Capítulo 22
ALA OESTE
T eo no esperó a la reunión de la tarde. Llamó a las siete de la mañana, con una voz que llevaba despierta toda la noche.
Contesté todavía medio dormida, con el teléfono resbalándose de la mano por segunda vez antes de conseguir sujetarlo bien.
—Lo encontré —dijo, sin saludar—. El centro de Bruno. Y no vas a querer oír el nombre del centro mientras estás desayunando.
Me quedé de pie en medio de la cocina, con el pijama todavía puesto y el corazón ya adelantándose a cualquier explicación que Teo pudiera darme.
Aparté el café.
—Dilo.
—Centro de Continuidad Meridian Este. Hay uno en cada punto cardinal de la ciudad, Mara. Norte, donde está tu madre. Este, donde va a ir Bruno si nadie lo impide.
—¿Cuándo lo trasladan?
—Tres días. Puede que menos, si su estado sigue empeorando como anoche.
Pensé en la madre de Bruno, con los ojos rojos en la sala de espera del Instituto, sin saber todavía que la palabra centro especializado significaba exactamente lo mismo que había significado para mi propia madre ocho años atrás.
Tres días. La cifra se me instaló en el pecho, tan concreta y tan pequeña que casi dolía físicamente pensar en ella.
—Con cuatro centros, y calculando por lo bajo, hablamos de cientos de personas —dijo Teo, antes de colgar—. Puede que sean incluso miles, si llevan tanto tiempo funcionando como sospechamos. Bruno es solo el nombre que le hemos puesto esta semana a algo mucho más grande.
•
Ren llegó al taller con diez minutos de retraso y la cara de alguien que ha discutido consigo misma todo el trayecto sobre si de verdad debía venir.
Llevaba ropa que no le había visto nunca, más sencilla que la de la agencia, como si hubiera intentado, sin conseguirlo del todo, parecer alguien que no tenía nada que perder viniendo a un sitio como este.
—Si esto sale mal —dijo, sin sentarse todavía—, pierdo el trabajo, pierdo la agencia, y probablemente pierdo cualquier forma de seguir vigilando de cerca a las anfitrionas que vengan detrás de ti. Quiero que lo sepas antes de que sigamos.
Nadie dijo nada durante un momento. Era la primera vez que Ren admitía en voz alta, delante de gente que no era yo, que llevaba tiempo haciendo algo parecido a vigilar a otras anfitrionas además de a mí.
—Lo sabemos —dijo Lena—. Y aun así estás aquí.
—Estoy aquí porque llevo ocho años eligiendo el silencio, y hasta ahora nunca me había hecho sentir tan poca cosa como esta última semana.
Se sentó, por fin, y sacó de su bolso una tablet con la carcasa plateada inconfundible de Synapsis.
Lena se inclinó hacia delante, absorbiendo cada palabra con la avidez concentrada de quien sabe que no va a tener otra oportunidad como esta.
—El ala oeste tiene seguridad reforzada de ocho de la tarde a seis de la mañana.
Fuera de ese horario, es una oficina normal, con la vigilancia habitual de cualquier sede administrativa.
Los turnos cambian los martes y los viernes a las seis en punto, con un margen de doce minutos en los que el sistema de acceso se reinicia entero.
Anoté los detalles en mi cabeza sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, casi mecánicamente, como si eso de memorizar horarios y turnos se hubiera convertido en un reflejo más de los últimos meses. Una destreza que no había pedido y que ya no sabía cómo desaprender.
—¿Doce minutos son suficientes? —le pregunté a Lena.
—Doce minutos son un lujo, comparado con los noventa segundos que tuvimos en Meridian Norte.
El chico de la quemadura, sin levantar la vista de sus pantallas, añadió algo que nadie le había pedido todavía.
—Puedo dejar el bucle de cámaras preparado con antelación esta vez. La última vez lo improvisamos sobre la marcha. Esta vez tenemos días, no horas.
—¿Cuándo es el próximo margen? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta antes de que Ren la dijera.
—Viernes. Dentro de dos días.
—Bruno se lo llevan en tres.
El chico de la quemadura levantó la cabeza, con una seriedad nueva, como si acabara de calcular cuánto más grave era todo esto de lo que había asumido al principio.
El silencio que siguió no fue el de nadie pensando qué decir, sino el de todos calculando al mismo tiempo si dos planes tan urgentes cabían en la misma semana sin que uno arruinara al otro.
—No podemos elegir uno —dijo Teo, al fin—. Bruno no espera. Los documentos tampoco, si Synapsis empieza a sospechar que sabemos lo del ala oeste.
—Entonces no elegimos —dijo Lena—. Dividimos el equipo. Yo me llevo a los míos para el ala oeste el viernes. Vosotros os encargáis de Bruno antes.
Sonó tan sencillo dicho así, como si estuvieran repartiendo turnos de limpieza, que durante un segundo me olvidé de que estábamos hablando de personas de verdad, con nombres de verdad, cuyas vidas dependían de que ninguno de los dos planes fallara al mismo tiempo.
—¿Cómo se supone que sacamos a alguien de un traslado médico programado sin que parezca un secuestro? —pregunté.
Ren, que llevaba un rato callada, levantó la vista de su tablet con un brillo distinto en los ojos: el de alguien que por fin encuentra una manera de usar su trabajo para algo que no le dé vergüenza.
—No lo sacamos. Lo trasladamos nosotros, a otro sitio, antes de que Synapsis pueda hacerlo. Legalmente. Con papeles de verdad. Todavía tengo acceso a las gestiones de traslados médicos de menores, si actúo antes de que revoquen también eso.
