Huir no es de Cobardes
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CAPÍTULO 1
En Londres, la carta fue encontrada exactamente donde Charity había querido que estuviera: sobre el escritorio de su madre. Bien visible e imposible de ignorar.
El lacre, roto con más serenidad que prisa, yacía a un lado mientras lady Cinthia terminaba de leer, sin alterar en exceso la expresión. Solo un leve suspiro escapó de sus labios al llegar a la última línea.
—Al menos ha tenido la decencia de dejar una nota —comentó, doblando la misiva con precisión.
Al otro lado de la habitación, su esposo no respondió de inmediato. Sostenía otra carta, más formal, de papel grueso y caligrafía firme. La había leído ya dos veces. Aun así, esbozaba una ligera sonrisa.
—No ha cambiado en absoluto —dijo finalmente—. Sigue creyendo que ha ideado un plan brillante que nadie más habría previsto.
Su esposa alzó la mirada.
—Porque nadie más lo habría ejecutado con tanta teatralidad… —suspiró y observó la carta que sostenía su esposo—. ¿Es de tu padre? —preguntó.
—Lo es. —Él se acercó unos pasos y la desplegó de nuevo, aunque ya no necesitaba leerla para recordar cada palabra—. Escucha esto —añadió, con un deje de amusement apenas disimulado. Aclaró la voz, más por costumbre que por necesidad y comenzó a leer:
Mi querido hijo y estimada Cinthia:
Consideramos que la decisión de Charity ha sido, dadas las circunstancias, la más sensata que podría haber tomado.
Su resistencia a contraer matrimonio con un caballero al que no conoce es comprensible. Por ello, creemos conveniente que permanezca en Bath, donde podrá familiarizarse con él en un entorno adecuado.
Su prometido se ha instalado a escasa distancia de nuestra propiedad y, como bien sabéis, es visitante habitual de esta casa, hasta el punto de honrarnos con su compañía casi a diario, bajo el pretexto de una partida de ajedrez.
Confiamos en que esta circunstancia facilite encuentros naturales, sin necesidad de una intervención evidente por nuestra parte.
No os preocupéis.
Atentamente,
Lord Edmund Bellerose
Lady Cinthia dejó escapar una suave exhalación, como si aquello confirmara algo que ya sabía.
—Que conveniente… —murmuró.
—Muy considerado por su parte —añadió su esposo con una calma impecable—Así pues, todo ha resultado exactamente como esperábamos.
—Con notable precisión. —Lady Cinthia miró a su esposo con cierta ironía.
—Incluida su huida dramática —agregó él.
—Especialmente su huida dramática.
Un atisbo de sonrisa cruzó el rostro de ambos.
—Debo reconocer que por un momento consideré detenerla —asumió la dama.
—¿Y privarla de la ilusión de haber escapado por completo? —Lord Robert negó con la cabeza—. Habría sido cruel.
—Desde luego. —Lady Cinthia tomó la otra carta, la de su hija, y recorrió una vez más las líneas apresuradas, cargadas de determinación y desafío, repitiendo en voz alta—: «No permitiré que decidan por mí. Prefiero enfrentar el mundo antes que casarme con un desconocido».
Sus labios se curvaron apenas.
—Al menos es coherente… —opinó su padre—. Y ahora tendrá exactamente lo que quiere.
—¿Libertad? —preguntó Cinthia.
—Un desconocido al que conocer —corrigió él—. Y, si hemos de ser justos, no podría haber elegido a un hombre más adecuado.
Lady Cinthia alzó una ceja.
—¿Adecuado cómo?
—Correcto, serio, de principios firmes —enumeró él—. El tipo de caballero que no se deja impresionar ni provocar con facilidad.
—El tipo de caballero que Charity detesta —le recordó su esposa.
—Precisamente.
Cinthia lo observó un instante, como si evaluara la idea desde otro ángulo.
—He oído que puede ser… algo rígido.
—Algunos lo llamarían tiránico en sus hábitos. —Lord Robert cruzó la habitación hasta llegar a ella.
Una leve sonrisa cruzó los labios de Cinthia.
—Esto promete ser un desastre. ¿Crees que tendrá paciencia con ella? —preguntó finalmente.
Él no dudó.
—Si no la tiene, aprenderá a tenerla.
Cinthia dejó escapar una risa baja, negando con la cabeza.
—Pobre hombre.
—Pobre de ambos —corrigió él con tranquilidad—. No creo que ninguno de los dos tenga intención de ceder.
Sus miradas se encontraron y esta vez, la sonrisa fue compartida.
—Entonces, esto va a ser interesante. —Ella se puso de pie y Robert la rodeó con sus brazos—. ¿Los escoltas? —preguntó ella, preocupada.
—Salieron antes que ella, a distancia suficiente para no ser detectados, además de los que mi padre ha enviado por su cuenta, por supuesto.
—Bien… espero que llegue a salvo.
—No correrá peligro en ningún momento, descuida.
Lady Cinthia asintió con satisfacción.
—Bueno, todo está en manos de tus padres.
—Y del conde, naturalmente.
—¿Crees que funcionará? —preguntó ella.
Él no respondió de inmediato, pero abrazó a su esposa por los hombros y la guio hasta la ventana, observando la calle londinense con la tranquilidad de quien ya ha movido todas sus piezas.
