Capítulo 25
LAS CIFRAS REALES
P asamos la noche entera en el taller, los cinco alrededor de la mesa donde antes habían estado los planos, ahora sustituidos por el disco que cogió Lena, conectado a un portátil y una torre de fotografías impresas que no dejaba de crecer.
Le mandé un mensaje a Dante, para avisarle de que la reunión iba para largo, y recibí de vuelta un simple: Tranquila. Yo estoy bien. Cuéntamelo todo cuando puedas.
Nadie había dormido, y nadie parecía tener intención de intentarlo todavía. El café se había acabado hacía horas, sustituido por una energía más nerviosa y mucho menos saludable.
El chico de la quemadura se había quedado dormido un rato en una silla, con la cabeza colgando hacia un lado, hasta que Lena lo despertó con un golpecito suave en el hombro cuando llegó su turno de repasar los archivos que él mismo había ayudado a copiar.
—Aquí —dijo Teo, a las tres de la madrugada, con la voz rasposa de tantas horas sin usarla para nada que no fuera un número—. Setecientos catorce expedientes activos. Solo en Meridian.
Repitió la cifra dos veces, como si decirla una sola vez no fuera suficiente para que el resto de nosotros terminara de creérsela del todo.
Con las manos, sin mirarlas, fue alineando uno tras otro los lápices que había sobre la mesa, todos en la misma dirección, todos a la misma distancia entre sí, como si ese pequeño orden pudiera compensar el que setecientas catorce vidas acababan de aparecer como afectadas.
Nadie dijo nada. Setecientas catorce no era una cifra, era un peso que se sentía físicamente al pronunciarlo en voz alta.
Me levanté y caminé hasta la ventana del taller, necesitando un segundo de distancia de la mesa, de las fotografías, de todos los nombres que ya no eran solo nombres.
Fuera, Meridian seguía funcionando exactamente igual que cualquier otra madrugada: un camión de reparto, una farola parpadeando, alguien paseando a un perro demasiado temprano para cualquier persona cuerda.
El mundo entero seguía sin saber lo que nosotros acabábamos de descubrir.
—¿Por edades? —preguntó Lena—. ¿Hay algún patrón?
Teo cruzó datos durante un minuto largo, con el ceño cada vez más apretado.
—La mayoría entre los dieciocho y los treinta. Pero hay un grupo más pequeño, unos cuarenta expedientes, marcados con una anotación distinta: candidatos identificados antes de la mayoría de edad. Como tú.
Cuarenta. No era un número inmenso comparado con setecientos catorce, pero era exactamente cuarenta veces la cantidad de familias que se habían visto obligadas a vivir la misma pesadilla concreta que la mía durante años sin saberlo.
—¿Solo activos? —Mantuve la voz plana a propósito—. ¿Cuántos más hay que ya no cuentan como activos?
Teo volvió el portátil hacia mí, con una expresión que ya conocía de sobra: la de alguien que preferiría no tener que enseñarme lo que estaba a punto de enseñarme.
—Doscientos ocho archivados como cerrados. La mayoría con la misma fecha de cierre que la fecha de ingreso, más o menos. No sé qué significa eso exactamente. Pero puedo hacerme una idea, y no me gusta.
—Mi carpeta —dije, recordando de golpe la fotografía que había rescatado a medias, con la cabeza todavía puesta en la sala doce y no en esa mesa—. La que saqué del ala oeste. ¿Llegasteis a fotografiar el contrato completo, el de mi primera sesión?
Teo buscó entre los archivos descargados hasta encontrarlo. Giró la pantalla hacia mí.
Ahí estaba, sin la barra negra esta vez: cláusula 14, autorización de continuidad extendida para sujeto de compatibilidad excepcional, sección tres, con la firma digital de Kade —solo Kade, sin apellido, como si en ese documento no le hiciera falta uno— autorizando explícitamente la prórroga indefinida de cualquier sesión que el sistema clasificara como de alto valor, sin límite de horas, sin necesidad de nuevo consentimiento.
Lo que había firmado, sin saberlo, era permiso para que la primera sesión no terminara nunca del todo.
Me quedé mirando la pantalla un rato largo, sintiendo que por fin cerraba una puerta que llevaba semanas entreabierta detrás de mí.
—Así que era eso —dije, en voz baja—. Todo este tiempo.
—Todo este tiempo —confirmó Teo, sin necesitar preguntar a qué me refería.
