CAPÍTULO 3
El estudio de lord Edmund Bellerose estaba en penumbra cuando Sebastian entró.
El anciano, tras la salida de su nieta, había apagado las velas por preferencia, y una única lámpara Argand iluminaba el escritorio, proyectando una luz firme sobre el tablero de ajedrez y las piezas ordenadas con precisión casi obsesiva.
El resto de la estancia permanecía en sombras suaves, como si el lugar mismo protegiera las conversaciones que allí tenían lugar.
—Llegas más tarde de lo habitual —observó lord Edmund sin levantar la vista.
Sebastian cerró la puerta tras de sí con un gesto silencioso.
—El jardín estaba… concurrido.
Eso bastó para que Edmund alzara la mirada.
—Ah, ¿sí?
Sebastian avanzó unos pasos, quitándose los guantes con calma, como si no hubiera nada digno de prisa en la situación.
—He visto a su nieta —musitó y el anciano apoyó lentamente las manos sobre el bastón, estudiándolo con detenimiento.
—Entonces ya se han cruzado.
—De lejos —respondió Sebastian, con una neutralidad impecable, pero el leve brillo en sus ojos lo traicionaba, si uno sabía dónde mirar.
—Entiendo —murmuró Edmund, aunque claramente no lo hacía del todo—. Supongo que era inevitable —sonrió—. Ha llegado esta tarde, con más determinación que prudencia.
Sebastian dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Eso coincide con mi primera impresión.
El silencio se estiró apenas un instante antes de que Edmund inclinara ligeramente la cabeza.
—Hay algo que debo pedirte.
—Dígame. —Sebastian lo miró directamente.
—No le digas aún quién eres.
Esa vez, la reacción se Sebastian fue inmediata y una leve curva apareció en sus labios.
—¿Prefiere que lo descubra por sí misma? —inquirió.
—Prefiero que no huya antes de tiempo —respondió Edmund, provocando una risa baja, contenida, pero genuina en Sebastian.
—¿Así que es cierto? —preguntó él.
El anciano lo observó con calma y dijo:
—¿El qué?
Sebastian inclinó ligeramente la cabeza, con un destello de diversión que no se molestó en ocultar.
—Que ha huido de Londres para no casarse conmigo.
Edmund no respondió, pero tampoco lo negó.
—Digamos que no se sintió inclinada a aceptar el acuerdo, aun…
—Curioso —musitó—. Muy curioso. —Se acercó a la ventana, mirando hacia la oscuridad del jardín, aunque claramente no veía el paisaje—.
Una joven decide escapar de un compromiso que no ha elegido…
—murmuró, pensativo—. Rechaza a un hombre al que no conoce…
—Sus dedos se tensaron apenas, como si recordara algo—. Y, sin embargo…
—¿Y, sin embargo? —preguntó Edmund, atento.
Sebastian giró el rostro lo justo para mirarlo de reojo. Sus ojos brillaban ahora de un modo enigmático y peligroso.
—Ha tenido la extraordinaria habilidad de terminar exactamente donde no quería estar.
El anciano entrecerró los ojos.
—Eso suena significativo, Sebastian.
Él no respondió de inmediato, pero una sonrisa lenta, medida, apareció en su rostro.
—Bueno, digamos que su nieta ha corrido con bastante decisión para acabar directamente en los brazos equivocados.
—¿Ha ocurrido algo, muchacho?
Sebastian dejó escapar una exhalación que bien podría haber sido una risa.
—Nada, milord —aseguró con una sonrisa burlona que no tranquilizó al anciano.
Antes de que hiciera más preguntas, se enderezó, recuperando su compostura habitual, pero sin perder del todo ese interés nuevo.
—No se preocupe, milord —añadió finalmente—. No diré nada.
—Por alguna extraña razón, tu actitud no me tranquiliza. —Edmund resopló—. Pero son vuestros asuntos y ¿quién mejor que tú para hacerla cambiar de opinión? —dijo burlón.
—Convengamos que aún no he decidido si les sigo la corriente a usted y a mi abuelo, o si prefiero jugar del lado de milady —refutó Sebastian.
Edmund rio con ganas, como hace tiempo no había reído y lo miró a los ojos.
—Bueno, pienso que, por el simple hecho de fastidiarla, jugarás de mi lado de la corriente… —aseguró, relajándose en su sillón—. Pasa la noche aquí, no será la primera vez después de todo y a Margaret le encantará tenerte n la cena.
Por alguna razón, Sebastian no se negó. Solo suspiró y caminó a tomar asiento donde hace instantes estaba Charity.
—¿Una partida?
Edmund sonrió, afirmó y rellenó su copa.
***
Charity no recordaba haber regresado a la casa. Solo recordaba aquel beso que no había sido largo, ni profundo, ni intencional. Sin embargo, no dejaba de repetir en su mente el contacto, la firmeza de sus manos, y la forma en que no se apartó de inmediato.
—Ridículo —murmuró mientras subía las escaleras con paso rápido.
Ridículo y completamente innecesario.
Entró en su habitación casi sin llamar, dejando que la puerta se cerrara tras ella.
Mary, su doncella, levantó la vista desde donde preparaba su ropa para la cena.
—Milady, ¿se encuentra bien?
Charity se detuvo un instante, como si no supiera por dónde empezar.
—He besado a un completo desconocido en el jardín… —masculló sin rodeos.
Mary parpadeó una vez.
—¿Disculpe? Que ha hecho ¿qué?
Charity comenzó a pasearse por la habitación, inquieta.
—Ha sido un accidente —le restó importancia con un movimiento de mano.
