Capítulo 27
BAJO TIERRA
-E l sótano —dijo Lena, señalando el plano viejo del Centro de Continuidad que ya habíamos usado una vez, unas semanas atrás—. Es una zona restringida. Nadie supo decirnos qué había ahí abajo la primera vez que entramos.
El taller olía distinto esa mañana, a papel nuevo y tinta de impresora, con Ren imprimiendo formularios en una esquina mientras el chico de la quemadura terminaba de programar el retraso automático de la publicación.
Sentí un escalofrío concreto al reconocer la marca en el plano, la misma que había visto esa noche sin saber todavía que estaba mirando la respuesta a una pregunta que ni siquiera había empezado a hacerme.
—Nivel menos tres —dije.
—Nivel menos tres —confirmó Lena—. Estuvo ahí todo este tiempo, debajo de nuestros pies, mientras encontrábamos a tu madre en un pasillo del piso de arriba y decidíamos que todavía no era seguro moverla.
—¿Cómo entramos esta vez? —pregunté—. La última vez tuvimos noventa segundos de ciego en las cámaras. Un sótano restringido va a tener mucho más que eso.
Lena ya estaba sacudiendo la cabeza cuando terminé la pregunta, como si llevara horas descartando esa misma idea.
—Probablemente. Por eso esta vez no vamos a intentar entrar sin que nos vean. Vamos a entrar como quien tiene derecho a estar ahí.
Ren, con una carpeta de verdad, de las de papel, delante de ella, levantó la vista.
—Con esto —dijo, dando un golpecito a la carpeta—.
Una autorización de traslado médico, firmada por mí, para mover a una paciente de nivel menos tres a un centro de cuidados paliativos externo.
Existe un procedimiento real para esto. Casi nunca se usa, pero existe, y yo todavía tengo firma autorizada para iniciarlo.
—¿Y si alguien comprueba la autorización antes de dejarnos pasar? —pregunté.
—Entonces descubren que es real, porque lo es. Lo que no van a descubrir tan rápido es que la paciente que dice trasladar no es la que realmente vamos a sacar de ahí.
Teo, que llevaba callado desde que habíamos llegado, levantó por fin la vista de los planos.
—Eso significa que vamos a necesitar dos nombres. Uno de verdad, en el papel. Y uno falso, para la persona a la que de verdad vamos a intentar sacar.
—Usa el de Iris —dije, antes de que nadie más pudiera sugerir otra cosa—.
Ya tenemos pruebas médicas reales sobre su estado.
Y si de verdad conseguimos sacar a mi madre con los papeles de Iris, eso nos deja preparado el terreno para volver a por Iris de verdad la semana que viene, con su propio nombre esta vez.
Me dolió decirlo incluso mientras lo decía, esa sensación incómoda de estar usando a alguien, aunque fuera con buena intención, aunque fuera para ayudarla también a ella al final del camino.
Ren asintió sin apartar la vista de la carpeta, como si estuviera calculando en tiempo real cuántas cosas más tenía que salir bien para que ese plan funcionara.
—Puede funcionar. Va a ser mucho papeleo cruzado que corregir después. Pero puede funcionar.
•
Llegamos al Centro de Continuidad Meridian Norte a las once de la mañana, con la luz del día haciendo que el edificio pareciera menos amenazante de lo que podíamos recordar, casi ordinario, como cualquier centro médico de cualquier zona de la ciudad.
Costaba creer que el mismo lugar que recordaba envuelto en la oscuridad y el miedo de aquella noche pudiera tener también una versión diurna tan aburrida, tan parecida a cualquier otro edificio administrativo con jardineras descuidadas y un aparcamiento medio vacío.
Ren entró primero, con la carpeta bajo el brazo y el paso firme de alguien que hace ese mismo trayecto varias veces por semana.
Yo la seguí dos pasos por detrás, vestida con el uniforme de auxiliar administrativa que Teo había conseguido sin que nadie preguntara de dónde, con el pelo recogido de una forma que no era la mía y una identificación colgada del cuello con una foto que tampoco era exactamente la mía, aunque se le parecía lo suficiente.
