Capítulo 30
LA LLAMADA DE KADE
N o dormí. Me quedé en la silla junto a la cama de mi madre, con el teléfono en la mano y las notificaciones multiplicándose cada pocos minutos, hasta que a las cinco de la mañana llegó una que no venía de ningún grupo, ni de Lena, ni de Ren.
La habitación seguía en penumbra, con solo la luz del pasillo colándose por la rendija de la puerta entreabierta, y el monitor junto a la cama marcando un ritmo cardíaco tan regular que casi había dejado de darme miedo mirarlo.
Un número desconocido. Sin nombre, sin foto, solo nueve cifras que no reconocí de nada.
Dudé antes de contestar, con el pulgar suspendido sobre la pantalla el tiempo suficiente para que la llamada estuviera a punto de colgarse sola.
Una parte de mí, la más asustada, quiso dejar que sonara hasta que colgase, fingir después que se me había pasado, ganar unas horas más de ignorancia antes de tener que enfrentarme a lo que fuera que hubiera al otro lado.
—¿Diga?
—Hola, Mara.
Reconocí la voz antes de que terminara de decir mi nombre, esa cadencia lenta y medida que llevaba semanas apareciéndose en mis pesadillas sin que yo la hubiera pedido.
El estómago se me cerró de golpe, un reflejo tan rápido e instintivo que ni siquiera tuve tiempo de decidir si tenía sentido o no antes de que ya estuviera pasando.
—¿Cómo ha conseguido este número?
—Tengo muchos números de teléfono, Mara. Llevo ocho años teniendo el suyo, en realidad. Simplemente nunca había tenido un motivo tan bueno para usarlo hasta esta noche.
Ocho años. La misma cifra que llevaba persiguiéndome desde el principio de todo esto, ahora convertida en un dato más sobre cuánto tiempo llevaba siendo observada sin saberlo, catalogada, esperada.
Me levanté de la silla sin darme cuenta, alejándome un paso de la cama de mi madre, como si el mero hecho de tener a Kade al teléfono pudiera contaminar de alguna forma el aire de esa habitación.
Salí al pasillo de puntillas, cerrando la puerta despacio detrás de mí, incapaz de seguir teniendo esta conversación a un metro de ella.
—¿Qué quiere?
—Felicitarla, para empezar. Lo de esta noche ha sido... impresionante. Setecientos catorce nombres. Debe de haberle costado meses.
—Semanas —corregí, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de precisar ese detalle en concreto.
—Semanas. Aún más impresionante. —Hizo una pausa que se sintió calculada, del tipo que solo hace alguien acostumbrado a controlar el ritmo de cualquier conversación—.
No la llamo para felicitarla del todo, Mara.
La llamo porque creo que usted y yo necesitamos hablar antes de que esto vaya más lejos de lo que ninguno de los dos podamos controlar después.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Sabemos dónde está su madre. Eso, para empezar.
Las palabras cayeron con un peso muerto, deliberado, del tipo de frase que alguien construye con cuidado precisamente para que aterrice así.
El frío que sentí no tuvo nada que ver con la temperatura de la habitación.
—No sé de qué está hablando.
—Mara. Llevo treinta años dirigiendo una empresa que sabe encontrar cosas que la gente prefiere mantener escondidas. Un traslado nocturno a una clínica sin nombre no es precisamente difícil de rastrear, si uno sabe qué buscar y tiene motivos suficientes para buscarlo.
—Si sabe dónde está, ¿por qué no ha mandado ya a nadie a buscarla?
—Porque no he venido a quitarle nada, Mara. He venido a ofrecerle algo que usted, con todos sus recursos improvisados y su periodista independiente, no va a poder conseguir sola: el equipo que necesita para devolverle a su madre el cuerpo entero, no solo la mitad.
Cada palabra sonaba medida, ensayada, del tipo de discurso que solo se consigue después de repetirlo mentalmente varias veces antes de decirlo en voz alta, y sin embargo había algo debajo de esa precisión que sonaba, contra todo pronóstico, casi sincero.
Me quedé sin palabras un segundo entero, sopesando lo que acababa de decir contra todo lo que sabía de él, contra todas las razones que tenía para no confiar en una sola sílaba que saliera de su boca.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que la lista deje de crecer.
Setecientos catorce nombres ya están fuera, y no voy a fingir que puedo hacer que eso desaparezca.
Pero hay más nombres, Mara. Muchos más, en niveles que ni siquiera su amiga Lena ha llegado a imaginar todavía.
Quiero su palabra de que esos se quedan donde están.
Sentí que se me revolvía algo por dentro, una mezcla de asco y de la horrible tentación de considerarlo aunque fuera por un segundo.
Odié esa parte de mí que había hecho el cálculo, aunque fuera durante una fracción de segundo: cuántas horas más de vida le quedaban a mi madre sin el equipo adecuado, contra cuántas vidas más iban a perderse si Synapsis conseguía enterrar el resto de la historia antes de que saliera a la luz.
—Me está pidiendo que elija entre mi madre y toda la gente que todavía sigue ahí dentro.
Lo dije en voz alta más para escucharme a mí misma decirlo que para que él lo oyera, necesitando comprobar si sonaba tan monstruoso fuera de mi cabeza como dentro.
—Le estoy ofreciendo una elección que la mayoría de la gente nunca llega a tener. La mayoría solo pierde, Mara, sin que nadie les pregunte nada primero.
