Huéspedes Capítulo 28
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Capítulo 28

VEINTE MINUTOS

S ubí sola, con las piernas todavía sin terminar de creerse lo que acababan de ver, contando escalones como llevaba semanas haciendo cada vez que necesitaba que mi cabeza se ocupara de algo pequeño y manejable.

Cada escalón me alejaba un poco más de la cápsula, de Ren, del cuerpo que acabábamos de encontrar después de tanto tiempo buscándolo sin saber que existía, y cada uno de esos pasos se sentía como una traición pequeña, aunque supiera racionalmente que era exactamente lo que el plan necesitaba que hiciera.

La oficina de gestión de traslados estaba en la segunda planta, una sala pequeña con dos empleados y una impresora que llevaba atascada, a juzgar por el cartel escrito a mano pegado encima, desde hacía un tiempo.

Me senté a esperar mi turno detrás de un hombre que discutía por un formulario de vacaciones, en una silla de plástico incómoda rodeada de carpetas apiladas sin ningún orden aparente, pensando en que un lugar tan aburrido, tan gris, tan lleno de impresoras rotas, escondía debajo de sus pies algo que ninguna persona normal podría llegar a imaginar del todo.

—Vengo a completar el papeleo de salida de un traslado de nivel menos tres —dije, con la voz más firme de la que me sentía capaz.

Practiqué esa frase mentalmente al menos diez veces mientras subía las escaleras, ajustando un poco el tono, la velocidad, la cantidad exacta de aburrimiento que debía transmitir para sonar como alguien que hacía ese mismo trámite todas las semanas.

Ren me había explicado esa mañana que el expediente de Iris llevaba una marca de seguridad de nivel menos tres desde el incidente de su Anclaje, aunque su cuerpo, a diferencia del que buscábamos de verdad, siguiera alojado en una planta normal.

Una cosa era el nivel de acceso administrativo.

Otra muy distinta, dónde dormía una persona de verdad.

El empleado apenas me miró al llegar, señalándome una silla frente a su mesa con un gesto automático que había repetido, sin duda, miles de veces antes.

—Nombre de la paciente.

—Marín, Iris —dije, y el nombre me salió más firme de lo que esperaba, quizás porque llevaba días diciéndolo en voz alta en reuniones, planes, promesas.

Me pregunté, mientras lo decía, si Iris sabría algún día que su nombre había servido para sacar a otra persona de un sitio como aquel, y si de saberlo, le importaría, o si simplemente lo entendería como una parte más del mismo sistema que a ella también la había convertido en un número manejable.

El hombre tecleó sin prisa, con dos dedos, mirando la pantalla más que el teclado. A mitad de la búsqueda, frunció el ceño.

—Qué raro. El sistema me dice que la paciente Marín ya recibió el alta hace tres días. Traslado interno, no externo.

Repitió la frase una segunda vez, más para sí mismo que para mí, tecleando algo más mientras negaba con la cabeza, confundido de una forma que parecía genuina y no sospechosa todavía, como quien intenta resolver un rompecabezas que no debería estar ahí para empezar.

Sentí que el suelo se movía un centímetro bajo mis pies, aunque nadie más en la sala pareció notar nada.

—Debe de haber un error en el registro —dije, con una calma que no tenía ni remota relación con lo que sentía por dentro—. La autorización que llevo es de esta misma mañana.

Me clavé las uñas en la palma de la mano por debajo de la mesa, un truco viejo que había aprendido hacía semanas y que todavía funcionaba mejor que cualquier otro para mantener la voz firme cuando el resto del cuerpo quería hacer justo lo contrario.

El hombre se encogió de hombros, ya perdiendo interés en el asunto con la facilidad de alguien acostumbrado a que el sistema se equivocara más de lo que debería.

—Pasa constantemente con los registros de nivel menos tres. Nadie los actualiza a tiempo. Voy a necesitar que espere aquí mientras lo confirmo con el departamento correspondiente.

