Huéspedes Capítulo 36
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Capítulo 36

CUENTA ATRÁS

L as cuarenta y ocho horas pasaron más rápido de lo que había temido y más despacio de lo que había esperado, ambas cosas a la vez, como suele pasar con el tiempo cuando de verdad importa.

Lo pasé revisando el teléfono cada pocos minutos, sin ninguna razón concreta más que la necesidad física de comprobar que el mundo seguía funcionando de forma normal mientras yo esperaba a que ocurriera algo extraordinario.

Pasé el primer día en el apartamento vacío, hablando con Dante por teléfono cada pocas horas, y el segundo ayudando a Lena a coordinar los últimos detalles de la segunda sesión con una concentración que me sorprendió a mí misma.

Dante quería saberlo todo, cada detalle mínimo de cómo había ido la primera sesión, repitiendo las mismas preguntas de diferente manera como si esperara que alguna versión de la respuesta le diera más certeza que las anteriores.

—¿Cuándo puedo verla? —preguntó, por tercera vez esa misma tarde, con una paciencia que se le estaba agotando visiblemente incluso a través del teléfono.

—En cuanto Alma diga que está lista para recibir visitas. Podrían ser días. Podría ser antes.

—Llevo ocho años esperando. Unos días más no me van a matar. Pero no pienso fingir que no cuento cada uno de ellos.

La llamada de Ren llegó la tarde del segundo día, mientras estaba con Lena revisando los últimos detalles logísticos. Algo en la forma en que el teléfono vibró, más insistente que de costumbre, me hizo saber, antes incluso de contestar, que no iba a ser una buena noticia.

—Tenemos un problema. Synapsis ha convocado una rueda de prensa urgente para mañana por la mañana. Van a responder públicamente a la lista, por primera vez.

Cerré los ojos un segundo, intentando anticipar todas las formas en que esa rueda de prensa podía complicar todavía más algo que ya de por sí llevaba semanas siendo bastante complicado.

Sentí que algo se me tensaba en el pecho, esa mezcla familiar de alivio y terror que llevaba semanas acompañando cada noticia nueva sobre las consecuencias de nuestras propias decisiones.

—¿Y eso es malo?

Lo pregunté sabiendo, incluso mientras lo decía, que la respuesta probablemente iba a ser mucho más complicada que un simple sí o no.

—Depende de qué digan. Pero un portavoz me ha confirmado que Kade va a hablar en persona. No ha aparecido en público en años. Si se arriesga a hacerlo ahora, es porque tiene algo que cree que puede darle la vuelta a todo esto.

El silencio que siguió a esa frase se llenó, en mi cabeza, con todas las formas posibles en que un hombre desesperado y con recursos ilimitados podía intentar darle la vuelta a una historia que se le estaba escapando de las manos.

Terminé la llamada y me quedé mirando la pared un momento, sintiendo que las piezas del tablero se movían todas a la vez, más rápido de lo que ninguno de nosotros había planeado.

Pensé en Dante, en su voz contando días sin quejarse, y decidí que ya había esperado suficiente. Todos habíamos esperado suficiente.

—La segunda sesión tiene que ser esta noche —le dije a Lena en cuanto colgué con Ren, sin dejar espacio para la discusión—. Antes de esa rueda de prensa, antes de que Kade tenga oportunidad de hacer nada más.

Lo dije con una certeza que no había sentido en semanas, esa clase de claridad que a veces solo llega cuando el miedo por fin deja de competir con la urgencia por ocupar el mismo espacio en la cabeza.

—Alma dijo cuarenta y ocho horas exactas para el descanso del cerebro. Todavía faltan seis.

Lena lo dijo con la cautela de alguien acostumbrado a ser la voz de la prudencia en la sala, aunque algo en su tono me dijo que ya sabía cuál iba a ser mi respuesta antes de terminar la frase.

—Entonces llámala y pregúntale si seis horas de diferencia son un riesgo real o solo un margen de seguridad. Necesito saberlo ahora.

•

Alma tardó menos de diez minutos en contestar, con una voz que sonaba tan cansada como decidida.

Me la imaginé al otro lado de la línea, quizás todavía en esa clínica sin nombre, sopesando en segundos una decisión que a cualquier otro médico le habría llevado unas semanas de comités éticos y firmas de responsabilidad.

—Seis horas no van a cambiar nada médicamente. Si el riesgo real es Kade, prefiero arriesgarme con el cerebro antes que perderla del todo por esperar demasiado. Venid ahora.

•

La segunda sesión avanzó distinta a la primera, más rápida, con Alma moviéndose entre el equipo con la confianza de quien ya conoce el terreno.

Yo me quedé en la misma silla de la esquina, aunque esta vez el tiempo pasó de una forma completamente distinta, cargada de una expectación que no me dejaba ni un segundo de descanso mental.

—Su cerebro recuerda la sesión anterior —explicó,  unos cuarenta minutos después de empezar—. Parece que está respondiendo el doble de rápido que la primera vez.

Para cuando llevábamos hora y media, un dedo entero se movió, no solo un espasmo. Un movimiento deliberado, controlado, del tipo que solo puede hacer alguien que está, de verdad, intentando comunicarse.

Y entonces, sin ninguna advertencia previa, sus párpados temblaron.

Me puse de pie de golpe, ignorando la advertencia de mantener distancia, y llegué junto a la camilla justo a tiempo de ver algo que llevaba ocho años sin ver: los ojos de mi madre, abriéndose despacio, parpadeando contra una luz que probablemente le resultaba insoportable después de tanto tiempo.

—¿Mara? —Su voz salió rota, apenas un susurro, pero era su voz, la de verdad, no un eco ni un fragmento prestado—. ¿Eres tú de verdad?

