Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La mañana siguiente llegó demasiado pronto para el gusto de Charity.

Había dormido mal y cada vez que cerraba los párpados, veía unos ojos grises observándola con exasperante tranquilidad.

Mary terminó de acomodar las cintas de su vestido azul claro mientras intentaba, sin mucho éxito, ocultar una sonrisa.

—¿Planea fruncir el ceño todo el día, milady? —preguntó.

—Sí.

—Excelente. Seguro resultará encantador durante el desayuno.

Charity le lanzó una mirada.

—No pienso volver a discutir con ese hombre.

—Claro que no.

—Ni siquiera voy a mirarlo —aseguró.

—Por supuesto.

—Mary…

—Milady.

Charity suspiró.

Sabía perfectamente que estaba siendo juzgada y peor aún, quizás lo merecía.

Cuando entró al comedor, esperaba encontrar únicamente a sus abuelos, pero por supuesto el universo decidió castigarla porque Sebastian ya estaba allí de pie, junto a la ventana, vestido con ropa de montar en tonos claros que, de manera profundamente injusta, le sentaban demasiado bien.

La luz de la mañana delineaba la amplitud de sus hombros y suavizaba apenas la severidad habitual de sus facciones. Su cabello oscuro aún parecía ligeramente desordenado por el viento exterior, como si acabara de regresar de cabalgar y eso, inexplicablemente, lo hacía aún peor.

Sebastian levantó la vista al oírla entrar, sus ojos se encontraron y aquella maldita calma volvió a aparecer en el rostro de él.

—Lady Charity.

—Lord perfectamente correcto.

La esquina de la boca de Sebastian se movió apenas.

—Empiezo a sospechar que disfruta más del apodo que de mi compañía.

—Oh, no son mutuamente excluyentes —replicó, notando que el caballero la miraba de un modo distinto, poniéndola nerviosa.

Sin embargo, la voz de su abuela llegó en el momento más oportuno.

—Buenos días, querida —saludó Margaret desde la mesa—. Sebastian acaba de llegar.

—Qué sorpresa.

—Acabo de regresar del pueblo, en realidad —explicó él mientras tomaba asiento.

Lord Edmund dejó el periódico sobre la mesa.

—¿Cómo está Bath esta mañana?

—Lleno de turistas, comerciantes y caballos mal entrenados.

—Entonces, exactamente igual que siempre… —murmuró Charity mientras se servía té.

Sebastian la observó por encima de la taza.

—¿Conoce bien el pueblo?

—Lo suficiente para no perderme en estanques —respondió y su abuelo tosió para ocultar una risa.

Sebastian no pareció ofendido.

—Entonces, quizás pueda orientarme usted esta vez.

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Disculpe?

—Pensaba dar un paseo después del desayuno —dijo él con tranquilidad—. Y dado que se encuentra aquí temporalmente, imaginé que podría resultarle entretenido acompañarme.

El silencio fue inmediato y Charity lo miró con abierta sospecha.

—¿Está invitándome a pasear? —Ella arqueó una ceja.

—Eso parece.

—¿Voluntariamente? —volvió a inquirir.

—Aún estoy intentando comprender mis motivos, pero sí —dijo Sebastian.

—¡Es una idea maravillosa! —La abuela intervino demasiado rápido.

Charity estrechó los ojos. Ahí estaba otra vez ese entusiasmo sospechoso de sus abuelos.

—No creo que sea apropiado —dijo ella con cautela.

—Por supuesto que lo es —replicó lady Margaret—. Además, Sebastian conoce perfectamente Bath.

—Y yo también.

—Entonces no te perderás.

Sebastian bajó la taza con calma.

—Aunque, si le preocupa quedarse a solas conmigo, puedo asegurarle que el pueblo estará lleno de personas.

Charity lo miró fijamente.

—No me preocupa quedarme a solas con usted.

—Eso es decepcionante… —dijo él con sorna.

—Y usted continúa siendo insoportable, milord.

—También decepcionante.

Lord Edmund observó a ambos con expresión demasiado satisfecha.

—Creo que el paseo les hará bien —comentó.

Charity dejó lentamente la taza sobre el plato. Todo aquello le empezaba a parecer peligrosamente organizado.

Miró a su abuela, luego a su abuelo y finalmente a Sebastian. Él seguía observándola con esa tranquilidad irritante, pero también con expectativa, como si realmente quisiera que aceptara y eso, por alguna razón absurda, la desarmó un poco.

—Bien —cedió finalmente—. Pero si vuelvo a terminar cerca de un estanque, pienso empujarlo dentro —le advirtió, por aquella absurda historia que él había inventado.

Sebastian sonrió.

—Tomaré el riesgo —replicó con una media sonrisa.

***

El paseo comenzó antes incluso de abandonar la propiedad.

Cuando Charity descendió los escalones principales, esperaba encontrar un carruaje cerrado.

En cambio, Sebastian aguardaba junto a un elegante faetón oscuro de dos ruedas, ligero y perfectamente adecuado para recorridos cortos por el campo y el pueblo.

Dos caballos castaños permanecían inmóviles frente a él, bien entrenados, brillando bajo la luz clara de la mañana.

Y él… Naturalmente parecía pertenecer allí.

Vestido con ropa de montar en tonos claros, guantes de cuero y botas altas impecables, sostenía las riendas con una facilidad irritante, como si hubiese nacido exactamente para verse así de insufriblemente correcto.

Charity se detuvo junto a la escalinata.

—¿No hay cochero?

Sebastian levantó la vista hacia ella.