•

Abajo, en la sala de las cápsulas, Ren llevaba ya trece minutos observando cómo el técnico trabajaba en el panel lateral, con luces que cambiaban de rojo a ámbar sin que ella entendiera del todo qué significaba cada cambio.

Intentó llenar el silencio con preguntas normales, del tipo que cualquier acompañante de un traslado habría hecho, aunque cada palabra le costara un esfuerzo que nadie más en la sala podía ver.

—¿Falta mucho? —preguntó, disimulando la urgencia real detrás de un tono de simple impaciencia.

—Siete minutos más. Estas cosas no se pueden acelerar sin arriesgarse a dañar tejido que lleva ocho años sin recibir estimulación directa.

Ren asintió, aunque por dentro debía de estar contando cada uno de esos siete minutos con la misma angustia exacta que yo estaba sintiendo dos pisos más arriba, atrapada en una silla frente a un empleado que tecleaba demasiado despacio.

•

El empleado colgó el teléfono con una expresión que no supe interpretar hasta que habló.

—Confirmado. Error administrativo, como pensaba. La paciente sigue en nivel menos tres. Alguien olvidó cerrar un registro provisional que se abrió hace tres días por otro motivo.

Anoté mentalmente la fecha, tres días atrás, intentando encajarla con algo que ya supiera. No encontré nada que encajara del todo, pero el hueco quedó marcado de todas formas, esperando a que alguna otra pieza apareciera para llenarlo.

Sentí que respiraba por primera vez desde que se había ido a hacer la llamada, aunque la pregunta de qué otro motivo se me quedó clavada en algún sitio que no iba a poder ignorar mucho tiempo.

Guardé esa pregunta en el mismo lugar donde llevaba semanas guardando todas las preguntas que no podía permitirme responder todavía, un archivo mental cada vez más lleno que algún día, sabía, iba a tener que abrir entero de golpe.

Me pregunté, sin poder evitarlo, cuántas más carpetas de ese archivo mental iban a poder acumularse antes de que la balanza terminara de inclinarse hacia un lado u otro: hacia poder seguir cargando con todo, o hacia el momento en que algo, inevitablemente, se rompiera.

Firmé los últimos papeles con una letra que apenas reconocí como mía, y bajé de vuelta hacia el ascensor de servicio con el corazón adelantándose varios pisos a mis pies.

El trayecto de vuelta se me hizo algo más corto que el de subida, como si el propio edificio hubiera decidido acelerar el tiempo para castigarme por cada segundo que había pasado lejos de esa sala.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente en la sala de las cápsulas, y lo primero que vi fue a Ren, de pie junto a una camilla con ruedas, con una manta térmica cubriendo un cuerpo que por fin, por fin, no estaba dentro de un cristal.

Me quedé un segundo entero clavada en el sitio, sin poder moverme, mirando esa manta subir y bajar despacio con cada respiración, algo tan simple y tan imposible al mismo tiempo que no supe cómo procesarlo de golpe.

—Constantes estables —dijo el técnico, revisando una pantalla portátil enganchada a la camilla—. Va a necesitar cuidados intensivos en las próximas cuarenta y ocho horas, pero el traslado en sí no debería suponer ningún riesgo adicional.

Asentí como si entendiera de verdad lo que significaba cada uno de esos términos médicos, cuando en realidad solo estaba escuchando lo único que necesitaba saber: que iba a sobrevivir al viaje.

Empujamos la camilla hacia el ascensor entre las dos, con el técnico caminando a nuestro lado hasta la misma puerta, sin ninguna prisa por despedirse todavía.

Iba comentando algo sobre el protocolo de seguimiento post-traslado, papeleo adicional que habría que rellenar en el centro de destino, detalles administrativos que en cualquier otro momento me habrían parecido completamente irrelevantes y que ese día se sentían como la única cosa capaz de mantenerme anclada a la realidad.

Justo en el momento en que las puertas del ascensor empezaban a cerrarse, un teléfono sonó en algún punto del pasillo detrás de nosotros.