—Si hay alguien capaz de enfrentarse a nuestra hija sin ceder… —dijo finalmente—, es ese hombre.
—Entonces, lo único que queda es esperar.
—No exactamente. —Él se volvió hacia ella, con una leve chispa de intención en la mirada—. Queda confiar en que Charity haga lo que mejor sabe hacer.
—¿Y eso es?
—Complicarlo todo, por supuesto.
Lady Cinthia asintió con la cabeza y, por primera vez desde que habían abierto la carta, sonrió de verdad.
***
Después de dos días de viaje, por fin Charity vio a lo lejos la imponente verja de hierro, alta y negra, que antecedían a la llegada a la casa de campo de sus abuelos, erguida a unos kilómetros de Bath como un refugio deliberadamente apartado del mundo y de sus reglas.
Construida en piedra dorada, suavizada por décadas de lluvia inglesa, la mansión no buscaba impresionar tanto como proteger.
No era una de esas residencias ostentosas diseñadas para exhibir riqueza, sino un hogar antiguo, sólido, con la dignidad silenciosa de quien ha visto generaciones ir y venir sin alterarse demasiado.
Un camino serpenteante, flanqueado por árboles altos y algo indisciplinados, llevaba hasta la entrada. Nada en él era perfectamente recto, como si incluso la naturaleza allí se permitiera cierta libertad; algo que Charity notaría de inmediato.
La fachada, aunque simétrica, tenía pequeños detalles que rompían su perfección: una ventana ligeramente más ancha que las demás, una enredadera trepando sin permiso hasta el segundo piso, una puerta lateral que parecía invitar a escaparse sin ser vista.
No era una casa rígida, sino una que toleraba secretos.
Detrás, los jardines eran amplios, pero menos controlados que los de una residencia urbana. Rosales que crecían a su antojo, senderos que se perdían entre arbustos y un pequeño lago rodeado de juncos donde el agua permanecía en demasiada calma, como si guardara confidencias.
Por dentro, la casa ofrecía otra clase de orden.
Salones amplios, bien proporcionados, con muebles colocados con precisión casi matemática. Chimeneas encendidas, incluso cuando no era estrictamente necesario. Librerías organizadas, todo en su sitio.
El carruaje se detuvo con un leve crujido de madera y grava, y Charity no esperó a que el lacayo abriera la puerta.
Había pasado las últimas horas conteniendo la impaciencia, mirando por la ventanilla con el ceño fruncido y el corazón acelerado, como si Londres aún pudiera alcanzarla si no descendía lo bastante rápido.
Saltó casi sin ayuda, levantando apenas el dobladillo de su vestido aguamarina para no tropezar, y alzó la vista.
Allí estaba, la casa de sus abuelos, más grande de lo que recordaba, o tal vez, ¿era la libertad lo que la hacía parecer distinta?
El aire olía a tierra húmeda y hojas, y el silencio, ese silencio real sin carruajes, ni voces, ni miradas inquisitivas, la envolvió de inmediato. Entrecerró los ojos, aspiró hondo y, por primera vez en días pudo respirar sin sentir el peso de decisiones ajenas sobre sus hombros.
—¡Charity!
La voz de su abuela la alcanzó antes de que pudiera dar un paso.
Lady Margaret Bellerose giró sobre sí misma y apenas tuvo tiempo de esbozar una sonrisa antes de verse envuelta en un abrazo cálido, firme y demasiado oportuno para ser casual.
—Querida niña, has llegado —dijo la anciana, separándose lo justo para examinarla—. Estás pálida. Londres no te sienta nada bien.
—Ni Londres, ni ciertas decisiones que se toman en él —replicó Charity, con una chispa de rebeldía que no intentó disimular.
—Ah, sí. Hemos oído algo al respecto. —La voz grave y serena de lord Edmund Bellerose, conde de Ashbourne, se sumó a la escena mientras descendía con parsimonia los escalones de la entrada.
No había prisa en sus movimientos, pero sí intención, porque lord Ashbourne no era un hombre que hiciera nada sin ella.
—Abuelo —dijo Charity, suavizando el gesto al acercarse a él.
Él tomó su mano y la besó con afecto, observándola con una atención que iba más allá de la simple bienvenida.
—Mi querida niña —murmuró—. Siempre fuiste decidida.
Había algo en su tono que Charity no alcanzó a identificar del todo, pero que la hizo entrecerrar ligeramente los ojos, sospechando.
—Si con eso quiere decir, que no pienso casarme con un completo desconocido elegido por otros, entonces sí, lo soy.
Un silencio breve siguió a sus palabras y su abuela fue la primera en romperlo, tomando su brazo con suavidad.
—Y haces muy bien en venir aquí —dijo con una sonrisa apacible—. Esta casa siempre será tu refugio.
Charity dejó escapar el aire, como si esas palabras fueran exactamente lo que necesitaba oír.
—Gracias —susurró, sincera por primera vez desde que había abandonado Londres—. No sabía a dónde más ir.
Su abuelo intercambió una breve mirada con su esposa, en un gesto casi imperceptible para cualquiera que no estuviera atento.
—Has venido al lugar correcto —respondió él finalmente.
Con el brazo de su abuela enlazado al suyo, subió los escalones de la entrada, cruzando el umbral con una mezcla de alivio y determinación.
Había escapado y eso era lo único que en ese momento importaba.