No pude contestar con palabras. Solo asentí, sujetándole la mano con las mías, llorando de una forma que no recordaba haber llorado nunca antes en mi vida.

—Dante —dijo, con la voz ganando fuerza poco a poco, como un músculo que llevaba demasiado tiempo sin usarse—. ¿Está bien? ¿Dónde está?

—Está bien. Está a salvo. Se muere de ganas de verte.

Se lo dije con la voz todavía rota, incapaz de creerme del todo que estuviera manteniendo una conversación real, con preguntas y respuestas, con la mujer que llevaba ocho años siendo solo un cuerpo dormido y un eco cálido en mi pecho.

Alma se acercó despacio, con un profesionalismo que no lograba del todo ocultar la emoción genuina en su cara.

Vi cómo le temblaban ligeramente las manos al revisar los monitores, el primer gesto no controlado que le había visto hacer en las dos sesiones que llevábamos compartiendo en esa sala.

—Elena. Soy la doctora Prieto. ¿Sabe dónde está?

Mi madre tardó un momento en contestar, con los ojos moviéndose despacio por la sala, procesando cada detalle con el esfuerzo de alguien reaprendiendo a existir en un cuerpo que llevaba ocho años sin habitar del todo.

Levantó la mano libre despacio, mirándosela como si perteneciera a otra persona, girándola frente a su cara con una fascinación casi infantil que me rompió el corazón de una forma completamente distinta a todo lo demás que había sentido esa noche.

—Mis manos —dijo, en voz baja, más para sí misma que para nosotras—. Había olvidado cómo se sentían mis propias manos.

Alma le sonrió, con una calidez que contrastaba con la formalidad clínica de la pregunta anterior.

—Eso es completamente normal. Va a llevar un tiempo, pero cada día que pase, este cuerpo va a sentirse un poco más tuyo.

—No me importa. Estoy despierta. Eso es más de lo que llevaba esperando durante mucho, mucho tiempo.

•

Alma insistió en que descansara, con Santos llegando una hora después para el traslado de vuelta a la Clínica Santos, esta vez con una paciente que hablaba, preguntaba, y se resistía a cerrar los ojos por miedo a que todo hubiera sido un sueño.

—Todavía va a estar muy débil unos días —advirtió Alma, mientras ayudábamos a acomodarla en la camilla—. Necesita descanso real, comida, mucha paciencia con su propio cuerpo. Pero lo peor ya ha pasado.

Mi madre me buscó la mano otra vez desde la camilla, con una fuerza sorprendente para alguien que apenas llevaba unas horas despierta.

—No te sueltes —dijo, casi en broma, aunque algo en sus ojos me decía que lo decía completamente en serio.

—No pienso hacerlo —prometí, y lo dije sabiendo que era la promesa más fácil de mantener que había hecho en toda mi vida.

Mi teléfono vibró cuando ya estábamos casi llegando, con un solo enlace de Lena y tres palabras de texto, nada más.

Lo leí con el corazón todavía acelerado por la despedida de Alma, sin sospechar todavía que esa vibración iba a marcar el final de la única noche completamente buena que había tenido en semanas.

Ya ha empezado. Mira esto.

Abrí el enlace con el pulgar temblando, y la imagen de Kade llenó la pantalla entera: de pie frente a un atril, más delgado de lo que recordaba de la única foto suya que había visto hasta ahora, pero con esa misma calma medida que reconocería en cualquier parte.

Detrás de él, una hilera de abogados y ejecutivos con expresiones cuidadosamente neutrales, y delante, una sala llena de periodistas con cámaras y micrófonos apuntando todos hacia el mismo hombre que, hasta ayer, se había mantenido invisible durante años.

—¡Saludos! Hoy quiero hablar directamente con la persona responsable de esta campaña de difamación —dijo, mirando fijamente a la cámara, como si pudiera verme a través de la pantalla—. Mara Warren, sé que estás viendo esto. Tenemos que hablar. Cara a cara, esta vez.

Los periodistas empezaron a gritar varias preguntas inmediatamente, un caos de voces superpuestas que Kade ignoró por completo, con la mirada todavía fija en algún punto de la cámara que probablemente ni siquiera existía en la sala real donde estaba de pie.

—Mañana. Mediodía. En un lugar que ella ya conoce bien. Ven sola, o no vengas. Pero si de verdad quieres respuestas sobre lo que le pasó a tu madre, esta es tu única oportunidad de conseguirlas de mí directamente, en vez de a través de filtraciones y medias verdades.

El vídeo terminó ahí, cortado abruptamente en mitad de la ovación de asombro de la sala de prensa, y me quedé mirando la pantalla en negro durante un rato largo, con el corazón latiéndome tan fuerte que casi dolía.

Kade no dijo dónde. No necesitaba decirlo. Solo había un lugar que ambos conocíamos, cargado del mismo peso simbólico para los dos, aunque por razones completamente distintas.

Sala doce.

El mismo sitio donde había encontrado a mi madre por primera vez. El mismo sitio donde había hablado con Alma hacía apenas unos días. Y ahora, el sitio donde Kade había decidido, con toda la deliberación fría que lo caracterizaba, poner fin a este juego de una vez por todas.

Llamé a Lena. Descolgó antes de que terminara de sonar el segundo tono, con una rapidez que solo podía significar que ya había visto el mismo vídeo.

—Lo he visto —dijo, antes de que yo pudiera decir una sola palabra—. Estamos reuniendo al equipo ahora mismo. No decidas nada hasta que hayamos hablado todos juntos.

Colgué sabiendo que fuera lo que fuera que decidiéramos hacer a partir de ahora, necesitábamos decidirlo juntos, y necesitábamos hacerlo rápido. Sala doce nos esperaba, con o sin nuestro permiso, y el reloj ya había empezado a correr.