Capítulo 26
EL CUERPO QUE FALTA
E l documento no tenía firma ni membrete, solo un encabezado técnico y frío: REGISTRO DE TRASLADO — CUERPO ORIGEN, seguido de un código que ya reconocía sin necesidad de que nadie me lo tradujera.
El taller entero se había quedado en silencio, un silencio distinto a todos los de esa noche, más denso, más parecido al que se hace en una sala de espera de hospital cuando alguien está a punto de recibir noticias que ya sabe que van a cambiarle la vida antes de escucharlas.
Reconocí también, debajo del código, un patrón de letras y números que ya había visto antes: el mismo formato exacto de la tarjeta que había encontrado en la caja de latón de mi madre, semanas atrás, en un altillo que ahora me parecía perteneciente a otra vida.
—Léelo en voz alta —dije, porque no confiaba en mis propios ojos para hacerlo bien a la primera.
Las manos me temblaban tanto que había dejado de intentar disimularlo delante de nadie, y el resto de la sala parecía haber decidido, sin hablarlo, concederme ese pequeño derecho después de la noche que llevábamos.
Teo carraspeó ligeramente antes de empezar, como si necesitara aclarar una garganta que de repente se le había quedado seca sin motivo aparente.
—Cuerpo origen trasladado a nivel menos tres, estado: no viable para reintegración, mantenimiento en suspensión indefinida. —Se detuvo—. Mara, esto es sobre tu madre. Sobre su cuerpo de verdad.
Me senté, porque las piernas dejaron de parecerme un lugar seguro donde apoyarse.
Alguien —creo que fue Lena, aunque no estoy segura del todo— me acercó una silla justo a tiempo, con esa clase de reflejo rápido que solo se desarrolla después de haber visto a demasiada gente recibir demasiadas malas noticias en habitaciones parecidas a esta.
—Está viva —dije, más para comprobar que las palabras seguían teniendo sentido que porque necesitara que alguien me lo confirmara—. Su cuerpo original está vivo.
La palabra viva se instaló en el aire del taller, extraña y pesada al mismo tiempo, como una moneda lanzada que ninguno de los presentes se atrevía todavía a decir de qué lado había caído.
—Mantenimiento en suspensión no es lo mismo que estar viva del todo. Pero tampoco es estar muerta. —Teo elegía cada palabra despacio, como quien camina sobre hielo fino—. Es algo intermedio que ni siquiera sé cómo explicar bien.
Pensé en Elena, la de verdad, la que llevaba ocho años atrapada en un cuerpo ajeno mientras el suyo esperaba en algún sótano, ni despierto ni completamente dormido, como una fotografía de ella misma congelada en el momento exacto en que todo se rompió.
No supe si esa imagen me daba más esperanza o más miedo, y sospeché que la respuesta correcta era, sencillamente, las dos cosas al mismo tiempo.
Lena se inclinó sobre la pantalla, leyendo el documento por encima de mi hombro con una atención que no tenía nada que ver con Elena directamente y todo que ver con lo que ese documento implicaba para setecientos catorce familias más.
La vi hacer el mismo cálculo mental que yo, casi al mismo tiempo, con la misma expresión de horror creciente extendiéndose despacio por su cara.
—Si esto es cierto —dijo, despacio—, significa que nivel menos tres no es solo un almacén de documentos. Es un almacén de cuerpos. De los cuerpos originales de toda la gente que está ahora mismo atrapada como tu madre.
—¿Dónde está? —pregunté, con una urgencia que me salió más alta de lo que pretendía.
De repente, me encontré de pie sin haber decidido levantarme conscientemente, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión por su cuenta de que necesitaba estar erguida para procesar la pregunta que acababa de hacer.
Empecé a caminar en círculos pequeños alrededor de la mesa, algo que Dante me había visto hacer solo dos veces antes en la vida: la noche que ingresaron a nuestra madre en un hospital que nunca existió de verdad, y la noche que él mismo tuvo la primera crisis de su enfermedad.
