Huéspedes Capítulo 37
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Capítulo 37

EL ENCUENTRO

-N o vas a ir sola —dijo Lena, en cuanto todos estuvimos reunidos, con un tono que no dejaba espacio para la negociación.

Nos habíamos reunido en el taller apenas veinte minutos después de colgar, todos con la misma expresión tensa de gente que acababa de ver el mismo vídeo repetido varias veces desde ángulos ligeramente distintos, buscando en la cara de Kade algo que explicara por qué se había arriesgado a salir de la sombra después de tantos años.

—Kade ha sido muy claro. Sola, o nada.

—Y una trampa también sería muy clara si te presentaras exactamente como te ha pedido, sin ningún respaldo.

Teo llevaba toda la reunión con los ojos fijos en su portátil, tecleando algo que ninguno se había atrevido a interrumpir, dando por hecho que estaba construyendo exactamente el tipo de solución que ahora, por fin, levantó la vista para proponer.

—Hay una forma de estar sola en la sala y acompañada fuera de ella al mismo tiempo. Micrófono oculto, pinganillo. Vosotros fuera, escuchando todo, listos para reaccionar. Kade no tiene forma de saber que no estás sola de verdad, no si lo hacemos bien.

—¿Y si tiene forma de detectarlo? —preguntó Ren, con la autoridad de alguien que había pasado años trabajando exactamente con ese tipo de tecnología antes de cambiar de bando.

—Es un riesgo. Pero el riesgo de que vayas completamente sola es mayor.

Miré alrededor de la sala, a cada cara esperando mi decisión, y supe que no había ninguna versión de esto que no implicara asumir algún tipo de peligro. La única pregunta real era cuál de esas decisiones podía permitirme sobrevivir.

—Hagámoslo. Micrófono, pinganillo, y todos vosotros lo más cerca posible sin que él pueda veros.

•

Llegué a Meridian Norte al mediodía, con el micrófono escondido en el cuello de la camisa y la voz de Lena en el oído, tranquila y constante, recordándome que no estaba sola aunque todo en esa entrada me hiciera sentir exactamente así.

—Estamos aquí. Pase lo que pase ahí dentro.

El vestíbulo estaba demasiado vacío para ser mediodía, sin la actividad habitual de un centro médico en horas de trabajo, exactamente como si alguien hubiera despejado deliberadamente cada pasillo entre la entrada y mi destino.

La puerta de la sala doce estaba entreabierta, justo como la había encontrado la primera vez que puse un pie en ese edificio.

La empujé despacio.

Kade estaba sentado junto a la ventana falsa, el mismo cielo estático proyectado de siempre detrás de él, más delgado y más frágil en persona de lo que había parecido en la pantalla del vídeo.

No había ningún guardia visible, ningún equipo médico, nada que sugiriera la trampa que había estado temiendo durante todo el trayecto.

Solo un hombre enfermo, sentado solo, esperando.

—Mara Warren. Gracias por venir. Sinceramente, no estaba seguro de que lo hiciera.

—No tenía muchas más opciones, ¿no? Usted se encargó de eso.

Sonrió, un gesto pequeño y cansado que no llegó del todo a sus ojos.

—Directa. Como su madre. Esperaba eso de usted, la verdad.

—No estoy aquí para hablar de mi madre con usted.

—Al contrario. Es exactamente de lo único que vale la pena hablar. De ella, y de lo que usted y yo tenemos en común gracias a ella.

—Sé lo que quiere. Sé lo del Anclaje. Sé lo de mi madre, lo de la sala doce, lo sé todo. Alma me lo contó todo.

Algo cambió en su cara al escuchar el nombre de Alma. Un parpadeo rápido de sorpresa genuina que desapareció casi tan rápido como había llegado.

—Alma. Interesante. No sabía que había llegado tan lejos su traición.

—Salvar vidas no es traicionar. Es lo contrario de lo que usted lleva haciendo veinte años.

Se rió, un sonido seco que se convirtió casi de inmediato en una tos que le sacudió todo el cuerpo frágil durante varios segundos incómodos, y por un instante, mientras se recomponía con una mano apretada contra el pecho, me pareció ver a alguien que ya no fingía del todo la fatiga que llevaba meses arrastrando en silencio.

—Salvar vidas. Qué palabras tan bonitas para algo tan complicado. Dígame, Mara, de las setecientas catorce personas de esa lista, ¿cuántas han conseguido de verdad lo que usted les prometió? ¿Cuántas tienen ya a sus seres queridos de vuelta, hablando, respirando, siendo ellos mismos otra vez?

No contesté de inmediato. La verdad incómoda era que la respuesta, hasta ahora, seguía siendo solo una.

—Una —dijo él mismo, respondiendo a su propia pregunta con una precisión que dolía—. Su madre. Gracias, en parte, a la tecnología que Synapsis desarrolló. La misma que ahora intenta destruir.

—Gracias a Alma. No a usted.

—Alma formó parte de mi equipo desde el principio de todo esto. Cada técnica que usó para salvar a su madre, la aprendió trabajando para mí. Puede odiarme todo lo que quiera, pero no puede separar completamente lo que soy de lo que hemos conseguido juntos, sin quererlo, sin buscarlo.

