Huéspedes Capítulo 19
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Capítulo 19

EL ANCLAJE

T eo me buscó los ojos un segundo antes de dar el paso atrás que el protocolo exigía.

No dijo nada, y tampoco esperaba que lo hiciera: el estabilizador ya estaba activo, calentándose despacio contra el hueso de la cadera, y cualquier palabra de más solo podía delatarnos a los dos delante de los hombres de traje que seguían junto a la puerta.

El frío entra por la nuca exactamente igual que siempre, y sin embargo, esta vez, algo debajo de la piel de mi cadera responde con un pulso pequeño, casi cariñoso, como si el estabilizador de Teo hubiera estado esperando este momento concreto para despertar.

Las luces del techo se doblan. Cuento hasta tres antes de que el blanco llegue, una costumbre nueva que Teo me hizo practicar toda la tarde: contar es lo único que un cerebro puede hacer sin necesitar ser dueño de nada más.

Uno.

Dos.

El blanco no llega del todo.

Estoy detrás del cristal, como las otras veces, pero esta vez el cristal es tan fino que casi no lo noto. Muevo un dedo. Se mueve. Muevo otro. También. Durante un instante que no sé medir, tengo las dos manos.

Es una sensación que no tiene nombre todavía en ningún idioma que yo conozca: no es control del todo, pero es más que nada, y después de semanas de no ser dueña ni de mis propios párpados, eso casi me sabe a victoria.

Estoy sentada en un sillón de piel oscura, en el mismo salón de techos altos de siempre, y frente a mí, más pequeño y más gris de lo que recordaba del sueño, está Kade.

—Está aquí más presente que nunca —dice una voz a mi espalda, una mujer que no veo—. Los marcadores no cuadran con el protocolo estándar.

Kade no aparta los ojos de mí ni un segundo.

—Lo sé —dice—. Puedo verlo en su cara.

—¿Qué has hecho? —pregunto, y mi propia voz me sorprende: sale clara, mía del todo, sin el filtro turbio de las otras veces.

Kade sonríe, despacio, con el mismo cansancio de siempre pero con algo nuevo debajo, algo que tarda un segundo en reconocer como respeto.

No es un respeto cómodo. Es el respeto que se le tiene a una tormenta, no a un adversario: algo que no se puede razonar, solo esperar a que pase o prepararse para lo peor.

—Empezaba a pensar que ninguna candidata iba a llegar tan lejos —dice, casi para sí mismo, como si yo fuera al mismo tiempo una amenaza y la prueba de que once años de trabajo no habían sido en vano.

Por un instante, sin que ninguno de los dos lo busque, algo se cuela entre nosotros que no es diálogo: un recuerdo más antiguo que cualquier otro que le haya sentido antes.

Una mesa de laboratorio, hace décadas, sus manos jóvenes sosteniendo un frasco pequeño con una etiqueta que no llego a leer.

Y detrás, apenas visible, esa misma risa de mujer, la que ya reconocía de un sueño anterior, semanas atrás, cuando todavía no supe qué hacer con ella.

—Eso no era para usted —dice Kade, cerrando algo en su cara con la misma rapidez con la que se cierra una puerta que no debería haberse abierto.

—Yo no he hecho nada. Ha sido usted. Trajo algo consigo esta noche, ¿verdad? Algo pequeño. Algo que no debería funcionar tan bien como está funcionando.

—¿Y si lo hice? —pregunto, ya sin fingir que no sé de qué habla—. ¿Qué va a hacer? ¿Castigarme por defenderme de algo que usted mismo decidió hacerme sin preguntar?

Se toma un segundo entero antes de contestar, un segundo que en cualquier otra persona habría sido duda y en él es, sencillamente, control.

—No lo llamaría castigo. Lo llamaría corrección. Usted no es la primera candidata que se resiste, señorita Warren. Solo es la primera que se resiste tan bien.

No contesto. No hace falta: la mujer sin rostro detrás de mí ya está diciendo números, coordenadas de un cuerpo que es el mío, en una voz que empieza a sonar menos tranquila que hace un momento.

