Huéspedes Capítulo 32
76%

Capítulo 32

UN ALIADO INESPERADO

R en llamó a las ocho de la mañana, con una voz que sonaba, contra todo pronóstico, casi animada.

Contesté antes de que terminara de sonar el primer tono, con el corazón acelerado de golpe por la mera posibilidad de más malas noticias tan temprano.

—El traslado de Bruno está parado. Legalmente parado, no solo retrasado.

Me incorporé de golpe en el colchón, con el cuello algo dolorido de una noche entera durmiendo mal.

—¿Cómo?

—No lo hice yo. Alguien presentó una objeción formal ante el comité médico del hospital, citando la misma ley de traslados que yo iba a usar. Alguien que conocía el procedimiento mejor que la mayoría de abogados que he visto trabajar en esto.

—¿Quién?

—No lo sé. El documento estaba presentado bajo un nombre de abogado que no existe en ningún colegio profesional que haya podido encontrar. Pero funcionó, y eso es lo único que importa esta mañana.

•

Nos reunimos todos en el apartamento vacío a media mañana, Lena con los planos de siempre bajo el brazo, Teo con su portátil, Ren todavía con la ropa del día anterior porque no había tenido tiempo de pasar por su propia casa.

Nadie mencionó lo raro que resultaba vernos a los cuatro juntos otra vez, en la misma habitación, después de un día entero de llamadas fragmentadas y noticias que llegaban por partes.

—Es raro. No es la primera vez que pasa esto —dijo Lena,  extendiendo un mapa marcado con puntos rojos que reconocí vagamente de otras reuniones—. Llevamos meses encontrando ayudas anónimas que no encajan con nada de lo que hacemos nosotros. Una filtración aquí, un dato que aparece de la nada allá.

Señaló tres puntos concretos en el mapa, cada uno con una fecha escrita a mano al lado, un patrón que llevaba tiempo construyéndose sin que nadie se hubiera atrevido a nombrarlo en voz alta hasta ahora.

—Como las alarmas del ala oeste, encendiéndose doce segundos tarde, justo después de que saltáramos por esa ventana —dije, recordando de golpe esa noche, preguntándome durante semanas quién habría tenido motivos para dejarnos escapar antes de dar la voz de alarma.

—Exactamente como eso.

Teo levantó la vista del portátil, con una expresión concentrada que reconocía de las noches en que encontraba algo importante entre líneas de código que el resto de nosotros ni siquiera sabíamos leer.

—Si es la misma persona todas las veces, tiene acceso a nivel legal, a nivel de seguridad física, y ahora a nivel médico administrativo. Eso no es un empleado cualquiera limpiando su conciencia. Eso es alguien con autoridad real dentro de Synapsis.

Ren tardó un momento en contestar, con la mirada fija en algún punto de la pared mientras repasaba mentalmente nombres.

La miré esperar, con esa expresión suya de estar repasando mentalmente un archivo entero de nombres y caras antes de decidirse a decir uno en voz alta.

—Hay una persona que se me ocurre —dijo, despacio, como si la idea le costara admitirla en voz alta—. La doctora Alma Prieto. Dirige el departamento de neurología avanzada. Es la única con autoridad suficiente para aprobar algo así sin que salte ninguna alarma.

—¿La conoces?

—La conocí hace ocho años. Fue ella quien firmó el traslado de tu madre a la sala doce, Mara. Vi su nombre en el papeleo original, aunque nunca até los cabos hasta ahora.

Noté un nudo extraño formándose en el pecho, una mezcla de esperanza y una rabia antigua que no supe del todo dónde colocar: la misma mujer que había firmado la desaparición de mi madre podía ser, ocho años después, la única capaz de ayudar a devolvérmela entera.

Nadie dijo nada durante varios segundos. Lena fue la primera en encontrar las palabras, con una cautela que no le había visto usar antes.

—¿Crees que se puede confiar en ella?

—No lo sé —admitió Ren—. Firmó ese traslado porque se lo ordenaron, no porque lo eligiera. Eso no la hace inocente. Pero tampoco la hace necesariamente nuestra enemiga.

—Entonces le escribimos —dije, con una determinación que me sorprendió a mí misma tanto como al resto de la sala—. Directamente. Sin rodeos. Le decimos que sabemos quién es, y le pedimos ayuda con mi madre.

—Eso es un riesgo enorme —dijo Lena—. Si nos equivocamos con ella, le estaríamos entregando en bandeja la ubicación exacta de tu madre a la misma persona que la trasladó la primera vez.

—Lo sé. Pero llevamos días jugando solo a la defensiva, reaccionando a cada movimiento de Kade en vez de decidir nosotros el siguiente. Estoy cansada de eso.

Lena me sostuvo la mirada un buen rato, y algo en su cara cambió, como si acabara de reconocer en mí algo de sí misma de hacía dos años, cuando ella también había tenido que decidir entre la seguridad y la acción.

—De acuerdo —dijo, por fin—. Pero lo tenemos que hacer con cuidado. Un mensaje neutral primero, sin nombres, sin ubicaciones. Solo lo justo para ver cómo responde.

—Yo puedo redactarlo —se ofreció Ren—. Sé cómo suena la gente de dentro cuando quiere decir algo sin decirlo del todo.

•

Ren tardó casi veinte minutos en escribir tres frases, borrando y reescribiendo cada palabra con el cuidado de alguien que sabe que un solo término mal elegido puede significar la diferencia entre una alianza y una trampa.

