Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

El silencio en la biblioteca de Longleat House no era vacío. Era deliberado.

Las altas ventanas dejaban entrar una luz medida, filtrada por los árboles centenarios que rodeaban la finca. Todo en la estancia, desde los lomos perfectamente alineados de los libros hasta el leve aroma a madera encerada, hablaba de orden, de disciplina y de permanencia.

Lord Sebastian Thynne encajaba perfectamente en ese mundo.

Alto, de porte impecable, su sola presencia imponía una quietud difícil de ignorar.

Había en él una elegancia austera, como si cada gesto estuviera calculado antes de ejecutarse.

Sus hombros rectos y su complexión firme no eran ostentosos, pero sí indiscutiblemente sólidos: la clase de fuerza que no necesitaba demostrarse.

La luz rozaba su rostro con suavidad, acentuando los ángulos definidos de sus facciones. Mandíbula marcada, pómulos altos y una expresión que rara vez se relajaba por completo, como si sonreír fuera una concesión innecesaria.

Pero eran sus ojos los que verdaderamente detenían la mirada.

Claros, intensos, de un tono que oscilaba entre el gris y el azul según la luz. Fríos a primera vista, pero demasiado atentos para ser indiferentes. No miraban, sino que evaluaban, medían, comprendían más de lo que dejaban ver y casi nunca cedían.

Su cabello oscuro, ligeramente más largo de lo estrictamente reglamentario, parecía una de las pocas concesiones que se permitía. Caía con naturalidad sobre su frente, suavizando apenas la severidad de su expresión sin restarle autoridad.

No necesitaba alzar la voz para imponerse. Ni siquiera necesitaba moverse demasiado, porque no necesitaba llamar la atención, pues él la retenía sobre sí mismo.

No hizo falta que Sebastian mirara el tablero para saber que había ganado. Aun así, movió la pieza con precisión milimétrica.

—Jaque mate.

Su voz no fue triunfal, ni siquiera satisfecha.

Frente a él, su abuelo, lord Caspian Thynne, dejó escapar una risa baja, reclinándose en el sillón con la resignación de quien ha perdido exactamente como esperaba.

—Empiezo a sospechar que ya no juegas por la emoción —murmuró el anciano.

Sebastian alzó apenas la mirada.

—Juego por la costumbre.

El anciano lo observó con atención, como si pudiera leer más allá de esa fachada impecable: el porte recto, el traje oscuro sin una sola imperfección, la mirada clara y penetrante que no se detenía más de lo necesario en nada ni en nadie.

Un hombre perfectamente contenido.

—Tu padre también decía eso —comentó con calma—. Y nunca fue cierto.

Sebastian no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente hacia atrás, entrelazando los dedos con una serenidad que rozaba la frialdad.

—Las costumbres son útiles —dijo finalmente—. Evitan errores innecesarios.

—Y también evitan ciertas oportunidades.

Sebastian lo miró entonces, directamente.

—No suelo desperdiciar oportunidades.

—No —concedió su abuelo—. Pero tiendes a ignorar las que no encaja en tu estructura.

Un leve destello de interés cruzó los ojos de Sebastian.

—¿Debo asumir que esto no es una conversación sobre ajedrez?

El anciano sonrió.

—Nunca lo es contigo. —Se inclinó hacia adelante con parsimonia, apoyando las manos sobre el bastón—. He recibido noticias de Ashbourne.

Sebastian no se movió, pero algo en su mirada se volvió más atenta.

—Ah, ¿sí?

—Su nieta ha llegado.

—¿Lady Charity Bellerose? —preguntó, con la misma neutralidad con la que habría mencionado cualquier otro asunto.

—La misma.

Sebastian asintió una sola vez, como si la información quedara archivada en algún lugar preciso de su mente.

—Entiendo.

Su abuelo lo observó con detenimiento.

—¿Eso es todo? ¿No dirás nada más?

—¿Debería decir algo más?

—Tu contención sería admirable, si no fuera tan sospechosa —una leve risa escapó del anciano.

Pero Sebastian no sonrió y tampoco apartó la mirada.

—No veo motivo para reaccionar de otro modo ante la llegada de una joven a la casa de sus abuelos.

—No —repitió el anciano—. Supongo que no. Especialmente cuando esa joven es la misma con la que estás comprometido.

Sebastian no habló, pero sus dedos, aún entrelazados, se tensaron.

—Un acuerdo establecido hace años —dijo finalmente—. Sin intervención por mi parte.

—Ni por la suya.

—Lo cual lo hace cuestionable.