—Señor, deberíamos abortar el protocolo. Esto no es lo que teníamos previsto para esta fase.

Kade no la mira. Sigue mirándome a mí, con esa atención completa que solo había visto antes en el instante justo antes de que alguien tome una decisión que lleva mucho tiempo posponiendo.

—No vamos a abortar nada —dice—. Vamos a adelantar la extracción completa.

El aire del salón cambia. No sé explicarlo mejor que eso: cambia, como cambia la presión antes de una tormenta que todavía no se ve.

El cuadro antiguo de la pared se dobla por una esquina, como papel mojado. La copa que Kade tenía en la mano hace un segundo ya no está, o está y no está a la vez, parpadeando entre existir y no existir con la misma frecuencia con la que parpadea una luz que está a punto de fundirse.

—Señor, no está lista. El propio historial de la anfitriona anterior demostró que forzar la fase final antes de tiempo...

—Iris fue un ensayo —la corta Kade, sin alzar la voz, sin necesitar alzarla—. Esta es la versión que funciona. No pienso esperar otra sesión más a que mi cuerpo decida si me da ese tiempo o no.

Intento levantarme del sillón y esta vez, por primera vez, mis piernas casi responden. Casi. Un centímetro. Suficiente para que Kade note el esfuerzo y algo en su cara se tense.

—Esto no es mío —digo, con las cuatro palabras que llevo semanas repitiéndome, esta vez en voz alta, dirigidas a él en vez de a mí misma—. Este cuerpo no es suyo. Nunca lo fue.

—Todavía no —dice Kade, y algo en su voz suena a impaciencia pura, sin filtrar, la primera grieta que le he visto nunca, dentro o fuera de un sueño—. Pero eso está a punto de dejar de ser cierto.

El salón empieza a temblar. No el mueble, no las paredes: la idea entera del salón, como una imagen mal sintonizada, y detrás de ese temblor, de pronto, veo algo que no es el sueño de Kade ni mi propia sesión.

Veo la sala de protocolo extendido. Veo el techo de verdad, el de la Casa de Descanso de Meridian, doblándose por encima de un cuerpo que reconozco como el mío tumbado en la camilla, con los dos hombres de traje ya junto a ella, más cerca de lo que deberían estar.

Uno de ellos lleva un maletín pequeño, metálico, del tipo de maletín que solo se usa para procedimientos que nadie quiere describir en un formulario. Lo abre sobre una mesa que no estaba ahí la última vez.

Reconozco el instrumental por dentro, aunque nunca lo había visto: agujas más gruesas de lo normal, un rollo de cable fino, algo que parece un electrodo pero tiene una forma que ningún electrodo debería tener.

Nadie diseña algo así para ser amable con el cuerpo que lo recibe. Lo sé sin que nadie me lo explique, con la misma certeza física con la que sé que el suelo está abajo.

—Preparen la extracción completa —dice la voz de la supervisora, desde algún punto que ya no logro situar del todo—. Autorización directa del señor Kade.

En el mismo instante, superpuesta a todo lo demás, oigo otra frase, más lejana, dicha por alguien que no veo, en un tono administrativo que no encaja con la urgencia del resto: —Nivel menos dos ya está reportando la interferencia.

Van a necesitar reforzar el perímetro del sótano antes de que esto se sepa fuera.

Se me queda grabada sin que sepa todavía qué hacer con ella: nivel menos dos, sótano, perímetro.

Palabras sueltas que algún día, espero, van a significar algo.

Las dos realidades —el salón de techos altos y la sala de verdad— empiezan a superponerse, una encima de la otra, como dos fotografías reveladas sobre el mismo papel.

Veo a Kade y veo, al mismo tiempo, la aguja nueva que uno de los hombres saca del maletín.

Oigo su voz tranquila y oigo, al mismo tiempo, el pitido de una máquina que no reconozco subiendo de frecuencia.

El olor también se dobla: madera vieja y colonia cara de un lado, antiséptico y algo metálico que no reconozco del otro, mezclándose en algo que no pertenece a ninguna de las dos habitaciones y que sé, con una certeza física, que voy a reconocer para siempre a partir de esta noche.