Mi cuerpo, al parecer, tenía su propio catálogo privado de gestos reservados para las noches que lo cambiaban todo.
Teo cruzó el documento con los planos del ala oeste, buscando alguna referencia geográfica entre los datos técnicos.
Lo hizo con la misma concentración absoluta que llevaba usando toda la noche, esa capacidad suya de desconectar del mundo entero cuando tenía un problema técnico delante que resolver, como si el resto de nosotros, la sala, el cansancio, dejaran de existir por unos minutos.
—No lo dice aquí. El documento solo confirma que existe, no dónde.
—Levantó la vista, con una expresión que reconocí de sobra: la de alguien que sabe que la siguiente pregunta va a doler más que la anterior—.
Pero si tuviera que apostar, no creo que esté en el ala oeste.
Creo que está en el mismo sitio de donde sacamos esa primera pista, hace apenas unos días: Meridian Norte.
Meridian Norte. El mismo edificio donde ya habíamos entrado una vez, donde había tocado la mano de mi madre y había oído, por primera vez en ocho años, su voz llamándome por mi nombre.
—Si su cuerpo original está ahí abajo —dije, pensando en voz alta más que hablándole a nadie en concreto—, ¿eso significa que podríamos devolverla? ¿De verdad devolverla, no solo trasladarla a un sitio más seguro?
Nadie contestó enseguida. La pregunta quedó suspendida sobre la mesa, demasiado grande y demasiado frágil para que cualquiera de los presentes se atreviera a tocarla con una respuesta que no pudiera cumplir después.
—El documento dice no viable para reintegración —dijo Teo, al fin, con la voz de quien preferiría no ser el que tiene que decir la parte fea—.
Eso podría significar muchas cosas. Podría significar que el cuerpo está demasiado deteriorado después de ocho años en suspensión.
Podría significar que necesita un procedimiento que nadie en ese edificio sabe hacer todavía.
O podría significar, simplemente, que decidieron que no merecía la pena intentarlo.
Cada una de esas posibilidades me dolía de una forma distinta, y las tres juntas dolían más de lo que cualquiera de ellas por separado tenía derecho a doler.
Me obligué a respirar hondo antes de decir la única cosa que se sentía urgente de verdad, la que pesaba más que cualquier dato sobre suspensión o deterioro celular.
—¿Y si nosotros creemos que sí merece la pena?
Lo pregunté sabiendo ya, de alguna forma, cuál iba a ser la respuesta de todos los presentes, pero necesitaba oírla en voz alta de todas formas, necesitaba que quedara dicha entre nosotros como una especie de promesa que nadie pudiera fingir después no haber hecho.
—Entonces vamos a tener que averiguarlo por nuestra cuenta, porque Synapsis no nos va a dar la respuesta gratis.
Nadie discutió esa última frase. Era, de todas las cosas dichas esa madrugada, la única que sonaba completamente cierta sin necesidad de que nadie la revisara dos veces.
•
El sol ya estaba alto cuando terminamos de trazar los primeros esbozos de un plan que todavía no merecía llamarse plan del todo.
Lena insistía en que necesitábamos esperar un poco a publicar la lista primero, para tener a Synapsis distraída defendiéndose en público mientras nosotros nos movíamos por debajo.
Teo, en cambio, insistía en que cada día que esperáramos era un día más de deterioro para un cuerpo que ya llevaba ocho años en suspensión.
—No podemos hacer las dos cosas a la vez —dijo Lena, con la misma paciencia agotada de quien lleva varias horas repitiendo el mismo argumento—. Si publicamos y entramos el mismo día, perdemos el elemento sorpresa de las dos operaciones.
Se frotó los ojos con las dos manos, un gesto que ya le había visto hacer antes, siempre en los momentos en que el cansancio empezaba a pesarle bastante más que la determinación.
