Capítulo 40
LA REPRESALIA
L a llamada llegó a las cinco y media de la madrugada, arrancándome de un sueño tan profundo que tardé varios segundos en recordar dónde estaba.
—Mara. —La voz de Ren, tensa, sin ningún preámbulo—. Tienes que venir a la clínica de Alma. Ahora. Hay policía en la puerta, y Alma no contesta al teléfono.
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Llegué veinte minutos después. El edificio estaba acordonado, dos coches patrulla con las luces todavía encendidas en la oscuridad del amanecer. Ren y Lena me esperaban en la esquina, con esa expresión de quien lleva un rato conteniendo malas noticias.
—¿Está...? —No conseguí terminar la pregunta.
—Está viva —se apresuró a decir Lena—. La encontraron inconsciente, no herida. Alguien entró en la clínica hace unas horas y le inyectó algo. Los médicos todavía no saben exactamente qué.
—¿Fue él?
—No hay forma de probarlo todavía. Pero la cámara de seguridad de la entrada dejó de grabar exactamente quince minutos antes de que llegara la ambulancia. Tiempo de sobra para entrar, hacer lo que fuera que hicieran, y salir sin dejar rastro.
—¿Se llevaron algo?
Ren dudó, y en ese silencio leí perfectamente lo que me esperaba escuchar.
—Su portátil. Y con él, probablemente, cualquier prueba que hubiera guardado sobre Ancla Cero, sobre el traslado original de tu madre, sobre todo lo que sabía.
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Me dejaron verla unos veinte minutos después, todavía conectada a un monitor que pitaba con un ritmo tranquilizador, los ojos cerrados pero la respiración estable. Le sostuve la mano, más fría de lo que recordaba de la última vez que la había tocado.
—Vas a estar bien. Y vamos a hacer que él pague por esto.
Un médico entró poco después.
—Va a despertar en las próximas horas. Lo que le inyectaron era un sedante fuerte, no algo diseñado para matar. Alguien quería que sobreviviera, al menos por ahora.
—¿Por qué dejarla viva si ya consiguió lo que quería?
—Porque todavía la necesita —dijo Lena—. Porque viva, sigue siendo la única persona con el código de Ancla Cero además de él. Muerta, ese código se pierde para siempre.
—¿Y cómo piensa recuperar el código de Alma?
—Forzándola. Amenazándola. O usando algo de lo que le robó del portátil para chantajearla.
—Necesitamos protegerla. Aquí es un blanco fácil.
—Ya he pedido que la trasladen a un ala de seguridad —dijo Ren—. Con vigilancia las veinticuatro horas. Pero eso solo compra tiempo.
—¿Cuál es el problema de fondo?
—Que mientras Kade siga vivo y siga teniendo su propio código, Ancla Cero nunca va a estar completamente neutralizado. Solo suspendido.
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Volvimos al taller esa mañana, agotados y con una claridad nueva.
—Tenemos que quitarle el código a Kade —dijo Dante.
—¿Cómo? —preguntó Teo—. No podemos simplemente pedírselo.
—Pero podemos obligarle a usarlo. Y en el momento en que lo use, sea para lo que sea, ese código deja de ser solo suyo.
Se convierte en evidencia. Si le hago creer que tengo el código de Alma, o que puedo conseguir que ella lo reactive, va a moverse.
Y en cuanto intente usar el suyo para completar Ancla Cero sin la autorización de Alma, el sistema debería registrar ese intento como una violación del protocolo.
—Eso es asumir mucho —advirtió Teo.
—No tiene que ser obvio. Tiene que ser convincente.
—Después, tenemos un registro demostrando que Kade intentó forzar un protocolo que pondría en riesgo cuarenta y tres vidas, sin autorización. Eso es un delito, documentado, imposible de negar.
—Va a necesitar tiempo prepararlo bien —dijo Lena—. Y que Alma esté de acuerdo, en cuanto se despierte.
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Alma despertó esa tarde.
—Mara. ¿Cuánto tiempo he estado...?
—Doce horas. Estás a salvo.
Le conté todo, sin suavizar ninguna parte. Ella escuchó con las manos quietas sobre la sábana, y solo cuando llegué a la parte de las cuarenta y tres vidas empezó a frotárselas otra vez, despacio, ese mismo gesto de lavarse sin agua que ya le había visto hacer una vez.
—Cuenta conmigo. Lo que necesitéis. Ya he perdido demasiado como para echarme atrás ahora.
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Pasamos casi dos días preparando cada detalle con un cuidado casi obsesivo. Ren diseñó la forma de filtrar a Kade que Alma había perdido el control de sus credenciales.
—Tiene que morder el anzuelo pensando que es él quien está aprovechando una debilidad nuestra. Si sospecha aunque sea un segundo que lo estamos manipulando, no va a acercarse ni a diez metros del sistema.
Alma dejó un rastro digital convincente.
—Es la única mentira que se va a creer sin cuestionar. Porque es casi verdad. Ese tipo de vulnerabilidades realmente existen. Solo que esta la hemos fabricado nosotros, a propósito, para él.
Dante se encargó de mantener a Elena informada mientras el resto desaparecíamos en reuniones tensas.
—Pregunta por ti constantemente. Le digo que estás bien, pero creo que no me cree del todo.
—Dile la verdad. Que estoy asustada, pero que esta vez tenemos un plan de verdad, no solo esperanza.
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La trampa quedó lista al final del tercer día.
—Solo falta esperar a que muerda el anzuelo —dijo Ren—. Podría ser esta noche. Podría tardar días.
—No va a tardar días. El plazo original ya casi se ha cumplido, y ahora que sabe que Alma está viva y que está hablando con nosotros, no va a arriesgarse a esperar ni un día más.
—Entonces esta podría ser la última noche relativamente tranquila que tengamos en un tiempo —dijo Lena.
Nadie contestó, porque todos sabíamos que tenía razón.
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Esa noche, sola en mi habitación, me quedé mirando el techo durante horas, incapaz de dormir pese al agotamiento acumulado.
Pensé en todo lo que nos había traído hasta aquí: el primer día que desperté con un fragmento de Elena instalado en mi cabeza, sin saber todavía que ese eco iba a cambiar el curso entero de mi vida.
Pensé en Dante, en Alma, en Ren, en Teo, en Lena, en cada persona que se había unido a esta pelea sin haber elegido originalmente formar parte de ella.
Y pensé en Kade, enfermo, desesperado, y todavía peligroso precisamente por esas dos cosas juntas.
Fuera lo que fuera que pasara en los próximos días, una cosa ya era cierta: ninguno de nosotros iba a salir de esto exactamente de la misma forma en que había entrado.