—No voy a decidir nada por teléfono, a las cinco de la mañana, con usted intentando asustarme para que acepte algo que ni siquiera ha terminado de explicarme del todo.
Se hizo un silencio breve en la línea, casi como si le hubiera sorprendido que no cediera de inmediato.
—Tiene razón. Es tarde, y usted lleva un día muy largo. Piénselo. Tiene hasta que amanezca del todo para llamarme a este mismo número. Después, la oferta deja de estar sobre la mesa, y ambos vamos a tener que vivir con lo que decida hacer Synapsis a partir de entonces.
Colgó sin despedirse, dejándome sola en un pasillo verde, con la pantalla apagándose despacio frente a mí y una decisión imposible cayéndome encima con todo el peso de las horas que me quedaban para tomarla.
Me quedé mirando la pantalla apagada, como si pudiera de alguna forma darme una respuesta que la conversación entera no había conseguido darme.
•
Volví a la habitación de mi madre porque no supe a dónde más ir, y me senté otra vez en la silla, con las manos todavía temblando por dentro aunque hubiera conseguido mantenerlas quietas durante toda la llamada.
—Me ha llamado —dije, en voz alta, aunque sabía que ella no podía oírme, o quizás precisamente porque sabía que no podía—. Kade. Me ha ofrecido devolverte entera a cambio de que deje que Synapsis siga haciéndole esto a más gente.
Nada cambió en su respiración. Ningún parpadeo, ningún apretón de dedos. Y sin embargo, decir las palabras en voz alta, delante de ella, hizo que la decisión se sintiera de repente mucho más real que cuando solo existía dentro de mi cabeza.
—Si te preguntara qué harías tú —seguí, aunque la habitación entera parecía tragarse cada palabra sin devolver nada—, sé exactamente lo que dirías.
Me lo dijiste ya una vez, dentro de mi propia cabeza, la noche que casi te perdí para siempre.
Cuenta las horas. Cuenta lo que de verdad importa.
Y lo que de verdad importa nunca fuiste solo tú.
La idea me dolió incluso mientras la pensaba, esa clase de dolor limpio y honesto que solo llega cuando por fin dejas de mentirte a ti misma sobre lo que ya sabes que vas a tener que hacer.
•
Llamé a Lena a las seis, incapaz de esperar hasta una hora más razonable, y se lo conté todo de un tirón, sin pausas, como si decirlo despacio fuera a darle a la idea tiempo de parecer todavía peor de lo que ya era.
Se quedó tan callada al otro lado que durante un segundo pensé que se había cortado la llamada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, por fin, con una voz que no intentaba disimular lo mucho que le asustaba la respuesta.
—Voy a decirle que no.
El alivio en su silencio fue casi audible, aunque tardó un segundo más en encontrar las palabras para decirlo en voz alta.
—¿Estás segura?
—No. Pero es la única respuesta que puedo dar sin convertirme en alguien que ya no reconocería si me mirara al espejo mañana.
—Entonces vamos a necesitar prepararnos para lo que venga después —dijo Lena—. Porque si le dices que no a Kade, no va a quedarse tranquilo esperando a ver qué hacemos nosotros.
Tenía razón. Rechazar la oferta no era el final de nada. Era, como mucho, el principio de la parte que de verdad iba a doler.
—¿Cuándo se lo dices? —preguntó Lena.
Miré el reloj de la pared, el mismo que había marcado los cuarenta minutos de espera unas horas antes, ahora marcando las seis y cuarto de una mañana que apenas empezaba a clarear al otro lado de la ventana.
—Al amanecer. Tal como dijo él.
—¿Quieres que esté ahí, al teléfono, cuando lo hagas?
Lo pensé un segundo. Había una parte de mí que quería decir que sí, que necesitaba la compañía de alguien que entendiera exactamente lo que estaba a punto de perder con esa llamada.
Pero había otra parte, más terca, que sabía que esto era algo que tenía que hacer sola, sin nadie más que mi propio criterio para sostenerme.
—No. Pero te llamaré en cuanto cuelgue. Sea cual sea su respuesta.
—Perfecto.
Antes de colgar, Lena se quedó un segundo más en la línea, como si tuviera algo más que decir y no encontrara la forma correcta de decirlo.
—Mara. Sea lo que sea que decidas, sigues siendo la misma persona que sacó a setecientas catorce personas de la oscuridad esta semana. Eso no lo cambia una llamada.
Colgamos, y me quedé sola otra vez en ese pasillo verde, con el sol empezando a asomar de verdad por la ventana del fondo, y una llamada por hacer que iba a determinar, de una forma u otra, todo lo que venía después.
Marqué el número de Kade sin darme margen para dudar ni un segundo más. Sonó una vez. Dos. A la tercera, contestó, con la misma calma medida de antes, como si llevara toda la noche esperando exactamente esa llamada.
—Mara.
—No.
Fue la única palabra que dije, la única que necesitaba decir, y sin embargo se sintió más pesada que cualquier discurso que hubiera podido preparar durante las últimas dos horas.
Kade no contestó enseguida. Su respuesta, cuando llegó, había perdido esa calma medida de antes, sustituida por algo más frío, más cortante.
—Entiende lo que acaba de decidir, ¿verdad? No solo para su madre. Para usted misma.
—Entiendo exactamente lo que he decidido.
—Entonces no hay nada más que hablar. Buena suerte, Mara. Va a necesitarla.