—Y si esperamos demasiado, puede que no haya nada que rescatar cuando por fin decidamos movernos.
El chico de la quemadura, que llevaba callado casi toda la conversación, levantó la mano como quien pide permiso para hablar en una clase, un gesto tan fuera de lugar en ese momento que casi me hizo reír pese a todo.
—¿Y si no elegimos? —dijo—. Publicamos la lista con retraso programado. Se activa sola, automáticamente, esa misma noche, aunque a nosotros nos pase algo entrando en Meridian Norte. Así Synapsis no sabe si publicamos antes o después de movernos, y nosotros no perdemos ni un día esperando.
Lena se quedó mirándolo un segundo entero, con algo raro en la cara que tardé un momento en identificar como esperanza.
—Por eso te tengo en el equipo —dijo, casi sonriendo—. Hazlo.
Fue la primera vez en toda la noche que la vi sonreír de verdad, aunque fuera solo durante un segundo, aunque se le borrara de la cara casi tan rápido como había aparecido.
El chico asintió y volvió a sus pantallas sin decir nada más, con las orejas un poco rojas, más incómodo con el cumplido que con cualquiera de las cifras que llevábamos toda la noche manejando.
Los dos tenían razón. Eso era, quizás, lo más agotador de toda esa madrugada: que no había ni una sola decisión correcta esperando a que alguien la encontrara, solo distintos tamaños de riesgo entre los que elegir.
Volví a casa por la mañana, con los ojos ardiendo por el sueño perdido y la cabeza todavía llena de números y candados digitales.
Encontré a Dante despierto, con el uniforme del Instituto puesto y una tostada a medio comer en la mano, como si llevara ya un rato esperando para irse a clase con la única duda de si yo iba a volver a tiempo para despedirse.
Se me quedó mirando un momento largo antes de decir nada, leyendo en mi cara cosas que yo todavía no había terminado de procesar del todo.
—¿Y bien? —preguntó, sin necesitar más palabras que esas dos.
Me senté frente a él y se lo conté todo, otra vez, con esa costumbre nueva nuestra de no dejar nada fuera por miedo a que fuera demasiado para el otro.
Al mencionar el cuerpo de nuestra madre, algo le cambió en la cara, un parpadeo rápido que reconocí porque lo había sentido yo misma hacía apenas unas horas.
Dejó la tostada a medio comer sobre la mesa, olvidada, y se quedó con la mirada fija en un punto de la pared que no tenía nada que mirar, procesando algo que ninguno de los dos tenía todavía las palabras exactas para nombrar del todo.
—Entonces todavía hay una versión de esto donde la recuperamos entera —dijo—. No solo su voz. Ella.
—Puede ser. No lo sé todavía.
—Pero puede ser —repitió, como si necesitara decirlo en voz alta una segunda vez para creérselo del todo—. Eso ya es más de lo que teníamos ayer.
Se levantó para irse al Instituto, con la mochila a medio cerrar de la misma forma exacta en que yo llevaba la mía con la fotografía que había encontrado en mi propio expediente de Synapsis, un detalle tan pequeño que no le mencioné porque no supe cómo hacerlo sin que sonara más triste de lo que en realidad era.
En la puerta, se detuvo un momento, con la mano en el marco.
—Si la recuperamos —dijo, sin darse la vuelta del todo—, ¿va a acordarse de mí? Tenía siete años la última vez que me vio.
No supe qué contestarle, así que le dije la única verdad que tenía disponible en ese momento.
—No lo sé. Pero pienso averiguarlo contigo, sea cual sea la respuesta.
Dante asintió, se colgó la mochila del otro hombro, y salió por la puerta sin despedirse con palabras, solo con la mano levantada antes de desaparecer escaleras abajo.
Me quedé mirando la puerta cerrada un rato más de lo necesario, pensando en cuántas versiones distintas de un mismo futuro cabían todavía dentro de una sola palabra como quizás.