Lena no había dicho una palabra en la última media hora, con los ojos fijos en una carpeta especifica que llevaba separada del resto desde el principio. No había mirado hacia la puerta ni una sola vez en todo ese rato, algo tan impropio de ella que debería haberlo notado antes de que hablara.
La había estado mirando sin abrirla, con la mano quieta encima de la tapa, como si tocarla fuera un paso previo necesario antes de atreverse a abrirla del todo.
—Encontré a mi hermana —dijo, al fin, sin levantar la vista—. Hace trece meses.
Su voz sonó completamente plana, sin ningún temblor, del tipo de plano que solo se consigue cuando alguien lleva mucho tiempo practicando en privado cómo va a decir algo en voz alta el día que por fin tenga que hacerlo.
Nadie supo qué decir. Teo le puso una mano en el hombro, torpe, sin saber si el gesto era bienvenido, y Lena no lo apartó, lo cual, viniendo de ella, ya era casi una respuesta completa.
Me acerqué también, sin saber muy bien qué hacer con las manos, y acabé sentándome a su otro lado, en silencio, ofreciéndole lo único que de verdad tenía para ofrecer en ese momento: la certeza física de que no estaba sola en esa mesa, ni en esa pérdida, aunque las dos supiéramos que ninguna compañía iba a devolverle a su hermana.
—Lo siento —dije, aunque la frase sonó tan pequeña como siempre suenan esas dos palabras cuando de verdad importan.
—No lo sientas. Ayúdame a asegurar que esta lista se hace pública antes de que puedan cerrar setecientos catorce nombres más.
•
—Necesitamos un periodista de verdad —dijo Ren, que había llegado poco antes del amanecer, todavía con el uniforme de la agencia puesto, como si hubiera venido corriendo directamente después de un turno—.
Alguien con reputación suficiente para que nadie pueda descartarlo como una teoría conspirativa más.
Se sentó sin que nadie se lo pidiera, cogiendo una de las fotografías de la torre casi sin mirarla, como si necesitara tener algo entre las manos para no pensar demasiado en lo que acababa de ver al entrar.
—Conozco a alguien —dijo Lena—. Trabajó un caso de corrupción municipal hace tres años. La despidieron de un periódico grande por publicarlo sin autorización previa. Ahora escribe sola, en un blog que casi nadie lee todavía.
—¿Te fías de ella? —preguntó Teo.
—Me fío de que le sobran motivos personales para no dejarse comprar por Synapsis. Eso, ahora mismo, vale más que cualquier currículum.
—¿Casi nadie lee el blog todavía? —pregunté.
—Después de esto, no creo que siga siendo así mucho tiempo.
Miré la torre de fotografías otra vez, pensando en cuántas de esas setecientas catorce familias iban a leer, dentro de poco, en un blog que hasta ayer casi nadie conocía, y a sentir, por primera vez en meses o en años, que alguien de fuera por fin les creía.
—Ren —dije, recordando algo que llevaba horas con la necesidad de preguntar—. Anoche, cuando salimos, las alarmas se activaron doce segundos después de que cruzáramos la última ventana. Alguien las activó a propósito, tarde. ¿Sabes quién pudo ser?
Ren se quedó pensando un momento largo, con la taza de café a medio camino de la boca.
—Puedo pensar en dos o tres personas dentro que odian este trabajo tanto como yo lo odiaba antes de conocerte. Pero no sé nombrarte a ninguna con certeza. Si de verdad alguien nos dejó salir a propósito, es alguien que sabe guardar un secreto mejor que yo.
El teléfono de Ren vibró sobre la mesa, y su cara cambió antes incluso de que terminara de leer la pantalla entera.
—Reunión de emergencia de nivel directivo, convocada hace veinte minutos. Sin agenda pública. —Levantó la vista, pálida—. Esto no pasa nunca, salvo que algo se haya roto de verdad ahí arriba.
El aire del taller entero se volvió más denso con la noticia, como si las paredes mismas hubieran decidido escuchar con más atención.
—¿Puede ser por lo de anoche? —preguntó Teo.
—Puede ser por lo de anoche. Puede ser por lo que sea que activó esas alarmas tarde. Puede ser por las dos cosas a la vez. —Ren se levantó, guardándose el teléfono en el bolsillo con manos que no estaban del todo firmes—. Voy a intentar averiguar algo desde dentro. Con cuidado.
—¿Es seguro que vuelvas ahí? —preguntó Teo.
