Huéspedes Capítulo 24
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Capítulo 24

DOCE MINUTOS

D ante me despertó a mí esa mañana, algo que no había pasado nunca en quince años de hermanos, con dos tazas de café y una expresión de quien lleva horas despierto planeando qué decir.

—No voy a pedirte que no vayas.

Lo dijo mirando la taza, no a mí, como si necesitara ese pequeño acto de cobardía para conseguir decir la frase entera sin que le temblara la voz.

—Lo sé.

—Pero vas a mandarme un mensaje cada hora. Aunque sea solo un punto. Un punto significa que sigues siendo tú.

—Un punto —prometí—. Cada hora.

Dante asintió, satisfecho a medias, y se quedó mirando su propia taza un momento antes de decir la última cosa que llevaba claramente preparando toda la noche.

—Si no mandas el punto, no voy a esperar a que alguien más decida cuándo avisarme. Voy a ir yo mismo a buscarte, y no me importa lo que digan Teo o Lena sobre planes y protocolos.

•

Lena aparcó la furgoneta a tres calles del ala oeste, en una zona sin cámaras municipales que ella misma había señalado en el plano dos días atrás. El chico de la quemadura ya tenía el equipo montado y un cronómetro digital marcando una cuenta atrás que todavía no había empezado.

—Turnos cambiando a las seis en punto —dijo, sin levantar la cabeza—. Cuando empiece el bucle, tendréis exactamente doce minutos antes de que el sistema note la diferencia entre lo que está pasando de verdad y lo que le estamos enseñando.

Lena, dos hombres de su equipo que no conocía por nombre, y yo cruzamos el aparcamiento agachados a las seis y un minuto, con el edificio administrativo iluminado por dentro con esa luz fría y uniforme que solo tienen los sitios donde nadie duerme nunca de verdad.

Llevaba el estabilizador de Teo otra vez pegado a la cadera, más por costumbre que por plan concreto: nadie sabía si iba a servir de algo esta vez, pero ninguno de los dos había querido arriesgarse a averiguarlo sin él.

—Reloj en marcha —susurró Lena por el auricular, en cuanto la puerta lateral cedió con una tarjeta que Ren había conseguido semanas atrás sin saber todavía para qué la iba a necesitar.

El vestíbulo estaba vacío a esa hora, con la recepción sin nadie detrás y una pantalla de bienvenida corporativa reproduciendo, en bucle silencioso, imágenes de gente sonriente en batas blancas que no se parecía a nadie que yo hubiera conocido nunca dentro de Synapsis.

Subimos por una escalera de servicio que olía a pintura reciente, dos plantas en silencio absoluto, hasta llegar a una puerta metálica con un lector pequeño montado a la altura del pecho, del tipo que en cualquier otro edificio habría servido para huellas dactilares.

Conté los escalones sin querer, otra costumbre nueva de esas que ya no sabía si algún día iba a poder dejar de tener, mientras Lena comprobaba el reloj cada pocos segundos con la misma tensión silenciosa de alguien que ha hecho esto antes y sabe exactamente cuánto puede llegar a doler un error de cálculo.

—Es este —dijo Lena—. Cuando quieras.

Apoyé la palma de la mano, aunque el lector no pedía la mano.

Pedía algo mucho más profundo, y lo sentí exactamente igual que sentía el frío detrás de la nuca al empezar una sesión: un cosquilleo breve, casi eléctrico, seguido de un clic metálico que sonó más fuerte de lo que debería en el silencio del pasillo.

Detrás de mí, Lena contuvo la respiración de una forma que no intentó disimular.

COMPATIBILIDAD VERIFICADA. La pantalla se iluminó en verde, y la puerta se abrió sin necesidad de empujarla.

—Ocho minutos —anunció la voz del chico de la quemadura por el auricular—. Vais bien.

La tercera planta era un pasillo largo, sin ventanas, con puertas idénticas a ambos lados marcadas solo con números de tres cifras. La sala que buscábamos estaba al fondo, con un segundo lector, más grande que el primero, empotrado directamente en la pared junto a la puerta.

Nuestros pasos sonaban demasiado fuertes en ese silencio, incluso caminando de puntillas, como si el propio edificio estuviera reteniendo la respiración junto con nosotros.

Esta vez, cuando apoyé la mano, no hubo cosquilleo ni clic metálico. Hubo un pitido agudo, y una luz roja que se quedó encendida fija, sin parpadear, como una acusación.

—¿Qué significa eso? —preguntó uno de los hombres de Lena, con la voz más aguda de lo que probablemente pretendía.

—Compatibilidad insuficiente para este nivel —dijo una voz sintética, demasiado tranquila para el pánico que me subió por el pecho al oírla.

—Plan B —dijo Lena, sin perder ni medio segundo, ya arrodillada junto al panel con un destornillador pequeño en la mano—. Necesito noventa segundos más de los que teníamos planeados.

Sus manos se movían rápido, seguras, sobre un mecanismo que claramente había practicado forzar antes, aunque nunca con este nivel de presión encima.

—No los tenemos —dije—. Nos quedan cuatro minutos.

Miré el lector otra vez, con la mente yendo más rápido de lo que podía seguir del todo. Compatibilidad insuficiente para este nivel. No para mí sola, quizás.

Cerré los ojos, buscando esa calidez breve que había sentido la noche anterior, en el mismo punto del pecho donde se me había encendido entonces.

