Capítulo 35
EL REGRESO
E l mensaje de Alma llegó tres días después, exactamente cuando había dicho que llegaría: Todo listo. Esta noche. La dirección de la clínica, seguida de una hora y nada más, sin ningún saludo ni ninguna despedida, como si las palabras de más fueran un lujo que ya no podía permitirse.
Los tres días de espera habían sido, sin lugar a dudas, los más largos de toda mi vida, cada hora estirándose con esa lentitud especial que solo tienen las cosas que de verdad importan.
Se lo enseñé a Lena con las manos temblando, no de miedo exactamente, sino de esa clase de anticipación que se parece demasiado al miedo como para distinguirlo del todo.
Ella leyó el mensaje dos veces, en completo silencio, antes de levantar la vista con una expresión que ya había empezado a calcular los siguientes pasos.
—Es esta noche —dije, aunque ella ya lo estaba leyendo por encima de mi hombro—. Después de tres días de espera, apenas nos ha dado seis horas para prepararnos.
—Entonces dejamos de hablar y empezamos a movernos.
Lena ya estaba marcando el número de Ren antes de terminar la frase, con esa capacidad suya de pasar de la sorpresa a la acción sin ningún paso intermedio visible.
—Ren se queda con Dante esta noche —anunció Lena, colgando el teléfono apenas unos segundos después—. Con todo lo que está pasando, nadie de los dos duerme solo hasta que esto termine.
•
Trasladamos a mi madre en la misma ambulancia discreta que Teo había usado antes, con el doctor Santos supervisando cada movimiento con la precisión nerviosa de alguien que sabe exactamente cuánto puede salir mal en los próximos veinte minutos.
El trayecto entero se hizo en un silencio tenso, roto solo por el pitido regular del monitor portátil que Santos había insistido en llevar, un sonido que en cualquier otro contexto habría resultado angustioso y que ahora, extrañamente, se sentía como el latido de una cuenta atrás hacia algo bueno por una vez.
—Sus constantes están bien —dijo, antes de que me diera tiempo a preguntar—. Va a aguantar el viaje sin ningún problema. Lo que pase después ya no depende de mí.
Lo dijo con el tono de alguien acostumbrado a hacer su parte del trabajo y después soltar el control sobre lo que viene después, aunque le costara más de lo que quería admitir.
La clínica de Alma resultó ser un edificio bajo sin ningún cartel identificativo, escondido entre dos naves industriales que parecían llevar años vacías.
El aparcamiento estaba prácticamente desierto, con solo dos coches además del nuestro, ninguno de los dos con ningún distintivo que lo relacionara con nada médico ni corporativo, exactamente como Alma había prometido.
Ella misma nos esperaba en la puerta, con una bata distinta a la de la sala doce, más gastada, más suya, como si esa versión de ella perteneciera a un sitio donde por fin podía dejar de fingir.
—Tres horas —dijo, mientras entrábamos con la camilla—. La primera sesión es la más delicada. Si su mente decide responder a los estímulos iniciales, las siguientes dos van a ser más sencillas, aunque nunca son fáciles del todo.
—¿Y si no responde? —pregunté, sin conseguir que la pregunta sonara tan tranquila como había planeado.
Alma no me mintió, cosa que agradecí incluso mientras me dolía escucharla.
—Entonces lo sabremos, y al menos habremos terminado con la duda.
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La sala donde iba a realizarse la sesión no se parecía en nada a lo que había imaginado: pequeña, cálida, con una luz suave que contrastaba con la frialdad clínica de todo lo que había visto hasta ahora dentro de las instalaciones de Synapsis.
Había incluso una manta de más doblada sobre una silla, un detalle tan doméstico y tan fuera de lugar en ese contexto que por un segundo me hizo preguntarme cuántas otras veces Alma habría preparado esa misma sala para alguien más, en secreto, sin que nadie más que ella supiera nunca los nombres de quienes había ayudado.
—No necesita miedo ni tensión a su alrededor —explicó Alma, conectando los últimos cables a un equipo que no reconocí—. Su cerebro necesita creer que está a salvo antes de intentar nada más complicado.
—¿Puedo hablarle antes de que empiece?
Se lo pregunté sabiendo ya la respuesta, pero necesitando de todas formas oírla decir en voz alta, como si el permiso formal hiciera el momento un poco más real.
Alma asintió, retirándose un paso para darme espacio, y me acerqué a la camilla despacio, arrodillándome junto a ella para quedar a la altura de su cara.
—Mamá —dije, una palabra que llevaba semanas sin atreverme a usar en voz alta delante de nadie—.
Vamos a intentarlo. No sé si me oyes, no sé si vas a poder volver del todo.
Pero si hay una parte de ti ahí dentro esperando una señal para saber que merece la pena intentarlo, esta es.
Estoy aquí, contigo. Llevo aquí desde el principio, y pase lo que pase, pienso quedarme hasta el final.
No hubo respuesta, claro. No la esperaba todavía. Pero al apretarle la mano una última vez antes de que Alma empezara, juraría que sentí, durante una fracción de segundo, algo parecido a un apretón de vuelta.
Me obligaron a retirarme a una silla en la esquina de la sala, fuera del alcance directo del equipo pero lo bastante cerca para verlo todo.
Alma empezó a hablar en voz baja, describiendo cada paso mientras lo hacía, quizás para mí, quizás para sí misma, quizás por pura costumbre profesional después de veinte años haciendo procedimientos que nunca debería haber tenido que hacer con tanta naturalidad.
