Huéspedes Capítulo 23
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Capítulo 23

EL TRASLADO

R en llamó al día siguiente a las seis de la mañana, antes de que ninguno de los dos hubiéramos tenido tiempo de fingir que la noche había servido para descansar.

Contesté al primer tono, ya despierta, con la certeza física de que algo urgente estaba a punto de decirse antes incluso de mirar quién llamaba.

—Tengo la autorización de traslado lista. Necesito la firma de un familiar directo antes de las nueve, o pierdo la ventana legal para hacerlo sin levantar sospechas.

Me vestí mientras hablábamos, con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, en ese modo automático que llevaba semanas perfeccionando: moverme rápido, pensar más rápido todavía, sentir las cosas después, cuando hubiera tiempo.

—La madre de Bruno no te va a firmar nada sin explicaciones —dije—. Y no tenemos tiempo para dárselas todas.

—Dale las que pueda entender en cinco minutos. El resto, que confíe.

•

Encontré a la madre de Bruno en el pasillo del Instituto, con el mismo abrigo del día anterior puesto sobre el pijama, como si no hubiera llegado a irse a casa en toda la noche.

Se llamaba Carmen, según el gafete que llevaba puesto sobre el abrigo desde alguna visita anterior, un detalle tan pequeño que me sorprendió lo mucho que me alivió por fin poder ponerle nombre a la cara de la madre de Bruno, a la que llevaba días viendo sin preguntarselo.

—Necesito que confíe en mí —le dije, sin rodeos, porque los rodeos costaban minutos que no teníamos—. Sé que suena a locura, viniendo de alguien a quien a duras penas conoce. Pero el sitio al que quieren llevar a Bruno no es lo que dicen que es.

A nuestro alrededor, el Instituto seguía funcionando con su ritmo habitual de primera hora: enfermeras cambiando turno, un carrito de desayunos chirriando por el pasillo, alguien anunciando algo por megafonía que nadie escuchaba de verdad.

El contraste entre esa normalidad y lo que estaba a punto de pedirle a esta mujer me pareció, durante un segundo, casi obsceno.

Me miró con los ojos hinchados de una mujer que llevaba demasiadas horas sin dormir para procesar una frase así sin pedir, al menos, algo más.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque a mi madre la llevaron a un sitio con el mismo nombre hace ocho años, y tardé todo ese tiempo en encontrarla.

Carmen no preguntó nada más sobre ese detalle concreto, aunque vi en su cara que le habría gustado hacerlo. Quizás entendió, sin que yo tuviera que explicárselo, que había preguntas que no se hacían en un pasillo de hospital con menos de dos horas de margen.

Eso pareció bastarle más que cualquier explicación técnica que hubiera podido darle. Firmó el papel que le tendí sin volver a leerlo, con la misma clase de fe ciega y desesperada con la que yo había firmado, meses atrás, un contrato con una cláusula tachada.

—Si me equivoco con esto —dijo, con la pluma todavía en la mano—, nunca me lo voy a perdonar.

—Si, la entiendo, pero va a ser lo único de esta semana de lo que sí pueda estar orgullosa.

•

La ambulancia de Ren llegó a las ocho y cuarenta, veinte minutos antes de que expirara la ventana legal, con un conductor que no hizo ninguna pregunta y una enfermera que reconocí, después de un segundo, como alguien que había visto antes en el pasillo del Instituto sin saber que también era de los nuestros.

Carmen subió con Bruno, sujetándole la mano todo el trayecto de la camilla hasta la puerta trasera, y me di cuenta de que no había vuelto a preguntar nada más, ni un solo detalle, desde el momento en que decidió firmar.

Había algo en esa confianza que me pesaba más de lo que esperaba. No era la primera vez que alguien confiaba en mí sin condiciones esa semana. Pero sí era la primera vez que era una completa desconocida, alguien que no tenía ningún motivo para creerme salvo mi propia cara diciéndole la verdad.

—¿Desde cuándo tienes gente dentro del Instituto? —le pregunté a Ren, en voz baja, mientras subían a Bruno a la camilla.

—Desde antes de conocerte a ti. Esto no empezó contigo, Mara. Solo se aceleró contigo.

Un coche negro entró en el aparcamiento del Instituto justo cuando cerrábamos las puertas de la ambulancia, con el logo pequeño y discreto de Synapsis en el lateral que solo alguien que ya sabía qué buscar habría reconocido tan rápido.

Se me paró algo en el pecho, un frío puntual y concreto que ya conocía de otras veces, aunque esta vez no tenía nada que ver con ningún eco ni con ninguna sesión: era, simplemente, miedo normal, humano, del que sienten todas las personas cuando el peligro se acerca demasiado rápido y demasiado cerca.

—Vámonos —dijo Ren, sin levantar la voz, aunque el pulso se le notaba en cómo cerró la puerta del copiloto—. Ahora.

La ambulancia salió por la puerta de servicio, la que casi nadie usaba, mientras el coche negro seguía aparcando tranquilamente en la entrada principal, sin ninguna prisa, porque todavía no sabían que ya llegaban tarde.

Nadie habló durante los primeros minutos de trayecto.

El conductor conducía con la vista fija al frente, la enfermera comprobaba las constantes de Bruno con manos firmes y profesionales, y yo me quedé mirando por la ventanilla, contando cruces, contando semáforos, contando cualquier cosa que me diera algo mecánico que hacer con la cabeza mientras el resto de mí seguía procesando lo cerca que había estado todo de salir mal.

Vi el Instituto Priem encogerse por la ventanilla trasera hasta desaparecer detrás de un cruce, con el corazón todavía a un ritmo que no era del todo mío, como si Elena, dondequiera que estuviese esa parte de ella que llevaba dentro, también hubiera contenido la respiración conmigo durante ese último minuto.

