Capítulo 31
LO QUE VIENE DESPUÉS
L lamé a Lena en cuanto colgué, tal como habíamos quedado, y se lo conté todo con la misma voz plana con la que se cuentan las cosas cuando el cuerpo todavía no ha decidido qué sentir del todo.
Ella escuchó sin interrumpir ni una sola vez, algo que no era propio de ella y que me dijo, más que cualquier palabra, lo seria que se estaba tomando la situación.
—Se ha despedido deseandome suerte —terminé—. Me ha dicho que la iba a necesitar.
Repetí sus palabras exactas, con cuidado, sabiendo que en algún sitio dentro de esa frase tan sencilla podía estar escondida cualquier cosa desde una amenaza legal hasta algo mucho peor, y no tenía forma de saber cuál de las dos era hasta que empezara a pasar.
—Eso no es una amenaza vacía viniendo de un hombre que se está muriendo y ya no tiene nada que perder. Necesitamos moveros a Dante y a ti hoy mismo.
—Dante tiene que ir al Instituto. No puede desaparecer sin más, no con su tratamiento pendiente de revisión.
Lo dije casi antes de que Lena terminara de proponer la idea, con la certeza inmediata de alguien que ya había pasado por la experiencia de intentar esconder a Dante del mundo una vez y sabía exactamente cuánto le costaba a él esa clase de aislamiento.
—Entonces lo movemos a él dentro del propio sistema, con Ren cubriendo el rastro, y a ti te sacamos del mapa por completo. Necesitas estar en algún sitio que ni siquiera Ren conozca.
Lo dijo con la misma velocidad práctica con la que resolvía todo, como si llevara semanas teniendo ese plan preparado en un cajón esperando a que alguien lo necesitara de verdad.
—¿Por qué ni siquiera Ren?
Lo pregunté con una punzada de culpa, incómoda con la idea de esconderle algo a alguien que se había jugado tanto por mí, aunque entendiera perfectamente la lógica detrás de la decisión.
—Porque si Kade decide presionarla, quiero que lo que no sabe la proteja a ella tanto como a ti.
•
Llamé a Dante antes de que se fuera al Instituto, con la voz forzada a sonar más tranquila de lo que en realidad estaba.
—Necesito que confíes en mí sin hacer demasiadas preguntas durante las próximas horas.
Se lo pedí sabiendo lo injusto que sonaba, después de todo lo que le había prometido sobre no volver a ocultarle cosas importantes, pero sin encontrar una forma mejor de protegerlo sin asustarlo del todo en los cinco minutos que tenía antes de que saliera por la puerta hacia el Instituto.
—Eso nunca ha sonado bien viniendo de ti.
Sonó casi como una broma, del tipo que Dante usaba últimamente cada vez que necesitaba desactivar el miedo antes de que se le notara demasiado en la voz.
Le expliqué lo mínimo, lo justo para que entendiera la gravedad sin que el miedo le impidiera funcionar durante el día que tenía por delante: que Kade había llamado, que la respuesta había sido no, que eso tenía unas consecuencias que todavía no sabíamos como nos iban a afectar.
Dante tardó en responder, con ese tipo de silencio que solo hace alguien procesando una información demasiado grande para caber en una sola frase.
—¿Y si vienen a por mí en el Instituto?
—No van a hacer eso. Sería demasiado público, demasiado arriesgado incluso para alguien tan desesperado como él. Pero vas a tener a alguien cerca todo el día, aunque no lo veas.
Intenté que la frase sonara reconfortante, aunque ni yo misma estaba del todo segura de creérmela mientras la decía.
—¿Ren?
—Alguien del equipo de Lena. Ren tiene que seguir pareciendo normal en su trabajo el mayor tiempo posible.
•
Pasé el día en un apartamento vacío que Lena tenía reservado para exactamente este tipo de emergencias, con las persianas bajadas y el teléfono en silencio, contando las horas de una forma completamente distinta a como las había contado nunca antes.
Esas paredes desnudas tenían un tipo de quietud propia, distinta a la incomodidad de un hospital o a la de una sala de espera. Era, simplemente, la quietud de esperar a que el mundo entero decidiera qué hacer con la decisión que yo ya había tomado.
No había muebles apenas, solo un colchón en el suelo y una mesa plegable, el tipo de sitio pensado para desaparecer rápido más que para vivir cómodo, y por primera vez en semanas me encontré agradeciendo esa incomodidad concreta: significaba que alguien, en algún momento, había pensado en exactamente este escenario y se había preparado para él.
A las cuatro de la tarde, Ren mandó un mensaje que consistía en una sola frase: Reunión de emergencia convocada. Nivel directivo. No sé de qué es todavía.
A las seis, llegó otro mensaje, esta vez más largo.
Han revocado mi acceso. Todo. Credenciales, edificio, sistema. Sin explicación oficial. Alguien sabe que estoy con vosotros.
Volví a leer la frase completa, despacio esta vez, como si repetirla fuera a cambiar de alguna forma lo que decía, buscando algún matiz que me permitiera creer que era menos grave de lo que sonaba a primera vista.
Sentí que el suelo del apartamento se inclinaba un grado, aunque nada a mi alrededor se hubiera movido en realidad.
Kade no había esperado ni un día entero para empezar a cumplir su promesa.
Llamé a Ren de inmediato, con los dedos torpes sobre la pantalla.
Tardó tres tonos en contestar, tres tonos que se sintieron como tres minutos enteros mientras yo esperaba, con el corazón latiéndome en los oídos.
