CAPÍTULO 4 #2
—Por ejemplo, por qué parece un profesor severo atrapado en el cuerpo de un hombre peligrosamente atractivo… —confesó casi en un susurro, mientras sentía el calor subirle por el cuello.
Sebastian se detuvo de inmediato, guardando silencio y Charity, que no se percató de haber dado voz a sus pensamientos, bajó la mirada horrorizada.
—Eso ha sido inesperadamente específico, lady Charity.
El calor ya le subió directo al rostro.
—Olvide lo que dije, fue una crítica trivial… —excusó ella, intentando recuperar la compostura y mostrando una sonrisa de «no te tomes en serio mis palabras».
—Incluso si lo pone de ese modo, no creo poder olvidarlo —dijo Sebastian con total seriedad.
Charity resopló frustrada.
—Entonces, sufriré las consecuencias de mi debilidad momentánea.
—Oh, yo no lo llamaría debilidad —contestó él de un modo misterioso.
Charity suspiró porque eso empeoraba todo, y para salvarse de la incómoda situación, se dirigió al primer puesto que encontró.
—Quiero ver eso —le dijo a su acompañante, cambiando de tema con habilidad.
Sebastian solo negó con la cabeza y la siguió hasta el puesto, donde el vendedor levantaba varias telas coloridas mientras él permanecía detrás de Charity, observándola con una tranquilidad cada vez más sospechosa.
—Este azul resaltaría mucho los ojos de la joven dama —comentó el comerciante.
—¿Ve? —dijo Charity rápidamente—. Al menos alguien aquí tiene modales agradables.
—Está intentando comprar aliados —replicó Sebastian.
—Y está funcionando —dijo ella, en tanto el comerciante sonreía ampliamente.
—¡Hacen una pareja encantadora! —dijo de pronto el vendedor—. Estoy seguro que milord estará encantado con todas las prendas que mande a confeccionar con estas telas.
Charity cerró los ojos un segundo.
—Es una conclusión apresurada, señor. —Sebastian no ayudó en absoluto con su comentario, porque avivó más la zalamería del hombre.
—¡Oh, vamos! —rió el vendedor—. La manera en que la mira lo delata todo, milord.
Eso sí tomó a Sebastian desprevenido y su rostro se contrajo un poco, aunque rápidamente lo disimuló, pero Charity lo vio y decidió disfrutarlo.
—¡Qué tragedia! —dijo ella con falsa compasión—. Ahora el pueblo entero creerá que está enamorado de mí.
Sebastian sostuvo su mirada unos segundos y su semblante cambió de uno serio a uno a burlón.
—Hay destinos peores, milady —replicó con sorna, borrando del rostro de Charity aquella sonrisa.
Ella dejó de respirar un instante y el maldito hombre lo sabía.
Dejó a un lado las telas y continuaron avanzando por la plaza, pero ahora las miradas eran más evidentes, al igual que las sonrisas y los murmullos porque, sin darse cuenta, habían comenzado a caminar demasiado cerca uno del otro como personas acostumbradas a acompañarse.
El aire olía a pan dulce, flores frescas y cuero nuevo, mientras comerciantes competían entre sí elevando la voz para atraer compradores.
Charity caminaba apenas un paso por delante de Sebastian, fingiendo que no era plenamente consciente de su presencia detrás de ella, lo cual era mentira.
—No entiendo cómo logra usted que todo el mundo lo salude —murmuró mientras esquivaban una cesta de manzanas.
—Años de práctica.
—O manipulación.
—También útil.
Ella iba a responder cuando un pequeño bólido humano apareció de la nada. Se detuvieron justo, cuando intentaban atravesar una pequeña calle lateral abarrotada de puestos ambulantes.
Un niño de no más de ocho años se atravesó frente a ellos cargando algo que chillaba.
—¡Cuidado! —exclamó Charity, frenando de golpe.
Sebastian reaccionó al instante, colocando una mano en la parte baja de su espalda para evitar que chocara contra el pequeño, teniéndola demasiado cerca de él otra vez.
—Mis disculpas, milord —dijo el niño sin parecer realmente arrepentido.
Tenía el cabello despeinado, las mejillas sucias y una energía imposible de contener. Bajo el brazo llevaba una diminuta cabra blanca envuelta en un lazo azul.
La cabra miró directamente a Charity y Charity le devolvió exactamente la misma expresión desconfiada.
—No muerde mucho —informó el niño con orgullo.
—Eso no es tranquilizador —replicó ella.
El pequeño ignoró el comentario por completo, porque claramente había detectado una oportunidad de negocio.
—Son una pareja muy elegante —dijo observándolos con descarado análisis—. Esta cabrita sería perfecta para ustedes.
Sebastian cruzó los brazos lentamente.
—¿Nosotros?
—¡Claro! —respondió el niño como si fuera evidente—. Las parejas felices siempre compran animales.
Charity se atragantó con el aire.
—No somos una pareja —aclaró de inmediato.
—Todavía no —corrigió el niño con absoluta convicción.
Sebastian bajó la mirada hacia ella, y el muy desgraciado parecía divertirse.
—Es un observador optimista —opinó él.
—Soy comerciante —corrigió el niño—. Hay diferencia.
La cabra baló como si estuviera apoyando la negociación.
—No queremos una cabra —dijo Charity con firmeza.
—Podría alegrarles la casa —insistió el niño.
—No compartimos casa —volvió rebatir Charity.
—Todavía no —repitió el niño de nuevo.
Sebastian giró ligeramente el rostro para ocultar una sonrisa y eso solo empeoró el humor de Charity.
—¿Todos en este pueblo han perdido completamente el juicio? —preguntó a la nada.
—Posiblemente —murmuró Sebastian—. Empiezo a sospecharlo, milady.
El niño, decidido a no perder una venta potencial, se colocó delante de ellos, obligándolos a detenerse justo frente a su pequeño puesto improvisado lleno de animales: conejos, gallinas, una tortuga dormida y al menos otras dos cabras que parecían emocionalmente inestables.
—Mire esta —dijo levantando otro cabrito—. Es tranquilo, elegante y bastante terco —señaló a Sebastian—. Como usted, milord.
Charity soltó una risa involuntaria, en tanto Sebastian arqueaba una ceja.
—Qué descripción tan halagadora.