Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

—Y esta otra —continuó el niño, señalando una cabra más pequeña que intentaba escapar de una caja—, es bonita, pero muerde cuando se enfada. —Esta vez miró directamente a Charity—. Como usted, noble dama.

Sebastian sí se rió esa vez abiertamente y Charity odió descubrir cuánto le gustaba escucharlo.

—Veo que ya ha hecho un análisis completo de nuestras personalidades —dijo Sebastian.

—Mi madre dice que entiendo mucho de matrimonios —explicó el pequeño con una sonrisa deslumbrante.

Eso hizo que ambos guardaran silencio un segundo y el niño lo aprovechó.

—Además, hacen buena pareja.

—No hacemos buena pareja —replicó Charity, demasiado rápido.

—Pero discuten como una. —El niño se encogió de hombros, pasando la mirada de Charity a Sebastian, y de Sebastian a Charity.

Sebastian la observó de lado y le susurró a ella:

—Debo admitir que el pequeño negociante tiene argumentos sólidos.

—Ni se le ocurra animarlo —le advirtió ella.

—¿Por qué no? Es probablemente el único comerciante honesto de Bath —replicó.

—¡Exacto! —celebró el niño que escuchaba perfectamente todo.

Entonces, la cabra que sostenía se removió en sus brazos, se liberó y comenzó un verdadero desastre.

El animal saltó directamente hacia Charity, que soltó un pequeño grito indignado y retrocedió instintivamente, chocando contra una cesta de verduras. Las zanahorias salieron volando, un perro comenzó a ladrar y la cabra siguió avanzando con la determinación de una criatura enviada por el demonio.

—¡La cabra me odia! —gritó sin ningún decoro.

—Creo que intenta cortejarla —murmuró Sebastian, intentado controlar la risa que le provocaba toda la situación.

—¡NO ES EL MOMENTO! —gritó ella, cuando el animal volvió a lanzarse.

Charity retrocedió demasiado rápido, pisó mal y Sebastian reaccionó antes siquiera de pensar, tomándola de la cintura.

Él la atrajo bruscamente contra su cuerpo, justo cuando la cabra pasaba entre ambos como un proyectil peludo.

El mundo pareció detenerse porque Charity quedó prácticamente pegada a su pecho, mientras la mano de Sebastian seguía firme en su cintura y la otra sujetaba su brazo. Sin embargo, esta vez, sus rostros quedaron demasiado cerca.

—¡Oh…! —susurró el niño con absoluta fascinación—. ¡LO SABÍA! —gritó aplaudiendo y entonces, la señora Wilkes, que era una consumadora cotilla del pueblo, apareció de entre el puesto de flores, como si hubiese estado esperando exactamente ese momento.

—¡Están enamorados! —exclamó la señora regordeta que los observaba con embeleso.

—¡No lo estamos! —protestó Charity de inmediato, pero ya era demasiado tarde.

Varias personas alrededor comenzaron a sonreír. Una anciana suspiró emocionada, alguien más aplaudió y el niño levantó triunfalmente a la cabrita que había logrado atrapar.

—¡Les dije que la cabrita daba suerte! —exclamó el niño con orgullo.

—Esto es una pesadilla… —susurró Charity, soltándose de inmediato de Sebastian y alejándose a una distancia de medio paso.

Sebastian bajó apenas el rostro hacia ella y esa maldita calma divertida volvió a aparecer.

—Me temo, milady, que ahora estamos comprometidos ante todo el pueblo —le dijo Sebastian, mientras ella lo miraba enfurecida.

—Ya basta… —masculló, mientras el público se dispersaba nuevamente.

La plaza tardó varios minutos en recuperar el orden. El niño, que parecía orgullosísimo del caos que había provocado, los observaba con renovado interés, mientras Charity intentaba recuperar algo de dignidad bajo la mirada divertida de medio Bath.

—Esto es culpa suya —acusó a Sebastian.

—Estoy seguro que la cabra discreparía con usted.

—¡La cabra es un criminal! —protestó ella, abochornada.

—Y usted acaba de declararle la guerra públicamente, milady —bromeó él.

El niño seguía sonriendo como si hubiese presenciado la escena romántica más conmovedora de Inglaterra.

—Les dije que hacían bonita pareja —volvió a intervenir en la conversación.

—No lo repitas, niño —dijo Charity con expresión severa.

—Lo repetiré muchísimo, todas las veces que quiera —la desafió el pequeño.

Sebastian dejó escapar una pequeña risa antes de sacar unas monedas del bolsillo del abrigo.

—Por el entretenimiento —dijo, entregándoselas al niño.

Los ojos del pequeño brillaron de inmediato.

—¡Gracias, milord! —Luego miró a Charity con absoluta sinceridad—. A usted también le gusta él, milady. Debería ser más amable.

—¡No me gusta! —dijo alterada, discutiendo con el niño que la miró con desdén.

—Eso dicen todos antes de casarse.

Sebastian tosió suavemente para ocultar otra sonrisa, en tanto Charity estaba a segundos de arrojar al niño al estanque más cercano.

—Será mejor que nos marchemos —dijo él finalmente.

—Esa es la mejor idea que ha tenido hoy —replicó ella, caminando rápidamente lejos del puesto de cabras.

Comenzaron a alejarse entre murmullos y sonrisas descaradas de la gente del mercado, y aunque Charity intentó ignorarlo, seguía sintiendo el calor de la mano de Sebastian cuando la sostuvo de su cintura, y siendo sincera con ella misma, no estaba segura de poder olvidar esa sensación en poco tiempo.