Algo se me revolvió por dentro, esa mezcla incómoda de vergüenza y furia que solo aparece cuando alguien logra poner palabras razonables a algo que, en el fondo, sabías que era verdad.

—¿A dónde quiere llegar con esto?

Se inclinó hacia delante, un esfuerzo visible que le costó otro acceso breve de tos.

—A que le estoy ofreciendo algo real. No un chantaje.

Una alianza. Yo tengo los recursos, la tecnología, veinte años de investigación acumulada.

Usted tiene la voluntad pública, la confianza de setecientas catorce familias que ya no confían en mí pero podrían confiar en usted.

Juntos, podríamos completar lo que empezó con su madre. Para todos los demás.

Me quedé en silencio un momento, sintiendo el peso completo de lo que acababa de proponer: la forma en que había construido cada palabra específicamente para tocar la única fibra que sabía que yo no podría ignorar del todo, la posibilidad real de ayudar a más gente, más rápido, de lo que podríamos conseguir jamás por nuestra cuenta.

—¿Y a cambio de esta alianza tan generosa?

—Dejamos de ser enemigos. La lista se congela donde está. Ningún nombre nuevo, ninguna filtración más. Y usted acepta someterse a un proceso de evaluación médica, aquí, en mis instalaciones, para determinar de una vez por todas si es de verdad la candidata compatible que todos sospechamos que es.

Ahí estaba. Debajo de toda la envoltura elegante de alianza y propósito compartido, la misma propuesta que llevaba semanas temiendo escuchar de su boca.

—Me está pidiendo que me entregue a usted envuelta en papel de regalo.

—Le estoy pidiendo que considere que quizás, solo quizás, entregarse pueda salvar más vidas de las que salvaría negándose.

—No.

Lo dije sin dudar, con una claridad que no esperaba sentir, sabiendo que cualquier duda que mostrara ahora sería exactamente la grieta que él necesitaba para seguir presionando.

Kade se recostó despacio en la silla, sin ninguna sorpresa visible, como si hubiera anticipado exactamente esta respuesta desde el principio de la conversación.

—Sabía que iba a decir eso. Honestamente, habría sido decepcionante que no lo hiciera. Pero tenía que intentarlo, ¿no cree? Ahorrarnos a los dos lo que viene después.

—¿Qué viene después?

—Lo que siempre viene después de que alguien rechaza la opción fácil. La difícil.

Se puso de pie, más despacio y con más esfuerzo del que había mostrado al sentarse, apoyándose un momento en el respaldo antes de encontrar el equilibrio del todo.

—No voy a fingir que tengo tiempo de sobra para convencerla con paciencia infinita. Ya sabe que mi cuerpo se está muriendo, y con él, cualquier posibilidad de negociar esto en mis propios términos. Así que le voy a dar un plazo. Una semana. Después de eso, voy a dejar de pedir amablemente.

—¿Y eso qué significa?

—Que tengo otros métodos. Menos elegantes que este, pero igual de efectivos a largo plazo. Prefiero no llegar a usarlos. Usted decide si me obliga a hacerlo.

—Ya le he dado mi respuesta.

—Entonces le he dado la mía. Una semana, Mara. Cuente los días.

•

Salí de la sala doce sin despedirme, con las piernas temblando de una forma que esperaba que no se notara demasiado.

—Lo hemos oído todo —dijo Lena en mi oído, con una tensión contenida que reconocía de las peores noches de las últimas semanas—. Sal de ahí. Ahora.

Crucé el vestíbulo vacío más rápido de lo que había entrado, sin cruzarme con nadie en todo el trayecto, como si el edificio entero hubiera sido despejado específicamente para esta reunión y nada más.

Lena me esperaba en la esquina, con el resto del equipo repartido discretamente por los alrededores, cada uno fingiendo hacer algo completamente distinto mientras vigilaba la entrada.

—¿Estás bien? —Ya tenía las manos en mis hombros, como si necesitara comprobar físicamente que seguía entera.

—Estoy bien. Asustada, pero bien. Nos ha dado un plazo de una semana.

—Lo hemos oído. Una semana para decidirte, y después promete recurrir a métodos menos elegantes.

—Eso es exactamente lo que dijo. Y hay algo más. Todo el edificio estaba vacío. Ni un solo empleado en todo el trayecto. Puede vaciar un centro entero con una sola orden, sin que nadie haga preguntas.

—Eso confirma que todavía controla la empresa entera, no solo la fachada pública —dijo Ren—. Sea lo que sea que planee para dentro de una semana, va a tener todos los recursos de Synapsis detrás.

Lena miró detenidamente hacia el edificio que está detrás de nosotras, ya construyendo un plan nuevo antes de que la conversación anterior hubiera terminado de asentarse del todo.

—Entonces tenemos una semana para adelantarnos. Vamos a aprovechar cada segundo.

Empezamos a caminar hacia el coche sin decir nada más, cada uno sumido ya en sus propios cálculos sobre lo que ese plazo iba a significar en la práctica, y qué clase de guerra iba a empezar a partir de este mismo momento.