Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Ella apartó la vista hacia la ventana.

—Sigue siendo insufriblemente arrogante.

—Y usted sigue evitando responder la pregunta importante.

—¿Cuál?

—¿Qué habría pasado si su prometido no hubiera sido tan terrible como imaginaba?

—No lo sé. —Charity dejó escapar una exhalación y esa vez sí sonó sincera—. Tal vez nada habría cambiado.

—¿Incluso si él hubiera intentado comprenderla?

Ella volvió a mirarlo lentamente.

—Eso habría requerido que primero quisiera escucharme.

Sebastian no respondió enseguida. Sus dedos se movieron apenas sobre la copa, pensativo.

—Entonces, quizá el problema no era el compromiso, sino sentirse atrapada dentro de él.

Charity se quedó inmóvil porque nadie había entendido eso hasta ahora.

Ni su madre.

Ni su padre.

Ni siquiera ella misma había sabido explicarlo con claridad.

Sin embargo… Él lo había hecho en una sola frase.

—¿He dicho algo incorrecto? —Sebastian notó el cambio en su expresión.

—No. —Ella tardó un segundo en responder—. Y eso es lo molesto de usted —murmuró finalmente, con una leve curva en sus labios.

—¿Solo una cosa? —insistió él para molestarla.

Ella lo miró confundida, y para su sorpresa la risa que escapó de sus labios fue completamente genuina.

***

Más tarde, el regreso comenzó mucho más silencioso que la ida porque ambos parecían demasiado conscientes de las cosas que ya habían dicho.

El faetón avanzaba lentamente por el camino que salía de Bath, mientras la luz de la tarde comenzaba a suavizar el paisaje. El aire era más fresco ahora, y una brisa ligera movía algunos mechones oscuros del cabello de Charity cada vez que el carruaje tomaba una curva.

Sebastian conducía con la misma calma de siempre, pero ya no parecía un desconocido irritante sentado demasiado cerca.

Durante varios minutos ninguno habló. Charity observaba distraídamente los campos verdes extendiéndose a ambos lados del camino, intentando ignorar el hecho de que seguía pensando en lo que él había dicho en la posada.

«Estoy aquí, ¿no?».

Era absurdo que una frase tan simple pudiera seguir rondándole la cabeza.

—Está pensando demasiado fuerte otra vez —comentó Sebastian sin mirarla.

Ella giró el rostro de inmediato.

—¿Cómo sabe que estaba pensando?

—Porque lleva exactamente tres minutos mirando el mismo árbol.

Charity observó el árbol, luego volvió a mirarlo a él.

—Es un árbol interesante —dijo al fin.

—Sí, fascinante… —bromeó Sebastian.

Ella intentó no sonreír, pero fracasó un poco y Sebastian lo notó.

—Ahí está —murmuró él.

—¿Qué cosa?

—La prueba de que sí sabe sonreír cuando no está planeando asesinarme.

Ambos rieron.

—No descarte todavía esa posibilidad, milord —advirtió con un deje divertido y una pequeña risa escapó de él otra vez.

El sonido se la risa de Sebastian volvió a provocar algo extraño dentro de ella, y solo suspiró.

El camino se estrechó ligeramente al atravesar una zona rodeada de árboles altos. Las sombras comenzaban a alargarse sobre el suelo cuando una de las ruedas pasó sobre una piedra más grande de lo esperado.

El faetón dio un leve sacudón, Charity perdió el equilibrio y otra vez, Sebastian reaccionó antes de pensar.

Su mano se cerró alrededor de la cintura de ella para sostenerla firme, caliente incluso a través de la tela del vestido. Nada que no haya hecho ya en las dos ocasiones anteriores. Sin embargo, esta vez ninguno se apartó enseguida.

Charity quedó ligeramente inclinada hacia él, con una mano apoyada instintivamente sobre su brazo, tan cerca que podía notar detalles que antes parecían invisibles, como el leve aroma a cuero y viento fresco, la sombra oscura de su barba apenas naciendo al final del día, la intensidad insoportable de sus ojos cuando la miraban de cerca y le costó seguir respirando con normalidad.

Sebastian tampoco parecía respirar del todo normal ahora.

Su mirada descendió apenas hacia los labios de ella, de un modo que pensó sería imperceptible, pero Charity lo vio.

—Empiezo a sospechar que el universo insiste en arrojarla encima de mí... —murmuró Sebastian, con la voz más ronca de lo habitual.

Ella debería haberse apartado en ese mismo momento; debería haber hecho un comentario mordaz, haber recuperado el control… En cambio, se quedó allí mirándolo, sintiendo el pulso acelerarse absurdamente.

—Quizás, el universo intenta castigarme… —susurró ella entre suspiros, y ese simple gesto le arrancó una sonrisa mínima a él.

La mano de Sebastian seguía en su cintura, y ahora Charity era dolorosamente consciente de ello.

—Bueno, no parece muy arrepentida… —el halo de su aliento al pronunciar aquello, hizo que Charity cerrara los ojos, pero no se apartó y al abrir los párpados, mantuvo su mirada firme en los ojos de él.

—No estoy segura todavía…

El faetón seguía avanzando lentamente, pero el resto del mundo parecía haberse quedado quieto alrededor de ellos.

Sebastian levantó una mano despacio y apartó un mechón de cabello que el viento había dejado junto al rostro de ella. El roce de sus dedos contra su piel fue demasiado suave para un hombre como él.