—Ayúdame —susurré, sin saber si Elena podía oírme de verdad o si estaba hablando sola en un pasillo, perdiendo segundos que no teníamos.

Sentí, o creí sentir, esa misma calidez concentrándose detrás de mis propios ojos, como si algo se inclinara hacia delante desde dentro de mí para mirar por ellos también. Apoyé la mano una segunda vez.

COMPATIBILIDAD COMBINADA VERIFICADA. La luz roja parpadeó, dudó, y se apagó. La puerta se abrió con un chasquido húmedo, como si llevara años sin usarse.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Lena, ya de pie, mirándome con algo entre el asombro y la sospecha.

—No estoy segura de poder explicártelo todavía. Pero funcionó. Vamos.

La sala era más pequeña de lo que había imaginado: estanterías metálicas, un servidor zumbando en una esquina, y cajas archivadoras sin ninguna decoración que indicara la importancia de lo que guardaban.

El aire olía a plástico nuevo y a algo más rancio debajo, como si las cajas llevaran más tiempo ahí del que el resto del edificio quería admitir.

—Tres minutos —anunció el chico de la quemadura, con la voz ya menos tranquila que antes.

Uno de los hombres de Lena empezó a fotografiar carpetas al azar mientras Lena descargaba el contenido del servidor en un disco pequeño que llevaba preparado. Yo abrí la primera caja archivadora que encontré, con las manos temblando más de lo que me habría gustado admitir.

Dentro había carpetas individuales, cientos de ellas, cada una con un nombre y un código de tres letras en la pestaña. Reconocí el formato antes de reconocer nada más: era el mismo tipo de expediente que había visto, semanas atrás, en la tarjeta de mi madre.

Busqué con dedos torpes, saltándome el orden alfabético, hasta encontrar la única carpeta que de verdad me importaba en ese momento. Warren, M.

Me temblaban tanto las manos que me costó dos intentos abrirla del todo.

—Dos minutos —dijo la voz en mi oído, cada vez más lejana.

La abrí de todas formas. Dentro había fotografías mías que no recordaba que nadie hubiera tomado nunca, la más antigua fechada cuando yo tenía dieciséis años, un año antes de que Ren asegurara que me habían encontrado.

En una de ellas estaba saliendo del instituto, con la mochila a medio cerrar y una sonrisa que ni siquiera recordaba haber tenido a esa edad.

Alguien me había estado observando desde una distancia lo bastante prudente como para que yo nunca lo notara, catalogándome como quien cataloga a un animal en peligro de extinción antes de decidir si merece la pena protegerlo.

—Un minuto —dijo la voz, ya casi gritando—. Mara, tenemos que salir.

Cerré la carpeta y me la metí bajo el brazo, junto con todo lo que Lena y su hombre habían conseguido fotografiar y descargar, y salimos corriendo por donde habíamos entrado, con el corazón —los dos corazones, el mío y el que llevaba prestado— latiendo al mismo ritmo desbocado.

Llegamos a la escalera de servicio justo cuando una voz distinta a la del chico de la quemadura empezó a hablar por el auricular, con una urgencia que no le había oído usar nunca.

—Tenéis compañía. Dos guardias subiendo por el ascensor principal. Van a cruzarse con vosotros si bajáis por ahí.

Lena no dudó ni medio segundo.

—Ventana del segundo piso. Ahora.

Uno de los hombres de Lena rompió el cristal con el codo, envuelto en una chaqueta para amortiguar el sonido, y saltamos uno a uno a un tejado bajo que conectaba con el edificio contiguo, exactamente como el plano de Teo había prometido que haría.

Aterricé mal, con el tobillo doblándose un poco de más, pero el dolor se quedó en algún sitio lejano, apagado por la adrenalina, algo de lo que solo me acordaría horas después, cuando por fin tuviera tiempo de sentir cosas otra vez.

Estaba corriendo por ese tejado, con la carpeta todavía apretada contra el pecho, cuando las luces de emergencia del ala oeste se encendieron detrás de nosotros, tiñendo la noche entera de un rojo intermitente que, seguramente, se veía desde varias manzanas de distancia.

Habíamos conseguido salir. Pero algo en la forma en que esas luces se encendieron, exactamente doce segundos después de que cruzáramos la última ventana, me dijo que no habíamos salido tan limpiamente como Lena esperaba.

—Doce segundos —dije, sin aliento, mientras corríamos hacia la furgoneta aparcada tres calles más allá—. Eso no es un fallo del sistema. Alguien lo activó a propósito, después de vernos salir, no antes.

Lena no contestó. Corría con la carpeta de datos apretada contra el pecho, con la misma expresión concentrada de alguien que ya está calculando, mientras corre, quién en ese edificio podría haber tenido motivos para dejarnos escapar antes de dar la alarma.

Nadie dijo una palabra más hasta que estuvimos dentro de la furgoneta, con las puertas cerradas.

El chico de la quemadura ya tenía el motor en marcha, con la cara pálida de alguien que había pasado los últimos doce minutos conteniendo una respiración que finalmente soltó de golpe cuando nos vio subir a todos, contados, enteros, vivos.

Saqué el teléfono en cuanto arrancamos y le mandé a Dante un solo carácter, tal como habíamos prometido.

Un punto. La respuesta llegó antes de que terminara de guardar el teléfono otra vez en el bolsillo: otro punto, seguido de tres más, como si él tampoco hubiera podido respirar tranquilo desde que salí de casa esa mañana.