Capítulo 29
LO QUE QUEDA DE ELLA
E l centro médico resultó ser una casa reconvertida en las afueras, con una placa discreta en la puerta que solo decía CLÍNICA SANTOS, sin ningún logotipo, sin ninguna pista de que dentro hubiera algo más que un consultorio de barrio.
El barrio entero tenía ese aire tranquilo de las zonas residenciales que nunca salen en las noticias, con jardines pequeños y coches familiares aparcados en línea, el último sitio del mundo donde alguien buscaría a una paciente robada de un sótano de Synapsis.
Un hombre mayor, de bata blanca y manos firmes, salió a recibirnos antes de que terminara de aparcar la ambulancia.
Se movía con la eficiencia tranquila de alguien que ya había hecho esto antes, muchas veces, en circunstancias que probablemente no eran tan distintas a la nuestra, aunque nunca preguntó ni una sola vez de dónde veníamos ni qué habíamos hecho para llegar hasta ahí.
—Soy el doctor Santos —dijo, sin más presentación—. Ren me llamó hace una hora. Traedla dentro, rápido. El resto lo hablamos después.
Dos enfermeras salieron detrás de él con una camilla propia, más equipada que la de la ambulancia, y el traspaso se hizo en pocos minutos, con una coordinación que solo se consigue después de haberlo practicado muchas veces con pacientes que oficialmente nunca habían estado ahí.
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Esperé en un pasillo estrecho durante lo que se sintió como horas y que el reloj de la pared insistía en decir que habían sido cuarenta minutos, ni uno más.
Ren se sentó a mi lado sin decir nada, ofreciéndome esa clase de compañía silenciosa que no exige respuesta ni conversación, solo presencia, que resultó ser exactamente lo que necesitaba.
Cuando el doctor Santos por fin salió, se quitó los guantes despacio, con el gesto cansado de alguien que lleva toda la vida dando noticias que la gente no quiere oír.
—Está estable. Eso es lo bueno —dijo—. Lo otro es más complicado.
—Dígamelo de todas formas.
—El corazón funciona. Los pulmones funcionan. Pero el sistema nervioso ha pasado ocho años enteros sin una sola señal que no fuera artificial. No sé si su cuerpo sabe todavía cómo recibir a alguien de vuelta.
—¿Eso es lo que significaba no viable para reintegración? —pregunté, con un hilo de voz que apenas reconocí como mío.
—Probablemente. Synapsis tiene los medios técnicos para intentar una reintegración así. Nosotros no. Necesitaríais un equipo de neurología especializado, del tipo que solo existe dentro de sus propias instalaciones.
El doctor Santos se apoyó contra el marco de la puerta un momento, como si necesitara ese punto de apoyo extra antes de terminar de decir lo que venía a continuación.
La ironía me golpeó con una claridad casi cruel: habíamos sacado a mi madre de las manos de Synapsis solo para descubrir que quizás Synapsis era la única que sabía cómo devolvérla.
—¿Hay alguna otra opción? —pregunté, sospechando, por la forma en que el doctor Santos evitó mirarme directamente al contestar la pregunta anterior, que no me iba a gustar la respuesta.
Se quedó de pie junto a la puerta un momento, dudando visiblemente, como si estuviera decidiendo cuánta verdad podía permitirse darme de golpe en una sola noche.
—Hospitales públicos con departamentos de neurología avanzada, en teoría. Pero un caso como este llamaría la atención de inmediato, y no creo que queráis que Synapsis se entere de dónde está antes de que vosotros mismos decidáis el siguiente paso.
Tenía razón, por supuesto. Todo lo que habíamos conseguido hasta ahora dependía de mantenernos un paso por delante de Synapsis, y esa ventaja se evaporaría en el momento exacto en que alguien con la etiqueta equivocada empezara a hacer preguntas sobre una paciente sin historial oficial.
—¿Puedo verla?
El doctor Santos asintió y me guio hasta una habitación pequeña, pintada de un verde suave que alguien había elegido, sin duda, pensando que ese color calmaba más que cualquier otro.
—Tómese el tiempo que necesite —dijo, antes de dejarme sola en la puerta—. Esta noche, al menos, nadie tiene prisa.
Había una silla junto a la cama, ya colocada ahí como si Ren hubiera avisado con antelación de que alguien iba a necesitarla, y una ventana pequeña con las cortinas a medio cerrar dejando entrar la última luz de la tarde.
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Me senté junto a la cama, mirando el subir y bajar de su pecho bajo las sábanas, el mismo movimiento que había visto a través del cristal de la cápsula, ahora sin nada de por medio salvo aire.
Dejé pasar los minutos sin decir nada, dejando simplemente que el hecho de estar en la misma habitación, sin cristal ni distancia de por medio, terminara de asentarse en algún sitio dentro de mí que todavía no había encontrado la forma de creérselo del todo.
Le cogí la mano otra vez, con cuidado, como si pudiera romperse, aunque el doctor Santos me había asegurado que el cuerpo era más fuerte de lo que parecía.
Sus dedos estaban tibios ahora, calentados por las mantas y las horas, un cambio tan pequeño y tan enorme al mismo tiempo que sentí que se me llenaban los ojos sin haberlo decidido conscientemente.
—No sé si me oyes —dije, en voz baja, sintiéndome un poco ridícula y sin que me importara sentirme así—. Pero si de alguna forma sí, quiero que sepas que ya casi lo conseguimos. Falta poco.
Me quedé esperando algo, sin saber muy bien qué: un parpadeo, un apretón de dedos, cualquier señal de que las palabras habían llegado a algún sitio dentro de ella. No pasó nada. Y sin embargo, no me sentí como si hubiera hablado sola del todo.
