Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Sus miradas se sostuvieron tensas, desafiantes y completamente conscientes, porque ahora ambos sabían algo que ninguno iba a admitir en voz alta: que ese encuentro en el jardín no había sido un accidente sin importancia y que el juego entre ellos acababa de volverse mucho más interesante.

—Mejor… —lord Edmund carraspeó—… sentemos a la mesa.

La mirada de su esposa buscó la suya y cuando se encontraron, ambos sonrieron.

La cena trascurrió tranquila, aunque Charity de vez en cuando no podía evitar mirar hacia el conde cuyo nombre ahora conocía. Para su desgracia, cada vez que sus ojos se dirigían hacia él, la interceptaba y arqueaba una ceja en señal de burla.

Cuando sirvieron el postre, Sebastian la miró y preguntó directamente.

—¿Qué la trae por aquí, milady?

—Vaya, ¿ahora debo tener una excusa para visitar a mis abuelos? —atacó ella.

—Charity… —Su abuela llamó su atención—. Sebastian solo intenta entablar conversación y conocerte, no seas descortés.

Charity dejó a un lado su cuchara y lo miró a los ojos.

—Lo lamento, milord —se disculpó de un modo sardónico—. Y el motivo de mi llegada imprevista aquí, se debe a que hui de mi prometido —sonrió falsamente, mostrando los dientes, para después coger de nuevo la cuchara y continuar comiendo la trata de manzana que le habían servido.

El comentario cayó sobre la mesa con la delicadeza de un disparo.

Su abuela dejó la copa lentamente, lord Edmund carraspeó por lo bajo y Sebastian… Sebastian no apartó la mirada de ella. Ni siquiera por un segundo.

—¿Huyó? —repitió él con calma, como si la palabra le pareciera más interesante que escandalosa.

Charity tomó otro pequeño bocado de tarta.

—¿Debí quedarme?

—Eso dependería de las razones.

—Las tenía.

—¿Tan terribles eran?

Ella alzó la vista lentamente.

—No acostumbro comprometer mi vida con desconocidos. —La frase llevaba intención y ambos lo sabían.

Su abuela intentó intervenir con suavidad.

—Charity, querida…

—¿Qué? —preguntó ella con una inocencia demasiado ensayada—. Estoy conversando.

Sebastian tomó la copa de vino con absoluta tranquilidad.

—Entonces, vuestra objeción no era el matrimonio en sí, sino el caballero en cuestión.

—¿Hay diferencia? —replicó ella.

—A veces, una muy grande —sonrió.

—En mi experiencia, los hombres elegidos por otros suelen ser insoportables —comentó con verdadero fastidio.

Un destello de diversión ligera y peligrosa apareció en los ojos de Sebastian.

—¿Y cómo imagina usted a este caballero del que ha escapado?

Charity dejó la cuchara.

—Oh, no lo imagino. Lo tengo perfectamente claro —contestó sin atisbo de dudas.

—Eso resulta sorprendente, considerando que no lo conoce —retrucó Sebastian.

—No necesito conocerlo para saber cómo es.

Sebastian apoyó el brazo sobre el respaldo de la silla, observándola con abierta atención ahora.

—Ilumíneme, entonces.

Ella sonrió despacio, como si disfrutara la oportunidad.

—Seguro es arrogante… —inició Charity.

—Tan terrible defecto —secundó Sebastian.

—Frío, excesivamente correcto y probablemente aburrido… —prosiguió ella, como si no hubiera escuchado la acotación del conde.

Lord Edmund bebió vino para ocultar la sonrisa.

—También debe de ser uno de esos hombres que creen tener siempre la razón —continuó Charity—. De los que hablan poco porque consideran que el resto del mundo no está a su altura.

—Despreciable, sin duda… —volvió a decir Sebastian.

—Sin duda —respondió Charity y sus ojos se encontraron nuevamente, con un desafío descarado—. Además —añadió Charity con falsa dulzura—, estoy convencida de que debe de ser horriblemente controlador.

—¿Y todo eso lo ha deducido sin verlo jamás? —Sebastian inclinó apenas la cabeza.

—Las mujeres sobrevivimos gracias a la intuición, milord.

—Entonces debo admirarla, porque la vuestra parece extraordinariamente específica.

Ella entrecerró los ojos apenas, pues notó que había algo extraño en el modo en que él hablaba. Era como si disfrutara demasiado aquella conversación.

—¿Y usted? —preguntó Charity de pronto—. ¿Nunca ha rechazado algo que otros decidieron por usted?

Sebastian la observó unos segundos antes de decir:

—No acostumbro huir de mis problemas.

—¡Qué admirable! —Charity rodó los ojos.

—Es práctico.

—También suena terriblemente aburrido.

Eso sí le arrancó una sonrisa pequeña pero real a Sebastian, y ante esa sonrisa, Charity olvidó completamente cómo respirar.

«Que problema», se dijo en sus adentros, pues el lord arrogante que tenía en frente, cuando sonreía dejaba de parecer frío y eso era infinitamente peligroso.

—¿Siempre juzga tan rápido a las personas? —preguntó él suavemente.

—¿Y usted siempre las provoca?

—Solo a las interesantes —replicó Sebastian, bebiendo de su copa.

La abuela miró discretamente a su esposo, que ya parecía disfrutar demasiado la velada.

—Pues lamento decepcionarlo —respondió Charity—. No tengo intención de convertirme en su entretenimiento.