Ren se detuvo un segundo en la puerta, con la mano ya en el picaporte, y nos miró a los cuatro uno por uno, como quien memoriza una imagen por si acaso resulta ser la última vez que la ve completa.
—No. Pero llevo más de dos años haciendo cosas que no eran seguras porque la alternativa era peor. No voy a parar justo cuando por fin tenemos algo que merece la pena proteger.
—Ten mucho cuidado —dije—. Ya perdimos a una persona por confiar demasiado en el sistema.
No hizo falta que ninguna de las dos dijera el nombre de mi madre en voz alta para que ambas supiéramos exactamente a quién me refería.
Ren asintió una última vez y salió, dejando la puerta entreabierta detrás de ella el tiempo suficiente para que entrara una corriente de aire frío.
•
Después de que Ren se fuera, volví a la mesa donde Teo seguía revisando expedientes, con una pregunta que se me había ido formando sola mientras escuchaba hablar de niveles y programas toda la noche.
—Si nivel menos dos es donde guardan a la gente, y este edificio tiene un nivel dedicado solo a documentos, ¿por qué solo hay dos niveles marcados en los planos? Los edificios de Synapsis tienen sótanos enormes. ¿Teo, no comentaste algo de que había un nivel menos tres?
Teo dejó de teclear.
Se quedó mirando la pantalla un momento, como si necesitara comprobar algo consigo mismo antes de contestarme.
—Hay una carpeta. Quizá tenga algo que ver.
La he estado evitando toda la noche, si te soy sincero, porque tiene un candado digital distinto a todos los demás, uno que no reconozco, y no sé qué significa que alguien se haya tomado tantas molestias solo para esconder una carpeta más entre setecientas.
Lena dejó lo que estaba haciendo y se acercó despacio, con esa atención concentrada suya que solo aparecía cuando algo olía de verdad a importante, y no solo a interesante.
—Ábrela.
—Podría borrar todo lo que hemos conseguido si me equivoco al intentarlo.
—Ábrela de todas formas.
Teo no discutió más. Algo en mi tono debió de convencerle de que esta vez no iba a cambiar de opinión por mucho que me expusiera los riesgos otra vez.
Teo asintió, y sus dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado durante un segundo entero antes de decidirse a tocarlo.
Dante me había mandado un mensaje sobre Bruno hacía un par de horas, mientras estábamos todos concentrados en los expedientes: seguía estable, comiendo por primera vez desde el traslado, con ganas de que Dante volviera a visitarlo pronto.
No le había contestado todavía. Se lo debía, y me lo debía a mí misma también.
El mensaje me hizo pensar en la otra persona que llevaba días queriendo preguntar por ella y que todavía no había mencionado en voz alta.
—Espera —dije, antes de que llegara a pulsar nada—. Antes de eso. ¿Hay algo sobre Iris? ¿Sobre si el traslado que planeamos con Ren podría funcionar de verdad?
Lena, todavía a mi lado, contuvo algo parecido a una sonrisa, la primera que le veía esa noche.
Teo cambió de pantalla, buscando entre carpetas con nombres de tres letras hasta encontrar una que reconocí sin necesidad de que me la señalara.
—Marín, I. Está aquí. Estado: estable, sin cambios significativos en dieciocho meses. —Levantó la vista—. Eso es bueno, Mara. Significa que trasladarla no debería ser más peligroso médicamente que dejarla donde está.
Fue el primer dato de toda la noche que se sintió como una victoria pequeña en vez de como otra herida más que sumar a la lista.
—Cuando publiquemos esto —dijo Lena, con la voz ya más firme de lo que había sonado en toda la madrugada—, Iris va a tener un nombre público. Un rostro. Gente que le pregunte a Synapsis, en voz alta, dónde está y por qué. Eso, además del traslado, también es protección.
Volvimos a la carpeta cerrada. Teo tenía otra vez los dedos sobre el teclado, y esta vez nadie lo interrumpió.
La pantalla parpadeó, tan negra que durante un momento pensé que de verdad habíamos borrado todo. Después, despacio, empezó a cargar un único documento, sin nombre de archivo, solo una fecha en la esquina superior: la misma fecha exacta en la que mi madre había desaparecido, hacía ocho años.
Nadie dijo nada. El cursor parpadeaba en mitad de la pantalla, esperando, como si el propio documento supiera que lo que contuviera iba a cambiar algo que ya no podríamos deshacer una vez lo leyéramos.