—Por supuesto. —Mary ladeó la cabeza, interesada ahora—. Y ¿cómo era?
Charity se detuvo en seco.
—Insufrible… —murmuró todavía furiosa.
—Eso no responde a mi pregunta, milady. ¿Era atractivo? —insistió pues conocía a lady Charity y sabía que necesitaba hablar de ello.
Se detuvo delante del espejo de cuerpo entero, mientras la doncella le quitaba el vestido polvoriento y procedía a colocarle uno limpio y recién planchado.
—Era altivo, correcto, de esos hombres estirados que detesto con toda el alma… ya sabes; de los que creen tener siempre la razón… —susurró con una mueca de reprobación.
Mary ajustó los botones del vestido en cada ojal y sonrió, divertida.
—¿Y, milady? —apremió, guiándola hasta el tocador para retocar el peinado.
Charity frunció el ceño, mientras se sentaba frente al aparador con espejo.
—¿Y qué?
—¿Era apuesto? —repitió la pregunta, quitándole las horquillas a su pelo oscuro y ondulado que cayó en cascada sobre su hombro. Peinó despacio y con paciencia, mirándola de vez en cuando por el espejo hasta que su señora decidió hablar.
—Eso es irrelevante, Mary.
La doncella sonrió, ajustando con las horquillas, los mechones delanteros hacia arriba.
—Entonces sí lo era —confirmó, cuando iba a ajustar al moño los mechones que caían sobre la nuca.
Charity desvió la mirada, molesta, cuando Mary se dispuso a recoger por completo su cabello.
—Déjalo así, libre de la presión de esas odiosas horquillas… —murmuró, como si estuviera hablando de sí misma y no de su cabello—. El caso de ese desvergonzado, es que no importa su aspecto… —retomó la conversación.
—Bueno, puede que importe lo suficiente como para que siga pensando en ello, milady. ¿No lo cree?
—No estoy pensando en ello. —Negó, arrugando el ceño.
Mary no dijo nada porque no hacía falta, y Charity exhaló con frustración.
—Bueno, sí… si era guapo, Mary —aceptó finalmente.
Mary sonrió.
—Ya veo.
—Pero no me gustó —añadió de inmediato.
—Claro que no, milady.
—En absoluto.
—Naturalmente —secundó Mary.
Charity la fulminó con la mirada a través del espejo.
—Era un salvaje.
—Un salvaje muy guapo —añadió la doncella.
—Mary…
—Usted ordene, milady.
Se miraron un instante y entonces Charity dejó escapar un resoplido, rindiéndose solo a medias.
Minutos después, descendió las escaleras.
El vestido blanco que llevaba era sencillo, sin excesos ni adornos innecesarios. Caía con suavidad sobre su figura, resaltando la elegancia natural de su porte sin restarle viveza. Nada en él buscaba impresionar.
Su abuela ya estaba en el salón.
—Querida —dijo con una sonrisa cálida—. Estás encantadora.
—Gracias, abuela.
Charity se acercó, besando su mejilla con afecto.
—¿Ha llegado alguien más? —preguntó, tomando asiento con aparente tranquilidad y observando el cubierto demás.
—Oh, sí.
Esa respuesta no le gustó.
—¿Ah, sí?
—Tu abuelo no tardará…
Como si hubiera sido invocado por la frase, la puerta se abrió.
—Espero no haberlas hecho esperar —dijo lord Edmund al entrar.
Charity levantó la vista y el mundo se detuvo por un momento demasiado largo.
Él, el desconocido, el que le dio el beso, estaba allí, mirándola de un modo divertido.
—¿Tú? —La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.
—¿Os conocéis? —preguntó su abuela, sorprendida.
Charity no respondió, pero él sí lo hizo y con absoluta calma.
—Nos hemos cruzado hace unos momentos en el jardín —dijo Sebastian, con una leve inclinación de cabeza.
Su voz era exactamente como lo recordaba Charity: tranquila y demasiado segura.
—Lady Charity parecía… algo indispuesta. —musitó de nuevo.
Ella giró lentamente el rostro hacia él.
—¿Indispuesta?
—Un poco mareada, quizás —continuó, imperturbable—. Me temo que incluso olía ligeramente a alcohol.
El silencio se volvió más denso entre los cuatro comensales.
—Estaba a punto de caer en el estanque de peces —añadió Sebastian—. Tuve que intervenir.
Charity lo miró fija e intensamente.
—¿Intervenir?
—Evitar que se ahogara —dijo él, con total serenidad—. Habría sido una tragedia.
Su abuela llevó una mano al pecho.
—¡Cielos!
—Aunque debo admitir —continuó Sebastian, apenas variando el tono— que su torpeza hizo la situación muy interesante.
Eso fue suficiente.
Charity sonrió, pero no fue una sonrisa amable.
—Qué alivio saber que fui rescatada por un caballero tan ejemplar. —Sus ojos brillaron con desafío—. No todos los días una tiene la fortuna de ser salvada por… —lo miró de arriba abajo, deliberadamente— un guardián de estanques. O quizás, debería decir, por un lord perfectamente correcto.
Su abuelo tosió levemente y su abuela intentó no sonreír.
Sebastian no reaccionó de inmediato, pero sus ojos sí.
—Me alegra ver que se encuentra lo bastante recuperada como para usar su ingenio.
—Siempre lo estoy, lord…
—Sebastian Thynne, conde de Weymouth —terminó la presentación su abuelo.
—¡Oh! Un conde. Lo tendré en cuenta la próxima vez, lord guardián de estanques.