—Estimulación inicial de la corteza —dijo, y una de las máquinas empezó a emitir un pitido rítmico y suave, casi como una respiración artificial—. Ahora toca esperar.
Los primeros veinte minutos no pasó nada visible. El pecho de mi madre siguió subiendo y bajando al mismo ritmo de siempre, sin ningún cambio que yo pudiera detectar desde mi silla en la esquina.
Entonces, uno de los monitores emitió un pitido distinto, más agudo, y vi a Alma inclinarse de golpe sobre la pantalla con una atención que no había tenido hasta ese momento.
Contuve el impulso de levantarme de golpe, con las manos agarrotadas apoyadas en los bordes de la silla, esperando alguna señal en su cara que me dijera si debía sentir esperanza o terror antes incluso de que ella dijera una sola palabra.
—¿Qué pasa? —pregunté, incapaz de quedarme sentada ni un segundo más.
Me acerqué un paso, aunque Alma ya me había advertido antes de empezar que no me acercara demasiado al equipo mientras estuviera funcionando, un límite que a duras penas respeté.
—Actividad. Actividad real, no solo estimulación artificial. Su cerebro está respondiendo por su cuenta.
Y entonces la vi: un movimiento diminuto, casi imperceptible, en los dedos de la mano derecha de mi madre. Un espasmo pequeño, del tipo que cualquier persona dormida podría tener sin que significara nada.
Pero yo llevaba ocho años esperando exactamente ese movimiento, y no había forma humana de que no significara nada para mí.
—¿Eso es bueno? —pregunté, con la garganta cerrada de golpe.
Alma no apartó los ojos de la pantalla, pero asintió, con la primera sonrisa genuina que le había visto desde que la conocía.
—Eso es muy bueno.
Las siguientes dos horas y media pasaron en una mezcla extraña de tedio y terror, con pequeños momentos de esperanza salpicados entre largos tramos de silencio clínico: un parpadeo aquí, un cambio en la respiración allá, cada uno registrado por Alma con una concentración total.
Saqué el teléfono varias veces sin llegar a escribir nada, incapaz de encontrar palabras que resumieran lo que estaba pasando en esa sala sin que sonaran completamente ridículas fuera de contexto. Al final lo guardé y me limité a mirar, que era, al final, lo único que de verdad podía hacer.
Hacia el final de la tercera hora, cuando ya sentía los párpados pesados de cansancio acumulado, Alma se apartó por fin del equipo con un suspiro largo que sonó a alivio genuino.
Me froté los ojos, intentando recordar la última vez que había dormido más de cuatro horas seguidas, y llegando a la conclusión de que probablemente había sido antes de que toda esta historia empezara a devorarme las noches una detrás de otra.
—Primera sesión completa. Ha respondido mejor de lo que me atrevía a esperar.
—¿Cuándo será la siguiente?
Lo pregunté ya de pie, incapaz de seguir sentada ahora que la adrenalina de las últimas tres horas empezaba a soltarse de golpe por todo mi cuerpo.
—Necesita descansar al menos cuarenta y ocho horas antes de la segunda. El cerebro no puede procesar demasiados estímulos seguidos sin arriesgarse a un colapso.
Cuarenta y ocho horas. Dos días más de espera, después de ocho años enteros, y sin embargo se sentía como la distancia más larga que había tenido que cruzar hasta ahora.
—¿Y si Kade se entera antes de la segunda sesión?
Alma no contestó de inmediato, y esa pausa, más que cualquier palabra, me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo poco que ninguna de las dos podía garantizar a partir de ahora.
—Vamos a extremar las precauciones —dijo, por fin—. Nadie fuera de este edificio va a saber que la segunda sesión ha pasado hasta que ya sea demasiado tarde para que alguien intente detenerla.
•
Volvimos al apartamento vacío pasada la medianoche, con Elena de vuelta en su habitación verde de la Clínica Santos, custodiada por el doctor Santos y una promesa de vigilancia constante durante las próximas cuarenta y ocho horas.
La vuelta se sintió completamente distinta a la ida, más ligera, aunque el peso de la incertidumbre sobre las dos sesiones que faltaban todavía se negaba a desaparecer del todo.
Escribí a Dante antes de intentar dormir, sabiendo que probablemente seguiría despierto esperando noticias.
Tecleé y borré la primera versión tres veces, buscando el equilibrio exacto entre honestidad y esperanza que quería transmitirle sin exagerar ninguna de las dos cosas.
Ha ido bien. Muy bien. Todavía queda camino, pero por primera vez siento que vamos en la dirección correcta.
Su respuesta llegó casi de inmediato: Sabía que ibas a conseguirlo. Descansa. Mañana seguimos.
Me quedé mirando esas palabras un buen rato, pensando en lo mucho que había cambiado la definición de la palabra mañana en las últimas semanas: ya no significaba simplemente el día siguiente, sino la siguiente cosa imposible a la que tendríamos que sobrevivir juntos.
Pensé también en todas las otras familias de esa lista de setecientas catorce, cada una con su propia cuenta de años y meses de espera: que quizá, incluso después de tanto tiempo, el regreso seguía siendo posible.
No para todos. Quizás ni siquiera para la mayoría.
Pero posible, al fin y al cabo, y eso ya era más de lo que ninguno de nosotros se había atrevido a esperar hacía apenas un mes.
Cerré los ojos esa noche con una sensación que llevaba tanto tiempo sin experimentar que casi no supe nombrarla al principio. Esperanza, concluí finalmente, justo antes de quedarme dormida. Esperanza real, no la versión desesperada y frágil que llevaba usando como sustituto durante semanas.