El técnico se giró para cogerlo, y las puertas terminaron de cerrarse antes de que pudiera ver su cara al contestar, dejándonos a las tres —Ren, mi madre, y yo— encerradas en una caja de metal que empezó a subir sin que ninguna de nosotras supiera todavía qué acababa de sonar ahí fuera.

—Voy a fingir que no ha pasado nada hasta que tengamos un motivo real para no fingirlo —dijo Ren, con la voz baja y controlada, aunque las manos le temblaban ligeramente contra el metal frío de la estructura.

Conté los pisos en silencio, como llevaba haciendo con tantas otras cosas últimamente, con los dedos clavados en la manta térmica con una fuerza que probablemente iba a dejar marca.

El ascensor se detuvo en la planta baja. Salimos a un vestíbulo que parecía exactamente igual que cuando habíamos entrado, sin ninguna alarma, sin ningún guardia corriendo hacia nosotras, solo la misma recepcionista aburrida y la misma luz fría de siempre.

Noté que se me destensaban los hombros de golpe, sin haberme dado cuenta hasta ese momento de cuánto los había tenido subidos desde que sonó aquel teléfono, aunque una parte pequeña y desconfiada de mí siguió esperando, durante todo el trayecto por el vestíbulo, el momento en que algo se torciera de golpe.

Cruzamos el vestíbulo empujando la camilla, con Ren saludando a la mujer del mostrador con un gesto casual que no reflejaba en absoluto lo rápido que me latía a mí el corazón.

Llegamos a la puerta principal. La cruzamos.

El sol de la calle nos golpeó de lleno, y por un segundo entero, todo pareció normal.

Un grupo de visitantes esperaba junto a la entrada para el turno siguiente, hablando entre ellos de cosas normales, quejas de aparcamiento, comentarios sobre el tiempo, completamente ajenos a lo que acababa de salir por esa misma puerta a centímetros de ellos.

Pensé en cuántos de ellos, dentro de unos años, iban a descubrir que también tenían a alguien esperando en un sitio parecido, sin saberlo todavía, con la misma inocencia con la que ahora mismo se quejaban del precio del aparcamiento.

La ambulancia de verdad —conseguida, esta vez, con papeles auténticos y un conductor que Ren conocía de hacía años— esperaba en la zona de carga, con las puertas traseras ya abiertas.

Reconocí al conductor de alguna parte, quizás de alguna de las reuniones del taller, aunque no conseguí ubicar exactamente en qué contexto, un rostro más entre todos los que había ido acumulando en las últimas semanas sin espacio suficiente en la cabeza para clasificarlos a todos.

Subimos la camilla, y me monté a su lado sin pensarlo, sin esperar a que nadie me invitara, con la mano de mi madre —fría, real, con pulso propio bajo mis dedos, latiendo de verdad después de tanto tiempo siendo solo una idea— apretada entre las mías todo el trayecto de vuelta, mientras Ren cerraba las puertas traseras y el conductor arrancaba sin hacer preguntas que ninguna de las dos estaba lista todavía para contestar.

Miré su cara durante todo el camino, memorizando cada detalle que el tiempo y el cristal me habían robado hasta ahora: las arrugas nuevas alrededor de los ojos que no recordaba de las fotografías, el ritmo tranquilo de su respiración, el peso real de una mano que hasta esta mañana solo había sido un recuerdo cada vez más borroso.

No supe cuánto tiempo pasó exactamente hasta que Ren me tocó el hombro, con suavidad, señalándome que ya casi habíamos llegado. No había querido soltar esa mano ni un segundo del trayecto, y no pensaba empezar a hacerlo ahora.

—Vamos a un centro médico privado que Teo consiguió a través de un contacto —dijo Ren, con la voz de quien lleva ensayando cómo dar esa información desde hace rato—. Discreto, pequeño, sin ninguna conexión visible con Synapsis. Va a estar segura ahí mientras decidimos el siguiente paso.

Asentí sin poder despegar los ojos de la cara de mi madre, pensando en que la lista de siguientes pasos parecía crecer cada día más rápido de lo que conseguíamos completarla, y que sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, ese pensamiento no me asustó tanto como debería haberlo hecho.