•

El Hospital General de la Zona Media era todo lo que Ren había prometido: ruidoso, público, lleno de cámaras que apuntaban a todas partes sin ningún patrón que alguien pudiera manipular fácilmente.

Bruno entró por urgencias con su nombre completo en cada papel, con su madre firmando formularios reales en un mostrador real, delante de una decena de testigos que no tenían ni idea de lo importante que era ese momento.

Me quedé en la sala de espera, sin poder entrar más allá de las puertas dobles que separaban la zona de tratamiento del resto, sintiendo la extraña sensación, casi olvidada, de haber hecho algo bien sin tener que pagar un precio inmediato por ello.

—Ya está —dijo Ren, apoyada contra la pared del pasillo, con la clase de cansancio que solo se permite alguien cuando por fin ha terminado de hacer algo importante—. Registrado, ingresado, imposible de mover sin que salte una alarma en tres sistemas distintos.

Se dejó resbalar un poco por la pared, solo un centímetro, lo justo para que yo notara que las piernas también le habían costado sostenerla las últimas horas tanto como a mí.

—Gracias —le dije, y la palabra me salió más pequeña de lo que Ren merecía, pero fue la única manera que encontré  para decirla y que no sonara ensayada.

—No me las des todavía. No hemos terminado el plan completo.

Se fue por el pasillo con paso firme, sin mirar atrás, dejándome sola con la sensación de deberle mucho más de lo que un simple gracias podría cubrir nunca.

Me quedé un rato más en ese pasillo antes de irme yo también, mirando hacia la zona donde se habían llevado a Bruno, pensando en cuántas veces más iba a tener que aprender a confiar en desconocidos esa semana antes de que todo esto terminara de una forma u otra.

•

Teo me esperaba en casa cuando volví, con la mesa del salón cubierta de un mapa nuevo del ala oeste, más detallado que el anterior, con anotaciones a mano en los márgenes que reconocí como suyas por la letra pequeña y apretada.

—¿Cómo está Bruno? —preguntó, sin levantar la vista del plano.

—Vivo. A salvo, de momento. —Me senté a su lado, mirando el edificio dibujado en tinta negra al cual el día siguiente iba a intentar entrar sin que nadie de dentro supiera nuestras intenciones—. ¿Cómo vamos con esto?

—El archivo que buscamos está en la tercera planta, en una sala sin ventanas marcada solo con un número. Según los planos, hay dos lectores biométricos entre la entrada y esa sala. Vas a tener que superar los dos.

—¿Y si funcionan distinto? ¿Si el segundo necesita algo más que compatibilidad, alguna autorización específica que solo tenga Kade?

—Es posible. No lo sabemos hasta que lleguemos. Por eso vamos a llevar un plan B integrado en el plan A: si el segundo lector no responde a tu patrón, Lena tiene herramientas para forzar ese lector manualmente. Más lento, más ruidoso, pero funcional.

—¿Y si mi patrón activa algo que no debería en el primero?

Teo tardó en responder, y algo en la forma en que evitó mirarme mientras lo pensaba me dijo más de lo que cualquier respuesta rápida podría haber dicho.

—No lo sé —dijo, por fin—. Y no puedo prometerte que lo sepa antes de mañana. Lo único que puedo prometerte es que voy a estar en la furgoneta, con una radio abierta todo el tiempo, y que si algo se tuerce, no voy a ser yo quien decida abandonarte ahí dentro.

Le creí. Después de todo lo que habíamos pasado juntos desde la primera noche que me puso un parche detrás de la oreja, no me quedaba ninguna razón para no creerle.

No era la promesa que había esperado. Era, en cierta forma, mejor que cualquiera de las que había imaginado.

Dante asomó la cabeza al salón un momento, vio los planos, vio nuestras caras, y decidió, con una sabiduría que no debería tener a su edad, que esa era una conversación en la que no hacía falta que participara todavía.

—Voy a acostarme —dijo, simplemente—. Buena suerte con eso.

Ninguno de los dos le preguntó a qué se refería con eso. Los dos sabíamos, sin decirlo, que se refería al plan de mañana.

Esa noche, mientras Dante dormía y la casa se quedaba en esa quietud particular que ya empezaba a reconocer como el sonido de esperar algo grande, me tumbé en la cama y cerré los ojos, buscando, sin saber muy bien cómo se hacía, la presencia que llevaba dentro desde la noche del Anclaje fallido.

—¿Estás ahí? —susurré, sintiéndome ridícula incluso mientras lo decía.

No hubo respuesta. Solo un silencio distinto a los demás, casi cálido, como el de alguien que está escuchando aunque no pueda, o no quiera todavía, contestar.

Me quedé así un rato largo, con los ojos cerrados y la respiración despacio, intentando aprender el lenguaje de una presencia que no tenía manual de instrucciones, que nadie antes que yo había tenido que aprender a escuchar de esta forma concreta.

Pensé en lo que Teo me había dicho una vez, hacía siglos, sobre hacer inventario de mi propio cuerpo para no perderse dentro de él. Quizás esto era parecido: aprender el inventario de una persona que ya no tenía cuerpo propio, solo el mío, prestado, para poder seguir existiendo un poco más.

—Sea lo que seas ahora —dije, en voz todavía más baja—, gracias por lo de la otra noche. No sé que habría pasado sin tu ayuda.

Esta vez sí hubo algo. No una voz, no palabras. Solo una calidez breve, localizada, exactamente donde debería estar el corazón, que se fue tan rápido como había llegado, dejándome con la certeza extraña de haber sido, por un segundo, escuchada de verdad.