CAPÍTULO 5
Bath se volvió más tranquilo conforme dejaron atrás el mercado principal. Las calles elegantes y las fachadas de piedra dorada recuperaron cierta calma refinada, y el aire fresco comenzaba a llenarse del aroma cálido de pan recién horneado y carne especiada.
—Espero que tenga hambre —comentó Sebastian.
Charity lo miró con cautela.
—¿Eso significa que piensa alimentarme ahora?
—Me han dicho que las personas son menos agresivas después de comer —afirmó el caballero, con media sonrisa.
—Entonces, claramente nadie le ha dado suficiente comida a usted —lo provocó, pero en un tono divertido que no molestó a Sebastian.
En cambio, él señaló un edificio de fachada sobria pero elegante y la dirigió a esa dirección.
El sitio no era exactamente una taberna ruidosa, sino una posada refinada con comedor privado para viajeros y familias distinguidas.
Desde las ventanas escapaba una mezcla tentadora de vino caliente, hierbas y mantequilla.
—¿Qué es este sitio? —preguntó Charity, mientras entraban al vestíbulo.
—Una posada respetable y tranquila.
—Eso suena sospechosamente aburrido —murmuró, recorriendo el sitio con la mirada.
—Le prometo que la comida compensa todos mis defectos —aseguró él, señalando un pasillo para que ella caminara primero.
A Charity, aquellas palabras le arrancaron una pequeña sonrisa antes de poder evitarlo y caminó hacia donde él le había indicado, llegando hasta una enorme puerta que antecedía el comedor interior cálidamente iluminado, con mesas de madera oscura y una chimenea encendida pese a la claridad del día.
Algunos caballeros conversaban cerca del fuego, mientras varias damas tomaban té, pero apenas entraron, tres personas sonrieron como si acabaran de confirmar un compromiso matrimonial.
Charity cerró los ojos un segundo y negó con la cabeza.
—Esto ya no puede empeorar, ¿cierto? —le preguntó a su acompañante—. Al parecer, los habitantes del pueblo han decidido emparejarme con usted.
—No se puede subestimar Bath, milady —murmuró Sebastian, corriendo la silla para ella, mientras ocupaban una mesa junto a la ventana.
Ambos tomaron asiento uno delante del otro sin decir una palabra. Por primera vez desde que había comenzado el paseo, el silencio entre ellos no se sintió como una batalla hasta que un camarero se acercó rápidamente.
—¿El menú de siempre, lord Weymouth? —preguntó con gentileza.
—Sí, para dos. Y té para la dama, por favor —ordenó al joven que asintió con la cabeza y se marchó.
Charity alzó una ceja y lo observó con curiosidad.
—¿Cómo sabe que quería té? —preguntó, en cuanto el joven camarero se retiró.
—Porque detesta el café —confesó él.
—Nunca dije eso. —Charity parpadeó desconcertada—. ¿Cómo lo supo?
—Porque hizo una mueca de desagrado cuando pasamos junto al puesto de café, en el mercado —explicó como si fuera algo evidente.
Sin embargo, a ella le pareció bastante extraño y lo miró fijamente.
—¿Sabe que esas requisas podrían resultar muy inquietante para una extraña como yo? —inquirió con naturalidad, deseando conocer un poco más al hombre detrás de ese semblante severo que, ahora ya no le resultaba tan estirado.
—No la estuve requisando, solo la estuve observando para que no volviera a tropezar con puestos de cabras y, en cuanto a lo otro, convengamos que usted no es una extraña, milady —explicó con calma.
—Ah ¿no? Entonces, ¿Qué soy para usted? —curioseó, sin darse cuenta que su pregunta podía malinterpretarse.
Una sombra de diversión cruzó los ojos de Sebastian, que ladeó su rostro y la miró sin parpadear por unos segundos, poniéndola nerviosa.
—La nieta preciada del mejor amigo de mi abuelo, y mi invitada a este paseo, naturalmente… —contestó él adrede, notando la leve decepción en el rostro de Charity.
Ella iba a responder con algo mordaz, pero entonces lo observó realmente sin estar preparándose para atacar.
La luz cálida suavizaba las líneas severas de su rostro, y aunque seguía manteniendo esa compostura impecable, ya no parecía tan frío como la noche anterior.
Sebastian parecía distinto allí, más relajado.
—¿Siempre ha vivido aquí? —preguntó ella finalmente.
Él apoyó una mano sobre la mesa.
—Siempre he ido y venido, pero desde hace unos meses decidí establecerme aquí —explicó.
—¿Y no le aburre?
Él la miró pensativo y después negó con la cabeza.
—No particularmente —respondió.
—¿Nunca quiso algo distinto? —indagó esta vez Charity; Sebastian le parecía un hombre de mundo, aunque se cerrara en sí mismo como en aquel momento que respondía tan escuetamente a sus preguntas.
—Mi padre murió cuando yo tenía veinte, hace diez años —respondió, despojándose de toda frivolidad—.
El título llegó antes de lo esperado… —Su voz seguía calmada, pero había algo distinto debajo; algo similar a cansancio—.
Mi abuelo ya era mayor para ocuparse de los negocios.
Había arrendatarios dependiendo de nosotros, cosas que resolver, propiedades que administrar…
—explicó, mientras Charity lo observaba atentamente.
—Entonces, se hizo cargo de todo... —acotó ella.
El asintió con la cabeza.