—Entonces, tal vez te interese saber que ha huido de Londres para evitar ese acuerdo. —El anciano sonrió con cierta satisfacción, mientras captaba por completo la atención de su nieto.

—¿Ha huido?

—Con bastante determinación, según parece.

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza, pensativo.

—Interesante… —musitó.

—Esa es una forma de verlo. —Su abuelo se encogió de hombros.

—Una joven que se niega a aceptar decisiones impuestas… —murmuró, más para sí mismo que para su abuelo—. Poco habitual.

—Oh, no te equivoques —añadió Caspian—. No es solo poco habitual.

—Es problemática —dijo Sebastian, alzando la mirada de nuevo.

—Bueno, podrías observarla con detenimiento y después tomar una decisión.

—Sabía que dirías eso. —Negó con la cabeza y una sutil sonrisa se asomó en sus labios.

Su abuelo dejó escapar una risa suave y él se puso en pie con elegancia, ajustándose el puño del guante con un gesto automático.

—Asumo que seguirá en Ashbourne House —conjeturó.

—Por el momento.

—Entonces no hay urgencia.

—¿No? —preguntó su abuelo.

Sebastian tomó su abrigo con calma.

—Las piezas ya están en el tablero. —Sus ojos, claros y calculadores, se detuvieron un instante en el tablero de ajedrez—. Lo prudente es no precipitar el juego.

El anciano lo observó salir con una expresión que mezclaba satisfacción y anticipación porque, por primera vez en mucho tiempo, su nieto no parecía completamente indiferente.

—¿Visitarás a Ashbourne? —preguntó Caspian.

—No veo por qué debería cambiar una costumbre. —Sebastian se encogió de hombros—. Ya te lo dije, abuelo: Las costumbres son útiles y evitan errores innecesarios.

Dicho aquello, dio media vuelta y se retiró.

***

La noche había caído con suavidad sobre la casa del conde de Ashbourne, envolviéndola en ese silencio íntimo que solo el campo conocía.

En la pequeña sala junto a la biblioteca, varias velas ardían en los candelabros, pero era la lámpara Argand la que proyectaba una luz más firme, iluminando las piezas con claridad sobre el tablero de ajedrez.

Lady Charity no estaba prestando tanta atención a las piezas como debería.

—Si sigues ignorando mi alfil, vas a perder —murmuró su abuelo con calma.

—No lo estoy ignorando —replicó ella, girando la copa de brandy entre los dedos—. Solo… no me parece urgente.

Lord Edmund arqueó una ceja, divertido.

—Eso suena peligrosamente parecido a ignorarlo.

Charity sonrió apenas, pero no respondió de inmediato.

La luz cálida delineaba su perfil con suavidad, acentuando la elegancia natural de sus rasgos. Su piel, clara y luminosa, parecía capturar cada matiz dorado de la estancia, mientras sus facciones delicadas, revelaban una belleza que no era dócil, sino expresiva.

Sus ojos, grandes y profundos, de un tono oscuro que se volvía casi miel bajo la luz, no permanecían quietos. Observaban, cuestionaban, desafiaban, incluso cuando no decía una palabra. Había vida en ellos. Demasiada para encajar en los moldes que otros habían decidido para ella.

Su cabello oscuro, recogido de forma imperfecta, dejaba escapar mechones ondulados que enmarcaban su rostro y caían con descuido calculado sobre su cuello. No era un arreglo formal ni pretendía serlo. Era ella: indomable, incluso en los detalles.

El escote de su vestido de un tono profundo, casi vino, dejaba al descubierto la línea elegante de sus hombros y clavículas, donde una fina cadena descansaba con aparente descuido. Nada en su apariencia gritaba rebeldía, y sin embargo, todo en ella la insinuaba.

—Estás distraída —observó su abuelo.

—Estoy libre —corrigió ella, alzando la mirada.

Sus labios se curvaron ligeramente antes de llevar la copa a los labios. Bebió un pequeño sorbo de brandy, con una naturalidad que hablaba de costumbre más que de atrevimiento.

—Eso no es lo mismo.

—Para mí lo es.

El anciano la observó con atención, estudiando no solo sus movimientos, sino la energía inquieta que parecía contener a duras penas.

—Veinticuatro años —murmuró—. Y aún juegas como si el mundo no tuviera consecuencias.

—Tal vez, el problema es que todos juegan como si las tuviera —replicó ella sin dudar.

Él dejó escapar una risa baja.

—Tu madre diría que hablas demasiado.

—Mi madre diría muchas cosas —respondió Charity con ligereza—. Por eso estoy aquí.

—¿Te arrepientes? —preguntó él finalmente.

—No —respondió sin dudar ni un segundo.