—¿A dónde lo trasladamos? —pregunté.
—A un hospital público de verdad, sin ningún ala con el nombre de ningún donante de Synapsis puesto encima.
Zona Media, con cámaras reales y prensa que contesta al teléfono si alguien intenta hacer desaparecer a un menor de ahí dentro.
No es perfecto. Pero es mucho más difícil de tocar que un centro con un nombre inventado.
Lena asintió despacio, como si estuviera archivando el dato para usarlo en otra parte del plan que todavía no había terminado de construir en su cabeza.
—Si funciona con Bruno, funciona con cualquiera. Podríamos usar la misma estrategia con Iris, en cuanto tengamos pruebas suficientes para justificar el traslado sin que parezca un secuestro por nuestra parte.
—¿Y yo? —pregunté—. ¿Dónde encajo yo en todo esto?
Lena y Teo se miraron un segundo, esa clase de mirada que se cruzan dos personas que ya han discutido algo sin ti y no saben cómo empezar a contártelo.
—Tú vienes con nosotros al ala oeste —dijo Lena, por fin—. No como observadora esta vez. Vamos a necesitar tu compatibilidad para algo más que sobrevivir sesiones, si lo que sospechamos sobre ese edificio resulta ser cierto.
No me gustó cómo sonó esa frase. No pregunté qué significaba exactamente, porque una parte de mí, la parte que llevaba varias semanas aprendiendo a escuchar sus propios instintos, ya sospechaba que no iba a gustarme tampoco la respuesta.
—Los documentos que buscamos están protegidos por un sistema de acceso biométrico —explicó Teo, con la voz de quien ha estado guardando esa parte para el final a propósito—. No huellas. Patrón neuronal. Solo entra quien tenga la compatibilidad suficiente registrada en el sistema de Synapsis.
Sentí todas las miradas de la mesa posarse en mí al mismo tiempo, y no aparté la mía.
—Y la mía está registrada —dije, entendiendo por fin adónde quería llegar—. Al noventa y dos por ciento.
—Al noventa y dos por ciento —confirmó Teo—. La más alta que existe fuera del propio Kade.
—¿Y si el edificio también tiene algo parecido a lo que pasó en la sesión? ¿Algo diseñado para reconocerme y hacer sonar todas las alarmas a la vez?
Nadie se apresuró a contestar. La pregunta se quedó suspendida sobre la mesa, demasiado grande para cualquiera de las respuestas fáciles que todos estábamos evitando decir.
Ren fue la que por fin lo dijo, con la voz más profesional que le había oído usar en toda la reunión, como si necesitara ese registro para poder decir algo tan feo sin que se le rompiera la voz por el camino.
—Si Kade tiene forma de detectar tu patrón entrando en ese edificio, vamos a estar avisándole de dónde estamos antes incluso de haber abierto la primera puerta.
—Es un riesgo real —admitió Teo, por fin—. Pero es el único acceso que tenemos. Sin tu patrón, no entramos. Y sin entrar, nunca vamos a tener más que sospechas y un mapa lleno de marcas rojas.
Lena apretó los labios, haciendo en silencio un cálculo que se le notaba en la cara que le costaba aceptar.
—Puedo enviar a alguien más en tu lugar, si decides que es demasiado. No sería la primera vez que planeamos algo y lo cambiamos a última hora.
—No —dije, sin dejar que la oferta terminara de asentarse—. Si mi cuerpo es la llave, prefiero ser yo quien decida cómo se usa esa llave, no otra persona actuando en mi nombre sin que yo esté delante para corregir el rumbo si algo sale mal.
—Entro —dije, antes de que el miedo tuviera tiempo de convencerme de lo contrario—. El viernes. Con vosotros.
•
Encontré a Dante esperándome en casa, con la nota de esa mañana todavía pegada a la mesa de la cocina, como si no hubiera querido tirarla mientras yo no volvía.
Tenía puesta la única camisa buena que le quedaba bien desde que había empezado a perder peso, como si hubiera decidido, sin decírmelo, que esa noche merecía algo más que la ropa de estar por casa.
Había preparado algo de cenar, torpe pero completo, con la mesa puesta para dos como si necesitara demostrarse a sí mismo que todavía sabía cuidar de alguien además de dejarse cuidar.
Comimos casi sin hablar, con una quietud distinta a las demás de esa semana: no incómoda, no cargada, simplemente cansada, del tipo que se instala entre dos personas que han decidido, sin decírselo, dejar la conversación difícil para después de haber comido algo caliente.
—¿Cómo ha ido? —preguntó, con los ojos todavía fijos en los deberes que fingía hacer.
—Tenemos un plan. Para Bruno y para el resto.
Levantó la vista entonces, con una mezcla rara en la cara: alivio, miedo, y algo parecido al orgullo, todo revuelto en la misma expresión joven que ya no se parecía tanto a la de un niño como yo seguía queriendo creer.
—¿Vas a estar bien?
No supe mentirle, así que no lo intenté.
—No lo sé. Pero voy a intentarlo con todo lo que tengo, que ya es más de lo que tenía hace un mes.
Dante asintió sin decir nada más, aunque por un momento me pareció ver, debajo de la preocupación, algo que se parecía sospechosamente al orgullo de un hermano pequeño que quiere parecerse a su hermana mayor cuando sea mayor.
Recogimos los platos entre los dos, en silencio, con esa coreografía torpe pero eficaz que solo se desarrolla entre dos personas que llevan meses siendo, sin haberlo planeado nunca, todo lo que le queda al otro.