—No había demasiadas opciones —explicó Sebastian—.
Con el tiempo, comencé a hacer negocios con extranjeros y aproveché para viajar por el continente; pasé algunas temporadas en Francia y otras en España, hasta que hace un año me instalé en Londres, pero no fue muy de mi agrado y decidí regresar, de un modo permanente aquí.
—Bueno, es bastante provechoso que haya podido expandir sus horizontes, pero siempre hay opciones, milord. ¿No lo cree?
Sebastian la miró entonces directamente.
—No para todos.
Esa respuesta la hizo callar, porque entendió que Sebastian no era correcto porque disfrutara controlarlo todo, sino porque alguien tenía que serlo.
—Debió ser difícil —dijo ella más suavemente.
Y entonces ocurrió algo inesperado: Él sonrió apenas con honestidad y movió la cabeza afirmativamente.
—Sí.
Esa simple palabra la desarmó más que todas las discusiones anteriores.
El camarero llegó en ese momento y dejó la comida sobre la mesa, pero Charity apenas le prestó atención.
Su mirada estaba fija en Sebastian, como si al fin hubiera descifrado el misterio en él y sintió lástima de sí misma, porque ahora no lo veía como al hombre arrogante que la provocaba, sino al joven que había tenido que convertirse demasiado pronto en alguien que jamás podía equivocarse.
El camarero se retiró después de servirles, dejando entre ambos una mesa demasiado pequeña para la cantidad de tensión silenciosa que comenzaba a instalarse allí.
Por unos minutos, solo se oyó el suave murmullo del comedor y el sonido ocasional de cubiertos contra porcelana.
Charity agradeció el respiro porque mirar a Sebastian mientras hablaba de su padre había sido incómodamente humano y eso era mucho más peligroso que discutir con él.
Sebastian tomó un sorbo de vino antes de apoyarse ligeramente en el respaldo de la silla.
—Ahora entiendo algo —musitó y Charity levantó la vista.
—Eso suena amenazante, milord —respondió mientras se servía té—. ¿Puede vislumbrarme con su descubrimiento?
—Siempre huye antes de conocer realmente a las personas —afirmó Sebastian.
Ella arqueó una ceja.
—Qué conclusión tan dramática.
—¿Es incorrecta? —insistió y Charity jugueteó con el borde de la taza.
—No huyo de las personas, lord Sebastian… —enfatizó el nombre del caballero, que sonrió casi imperceptiblemente.
—Huyó de un compromiso, lady Charity —le recordó.
—No es lo mismo —refutó la joven, bebiendo un sorbo de su té.
—¿No?
Sus ojos se sostuvieron unos segundos y, por primera vez desde que se conocían, Charity no respondió de inmediato con ironía.
—No quería casarme con un desconocido —dijo finalmente.
Sebastian permaneció en silencio, atento, esperando la explicación que intuía la joven dama tenía en la punta de la lengua.
—Todo el mundo actuaba como si fuera perfectamente normal —continuó ella—. Como si bastara con decirme «es un buen hombre» para que aceptara entregarle toda mi vida… —confesó con un matiz de frustración en su voz—. Ni siquiera me preguntaron qué quería.
Sebastian la observó con calma y dijo:
—En muchas familias eso no se pregunta, lo sabe.
—Entonces, muchas familias están equivocadas.
Esa respuesta le arrancó una leve sonrisa a Sebastian.
—No esperaba menos respuesta de usted, milady.
Charity ignoró el comentario y siguió hablando.
—Mi madre hablaba del matrimonio como si fuera un acuerdo conveniente. Mi padre insistía en que el hombre era honorable, estable, respetado… —hizo una pausa—. Todo sonaba terriblemente frío.
—¿Y qué esperaba encontrar? —preguntó él, realmente interesado.
—No lo sé. —Ella soltó una pequeña risa sin humor. La sinceridad de esa respuesta pareció sorprender incluso a ella misma—. Pero no quería despertar un día junto a un hombre al que mirara y pensara «podría haber sido cualquiera».
Sebastian bajó lentamente la copa y apoyó las manos en la mesa.
—Así que, huyó porque quería sentir algo —concluyó Sebastian.
Ella lo miró y afirmó con la cabeza.
—¿Eso le parece absurdo?
—No —la respuesta fue demasiado inmediata—. Pero sí me parece arriesgado.
Charity apoyó un brazo sobre la mesa.
—¿Y qué tiene de malo arriesgarse?
—Bueno —él se encogió de hombros levemente—. Depende de cuánto esté dispuesto uno a perder.
—Ahí está otra vez —Charity sonrió, negando.
—¿Qué cosa?
—Habla como si la vida fuera un contrato.
—Para algunas personas lo es, lady Charity.
Ella frunció apenas el ceño.
—Eso suena triste.
—Suena práctico —la corrigió.
—No todo debería ser práctico.
—No todo puede ser impulsivo.
Charity sonrió apenas.
—¿Sabe qué creo realmente?
—Estoy seguro de que me lo dirá.
—Creo que usted jamás ha hecho algo simplemente porque lo deseaba.
Eso lo hizo quedarse quieto un instante.
—Se equivoca.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Ah, sí?
Sebastian sostuvo su mirada, considerando cuidadosamente su respuesta.
—Estoy aquí, ¿no?
El corazón de Charity dio un pequeño vuelco absurdo, porque había demasiadas formas de interpretar aquello y todas eran peligrosas.