Capítulo 18
REESTRUCTURACIÓN
E ncontré a Dante en la cocina cuando llegué, con los deberes que nunca hacía desplegados como coartada y esa quietud suya de quien lleva un rato esperando sin querer admitir que espera.
No le hizo falta preguntar. Le bastó con mirarme la cara para saber que había encontrado algo, y le bastó con mirarme la cara un segundo más para saber que no era una buena noticia del todo.
—La encontré —dije, antes de que tuviera que preguntarlo—. Está viva.
Dante cerró el cuaderno despacio, como si necesitara las manos ocupadas en algo mientras procesaba la frase. No lloró. Llevaba meses sin llorar delante de mí, desde que había decidido que su trabajo en esta casa era sostenerme a mí tanto como yo lo sostenía a él.
No le conté lo del cuerpo que no era el suyo. No esa noche. Hay verdades que hay que servir en trozos más pequeños de lo que a uno le gustaría, y decidí que él se merecía primero el trozo que no dolía tanto.
—¿Vas a traerla a casa?
—Todavía no. Es complicado, Dante.
—Todo es complicado últimamente.
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La notificación llegó a las nueve de la mañana, con el mismo formato aséptico que llevaba usando el Instituto Priem para todo lo importante desde hacía dos años: un correo corto, un remitente genérico, un asunto que no decía nada y lo decía todo.
Reestructuración de recursos asistenciales — Programa Priem.
Lo abrí de pie, todavía con el abrigo puesto, y lo leí dos veces porque la primera vez mi cerebro se negó a procesar las palabras en el orden en que estaban escritas.
Debido a una revisión interna de elegibilidad, el paciente D. Warren queda reclasificado a lista de espera estándar, con efecto inmediato. Para más información sobre su caso, contacte con su gestor asignado.
Con efecto inmediato. No mañana, no en cinco días hábiles. Hoy. El mismo día que Kade tenía marcado en su calendario desde hacía una semana.
Se me cayó el teléfono al suelo, no porque los dedos me temblaran, sino porque durante un segundo entero dejé de sentir que tenía dedos.
Llamé a Ren antes de terminar de quitarme el abrigo.
—¿Tú sabías esto?
—Me acabo de enterar, Mara. Te lo juro. —Sonaba sin aliento, como si hubiera corrido hasta el teléfono—. Han debido de tirar del hilo después de lo de anoche. No sé cuánto saben. No sé si saben que fuiste tú.
—¿Y si lo saben?
—Entonces esto —dijo, y la palabra esto se quedó colgando, cargada de todo lo que no quería nombrar— no es más que el primer aviso. Y el segundo no va a llegar por correo electrónico.
—¿Puedes arreglarlo?
—No. Nadie por debajo de nivel cuatro puede tocar una reclasificación de elegibilidad.
Y las personas que tienen nivel cuatro no cogen el teléfono a auxiliares de contratación reconvertidas en agentes de anfitrionas.
—Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar la voz le salió más pequeña—.
Esto es un mensaje, Mara. Y va dirigido a ti, no a Dante.
Colgué sin despedirme. No porque estuviera enfadada con Ren, sino porque necesitaba las dos manos libres para llamar a Teo antes de que la rabia me quitara la capacidad de marcar bien un número.
—Lo sé —dijo él, en cuanto descolgó—. Me ha llegado un aviso interno hace veinte minutos. Sesión confirmada esta noche, veintidós horas, protocolo extendido. Nivel de prioridad máximo.
Cerré los ojos un instante, contando hacia atrás desde diez, una técnica que había leído en algún sitio años atrás y que nunca había funcionado del todo, pero que al menos me daba algo mecánico que hacer con la cabeza mientras el resto de mí se derrumbaba por dentro.
—Han vinculado el tratamiento de Dante a que yo firme.
—Lo sé —repitió, y esta vez el silencio que siguió dijo más que cualquier explicación técnica que me hubiera dado hasta entonces.
—¿Qué opciones tengo?
—Pocas, y ninguna buena. Puedes negarte.
Pierdes el contrato, pierdes la cobertura de Dante, y Synapsis tiene motivos de sobra para hacerte la vida imposible de otras cien maneras que ni siquiera hemos empezado a imaginar.
Puedes ir a la policía con la grabadora y lo de Elena, y probablemente termines como Iris antes de que nadie abra una investigación de verdad. O puedes entrar esta noche.
—¿Sabiendo lo que sé ahora?
—Con todo lo que has averiguado —dijo Teo—, que es exactamente lo que te hace más peligrosa para ellos de lo que has sido nunca, y exactamente lo que te hace más peligrosa para ti misma si entras sin un plan.
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Lena contestó al segundo tono, y no perdió tiempo en preguntar cómo estaba.
De fondo oí el mismo taller de siempre: pantallas, voces bajas, alguien moviendo cajas. La vida de La Grieta seguía adelante aunque la mía se hubiera detenido esa mañana.
—Se te acaban los diez días —dijo—. Y ahora me dices que Synapsis ha movido ficha primero. Eso lo cambia todo, Mara.
—Necesito que esperéis. Un día más. Voy a entrar esta noche, y si consigo algo de dentro, algo real, tendréis más de lo que habéis tenido en dos años.
—¿Y si no consigues nada?
—Entonces habré entrado igual, y al menos no habrá sido para nada.
—O no sales.
—O no salgo —admití—. Pero si no entro, pierdo a Dante de todas formas, solo que más despacio y sin haber conseguido nada a cambio.
