Huéspedes Capítulo 38
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Capítulo 38

SIETE DÍAS

N os reunimos en el taller esa misma tarde, con un mapa nuevo extendido sobre la mesa: no de edificios ni de pasillos, sino de opciones, cada una de ellas anotada con la letra rápida de Lena y tachada casi tan rápido como se proponía.

Nadie había dormido bien la noche anterior, a juzgar por las ojeras que compartíamos todos alrededor de esa mesa, pero había una energía distinta en el ambiente, algo más parecido a determinación que al agotamiento puro de las últimas semanas.

—Podemos ir a la prensa con lo de la evaluación médica que nos ha propuesto —dijo Teo—. Demostraría exactamente el tipo de coacción que lleva usando con otras familias.

—No tenemos pruebas de esa conversación. Solo el audio, y eso podría interpretarse de mil formas si Synapsis decide luchar en los tribunales.

—Entonces necesitamos algo que ni sus abogados puedan discutir —dijo Lena—. Nombres, fechas, pruebas documentales que no dependan de una sola grabación.

—El disco que cogimos del ala oeste. Todavía nos queda mucho por analizar ahí. Setecientos catorce expedientes, y solo hemos publicado los nombres. Pero los detalles médicos completos podrían ser justo la prueba que necesitamos.

—Dadme esta noche. Si hay algo ahí que podamos usar, lo voy a encontrar.

•

Llamé a Alma esa noche, incapaz de dejar pasar otro día sin comprobar que seguía a salvo después de lo que Kade había dicho sobre su traición.

—Sé cuidarme sola, Mara. Llevo años preparándome para esto.

—Eso no significa que tengas que enfrentarte a ello sola.

—Tampoco significa que puedas protegerme tú. Cuida de tu madre. Deja que yo me cuide de mí misma, al menos por ahora.

•

Dante me llamó a la mañana siguiente, con una energía que llevaba días sin escucharle.

—Mamá ya puede sentarse sola en la cama. El doctor Santos dice que la recuperación va mejor de lo que esperaba. Quiere verte. Dice que necesita hablar contigo, aunque no me ha querido decir de qué.

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Encontré a mi madre sentada en la cama, más pálida de lo que me gustaría pero con los ojos completamente despiertos.

—Siéntate. Esto va a llevar un momento.

Algo en su tono, tan calmado y deliberado, me hizo sentir que lo que estaba a punto de contarme llevaba tiempo ensayándolo, esperando el momento en que se sintiera con fuerzas para decirlo en voz alta. Me senté en el borde de la cama, mi mano buscando la suya.

—Durante los últimos años, cuando estaba dormida, no del todo consciente, pero tampoco ausente, escuchaba cosas. Fragmentos. Voces que pasaban cerca de mi cuerpo sin saber que algo dentro seguía registrando lo que decían.

El aire de la habitación se volvió más denso.

—¿Qué escuchaste?

—Nombres. Números. Un plan de contingencia que mencionaban cada cierto tiempo: «el protocolo Ancla Cero».

Nunca conseguí entender los detalles completos.

Solo fragmentos: una fecha que entonces sonaba lejana, un lugar mencionado como coordenadas en vez de nombre, y la palabra respaldo repetida varias veces, como si fuera la pieza central de todo el plan.

No sé si esa fecha ya pasó o si todavía está por llegar.

—¿Por qué no me habías dicho esto antes?

—Porque hasta hace unos días no estaba segura de que fueran recuerdos reales y no solo ruido. Cuanto más despierta estoy, más nítido se vuelve. Es real, Mara. Estoy segura.

Marqué el número de Lena antes de que terminara la frase.

—Tenemos que contarle esto al equipo. Ahora mismo.

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Lena llegó a la Clínica Santos media hora después, con Teo pisándole los talones.

—Encontré algo en el disco. Una carpeta que estaba cifrada, enterrada bajo capas de archivos falsos. El nombre del archivo era «Ancla Cero».

El nombre pronunciado dos veces, desde dos direcciones completamente separadas, cayó sobre la habitación con un peso que no había tenido hasta entonces.

—¿Pudiste abrirlo?

—Todavía no. Tiene un nivel de cifrado que nunca antes había visto. Con suerte, tres días. Sin suerte, no lo sé.

Tres días de análisis dejarían apenas cuatro de margen antes de que se cumpliera el plazo de Kade. Sonaba relativamente generoso hasta que uno se paraba a pensar en todo lo que podía salir mal en cuatro días.

—Entonces empieza ahora. Cada hora cuenta.

Mi madre nos observaba desde la cama, con una expresión que mezclaba orgullo y preocupación a partes iguales.

—Ojalá pudiera ayudar más. Ocho años escuchando fragmentos, y lo único que puedo ofrecer son piezas sueltas de un rompecabezas que ni siquiera vosotros sabéis cómo completarlo.

—Nos has dado el primer hilo real que tenemos. Eso vale muchísimo más de lo que crees.

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—¿Y yo qué hago? —pregunté, sintiendo que de repente no tenía un papel claro dentro del plan.

—Tú vas a estar con tu madre y con Dante —dijo Lena, con ese tono suyo que zanjaba las cosas—. Kade te dio una semana a ti específicamente. Si algo va a pasar, va a pasar contigo en el centro de todo. Necesitas estar descansada, no agotada de correr detrás de cada pista.

Me senté sin más protesta, sorprendida de lo aliviada que me sentía en el fondo por no tener que ser, por una vez, la que llevaba la iniciativa en todo.

•

Me quedé esa noche en la Clínica Santos, durmiendo en una silla incómoda al lado de mi madre, escuchando su respiración tranquila como la prueba física de que, contra todo pronóstico, seguíamos avanzando.

Dante llegó pasada la medianoche y se sentó al otro lado de la cama sin decir una palabra, formando parte de un círculo pequeño que ninguno de los tres había planeado pero que de alguna forma se sentía exactamente como debía sentirse una familia.

—Siete días —susurró, mirando el techo en la oscuridad.

—Siete días —repetí, y por primera vez esa cifra sonó menos a condena y más a plazo, algo que se podía llenar de trabajo, de estrategia, de una pelea que por fin sentíamos que teníamos alguna posibilidad real de ganar.

—¿Crees que vamos a conseguirlo?

Pensé en Alma, sola en su clínica improvisada.

En Ren, revisando mapas de instalaciones hasta quedarse dormida sobre el teclado.

En Teo, con los ojos fijos en un cifrado que se negaba a ceder.

En Lena, sosteniendo todo el peso del plan sin quejarse una sola vez.

Cada uno había encontrado su propia forma de luchar esta batalla, ninguna igual a la de los demás, y sin embargo todas apuntando en la misma dirección.

—Sí. Vamos a conseguirlo.

Y en la oscuridad de esa habitación de hospital, rodeada de las dos personas que más quería en el mundo, casi conseguí creérmelo del todo.

Los tres respiramos al mismo ritmo un buen rato, hasta que el sueño terminó ganándonos, uno detrás de otro. Afuera, la ciudad seguía su curso normal, ajena a la cuenta atrás que ya había empezado a correr sobre nuestras cabezas.