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El teléfono me vibró en el bolsillo bien entrada la noche, con un mensaje de Lena que consistía en un solo enlace y ninguna palabra más.
Lo abrí con el pulgar temblando. El blog de la periodista, cargado hasta algo más de la mitad, con un titular que ocupaba toda la pantalla: SETECIENTAS CATORCE VIDAS: LO QUE SYNAPSIS NO QUIERE QUE SEPAS.
Había salido. Sin que nosotros tuviéramos que hacer nada, el disparador automático había funcionado exactamente como el chico de la quemadura había prometido.
Leí el artículo entero de pie, en el pasillo verde de la clínica, con el corazón acelerándose más y más con cada párrafo. Nombres. Fechas. Capturas de pantalla de los expedientes. La foto de Lena, borrosa a propósito, hablando de su hermana sin decir su nombre completo todavía.
Reconocí frases enteras que habíamos discutido esa madrugada en el taller, que ahora estaban convertidas en párrafos pulidos, con la rabia convertida en algo más frío y más eficaz: hechos, uno detrás de otro, sin necesidad de adornarlos con nada más que la verdad.
Mi teléfono empezó a vibrar de nuevo antes de que terminara de leer, esta vez con una llamada. Ren.
—¿Lo has visto? —preguntó, sin saludar, con una voz que no supe si era de pánico o de euforia, quizás las dos cosas mezcladas de una forma que no tenía nombre todavía.
De fondo, en su llamada, se oían voces, más de las que cabrían normalmente en el taller a esas horas, como si medio equipo se hubiera reunido de golpe sin necesidad de convocarlo.
—Lo estoy viendo ahora mismo.
—Synapsis ya ha emitido un comunicado negándolo todo. Pero Mara, se ha vuelto viral en menos de una hora. Esto ya no lo pueden parar.
Escuché el resto de la llamada casi en silencio, dejando que las palabras de Ren fueran llegando una detrás de otra: periodistas de verdad pidiendo confirmación, dos canales de televisión que ya habían mencionado el artículo en sus redes, comentarios multiplicándose cada minuto de gente que reconocía nombres, direcciones, historias que llevaban años sin explicación.
Colgué despacio, mirando otra vez hacia la habitación verde donde mi madre seguía respirando sin saber todavía que el mundo entero acababa de empezar a hacerle a Synapsis la misma pregunta que yo llevaba meses haciéndome sola: dónde está la gente que decís haber perdido.
Pensé en Kade, en algún despacho que no podía imaginar, leyendo el mismo titular que yo, con la certeza de que su nombre, tarde o temprano, iba a aparecer entre esas setecientas catorce historias.
Me pregunté si estaría solo cuando lo leyera, o si tendría a alguien cerca para presenciar el momento exacto en que el imperio que había construido durante varias décadas empezara poco a poco a resquebrajarse en tiempo real, un comentario, un repost, una acusación cada vez.
No supe si sentir miedo o alivio ante esa idea. Decidí, por esa noche, permitirme sentir las dos cosas a la vez.
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Dante me llamó diez minutos después, con una voz que sonaba más despierta de lo que un adolescente debería estar a esas horas de la noche.
—Está en todas partes —dijo, sin saludar tampoco él, como si esa noche todo el mundo hubiera decidido saltarse los saludos—. Un chico de mi clase lo ha compartido sin saber que tenía algo que ver con nosotros. Le he tenido que decir que no sabía nada.
—Has hecho bien.
—¿Y si alguien más lo relaciona? ¿Con nosotros, digo? Con lo del apellido.
Era una pregunta razonable, una que yo misma llevaba horas evitando hacerme. Warren era un apellido común, pero no tan común como para confiar en que la coincidencia bastara para siempre.
Pensé en cuántos periodistas, en las próximas horas, iban a empezar a tirar del hilo de cada nombre en esa lista, buscando conexiones, buscando historias secundarias que dieran más contexto a las principales.
En algún momento, alguien iba a preguntarse por qué una tal Warren llevaba semanas apareciendo en los mismos círculos que esta investigación.
—Vamos a tener que hablar de eso pronto. Pero no esta noche. Esta noche, solo quiero que sepas que está a salvo, y que las dos cosas que llevábamos meses persiguiendo por separado, la verdad y a ella, han pasado por fin en la misma semana.
—Cuando todo esto termine —dijo, con la voz todavía un poco tomada—, quiero conocerla. De verdad. No solo la voz de un fragmento de memoria ni una foto vieja. A ella.
—Vas a conocerla —prometí, con más certeza de la que tenía ningún derecho a sentir todavía—. Cueste lo que cueste.
—Mara. —Se quedó callado un segundo, buscando las palabras—. ¿Esto significa que ya no tenemos que escondernos más?
Quise decirle que sí. Quise decirle que a partir de esa noche todo iba a ser más fácil, más seguro, más justo. Pero llevaba semanas aprendiendo a no prometerle cosas que todavía no podía garantizar del todo.
—Significa que ya no estamos solos peleando esto —dije, en cambio—. Que es lo más parecido a un principio que hemos tenido hasta ahora.
Al otro lado de la línea, el silencio de Dante duró justo lo suficiente para que supiera que estaba procesando la diferencia entre lo que habría querido oír y lo que de verdad le acababa de decir.
—Vale —dijo, por fin—. Un principio ya es algo.
Colgamos poco después, con la promesa mutua de dormir algo, aunque los dos sabíamos que ninguno lo iba a conseguir del todo esa noche.