Colgamos con un acuerdo que ninguna de las dos había pronunciado del todo en voz alta: veinticuatro horas más, y después, pasara lo que pasara conmigo, La Grieta lo sacaría todo a la luz.
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Teo vino esa tarde con la misma cajita gris que había usado para el grabador, solo que esta vez lo que sacó de dentro era más pequeño, más simple, casi decepcionante de lo pequeño que era para lo que se suponía que tenía que hacer.
—No va a grabar nada nuevo —dijo, antes de que le preguntara—.
Esto es distinto. Es un estabilizador. Experimental, sacado de los archivos más antiguos del programa, de antes de que lo prohibieran junto con lo de los mensajes grabados.
En teoría, ayuda al patrón neuronal propio a mantenerse más presente durante la fusión.
En la práctica, nunca se probó en nadie con tu nivel de compatibilidad, así que no sé si va a ayudarte o va a acelerar exactamente lo que queremos evitar.
Lo miré desde todos los ángulos, como si mirarlo lo suficiente pudiera decirme algo que Teo no sabía o no quería decirme. No dijo nada más. A veces el silencio de Teo era la información más honesta que me daba.
—¿Y aun así me lo estás ofreciendo?
—No te lo estoy recomendando. Te lo estoy enseñando. Hay una diferencia, y quiero que la notes antes de decidir. Te estoy dando la opción de decidir tú, en vez de dejar que decidan por ti otra vez. Es lo único que sé hacer ya.
Me lo puse en la palma de la mano. Pesaba menos que una moneda, y sin embargo sentí que sostenía algo mucho más pesado que cualquier objeto que hubiera llevado escondido en el cuerpo hasta entonces.
—Lo llevaré.
No hizo falta decir nada más. Los dos sabíamos que esa frase, dicha así, tan simple, era la forma más cercana que teníamos de despedirnos sin usar esa palabra.
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Me crucé con Yoli en el vestíbulo de la Casa de Descanso, antes de subir.
No le conté nada de lo de Dante, ni de la notificación, ni del estabilizador escondido.
Solo le dije que esa noche era distinta, y ella, que llevaba setenta y pico sesiones aprendiendo a leer lo que no se decía, no me preguntó más.
—Cuenta las horas —me dijo, como siempre, aunque esta vez me pareció que lo decía sabiendo, por fin, todo lo que esa frase había estado cargando sin que ninguna de las dos lo supiera del todo.
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Dante me esperó despierto, esta vez sin fingir que leía nada. Tenía el dibujo de la nave de Bruno pegado con celo a la pared, encima de la cama, como si hubiera decidido que ya no quería guardarlo en la mesilla.
—¿Qué tal va Bruno estos días? —pregunté, más por costumbre que porque de verdad tuviera espacio esa noche para una respuesta larga.
—Mejor. Le bajaron la dosis. —Se encogió de hombros, como si esa noticia perteneciera a una vida que ya no era del todo la suya—. Eso ya no importa ahora mismo, Mara.
—¿Es esta noche? —preguntó, sin rodeos, con esa costumbre nueva suya de no dejarme escapar detrás de una broma.
—Es esta noche.
—¿Y si no vuelves siendo tú?
Fue la pregunta que más miedo me había dado hacerme a mí misma, y él la hizo en voz alta como si fuera lo más natural del mundo, porque quizás, entre los dos, siempre había sido el que tenía menos miedo de nombrar las cosas.
—Entonces me reconocerás tú por mí —le dije—. Cuenta las horas, y si algo no encaja, no dejes que nadie te convenza de que sí encaja.
Dante asintió, muy serio, como quien acepta una tarea que preferiría no tener que cumplir nunca.
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Llegué a la Casa de Descanso Meridian Sur a las veintiuna cincuenta, diez minutos antes de lo habitual, porque descubrí que no soportaba la idea de esperar en ningún otro sitio esa noche.
El edificio, de noche, tenía esa iluminación quirúrgica que ningún otro edificio de la Zona Baja se podía permitir, y esa noche, después de todo lo que ya sabía, me pareció menos un lugar de trabajo que una trampa con muy buena decoración.
La supervisora de cumplimiento ya estaba dentro, tablet en mano, y una novedad que no formaba parte del protocolo habitual: dos hombres de traje, sin bata, de pie junto a la puerta, con el tipo de quietud que solo tienen las personas a las que pagan por estar preparadas para algo que probablemente no va a pasar.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
Ninguno de los dos me devolvió la mirada. Eso, más que cualquier otra cosa esa noche, fue lo que más miedo me dio.
—Seguridad adicional. Es una sesión de alta prioridad. —No me miró al decirlo, lo cual, a esas alturas, ya sabía que significaba que estaba mintiendo, o que estaba diciendo la verdad de una forma que le costaba sostener.
El técnico joven me colocó el parche con las manos de siempre, firmes, pero sin fingir que no nos conocíamos.
Me sostuvo la mirada un segundo entero, con los dos hombres de traje observando desde la puerta, y no dijo nada.
No hacía falta. Los dos sabíamos que esa noche, si algo salía mal, no iba a haber ninguna nota doblada que deslizar en un puño cerrado.
Me tumbé en la camilla con el pequeño estabilizador de Teo escondido donde nadie iba a pensar en mirar, y con la última imagen de Dante asintiendo todavía fresca detrás de los párpados.
Si esa noche no volvía siendo yo del todo, al menos volvería sabiendo que alguien, en algún sitio, iba a estar contando las horas por mí.