La recepción era exactamente lo que había esperado: fría, blanca, con una mujer detrás de un mostrador que ni siquiera levantó la vista del todo cuando Ren deslizó la carpeta hacia ella.
—Traslado programado. Paciente de nivel menos tres, autorización de la agencia.
Lo dijo con una voz completamente distinta a la que usaba en el taller, más plana, más administrativa, la voz de alguien acostumbrado a repetir la misma frase cien veces al día sin que le importe realmente ninguna de las cien.
La mujer pasó las páginas despacio, demasiado despacio para el pulso que yo sentía en la garganta, hasta detenerse en la firma de Ren al final del documento.
—Nunca había visto un traslado desde ese nivel —dijo, sin ninguna sospecha todavía, solo con la curiosidad aburrida de alguien acostumbrado a ver tanto papeleo repetitivo—. ¿Cuánto tiempo lleva ahí la paciente?
—Ocho años —contestó Ren, con una naturalidad que solo se consigue habiendo dicho esa misma frase muchas veces en voz alta dentro de la cabeza antes de tener que decirla en voz alta de verdad.
La mujer selló una página, le devolvió la carpeta a Ren, y le tendió una tarjeta de acceso temporal sin ninguna ceremonia especial, como quien entrega un ticket de aparcamiento.
—Ascensor de servicio, al fondo del pasillo. Necesitará esta tarjeta para el nivel menos tres. Un técnico las espera abajo para el traspaso formal.
El ascensor bajó más despacio de lo que cualquier ascensor debería bajar, con un zumbido grave que se sentía en los dientes más que en los oídos. El número en el panel pasó de cero a menos uno, y luego, tras una pausa que se sintió deliberada, a menos dos, y por fin a menos tres.
Ren no dijo nada durante todo el trayecto, con la vista fija en el panel de números como si mirar cualquier otra cosa fuera a hacer que el ascensor tardara más en llegar.
Las puertas se abrieron a un pasillo con las mismas paredes sin ventanas que había visto en mi imaginación cada vez que Teo mencionaba ese nivel: luz verde parpadeando sobre una puerta al fondo, exactamente como en el fragmento de memoria de Kade que se me había quedado pegado la noche del Anclaje fallido.
Un hombre con bata blanca nos esperaba de pie junto al ascensor, con una tablet en la mano y una expresión profesional que no delataba nada todavía.
—¿Ustedes son el equipo del traslado? —preguntó—. Llegan pronto. No las esperaba hasta dentro de una hora.
—Cambio de turno —dijo Ren, sin perder el ritmo ni un segundo—. Preferimos adelantarlo antes de que empiece el tráfico de mediodía.
El técnico asintió, satisfecho con la explicación, y nos hizo un gesto para que lo siguiéramos por el pasillo hacia la puerta con la luz verde.
—Va a tener que perdonar el aspecto de la sala. Nadie entra aquí casi nunca. No estamos acostumbrados a tener visitas.
Lo dijo con el tono despreocupado de quien lleva años trabajando rodeado de algo espantoso hasta el punto de dejar de verlo del todo, una indiferencia que me revolvió el estómago.
Pasó la tarjeta por el lector. La puerta se abrió con el mismo chasquido húmedo que había oído en el ala oeste, como si todas las puertas de Synapsis compartieran el mismo pulmón cansado.
La luz interior tardó un segundo en encenderse, parpadeando dos veces antes de estabilizarse, y cuando por fin lo hizo, lo primero que vi no fue una cama, ni una máquina, ni ningún equipo médico reconocible.
Fueron las filas. Filas y filas de cápsulas transparentes, iluminadas desde dentro con una luz azulada tenue, extendiéndose mucho más allá de lo que el tamaño del edificio de arriba debería haber permitido.
