Capítulo 20
DESPUÉS DEL BLANCO
C uento antes de saber que estoy contando. Cuatro. Cinco. Seis. Abro los ojos. La luz de la sala me llega borrosa al principio, y cuando por fin se aclara, lo primero que veo es que sigo teniendo un techo encima, no el blanco infinito de hace un momento. Eso ya es más de lo que esperaba.
Pero no es el techo lo que de verdad reconozco primero, sino el número: llevo contando desde algún punto que no recuerdo haber empezado, como si una parte de mí se hubiera quedado repitiendo la instrucción de Elena mucho después de que la voz de Elena dejara de estar ahí.
Me duele todo el cuerpo de una manera nueva, no el dolor conocido de después de una sesión larga, sino algo más parecido al dolor de un músculo recién descubierto, uno que ni siquiera sabía que tenía hasta esta noche.
Me miro las manos, buscando otra marca, otra prueba física de lo que acaba de pasar. No hay nada visible. Lo que ha cambiado esta vez no se puede fotografiar ni medir con una cinta métrica.
Teo está inclinado sobre mí, con esa palidez de quien lleva horas sin respirar del todo bien. Detrás de él, la sala está vacía de una forma que no encaja con lo último que recuerdo: ni supervisora, ni hombres de traje, ni maletín metálico sobre ninguna mesa.
—¿Mara? ¿Me oyes?
—Te oigo. —La voz me sale rasposa, pero es mía. Reviso eso primero, antes que cualquier otra cosa: la voz es mía—. ¿Cuánto tiempo?
Teo suelta un aire que parece haber estado conteniendo desde mucho antes de que yo despertara, un alivio tan físico que casi se le nota en los hombros bajando de golpe.
—Cuarenta minutos desde que empezó a fallar el equipo. Los suyos, no el nuestro.
—¿Y el estabilizador?
—Sigue ahí. Sigue caliente. No sé si es porque funcionó exactamente como esperaba, o porque se recalentó mientras todo lo demás se caía a pedazos.
Me incorporé, despacio, esperando el mareo de siempre y encontrándome, en cambio, con algo más parecido a una claridad extraña, como si acabara de salir de una piscina con agua distinta a la que había esperado.
Todo se veía más nítido de lo normal: el metal frío de la estructura bajo mis manos, la etiqueta arrancada a medias de un frasco vacío sobre la mesa, la fecha de caducidad de un guante de látex tirado en el suelo.
Detalles que nunca me habría molestado en registrar, y que ahora se me clavaban con una precisión que no pedí.
—¿Qué pasó? —pregunté—. Lo último que recuerdo es una aguja. Y a mi madre.
Teo se sentó en el borde de la camilla, más pálido de lo que le había visto nunca, ni siquiera la noche del registrador.
—No lo sé todo. Sé lo que vi desde fuera: tus constantes se dispararon durante casi diez minutos, fuera de cualquier rango que el sistema supiera interpretar. Y entonces, de golpe, la sesión entera se cortó. No la cortamos nosotros. Se cortó sola.
—¿Y los hombres de traje?
Teo tardó un segundo de más en contestar, como si estuviera decidiendo cuánto de lo que había visto merecía la pena contarme esa misma noche.
—Se fueron corriendo en cuanto empezaron a saltar las alarmas de otra planta. Algo pasó en otro sitio del edificio al mismo tiempo que pasaba esto contigo. No sé si tiene que ver, pero la sincronía es demasiado exacta para no tenerla en cuenta.
—Nivel menos dos —dije, sin pensarlo del todo, con la palabra todavía caliente de donde fuera que la hubiera sacado—. Sótano. Perímetro. Alguien lo dijo dentro, mientras esto pasaba.
Teo se quedó mirándome con una expresión que no supe leer del todo: mitad miedo, mitad esperanza.
—Eso no lo has oído de mí. Ni de nadie de la agencia. ¿De dónde ha salido?
—No lo sé. Estaba ahí, dentro de mí, cuando desperté. Como si me lo hubiera traído sin darme cuenta de lo que cargaba.
Tuvimos menos de tres minutos para salir antes de que volviera cualquiera con autoridad suficiente para hacer preguntas que ninguno de los dos podía responder.
•
Salimos por la puerta trasera que usaban los técnicos para fumar, la misma que había reconocido, sin saberlo del todo, la tarde del primer apagón.
Teo me sostuvo del brazo todo el trayecto, no porque me tambaleara, sino porque ninguno de los dos confiaba en que mis piernas fueran a seguir respondiendo bien pasados otros cinco minutos.
A mitad de pasillo nos cruzamos con Yoli, que salía de un turno con la bata todavía puesta y se paró en seco al vernos. No preguntó nada. Se limitó a mirarme la cara, después la de Teo, y después la puerta que acabábamos de cruzar.
—Vete a casa —me dijo, en voz baja, apretándome el hombro un segundo al pasar—. Y no vuelvas mañana. Ni pasado. Cógete los días que haga falta.
No le contesté que probablemente no habría un mañana normal al que volver. No hacía falta asustarla más de lo que ya la había asustado mi cara.
El aire frío de la calle me golpeó como algo físico, casi doloroso, después de tantas horas respirando el aire reciclado de aquella sala. Me detuve en seco un momento, respirando hondo, comprobando —otra vez, siempre comprobando— que el aire entraba y salía de unos pulmones que reconocía como míos.
Meridian, de madrugada, estaba tan callada como solo se pone justo antes de que arranquen los primeros turnos, esa quietud que ya conocía de otras noches parecidas a esta, aunque ninguna hasta ahora había terminado con una madre atrapada al otro lado de un cristal roto.
Me pareció, por un momento absurdo, que la ciudad entera me debía una explicación de cómo había llegado desde aquella primera noche hasta esta.
