Capítulo 21
NIVEL MENOS DOS
D ante ya se había ido al Instituto cuando desperté, con una nota en la mesa de la cocina escrita con su letra torcida de siempre: Fui a preguntar por lo de mi tratamiento. No hagas nada raro hasta que vuelva.
Debajo, en un espacio que claramente había dejado para eso, había dibujado una pequeña espiral, la misma que llevaba yo detrás de la oreja, con una flecha señalando hacia las palabras estoy contigo.
Me quedé mirando la nota más tiempo del que hacía falta, pensando en que llevaba semanas siendo yo quien protegía a Dante, y que ahora, sin que yo lo hubiera decidido, los dos habíamos empezado a protegernos por turnos.
Había algo reconfortante y aterrador a la vez en esa idea. Reconfortante porque significaba que no estaba tan sola como llevaba meses sintiéndome. Aterrador porque significaba que Dante también tenía ahora algo que perder de una forma que antes no tenía.
Preparé café mientras decidía si desayunar de verdad o simplemente fingir que el día iba a ser normal el tiempo suficiente para que el cuerpo se lo creyera.
Elegí lo segundo. Llevaba semanas aprendiendo que a veces fingir un poco de normalidad era la única forma de conseguir que las manos dejaran de temblar el tiempo suficiente para hacer algo útil.
El teléfono vibró antes de que terminara el café. Lena, con un solo mensaje: Taller. Ahora. Trae a Teo.
•
Encontramos a Lena rodeada de planos impresos que no había visto antes, más viejos que el que Teo había conseguido del Centro de Continuidad, con manchas de humedad en los bordes que sugerían que llevaban años guardados en algún sitio que no era precisamente un archivo climatizado.
El chico de la quemadura estaba en un rincón, con un ordenador abierto y tres pantallas de vigilancia que no reconocí, murmurando algo sobre rutas de acceso que ninguno de los demás parecía estar escuchando todavía.
—Nivel menos dos no es un sitio —dijo, sin preámbulos, en cuanto cerramos la puerta—. Es un programa. O lo era, hace ocho años, cuando mi hermana todavía contestaba al teléfono.
Extendió uno de los planos viejos sobre la mesa. Mostraba, con una letra técnica diminuta, dos niveles subterráneos debajo de un edificio sin nombre marcado, solo coordenadas.
—Nivel menos uno es almacenamiento y mantenimiento.
Normal, aburrido. Nivel menos dos es donde guardan lo que no puede figurar en ningún inventario que alguien de fuera pueda auditar.
—Lena señaló un símbolo repetido varias veces en el plano: era una espiral cerrada sobre sí misma—. Reconoces esto, ¿verdad?
Asentí, incapaz de encontrar la voz durante un segundo entero. Había cosas que se reconocían más rápido con el cuerpo que con la cabeza, y esa espiral era una de ellas.
Un frío concreto me subió por los brazos al verlo. La misma espiral del anillo que había robado en la tercera sesión. La misma que llevaba grabada detrás de la oreja izquierda desde hacía semanas.
—Ahora lo recuerdo. Es el símbolo del programa —dijo Teo, con la voz de alguien que preferiría no reconocer algo y lo reconoce de todas formas—.
Lo vi una vez, en un documento que no debería haber visto.
Nivel menos dos es donde llevan a los Anclajes que salen mal.
No los que mueren. Los que se quedan a medias, como Iris. Como tu madre.
Dejó pasar unos segundos, como si decidir cuánto más contar le costara físicamente. Cuando siguió hablando, lo hizo más despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que no va a poder retirarlas después.
—Había un tercer nivel, en los planos más antiguos que llegué a ver. Nivel menos tres. Nunca supe para qué servía. Los que trabajábamos en el programa especial teníamos prohibido preguntar, y los que preguntaban dejaban de trabajar ahí, en el mejor de los casos.
—Entonces el Centro de Continuidad y este edificio están conectados —dije, uniendo piezas en voz alta antes de terminar de pensarlas del todo—. No son dos sitios distintos. Son la misma red.