—¿Estás bien? ¿Dónde estás?
—En el coche, en el aparcamiento. Todavía no he entrado en pánico del todo, pero te aviso que puede que eso cambie en los próximos cinco minutos.
Su voz sonaba distinta a como la había oído nunca, más rápida, con un filo de pánico controlado que reconocí porque yo misma llevaba usando ese mismo tono toda la semana.
—Ven al apartamento. Ahora mismo.
Lo dije más rápido de lo que había pensado decirlo, con un instinto protector que no me había dado tiempo a filtrar antes de que saliera en voz alta.
—No. Si voy, puedo llevar a alguien detrás sin saberlo. Voy a ir a casa de mi hermana esta noche. Mañana pensamos con la cabeza más fría.
Colgamos con la promesa de hablar por la mañana, y me quedé sola en ese apartamento vacío, pensando en que Ren acababa de perder, en menos de un día, el único trabajo que había tenido durante los últimos ocho años por protegerme a mí.
Me pregunté cuántas cosas más iba a perder la gente que había decidido quedarse a mi lado antes de que todo esto terminara, y si algún día iba a poder devolverles siquiera una fracción de lo que estaban arriesgando por mí ahora mismo.
El teléfono volvió a vibrar antes de que terminara de procesar esa idea. Lena.
—Tenemos otro problema —dijo, sin preámbulo—. El hospital donde está Bruno acaba de llamar a Ren buscando confirmación de un traslado de emergencia que nadie de nuestro lado ha autorizado.
—¿Cómo que traslado de emergencia? ¿A dónde?
Me puse de pie de golpe, aunque no había ningún sitio a donde ir, ningún movimiento físico que pudiera aliviar la urgencia que sentía en el pecho.
—A un centro especializado. Con el mismo tipo de nombre bonito y vacío que ya conocemos. Carmen está ahí ahora mismo, negándose a firmar nada, pero no sé cuánto tiempo va a poder resistir sola contra un equipo entero de administrativos insistiendo en que es lo mejor para su hijo.
Cerré los ojos, viendo sin querer la cara de Carmen en el Instituto, semanas atrás, antes de que supiera nada de mí ni de lo que estaba a punto de pedirle que arriesgara.
Sentí que todo el peso del día se me acumulaba de golpe en el mismo sitio: en la certeza de que rechazar a Kade no había sido el final del ataque, sino que apenas era el primer movimiento de un tablero mucho más grande que el que yo había estado viendo hasta ahora.
—Voy para allá.
—No. Tú no puedes moverte de donde estás, y lo sabes. Deja que Ren se ocupe de esto en cuanto llegue a casa de su hermana. Todavía tiene contactos, aunque ya no tenga acceso oficial.
Colgué y me quedé mirando esas paredes desnudas, sintiendo por primera vez desde que había empezado todo esto la magnitud completa de lo que significaba tener a Synapsis entera moviéndose en respuesta a una negativa mía.
No había sido solo mi madre. No había sido solo yo.
Cada decisión que tomaba ahora tenía ondas que llegaban a sitios que ni siquiera podía ver todavía, tocando vidas de personas que ni siquiera conocía, y esa responsabilidad pesaba de una forma distinta a cualquier otra cosa que hubiera cargado antes.
Pensé en Carmen, en Bruno, en las setecientas catorce familias que ya formaban parte de una lista pública, en Iris esperando todavía su turno de rescate, en Ren durmiendo esa noche en un sofá ajeno por haber decidido confiar en mí.
Todas esas personas, de alguna forma, ahora dependían un poco de las decisiones que yo había tomado a las cinco de la mañana, agotada, en el pasillo de una clínica.
•
Dante me mandó un último mensaje esa noche, justo antes de las diez, cuando ya empezaba a preguntarme si iba a poder dormir algo antes de que llegara el día siguiente con más noticias que procesar.
Dudé un momento antes de abrir el mensaje, con esa mezcla familiar de esperanza y terror que ya llevaba días acompañando cada notificación que recibía.
Bruno sigue en el hospital de siempre. Carmen no ha firmado nada. Ren llamó hace una hora, dijo que tenía un plan. Todo bien por aquí. Descansa tú también, si puedes.
Busqué entre las líneas alguna señal de que me estaba ocultando algo peor de lo que decía, y no encontré ninguna, solo la verdad simple de un chico de quince años intentando cuidar de su hermana mayor de la única forma que sabía hacerlo esa noche: contándole que, por ahora, todavía aguantaban.
Escribí de vuelta un solo mensaje antes de dejar el teléfono en la mesa plegable y cerrar los ojos por fin: Gracias por cuidarnos a todos esta noche. Descansa tú también.
Apagué la luz del apartamento vacío, con el colchón demasiado fino bajo la espalda y la cabeza demasiado llena de nombres, cifras y amenazas para intentar cualquier cosa parecida a descansar de verdad.
Pero al menos, por unas horas, nadie más iba a necesitar nada de mí.
Mañana sería otro día de decisiones imposibles.
Esta noche, solo necesitaba sobrevivir hasta que amaneciera.
Y en algún lugar de esa ciudad que ya no me parecía tan grande como al principio, sabía que Lena estaría despierta todavía, revisando planes; que Ren estaría mirando el techo del sofá de su hermana, calculando cuánto de su vida anterior podría recuperar algún día; que Dante estaría fingiendo dormir en su cuarto, con el teléfono bajo la almohada por si acaso.
Todos despiertos, todos cargando su parte del mismo peso, en la misma noche interminable.