Los ojos de Charity se abrieron apenas porque no había burla ni provocación en ese gesto; solo una atención infinitamente íntima de la que no quiso escapar.

—Sebastian… —murmuró sin pensar.

El cambio en el conde fue inmediato.

Sus ojos se fijaron en ella con una intensidad renovada, porque era la primera vez que pronunciaba su nombre sin sarcasmo, ni apodos. Solo lo llamaba a él.

Su mano descendió lentamente desde su rostro, pero sus dedos rozaron la línea de su mandíbula más de lo necesario.

—Eso ha sonado peligrosamente bonito, viniendo de usted.

El corazón de Charity dio un vuelco absurdo y antes de que pudiera decidir si aquello era una excelente idea o una catástrofe inevitable, Sebastian se inclinó hacia ella, dándole el tiempo justo para apartarse, para detenerlo y huir.

Pero ella no hizo ninguna de las tres cosas y sus labios chocaron esta vez, sin la excusa de que fuera accidente alguno.

El beso fue suave al principio, un tanto cauteloso incluso, como si ambos estuvieran descubriendo algo que no esperaban encontrar.

Pero el instante en que Charity respondió, algo cambió.

Sebastian tiró de las riendas con su mano libre y el faetón se detuvo.

Entonces, su mano volvió a afirmarse en su cintura, acercándola un poco más mientras el beso se profundizaba apenas lo suficiente para hacer que el mundo entero pareciera desaparecer durante unos segundos.

Estaban sumergidos en esa vorágine de pasión, en esas sensaciones que ninguno de los dos imaginó sentir.

No pensaban, solo sentían y disfrutaban del momento; él estaba embelesado con los labios tibios y suaves de Charity, y ella…

se sentía como una debutante ante el abordaje de la boca firme y experta de Sebastian, mezclados en la humedad de la pasión que iba en aumento.

—¡LO SABÍA!

Una voz atravesó el momento como un disparo.

Charity se separó de Sebastian tan rápido que casi volvió a perder el equilibrio en el asiento del faetón.

El niño de la cabra apareció al borde del camino como si hubiese emergido directamente del infierno con fines exclusivamente románticos. La pequeña cabra blanca seguía bajo su brazo y seguía juzgándolos.

—¡Les dije que hacían buena pareja! —anunció triunfalmente.

El horror atravesó el rostro de Charity.

—¿Qué haces aquí, pequeño diablillo? —lo cuestionó.

—Vendiendo cabras —respondió el pequeño como si fuera lo más evidente.

—¿Aquí?

—Las personas del campo también necesitan cabras —excusó, encogiendo sus hombros.

Sebastian se pasó lentamente una mano por la mandíbula, intentando, y fallando un poco, en ocultar su sonrisa, lo cual empeoró el estado mental de Charity.

—No ocurrió nada —declaró ella inmediatamente.

El niño miró a Sebastian, luego a ella y luego otra vez a Sebastian.

—Milord, creo que su esposa miente bastante.

—¡NO SOY SU ESPOSA! —corrigió de inmediato.

La cabra baló como si disintiera y Sebastian finalmente soltó una pequeña risa baja, relajada, que hizo que Charity quisiera estrangularlo y besarlo otra vez al mismo tiempo.

—Debo admitir que la situación empieza a parecer difícil de defender —dijo Sebastian con excesiva tranquilidad.

—No la ayude, milord —dijo el pequeño.

—Estoy intentando ayudarme a mí mismo, pequeño bribón.

El niño se acercó un poco más al carruaje con descarada curiosidad. Arrugó el ceño y preguntó:

—¿Van a casarse pronto? Porque mi padre dice que, cuando un hombre que se considere un caballero, compromete a una dama soltera, debe responder por su honor con matrimonio.

—¡No!

—No lo sé.

Respondieron al unísono ambos. Charity con su negativa rotunda y Sebastian con aquella divagación dudosa.

Se miraron y el silencio que los envolvió fue peligrosísimo porque la idea ya no parecía completamente absurda.

Charity apartó la vista primero.

—Esto es ridículo. —Negó de inmediato.

—Estoy empezando a encontrarlo encantador —murmuró Sebastian, divertido.

Ella giró tan rápido hacia él que un mechón de cabello se soltó completamente de su recogido.

—¿Encantador?

—La cabra tiene buen juicio —excusó Sebastian.

—¡La cabra es un demonio! —corrigió ella.

El niño sonrió ampliamente al verlos discutir otra vez.

—Milady, mi padre dice que cuando una mujer discute así con un hombre es porque ya lo eligió.

Sebastian tosió una risa y Charity cerró los ojos un segundo.

—¿Dónde está tu padre? —inquirió ella, furiosa.

—Murió… —respondió el pequeño, bajando la cabeza—. Pero me dio muchos consejos antes de que ocurriera.

—Oh… —fue lo único que Charity pudo decir.

—Y mi madre también dice lo mismo —insistió el niño.

Sebastian bajó apenas la mirada para ocultar otra sonrisa y el pequeño levantó entonces la cabra hacia ellos.

—Ahora sí deberían comprarla —sonrió, inflando sus cachetes—. Es prácticamente parte de vuestra historia de amor…

—Niño, no hay ninguna historia de amor —protestó Charity con más suavidad.

—Entonces… —El niño ladeó la cabeza, arrugó el ceño y los repasó de a uno con la mirada—. ¿Por qué se estaban besando?