seca y cortante.

Sebastian no respondió enseguida. Solo sostuvo las riendas con la misma calma insoportable de siempre.

—¿El qué? —preguntó después de un rato, como si comprendiera de qué hablaba la joven.

—Sabe perfectamente de qué hablo. —Charity giró el rostro hacia él.

—Solo quería asegurarme de que hablábamos del mismo beso… —murmuró y eso solo la enfureció más.

—Fue un error —replicó ella, volviendo a girar la cabeza hacia el frente.

Ahora sí él la miró, pero ya no se vislumbraba ningún rastro de diversión en su rostro.

—¿Eso cree? —frunció levemente el ceño.

—Lo sé —afirmó ella, cruzando sus brazos, como si intentara convencerse a sí misma de que tenía razón.

—Interesante… —contestó él, observándola por unos segundos, antes de volver la atención al camino.

—¿Qué tiene de interesante? —preguntó con temor a escuchar la respuesta de Sebastian, pero con suma curiosidad.

—Que no parecía un error cuando me devolvió el beso...

El calor subió inmediatamente al rostro de Charity.

—No le devolví el beso… —murmuró titubeante.

Una ceja oscura del rostro de Sebastian se arqueó apenas.

—Claro.

—Fue un momento de confusión —siguió excusando ella.

—Muy apasionado para ser confusión —contestó él en un susurro.

Ella abrió la boca y la cerró. Volvió a abrirla, y terminó cruzándose de brazos con visible frustración.

—¡Es usted insufrible!

—Y usted está evitando responder honestamente.

—No tengo nada que responder —Charity estaba roja por la vergüenza y sentía arder su rostro.

—Entonces, el beso realmente no significó nada… —La frase fue dicha con demasiada neutralidad por él, como si no le importara.

Eso molestó inesperadamente a Charity.

—No he dicho eso.

—Pero tampoco dijo lo contrario. —Sebastian la observó de reojo apenas un instante, y luego habló más suavemente—. No tiene por qué asustarse tanto.

Eso la hizo tensarse de inmediato.

—No estoy asustada.

—Huyó de Londres para escapar de un hombre al que nunca había visto; diría que sí lo está.

Ella apartó la vista hacia el camino porque lo peor era que parte de ella sabía que tenía razón y lo odiaba por eso.

—No quiero hablar más del tema.

Sebastian asintió lentamente.

—Como desee, milady.

Después de eso, no volvieron a hablar.

***

El resto del trayecto transcurrió en silencio lleno de demasiadas cosas no dichas. Cuando finalmente Ashbourne House apareció entre los árboles, Charity sintió un extraño alivio mezclado con decepción, lo cual era absurdo.

Completamente absurdo.

Sebastian detuvo el faetón frente a la entrada principal y descendió primero. Luego se giró hacia ella y, como todo un caballero, le ofreció la mano.

Charity dudó en aceptarla, pero cuando sus dedos tocaron los de él, todo el maldito beso volvió a su cabeza.

Sebastian también pareció sentirlo y su mano no la soltó inmediatamente.

—Charity…

El modo en que dijo su nombre hizo que levantara la vista.

—¿Qué? —preguntó ella, demasiado rápido.

—No fue un error —dijo él.

El corazón le dio un vuelco tan brusco que casi la enfureció y retiró la mano de inmediato.

—No sé de qué habla.

Ante aquella respuesta, una pequeña exhalación de paciencia escapó de él.

—Claro que lo sabe.

Charity se giró hacia la escalinata.

—Buenas tardes, milord —intentó marcharse, pero Sebastian habló antes de que pudiera dar el primer paso.

—¿También piensa huir de esto?

Ella se detuvo y lentamente giró el rostro hacia él.

Sus ojos claros seguían fijos en ella.

—¿Disculpe?

—Huyó de un prometido desconocido, antes siquiera de darle la oportunidad de hablarle. —Sebastian dio un paso hacia ella—. ¿Va a hacer lo mismo conmigo?

El aire pareció desaparecer alrededor de ella porque ahora ya no estaba hablando de un beso y ambos lo sabían.

—Usted no es mi prometido —respondió, sosteniendo su mirada con el pulso completamente desordenado.

La frase salió demasiado rápido, demasiado defensiva y Sebastian lo notó de inmediato, por lo que una leve sombra de algo parecido a satisfacción cruzó sus ojos.

—No —dijo suavemente—. Todavía no.

Antes de que Charity pudiera entender completamente lo que acababa de decir, Sebastian se dio la vuelta.

Con la misma calma insoportable de siempre, descendió un paso, tomó las riendas del faetón y subió nuevamente al asiento con movimientos precisos, elegantes, como si no acabara de dejar el corazón de ella completamente desordenado.

Charity permaneció inmóvil frente a la escalinata, observándolo confundida porque aquella frase no había sonado arrogante, sino segura.

Sebastian acomodó los guantes lentamente antes de mirarla una última vez desde el carruaje.

La luz dorada de la tarde atravesaba los árboles detrás de él, suavizando apenas las líneas severas de su rostro y entonces le sonrió de una manera íntima, como si compartiera con ella un secreto que aún no pensaba revelar.

—Buenas tardes, lady Charity —fue lo último que dijo. Después de eso, hizo avanzar el faetón.

Las ruedas comenzaron a alejarse lentamente sobre la grava mientras los caballos descendían por el camino entre árboles.

Charity, sin embargo, siguió allí sin moverse, mirándolo marcharse.

Solo cuando él desapareció completamente entre las sombras del sendero comprendió que no estaba evitando a un desconocido, como lo hizo en Londres, sino a un hombre que en apenas un día la besó dos veces, y hacía latir su corazón de un modo descarado.

Entonces, un peligroso deseo comenzó a formarse en su interior y pensó, que quizás, no quería escapar del todo de Sebastian Thynne.