El aire tenía un frío distinto al resto del edificio, más limpio, más artificial, con un zumbido bajo y constante de maquinaria que solo se notaba si uno se paraba a escucharlo de verdad, como llevaba haciendo yo desde el momento en que las puertas se abrieron.
—Setecientas catorce —susurré, sin poder evitarlo, contando en mi cabeza filas que no tenía forma real de contar del todo.
El técnico se rió, un sonido corto y sin humor de verdad.
—No tantas. Esto es solo nivel menos tres de Meridian Norte. Hay tres edificios más como este solo en esta ciudad.
Sentí que algo en mi pecho terminaba de romperse del todo con esa frase, dicha con tanta ligereza que resultaba casi peor que si la hubiera dicho con crueldad deliberada.
Ren buscó en su tablet el código que Teo nos había dado esa mañana, comparándolo con las etiquetas pequeñas en la base de cada cápsula, avanzando por el pasillo central con una calma que yo no sentía ni de lejos.
—Aquí —dijo, deteniéndose de golpe—. Warren, E.
Me acerqué despacio, con las piernas convertidas otra vez en algo poco fiable, hasta quedarme delante del cristal curvado de la cápsula.
Apoyé la mano en el cristal sin pensarlo, un gesto tonto e inútil, como si pudiera atravesar ese material y tocar de verdad lo que había al otro lado. El cristal estaba frío, más frío de lo que esperaba, y no se movió ni un milímetro bajo mi palma.
Dentro había un cuerpo. Mi altura, más o menos.
El pelo largo y gris que recordaba de las fotografías viejas, no el corto que llevaba la mujer que ahora vivía dentro de él.
Los ojos cerrados. El pecho subiendo y bajando en un ritmo tan lento que durante un segundo entero no estuve segura de haberlo visto moverse de verdad.
Era ella. El cuerpo que le pertenecía, el que llevaba ocho años en esa espera imposible.
Quise decir algo. Quise decir su nombre, o el mío, o cualquier palabra que sirviera de puente entre el cristal y lo que había al otro lado, pero la voz se me quedó atascada en algún punto entre el pecho y la garganta, demasiado grande para salir entera.
—Necesito empezar el protocolo de desconexión —dijo el técnico, ya con las manos sobre un panel lateral de la cápsula—. Va a tardar unos veinte minutos en estabilizarse para el traslado. ¿Tienen el vehículo listo fuera?
Asentí sin confiar del todo en mi propia voz para contestar, mientras por dentro intentaba calcular rápidamente cuánto de ese tiempo podríamos aprovechar para averiguar cómo deshacer el nudo que acabábamos de atarnos solas.
Ren y yo nos miramos durante una fracción de segundo demasiado larga para pasar desapercibida.
Vi en su cara el mismo cálculo rápido que debía de estar corriendo por la mía: si el técnico se quedaba, no había forma de completar el cambio de identidad sin que se diera cuenta.
Y si le pedíamos que se fuera, sin más, corríamos el riesgo de que la petición sonara tan fuera de lugar como para hacerle sospechar de todas formas.
Ninguna de las dos había pensado, ni por un momento, en qué hacer si el cuerpo dentro de esa cápsula necesitaba veinte minutos completos de un protocolo médico que ninguna de las dos sabía cómo completar sin ayuda.
—Voy a quedarme —dijo Ren, en voz baja, casi sin mover los labios—. Superviso el protocolo con él, como es normal en un traslado. Tú ve arriba y adelanta el resto del papeleo de salida. Cuanto menos tiempo pasemos las dos aquí abajo juntas, menos raro parece todo esto.
No me gustó la idea de dejarla sola con el técnico y con mi madre al mismo tiempo, pero tampoco tenía una alternativa mejor que ofrecer en los pocos segundos que teníamos para decidir.
—Veinte minutos —dije—. Ni uno más.
—Ni uno más —repitió Ren, ya dándose la vuelta hacia el técnico con una sonrisa profesional perfectamente entrenada, la misma que probablemente llevaba usando desde mucho antes de que yo la conociera.