—No lo necesito —respondió.

—Eso suena peligrosamente arrogante —resopló ella.

—Y aun así ha bajado —la provocó.

Charity estrechó los ojos y dijo:

—Empiezo a sospechar que disfruta demasiado contradiciéndome, milord.

—Me alegra que empieza a comprenderme entonces, milady —respondió él, mientras Mary, que observaba discretamente desde la entrada, tuvo que girarse para ocultar la sonrisa.

Sebastian descendió un paso y le ofreció la mano; Charity miró primero su tacto y luego su cara, hasta que finalmente aceptó. Sin embargo, el problema fue que Sebastian no solo la ayudó a subir, sino que la sostuvo apenas un segundo más de lo necesario; lo suficiente para desestabilizarla.

—Qué teatral… —murmuró ella al acomodarse en el asiento.

—Todavía no ha visto nada teatral por mi parte —le advirtió él, cosa que no la tranquilizó en absoluto.

Sebastian tomó asiento a su lado, demasiado cerca para su paz mental, y segundos después el faetón comenzó a avanzar por el camino de grava que abandonaba Ashbourne House.

El trayecto hacia Bath no era largo.

Apenas unos kilómetros de suaves caminos rurales rodeados de colinas verdes, cercas de piedra y árboles antiguos que filtraban la luz de la mañana sobre ellos.

El aire fresco arrastraba el olor húmedo de la hierba y la tierra reciente, mientras las ruedas avanzaban con un sonido constante y relajante.

Pese a todo, Charity estaba incómodamente consciente de él, de la cercanía de su brazo, de sus manos firmes sosteniendo las riendas y de la serenidad absoluta con la que conducía.

Sebastian parecía controlar los caballos del mismo modo en que hablaba: sin esfuerzo visible, sin dudas y sin perder jamás la calma.

Y eso empezaba a irritarla más de lo razonable.

—No necesita observarme tan fijamente —dijo él de pronto, sin mirarla.

Charity giró el rostro de inmediato.

—No lo estaba haciendo.

—Claro.

—¿Siempre sabe exactamente cuándo alguien lo mira? —preguntó con el ceño fruncido Charity.

—Casi siempre —contestó con desdén Sebastian.

—Qué insoportable debe ser vivir así.

—A veces resulta útil —dijo él, mirándola de reojo.

Entonces, ella dejó escapar una exhalación y masculló lo siguiente:

—Empiezo a comprender por qué nadie lo empujó todavía desde este carruaje.

Sebastian sonrió apenas, mientras los caballos descendían hacia el pueblo.

—Quizás porque conduzco demasiado bien.

Cuando el faetón finalmente entró en Bath, Charity comprendió algo profundamente irritante: todo el pueblo parecía alegrarse de ver a Sebastian.

Los comerciantes lo saludaban, los caballeros inclinaban la cabeza, las damas mayores sonreían con evidente aprobación.

Incluso los perros parecían respetarlo.

—Esto es absurdo… —murmuró ella mientras descendían frente a la plaza principal.

Sebastian aseguró las riendas con calma antes de mirarla.

—¿El pueblo?

—Usted —aclaró ella.

—Qué alivio que se refiera a mí, porque empezaba a encariñarme con Bath —replicó con el mismo matiz de sarcasmo que la dama.

Charity puso los ojos en blanco y bajó del faetón sin esperar ayuda, cometiendo el error de hacerlo demasiado rápido pues su pie resbaló apenas sobre el escalón y, por segunda vez en menos de un día, Sebastian la sostuvo antes de que pudiera caer.

La tomó por la cintura de un modo demasiado firme, sosteniéndola demasiado cerca.

—Empiezo a pensar que tiene una inclinación peligrosa hacia los accidentes, milady —murmuró él.

Charity recuperó el equilibrio de inmediato y se apartó.

—Y yo empiezo a pensar que usted aparece deliberadamente cuando ocurren esos accidentes.

—¿Será el destino? —Bromeó.

Charity bufó.

—Eso sería insoportablemente absurdo… —contestó.

—Si usted lo dice —replicó Sebastian, en tanto un par de señoras que pasaban cerca observaron la escena con descarado interés.

Charity lo notó demasiado tarde.

—Perfecto —susurró entre dientes mientras comenzaban a caminar—. Ahora creen que estoy cortejándolo.

Sebastian pareció reflexionar un instante.

—Técnicamente sería al revés.

Ella giró tan rápido hacia él que casi volvió a tropezar.

—¿Disfruta provocándome?

—Muchísimo más de lo que esperaba.

Charity apretó los labios porque sonaba sincero y aquello era un problema.

Intentando ignorarlo, fue caminando primero entre los puestos del mercado. Había flores, telas, libros, frutas y comerciantes intentando atraer clientes con entusiasmo ruidoso.

Sebastian la alcanzó y caminaba a su lado como si aquello fuera perfectamente natural, lo cual no la ayudaba en nada en vista a los nervios imprevistos que le provocaba el caballero.

—¿Siempre es tan silencioso? —preguntó ella finalmente.

—¿La incomoda el silencio?

—Me incomoda que parezca estar analizándolo todo —contestó con franqueza.

—Lo hago —asumió Sebastian, con una sonrisa casi imperceptible.

Charity lo miró por un segundo y después regresó la vista al frente.

—Eso explica muchas cosas —afirmó.

Entonces, esta vez fue Sebastian quien la miró de reojo, frunciendo el ceño.

—¿Por ejemplo? —indagó con curiosidad.