Me aferro a lo único que tengo. El cilantro que odio. El lado izquierdo de la cama. El total de mi madre al final de cada frase nerviosa. Dante asintiendo esa misma noche, prometiéndome que iba a reconocerme aunque yo misma no supiera cómo.

No es suficiente. Lo sé incluso mientras lo intento: son anclas demasiado pequeñas para una marea de este tamaño.

Pienso en Yoli, en su pelo rojo que no le pega con nada de la Zona Baja, diciéndome que cuente las horas mientras se encoge de hombros delante de una cámara.

Pienso en Ren, diciéndome que no necesitaba leer una cláusula que ella misma sabía que iba a hacerme daño, protegiéndome a su manera torpe sin que yo lo supiera.

Ninguno de esos recuerdos es lo bastante grande tampoco.

Se deshacen entre los dedos igual que se deshace todo lo demás en esta habitación que ya no es una habitación.

—Mara —dice una voz que no es la de Kade ni la de la supervisora, una voz que nunca había escuchado dentro de un sueño, solo despierta, en una sala doce, apenas la noche anterior.

No la veo. No hay cuerpo, no hay cara, solo la certeza de que está ahí, en algún pliegue de esta red que nos une a todas las Warren compatibles que Kade, durante años, ha ido coleccionando.

Hay algo más en esta red, más lejos, más débil, como una luz vista desde demasiada distancia: una presencia que no es Elena y que tampoco es mía, apenas un pulso, casi apagado del todo.

No lleva mi apellido, pero la reconozco de todas formas.

Es Iris. Sigue ahí, en algún rincón de todo lo que Kade ha construido, incluso después de años de silencio.

Es una sensación extraña, sin ojos ni manos que la sostengan, y sin embargo es lo más parecido a que me abracen que he sentido en semanas.

—Mamá.

Es la primera vez que le digo esa palabra sin que me salga rota, sin que me pese como pesó en la sala doce. Aquí, dentro de esta red que no debería existir, es solo una palabra, simple, cierta, mía.

—No tienes que ganar esto sola —dice, con una claridad que no tenía cuando hablamos despiertas, como si dentro de esta red rota fuera, paradójicamente, más ella misma que en su propio cuerpo prestado—.

Llevo ocho años aprendiendo a resistir esto desde dentro.

Deja que te enseñe lo que a mí no me dio tiempo a usar.

—¿Por qué a ti no te dio tiempo?

—Porque nadie me avisó antes de entrar. Tú llevas varias semanas preparándote sin saberlo del todo, y eso, esta noche, va a ser la diferencia entre las dos.

Siento su presencia colocarse junto a la mía, dos pesos empujando en la misma dirección contra algo que hasta ahora había estado empujando yo sola.

El salón de Kade tiembla con más fuerza.

Su cara muestra, por fin, algo parecido al miedo real, no al miedo filosófico y calculado con el que habla de su propia muerte.

—Nada de esto tendría que estar pasando —dice, y ya no suena a un hombre que controla la situación.

—Nada de esto debería haber sido posible nunca —contesto, con la voz de las dos, la mía y la suya entrelazadas de un modo que no sabré nombrar cuando despierte, si es que despierto—. Y aun así aquí estamos.

Kade retrocede un paso, y en la sala de verdad, superpuesta, veo al hombre del maletín acercar la aguja nueva a mi cuello.

Quiero gritar que paren, que esperen, que hay una versión de esta noche donde nadie tiene que perder nada todavía, pero la boca que podría decirlo ya no sé si es la mía o la de la sala de al lado.

—Deténganlo —dice Kade, pero no sé a quién se lo dice, ni siquiera sé ya si me lo dice a mí, a la supervisora, o a la propia aguja que sigue acercándose sin que nadie parezca capaz de detenerla del todo.

Elena aprieta con más fuerza, un empuje que siento en algún sitio sin nombre entre las costillas y el fondo de los ojos.

—Cuenta las horas —dice, por última vez, con la voz partiéndose en dos, en tres, en más fragmentos de los que puedo seguir—. Cuenta las—