—¿Sigues ahí? —preguntó Teo, con una pregunta que ya no era solo retórica entre nosotros.
Pensé la respuesta antes de darla, porque esta vez no estaba completamente segura de que fuera tan sencilla como sonaba.
—Creo que sí. Pero no estoy sola dentro. Nunca más voy a estar sola del todo dentro.
Intenté explicárselo mejor, buscando palabras que no sonaran a delirio postraumático.
No es que oiga voces todo el rato. Es más parecido a saber que hay una puerta en una casa donde antes solo había pared, una puerta que puedo elegir no abrir la mayor parte del tiempo, pero que ya nunca voy a poder fingir que no existe.
—¿Y si algún día no puedes elegir? —preguntó Teo, con la voz de quien odia tener que hacer la pregunta más que la respuesta que teme recibir.
No supe qué contestarle. Los dos nos quedamos sin nada que decir a la vez, lo cual, entre Teo y yo, ya era en sí mismo una respuesta.
Teo no insistió en que se lo contara todo ahí mismo, en plena calle, con las piernas todavía temblando y la Casa de Descanso Meridian Sur iluminada a nuestras espaldas como si nada hubiera pasado. Se limitó a apretarme el brazo un poco más fuerte, y eso, esa noche, fue suficiente.
•
Dante seguía despierto cuando llegué a casa, con la luz de la cocina encendida, marcando mi número por enésima vez si el silencio se alargaba un minuto más de lo que podía soportar.
Se levantó tan rápido que tiró la silla al suelo, y no me hizo ninguna pregunta técnica, ninguna sobre el estabilizador ni sobre Kade ni sobre lo que había pasado dentro de esa sala. Solo me miró a los ojos, muy de cerca, como quien busca algo específico en una cara conocida.
Dejé que mirara todo el tiempo que necesitara. Si alguien en este mundo tenía derecho a comprobarlo con calma, era él.
—Eres tú —dijo, al fin, con un alivio que le salió de todo el cuerpo a la vez—. De verdad eres tú.
—¿Cómo lo sabes tan rápido?
—Porque llevo toda mi vida aprendiendo a reconocerte. Un cuerpo se puede copiar. Eso no.
—Soy yo —confirmé—. Aunque desde esta noche eso sea algo un poco más complicado que antes.
Dante volvió a levantar la silla del suelo y se sentó en ella al revés, con los brazos cruzados sobre el respaldo, en la postura que usaba siempre que se preparaba para una conversación larga.
—Cuéntamelo todo. Despacio. No me importa que sea tarde.
Se lo conté, o casi todo: la sala, el estabilizador, el salón de Kade, la voz de nuestra madre empujando junto a la mía. Cuando llegué a la parte de Iris, algo se le tensó en la cara que no le había visto tensarse nunca, ni siquiera hablando de su propia enfermedad.
—¿Va a estar bien? —preguntó—. Iris, digo.
—No lo sé. Nadie de los que hemos visto ahí dentro parece estar del todo bien, Dante. Pero está viva, y eso ya es más de lo que teníamos hace unas horas.
•
Lena llamó pasada la medianoche, con una voz que no había usado nunca conmigo: casi sin aliento, casi asustada.
—¿Estás bien? Nos llegó un aviso de tu agencia sobre un incidente en la Casa de Descanso Meridian Sur. Alarmas en la planta de gestión de datos, evacuación parcial.
Me quedé mirando el techo de mi cuarto, contando las grietas de la pintura sin poder evitarlo, otra costumbre nueva que sospechaba que ya no me iba a abandonar nunca.
—Estoy bien. O lo más parecido a bien que puedo estar esta noche. —Le conté lo justo: que había entrado, que algo había fallado en el equipo de Kade, que había salido por mi propio pie—. ¿Sabes tú qué pasó en la planta de gestión de datos?
—Todavía no. Pero si de verdad hubo un fallo justo cuando tú estabas dentro, no creo que sea casualidad. Alguien más se movió esta noche, Mara. Y no fuimos nosotros.
—Nivel menos dos —dije—. ¿Te dice algo?
El silencio de Lena, esta vez, no fue el de alguien pensando. Fue el de alguien reconociendo algo que llevaba tiempo esperando no tener que reconocer.
—Puede que sí. Mañana. Hoy no. Descansa lo que puedas, aunque sea mentira que vayas a poder descansar de verdad.
Colgamos sin resolver nada, y me quedé sentada en mi propia cama, con Dante dormido por fin en la habitación de al lado, intentando entender qué era exactamente lo que había cambiado dentro de mí durante esos cuarenta minutos que no recordaba del todo.
Cerré los ojos, esperando encontrar solo oscuridad.
En vez de eso, encontré un fragmento: un pasillo que no era ninguno de los que conocía, con una puerta al fondo marcada con un símbolo que tampoco había visto nunca, y la certeza fría de que ese recuerdo no era mío.
Era de Kade. Se había quedado pegado a mí, de alguna forma, en el mismo instante en que la sesión se cortó.
Intenté enfocarlo mejor, como se enfoca una fotografía borrosa forzando los ojos, y durante un segundo el pasillo se hizo más nítido: paredes sin ventanas, una luz verde parpadeando sobre la puerta, y una placa pequeña, ilegible, atornillada a la altura de los ojos.
Después, tan rápido como había llegado, el fragmento se deshizo, dejándome solo con la sensación de haber visto algo que Kade jamás habría querido que viera.
Me dormí, al final, sin decidirlo, en algún punto entre contar grietas del techo y contar puertas de pasillos que no conocía. Esa noche no soñé con nada en absoluto, algo que llevaba semanas sin pasarme, y no supe si eso era un alivio o una advertencia.