Sebastian volvió a tomar un sorbo de vino sin apartar la mirada de ella y dijo:

—Qué desafortunado.

—¿Para quién?

—Aún no lo decido —dijo él, y la tensión volvió a instalarse entre ellos, como si ambos comenzaran a entender que aquella conversación ya no era una simple provocación.

Era curiosidad y quizás, algo peor. Entonces, Sebastian habló de nuevo con demasiada tranquilidad.

—Aunque debo admitir una cosa.

Charity levantó la vista.

—¿De verdad? —preguntó ella.

—Siento cierta curiosidad por el pobre hombre.

—¿Qué hombre? —Ella arqueó una ceja.

—El prometido abandonado. —Sebastian hizo una pausa—. Debe de ser difícil competir contra la libertad.

Charity sostuvo su mirada unos segundos y luego sonrió lentamente.

—Oh, no se preocupe por él.

Sebastian le devolvió la sonrisa.

—Créame, milady, que empiezo a pensar que debería hacerlo.

El silencio que siguió no fue incómodo, expectante, como si la mesa entera aguardara el próximo movimiento.

Charity sostuvo la cuchara entre los dedos, aunque ya no tenía hambre.

Sebastian seguía observándola con esa calma irritante, como si nada lograra alterarlo realmente.

—¿Y qué hará ahora? —preguntó él finalmente—. ¿Piensa esconderse aquí indefinidamente?

—No me estoy escondiendo.

—¿No?

—Me estoy recuperando de Londres.

—Qué valiente.

Ella sonrió con lentitud.

—¿Se burla de mí, milord?

—Aún no lo he decidido.

Lord Edmund dejó escapar una risa baja antes de llevarse la copa a los labios.

—Sebastian, muchacho, si sigues respondiéndole así, mi nieta terminará declarándote la guerra.

—Ya lo ha hecho —replicó él sin apartar la mirada de Charity.

Eso provocó un pequeño silencio y Charity sintió algo incómodamente parecido al nerviosismo porque él no parecía jugar por impulso.

Él elegía cada palabra.

—Entonces le aconsejo rendirse ahora —dijo ella, intentando recuperar el control—. Sería menos humillante.

—No tengo la costumbre de retirarme temprano —contestó Sebastian.

—Los hombres obstinados suelen terminar mal —le advirtió ella.

—Y las mujeres imprudentes suelen necesitar rescates en jardines oscuros.

Su abuela ocultó la sonrisa tras la servilleta, mientras Charity apoyaba lentamente la cuchara.

—¿Disfruta recordándolo?

—Mucho más de lo que debería —arqueó una ceja mientras lo decía.

Esa respuesta tomó desprevenida a Charity por la sinceridad que implicaban sus palabras, y Sebastian parecía tan sorprendido como ella de haberlo dicho.

Las velas proyectaban sombras cálidas sobre el comedor, y por un instante Charity tuvo la absurda sensación de que el resto de la habitación se alejaba lentamente, dejando solo aquella mirada fija sobre ella.

—Debo admitir algo, milady —dijo él después de unos segundos.

—Eso empieza a preocuparme… —dijo Charity, curvando una sonrisa incómoda.

—Esperaba encontrarme con alguien más… razonable —terminó Sebastian

—Y yo esperaba que usted fuera menos insoportable.

—Entonces, ambos hemos sido decepcionados… —volvió a arremeter él.

—Terriblemente.

Charity sonrió y soltó un suspiro, mientras lord Edmund observaba el intercambio con abierta satisfacción.

—Margaret, querida —murmuró hacia su esposa—, creo que hacía años que una cena no resultaba tan entretenida.

—Oh, sin duda —respondió ella, demasiado inocente para ser creíble.

Charity estrechó los ojos.

Algo no estaba bien. Sus abuelos parecían disfrutar demasiado y Sebastian… Sebastian seguía mirándola como si intentara resolver un acertijo.

La velada comenzó a disolverse lentamente después de eso, pero la tensión permaneció suspendida entre ellos, silenciosa y viva. Finalmente, su abuela se puso de pie.

—Creo que es hora de dejar descansar a nuestra fugitiva.

—Abuela…

—Ha tenido un día largo.

Charity suspiró, resignada. Se levantó lentamente de la mesa.

—Buenas noches.

Su abuelo le besó la mano, su abuela acomodó un mechón de cabello tras su oreja con afecto y entonces quedó él.

Sebastian también se puso de pie, alto, impecable, con esa insoportable tranquilidad que comenzaba a irritarla más de la cuenta.

—Lady Charity.

—Lord perfectamente correcto… —replicó ella con una sombra de diversión en sus ojos.

—Debo admitir que el apodo empeora cada vez que lo usa —contestó él.

—Entonces, continuaré usándolo —replicó Charity con satisfacción.

—Lo imaginé —dijo resignado.

Ella sostuvo su mirada un instante más y cometió el error de recordar el beso, el calor de sus manos sosteniéndola, la cercanía de su cuerpo y la forma en que había pronunciado «Mucho más de lo que debería».

Molesta consigo misma, apartó la mirada primero.

—Buenas noches, milord.

Sebastian inclinó apenas la cabeza.

—Que descanse, milady.

Charity giró sobre sus talones y salió del comedor con toda la dignidad que pudo reunir. Esperó llegar al pasillo para exhalar y solo entonces comprendió algo verdaderamente preocupante.

Había huido de Londres para escapar de un hombre al que no conocía y en menos de una noche ya no estaba segura de querer evitarlo.