Al final, leyó en voz alta lo que había quedado: Sabemos lo del hospital de Bruno. Sabemos lo de las alarmas del ala oeste. Si queremos lo mismo, hablemos.

Nadie propuso ningún cambio. Esas tres frases finales se quedaron ahí, suspendidas sobre la mesa, con esa clase de peso final que tienen las cosas cuando ya no queda nada más que añadir.

Lena leyó el mensaje una vez más por encima del hombro de Ren antes de asentir, con esa aprobación silenciosa suya que valía más que cualquier discurso largo.

—Corto —dije—. Directo.

—Es lo único que puede funcionar con alguien que lleva ocho años escondiéndose detrás del anonimato. Cualquier cosa más larga solo le da tiempo para inventarse una excusa.

Ren envió el mensaje desde un correo electrónico anónimo que Teo había preparado en cuestión de minutos, a una dirección de correo que solo pudo encontrar tras cruzar tres bases de datos distintas de Synapsis.

Vi sus dedos moverse sobre el teclado con una precisión que no había perdido pese a llevar veinticuatro horas sin dormir bien, un recordatorio silencioso de por qué había sido tan valiosa para nosotros incluso antes de perder su acceso oficial.

Después, no quedó nada más que hacer salvo esperar.

•

La respuesta llegó a las tres de la tarde, más rápido de lo que ninguno de nosotros había esperado, y mucho más corta de lo que Ren había escrito.

Nos quedamos los cuatro apiñados alrededor de la pantalla, en un silencio casi cómico, como si el propio aire de la habitación pudiera de alguna forma interferir con la lectura del mensaje.

Sala doce. Mañana. A solas.

Me quedé mirando esas cinco palabras durante un rato largo, con el pecho apretado entre una mezcla de miedo y esperanza que no sabía todavía si merecía la pena permitirme sentir.

—A solas —repitió Lena, con la desconfianza clara en la voz—. Eso no me gusta nada.

—Y no es solo eso —añadí, cayendo en la cuenta de golpe—. Sala doce está dentro del Centro de Continuidad Meridian Norte. No es un sitio neutral. Es volver exactamente al edificio del que sacamos a mi madre.

Cruzó los brazos, con esa postura suya de quien ya está calculando planes de contingencia antes incluso de haber terminado de procesar el problema original.

—A mí tampoco me gusta. Pero es la única oferta que tenemos, y no está diseñada para hacernos sentir cómodos precisamente.

—Podría ser una trampa de Kade, usando el nombre de la doctora para atraerte directamente a él.

Lo dijo con la voz de alguien que ya había considerado esa posibilidad varias veces antes de decir nada, sopesando cada palabra con el cuidado de quien no quiere asustar más de lo estrictamente necesario.

—Es posible —admití—. Pero Kade ya sabe dónde está mi madre. Si quisiera hacerme algo directamente, no necesitaría inventarse una cita con un nombre falso para conseguirlo.

Lena no pareció del todo convencida, aunque tampoco insistió más, quizás reconociendo en mi tono la misma terquedad que ella misma solía usar cuando ya había tomado una decisión y solo necesitaba que el resto del mundo se pusiera al día.

—Eso no significa que sea seguro.

—Nada de lo que hemos hecho en las últimas semanas ha sido seguro. Voy a ir.

Teo, que llevaba un rato en silencio revisando algo en su portátil, levantó la vista con una pregunta que ninguno de nosotros había pensado hacer todavía.

—¿Y si comprobamos antes si la doctora Prieto existe de verdad como empleada activa? Si Kade estuviera usando su nombre como tapadera, algo en los registros no encajaría.

Tardó apenas diez minutos en confirmarlo: activa, con acceso reciente registrado esa misma mañana, sin ninguna señal de suspensión ni de las alertas administrativas que suelen acompañar a alguien bajo sospecha.

•

Esa noche, sola en el apartamento vacío otra vez, busqué en internet el nombre completo de la doctora Alma Prieto, encontrando poco más que un perfil profesional anticuado y una foto de hacía al menos una década.

Una mujer de expresión seria, con el pelo recogido y unas gafas que le daban un aire más de contable que de neuróloga. Nada en esa foto sugería a alguien capaz de arriesgar su carrera entera filtrando información desde dentro de la corporación más poderosa de la ciudad.

Amplié la imagen todo lo que la resolución me permitió, buscando en sus ojos alguna pista, algún indicio de la persona que se escondía detrás de un currículum tan pulcro y tan aburrido como el de cualquier otro alto cargo corporativo.

Pero tampoco nada en la cara de Kade, la primera vez que lo vi, sugería a un hombre capaz de robar cuerpos ajenos para no morir. A estas alturas, había aprendido que las caras rara vez decían la verdad completa sobre nadie.

Le mandé un mensaje breve a Dante antes de apagar la luz, prometiéndole que todo seguía en marcha, que mañana habría más noticias, que aguantara una noche más igual que había aguantado todas las demás.

Su respuesta llegó casi al instante, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano toda la noche.

Aguanto. Tú también aguanta. Y buena suerte mañana, sea lo que sea que tengas planeado.

Sonreí, a pesar de todo, ante esa última frase. Llevaba semanas subestimando lo bien que mi hermano pequeño había aprendido a leerme entre líneas.