—¿Ni siquiera un poco? —insistió su abuelo.

Pero sus dedos se movieron entonces, desplazando una pieza con decisión.

—Jaque —dijo Charity.

Edmund miró el tablero y luego a ella.

—Así que, sí estabas prestando atención.

—Nunca dije que no lo estuviera.

La sonrisa que compartieron fue breve, pero genuina.

Él tomó su copa y la alzó ligeramente.

—Por las malas decisiones, entonces.

Charity imitó el gesto, con una chispa de desafío en los ojos.

—Por las que valen la pena.

Las copas chocaron suavemente, y ninguno de los dos mencionó nada más hasta que la última gota de brandy desapareció con un leve giro de muñeca.

—Creo que necesito aire —murmuró Charity, dejando el cristal sobre la mesa antes de que su abuelo pudiera responder.

Salió de la sala con ese impulso que la definía, atravesó el pasillo apenas iluminado por velas y abrió una de las puertas laterales que daban al jardín.

El aire fresco de la noche la envolvió de inmediato, disipando el leve calor del alcohol y la tensión que aún le quedaba en el pecho, y caminó sin rumbo fijo.

El sendero de grava crujía bajo sus pasos mientras avanzaba entre sombras suaves y el perfume tenue de los rosales. No pensaba. No quería pensar.

Solo quería moverse, respirar y escapar, aunque fuera por unos minutos.

Giró en una esquina del jardín, rodeando un seto alto sin mirar realmente hacia dónde iba, y entonces chocó.

No fue un golpe fuerte, pero sí lo bastante inesperado para desestabilizarla. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, perdiendo el equilibrio en el instante exacto en que unas manos firmes la sujetaron por los brazos.

Todo ocurrió demasiado rápido; el impulso, la cercanía, y el intento torpe de recuperar el equilibrio.

Su rostro se alzó apenas, y el de él desconocido, descendió lo justo.

Entonces, en un punto suspendido entre el tropiezo y la corrección, sus labios se encontraron en un contacto breve, pero para nada insignificante.

El roce fue suave al principio, casi accidental, con el leve calor del brandy aún en el aliento de Charity y la quietud absoluta del hombre que la sostenía. No hubo preparación, ni intención; solo ese instante robado en el que ninguno de los dos se apartó de inmediato.

Cuando finalmente se separaron, el mundo pareció regresar de golpe y Charity fue la primera en reaccionar.

Retrocedió un paso, respirando más rápido de lo que habría querido admitir, con los ojos abiertos de par en par y una mezcla de sorpresa, incredulidad y algo más difícil de nombrar.

—Yo… —empezó, pero no terminó.

Frente a ella, el desconocido no había perdido la compostura.

Era alto, imperturbable y mantenía su mirada fija en ella.

Sus manos ya no la sujetaban, pero la sensación de su contacto seguía allí, como una huella invisible.

Sus ojos claros, incluso en la penumbra, no mostraban desconcierto, sino atención y algo peligrosamente cercano al reconocimiento, como si acabara de identificar una pieza inesperada en el tablero.

—Parece —dijo él finalmente, con una voz baja, firme, perfectamente controlada— que debería prestar más atención a por dónde va.

No había reproche en el tono, pero tampoco disculpa.

Charity entrecerró los ojos, recuperando terreno con la misma rapidez con la que lo había perdido.

—Tal vez, debería anunciar su presencia antes de aparecer en medio de un camino —replicó, alzando el mentón.

—Este es un jardín privado —replicó él, con un brillo inusual en su mirada.

—Y yo soy una invitada.

—Entonces —añadió él—, le sugiero que se comporte como tal.

El desafío en la mirada de Charity no hizo más que intensificarse.

—Y yo le sugiero que no vuelva a… —Se detuvo apenas un segundo, consciente de lo que acababa de ocurrir, mientras el calor le subía al rostro— interceptarme de ese modo.

Ambos permanecieron en silencio, mientras sus respiraciones se aceleraban, aunque no se dieran cuenta de lo que le ocurría al otro, e intentaban disimular el efecto que les había provocado aquel inesperado beso que ninguno mencionó.

Pero la tensión provocada, estaba ahí, flotando entre ellos como una jugada hecha demasiado pronto.

Entonces, fue Sebastian quien habló primero.

—Buenas noches —dijo finalmente.

Charity sostuvo su mirada un instante más, como si se negara a ceder incluso en eso.

—Buenas noches —replicó, se giró y retomó el camino con pasos firmes, aunque su pulso no lo fuera tanto.

No miró atrás, pero sintió la certeza incómoda de que él seguía allí, observándola.