Capítulo 41
LA TRAMPA SE CIERRA
K ade mordió el anzuelo la noche siguiente, apenas treinta y seis horas después de que Ren dejara la puerta trasera abierta en el sistema.
La alerta llegó a las once y cuarto de la noche, un simple pitido que hizo que los cinco nos quedáramos completamente inmóviles alrededor de la mesa del taller.
—Está dentro —dijo Ren, con una tensión que llevaba días conteniendo sin darse cuenta del todo—. Está usando las credenciales falsas de Alma ahora mismo.
Nos apiñamos alrededor de su pantalla, viendo líneas de código que ninguno entendía del todo pero que de alguna forma resultaban hipnóticas, cada línea nueva un paso más cerca del momento que llevábamos días preparando.
—Está intentando acceder al módulo de autorización. Va exactamente donde esperábamos que fuera.
—¿Y si se da cuenta de que es una trampa? —preguntó Dante, con la voz apretada por la tensión.
—Ya es tarde para eso. Si se da cuenta ahora, el intento ya ha quedado grabado igual.
Los minutos siguientes pasaron con gran lentitud, cada segundo estirándose mientras observábamos a Kade avanzar exactamente por el camino que Alma y Ren habían diseñado para él, sin sospechar todavía que cada clic se convertía en un clavo más en su propio ataúd legal.
—Ahí —dijo Ren, de repente, con un dedo temblando ligeramente sobre la pantalla—. Acaba de intentar insertar el código de reactivación completo. Los dos, el suyo y una versión falsificada del de Alma.
—¿Funcionó?
Tardó unos segundos eternos en contestar.
—El sistema rechazó la activación. Pero registró el intento completo, con su nombre de usuario, la hora exacta, y la naturaleza fraudulenta de la segunda firma. Lo tenemos.
Una ola de alivio me recorrió entera, tan intensa que sentí que las piernas me flaqueaban un poco.
—Lo tenemos —repitió Lena, casi en un susurro—. Después de todo esto, por fin lo tenemos de verdad.
Dante soltó una risa nerviosa y me abrazó de lado con una fuerza que casi me tira al suelo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Teo—. Tener la prueba no sirve de nada si no sabemos qué hacer con ella.
—Se lo entregamos a la policía y a la prensa a la vez —dijo Lena—. Así no tiene forma de enterrarlo con abogados antes de que se haga público.
—Necesitamos que alguien dentro de la policía se lo tome en serio de inmediato —añadió Ren.
Fui yo quien insistió en traer a Alma, saliendo corriendo a buscarla al hospital en cuanto vimos que Kade había mordido el anzuelo. Llegó justo a tiempo, todavía pálida pero decidida a no perderse este momento.
—Conozco a alguien. Una inspectora que lleva años investigando irregularidades en Synapsis sin conseguir suficientes pruebas para actuar. Esto es exactamente lo que necesitaba.
—¿Confías en ella?
—Con mi vida.
•
La inspectora Consuelo Aranda llegó menos de una hora después, con una calma profesional que contrastaba con la adrenalina que todavía corría por el resto de nosotros. Revisó los archivos durante veinte minutos sin decir una sola palabra.
—Registro de intento de activación no autorizada de un protocolo que pondría en riesgo cuarenta y tres vidas humanas, con nombre de usuario, hora exacta, y patrón de comportamiento consistente con el intento previo documentado en la grabación del micrófono de sala doce.
Esto es suficiente para una orden de detención inmediata.
—¿Cuándo?
—Esta misma noche, si el juez firma la orden con la urgencia que voy a solicitar. Augustin Kade lleva demasiado tiempo protegido por el dinero y el silencio de su propia empresa. Eso se va a acabar.
Aranda salió a hacer una llamada. Fueron los minutos más largos de una noche que ya llevaba demasiados minutos largos acumulados, y casi habíamos empezado a respirar con normalidad otra vez cuando Teo, todavía frente a su pantalla, se puso pálido de golpe.
—Algo no va bien.
—¿Qué pasa? —pregunté, con el estómago cerrándose antes de tener un motivo concreto para que se cerrara.
—El servidor donde está el registro. Alguien acaba de iniciar un protocolo de purga remota. Van a borrarlo. —Tecleó más rápido, la voz subiendo de tono—. Quince minutos. Puede que menos.
—¿Pueden hacer eso? ¿Borrar la prueba así, sin más?
—Si detectaron la intrusión y todavía no saben que ya está fuera de sus manos, es justo lo que harían. Protocolo estándar de contención. Si el registro desaparece antes de que Aranda tenga la orden, todo lo que hemos conseguido esta noche se convierte en nuestra palabra contra la suya.
Ren ya tenía el teléfono en la mano, marcando un número que no reconocí.
—Todavía me queda un contacto en mantenimiento de instalaciones. Si consigo que corten el suministro eléctrico del ala de servidores, aunque sean noventa segundos, el protocolo de purga se reinicia solo. Necesito esos noventa segundos.