—Puede que ni siquiera sean solo dos —dijo Lena—. Llevamos dos años encontrando marcas rojas en el mapa que no sabíamos cómo conectar entre sí. Si nivel menos dos es un programa y no un lugar, puede haber uno debajo de cada edificio importante que tenga Synapsis en Meridian.
Nadie dijo nada durante un rato. La cifra era demasiado grande para procesarla de pie, en un taller con olor a soldadura, con el café de esa mañana todavía revolviéndose mal en el estómago.
Pensé en todas las Casas de Descanso de Meridian, en todos los Centros de Continuidad con nombres distintos y la misma función escondida, en cuántas familias, ahora mismo, estarían recibiendo la misma explicación falsa que nos habían dado a nosotros durante ocho años.
—¿Cuánta gente crees que hay ahí abajo, en total? —pregunté, sin estar segura de querer de verdad la respuesta.
—No lo sé —dijo Lena—. Y creo que esa es exactamente la razón por la que llevan tanto tiempo saliéndose con la suya. Nadie hace la pregunta en voz alta hasta que le toca de cerca.
—Necesitamos entrar en uno —dije, al fin—. No para rescatar a nadie todavía. Para confirmar que es verdad, con pruebas que nadie pueda enterrar diciendo que son el delirio de una anfitriona traumatizada.
Mi teléfono vibró antes de que Lena pudiera contestar. Dante, con un mensaje corto que me heló más que cualquier plano sobre esa mesa: Me han confirmado la reclasificación. Tengo cita mañana para hablar de opciones. Ven cuando puedas.
—Ve —dijo Teo, antes de que yo terminara de decidir en voz alta lo que ya había decidido en silencio—. Esto —señaló los planos— no se va a mover de aquí. Dante sí necesita que tú te muevas.
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Al día siguiente, el Instituto Priem tenía ese aspecto de hospital demasiado limpio que siempre me había hecho sentir más sospecha que alivio. Dante ya estaba en la sala de espera de siempre, junto a una mujer que reconocí, después de un segundo, como la madre de Bruno.
Dante tenía las manos metidas en los bolsillos y esa quietud forzada de quien lleva un rato conteniéndose las ganas de preguntar algo.
—Mara —dijo ella, levantándose a medias, con los ojos rojos de quien lleva más tiempo llorando del que quiere admitir—. Bruno tuvo una recaída anoche. Grave. Están hablando de trasladarlo.
—¿Trasladarlo a dónde? —pregunté, con una urgencia que debió de sonar rara para alguien que solo me conocía como la hermana mayor de un amigo de su hijo.
—A un centro especializado, dicen. Todavía no me han dado el nombre.
Noté un vacío repentino por dentro que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del Instituto.
Miré a Dante. Dante me miró a mí, y en esa mirada compartida entendí que los dos estábamos pensando exactamente lo mismo: que la línea entre lo que le pasaba a Bruno y lo que casi me había pasado a mí durante la noche anterior era mucho más fina de lo que cualquiera de los dos quería admitir en voz alta.
Un gestor con bata blanca y sonrisa entrenada nos hizo pasar a un despacho pequeño, con una pantalla que mostraba gráficas de Dante que ninguno de los dos entendía del todo.
—La reclasificación afecta al acceso prioritario al tratamiento experimental —explicó, con la voz de quien ha dado la misma noticia a demasiadas familias como para que le tiemble ya—.
Dante sigue teniendo acceso al tratamiento estándar.
Pero el experimental, el que estaba mostrando mejores resultados, requiere ahora una revisión adicional que puede tardar entre cuatro y ocho semanas.
—¿Y si en esas ocho semanas empeora? —pregunté, con una calma que no sentía ni de lejos.
El gestor no contestó enseguida, y ese silencio, después de todo lo que había aprendido a leer en los silencios ajenos, era la respuesta más sincera que alguien como él podía darme.