—¿Y si te reconocen la voz? Perdiste tu acceso hace más de dos semanas, Ren.
—Entonces habrá merecido la pena intentarlo de todas formas.
No esperó respuesta. Marcó, habló en un tono que no le había oído usar nunca, seco y urgente, dando un número de incidencia que sonaba a inventado y probablemente lo era. Colgó sin saber si había funcionado.
—Ocho minutos —anunció Teo, sin apartar los ojos de la barra de progreso que avanzaba, implacable, hacia el cien por cien.
Nadie dijo nada. Dante me buscó la mano por debajo de la mesa y yo se la apreté, sin saber muy bien cuál de los dos estaba sosteniendo a quién.
La barra se detuvo en el sesenta y tres por ciento.
—Ha funcionado —dijo Teo, casi sin voz—. Parece que se ha reiniciado. Tenemos el registro completo, respaldado en tres sitios distintos ahora mismo, antes de que puedan intentarlo otra vez.
Se quedó mirando sus propias manos un segundo, como si no supiera qué hacer con ellas ahora que ya no había nada que teclear, y acabó alineando el teclado con el borde del portátil, milimétrico, dos veces, hasta que quedó exactamente donde él necesitaba que estuviera.
Ren se dejó caer contra la pared, las piernas fallándole por fin ahora que ya no las necesitaba firmes.
—Que quede claro —dijo, con una sonrisa que no era del todo una sonrisa—. Esto no ha sido un plan. Esto ha sido suerte.
—Ha sido suerte y has sido tú —dijo Lena—. Que no es lo mismo que solo suerte.
•
La orden llegó a la una y media de la madrugada, después de todo, con el registro ya a salvo en tres copias distintas que ningún protocolo de purga remota iba a poder alcanzar nunca.
Llegamos a las oficinas centrales de Synapsis cuando el cielo todavía estaba completamente negro, con un pequeño ejército de agentes esperando la señal.
—Puede que no esté aquí —advirtió Aranda—. Después de esta noche, es posible que sospechara que algo había salido mal.
Pero Kade estaba exactamente donde la nota que Teo había encontrado sugería que estaría en momentos de crisis: en su despacho del último piso, solo, con las luces apagadas salvo la de su propio monitor.
Los agentes entraron primero. A mí me pidieron que esperara en el pasillo, aunque la puerta se quedó lo bastante abierta para escuchar cada palabra.
—Augustin Kade, queda detenido por un intento no autorizado de activación de un protocolo de riesgo masivo.
No hubo gritos, ni forcejeo. Solo silencio, y después su voz, más cansada que sorprendida.
—Sabía que esto acabaría pasando tarde o temprano. Solo esperaba tener más tiempo.
Lo sacaron esposado. Al pasar frente a mí en el pasillo, nuestras miradas se cruzaron con una intensidad que no supe del todo cómo nombrar.
—Felicidades, Mara. Ganó usted. Espero que le sirva de algo, cuando yo ya no esté para verlo.
—No he ganado nada. Solo he conseguido que dejes de hacer daño. Eso no es lo mismo que ganar.
Algo parecido al respeto genuino cruzó su expresión, antes de que los agentes se lo llevaran definitivamente por el pasillo.
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Salimos justo cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris pálido, el primer indicio del amanecer.
—¿Estás bien? —preguntó Ren, ya cerca del coche.
—No lo sé. Llevaba tanto tiempo imaginando este momento que no sé todavía qué se supone que debo sentir ahora que ha pasado de verdad.
—Alivio, probablemente. Y agotamiento. Y quizás, dentro de un rato, algo parecido a la paz.
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Llamé a mi madre en cuanto subimos al coche.
—Se acabó. Lo detuvieron. De verdad se acabó.
Mi madre no contestó de inmediato, y cuando por fin habló, su voz sonaba rota de un modo que no reconocía de ninguna otra conversación desde que había despertado.
—Ven a casa. Ven a que te abrace como es debido, ahora que por fin podemos hacerlo sin que nada nos lo arrebate a mitad de camino.
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Toda la familia se reunió en la habitación de mi madre esa mañana: Dante, todavía en pijama porque se había negado a perder tiempo cambiándose; Lena y Teo, cansados pero incapaces de irse a dormir sin verlo con sus propios ojos; Ren, con una sonrisa genuina que llevaba semanas sin aparecer en su cara; y Alma, todavía pálida pero de pie, como si necesitara sentir el peso completo de este momento sobre sus dos piernas.
—Todavía queda mucho por hacer —dijo Lena—. Investigación completa, juicio, la reintegración de las cuarenta y tres personas afectadas, el destino de Synapsis entera como empresa.
—Lo sé. Pero por hoy, solo por hoy, quiero quedarme aquí, con todos vosotros, y no pensar en nada de eso.
Nadie discutió. Lo que se instaló entre todos nosotros, para variar, no fue miedo, sino algo mucho más parecido al alivio compartido de gente que por fin podía permitirse, aunque solo fuera por unas horas, dejar de luchar.