Dante, a mi lado, no dijo nada. Tenía la vista fija en la gráfica de la pantalla, en una línea que subía y bajaba sin que ninguno de los dos supiera todavía qué significaba de verdad para él.
Salimos del despacho con un papel que no cambiaba nada y que, sin embargo, los dos guardamos como si fuera importante, porque a veces eso es lo único que te dejan llevarte de un sitio así.
Caminamos un rato sin hablar, dejando que el Instituto quedara atrás, con esa costumbre nuestra de necesitar distancia física antes de poder hablar de algo que dolía.
—Cuatro semanas —dijo Dante, ya en la calle, con la voz más firme de lo que esperaba—. Tienes cuatro semanas para arreglar esto de la manera que sea. Y no lo digo solo por mí.
—¿A qué te refieres?
—A Bruno. A Iris. A todos los que están donde sea que esté ese nivel menos dos del que hablabais anoche por teléfono, aunque creyeras que estaba dormido.
No supe si sentirme avergonzada o aliviada de que ya no tuviera que protegerlo de la verdad. Decidí, ahí mismo, que ya no iba a intentarlo.
—Cuatro semanas —repetí—. Entonces vamos a necesitar movernos más rápido de lo que nos gustaría.
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Volví al taller esa misma tarde, con Dante insistiendo en acompañarme hasta la puerta aunque no le dejamos entrar. Lena ya tenía extendido un plano nuevo, más reciente, marcado con una cruz roja sobre un edificio de oficinas en la Zona Media del cual ni siquiera conocía su existencia.
—Sede administrativa de Synapsis, ala oeste —dijo, sin darme tiempo a preguntar—. Según los archivos que consiguió Teo, tiene su propio nivel menos dos. Y a diferencia del Centro de Continuidad, este no está pensado para guardar gente. Está pensado para guardar documentos.
—¿Qué tipo de documentos?
Lena me miró con una luz nueva en los ojos, algo parecido a la esperanza que ninguna de las dos se atrevía a nombrar todavía en voz alta.
—Del tipo que podría acabar con Synapsis entera, si conseguimos sacarlos de ahí antes de que se den cuenta de que sabemos que existen.
—Vamos a necesitar a Ren —dije, pensando en voz alta—. Si es una sede administrativa, ella puede tener acceso a horarios de seguridad, turnos, algo que nosotros no podemos conseguir desde fuera.
—¿Confías en ella lo suficiente para esto?
Lo pensé de verdad antes de contestar. Confiar en Ren nunca había sido sencillo, ni siquiera después de saber por qué llevaba ocho años cargando con la culpa de mi familia como si fuera suya.
—Confío en que quiere protegerme más de lo que quiere proteger su trabajo. Eso va a tener que ser suficiente por ahora.
Teo asintió, aunque no pareció del todo convencido, y anotó algo en la libreta de siempre, la de papel, la que ya asociaba más con él que con cualquier otra cosa.
—La llamo yo —dijo—. A ti todavía te tiembla la voz cuando dices su nombre. No hace falta que ella lo note también.
Antes de irme, le conté lo de Bruno. Lo del centro especializado sin nombre todavía. Teo dejó de escribir en la libreta a mitad de una palabra.
—Averiguo qué centro es esta misma noche —dijo—. Si es el que creo que es, tenemos menos de cuatro semanas para todo. Puede que mucho menos.
Lena, que había estado escuchando desde el otro lado de la mesa, decidió cerrar el plano que tenía delante con un movimiento seco.
—Entonces dejamos de perder el tiempo hablando de plazos y empezamos a hablar de fechas concretas. Mañana. A esta misma hora. Los tres.
Salí del taller esa noche con cuatro semanas de plazo, un edificio nuevo marcado en un mapa, y la sensación extraña, casi desconocida, de que ya no estábamos solo reaccionando a lo que Synapsis decidía hacer. Estábamos, por fin, decidiendo nosotros el siguiente movimiento.