Huéspedes Capítulo 17
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Capítulo 17

SALA DOCE

E l pasillo de la tercera planta olía a antiséptico y a algo más antiguo debajo, algo que ningún producto de limpieza terminaba de tapar del todo.

Lena me esperaba junto a una puerta sin ventana, con el chico de la quemadura vigilando el fondo del pasillo y la mujer del maletín arrodillada junto a un panel eléctrico abierto.

Pasamos primero por la puerta de Iris, la que Lena había marcado antes por radio, y seguimos hasta el final del pasillo, contando puertas idénticas, todas con el mismo silencio grueso filtrándose por debajo.

Pensé, sin poder evitarlo, en cuántas de esas puertas escondían otro nombre tachado, otra familia que llevaba años creyéndose una mentira administrativa.

—Antes de entrar —dijo Lena, poniéndome una mano en el brazo, algo que no había hecho nunca—. El cuerpo que vas a ver no es el que recuerdas. No sé cómo prepararte mejor que diciéndotelo así, sin rodeos.

No entendí la frase hasta que abrí la puerta.

La sala doce es pequeña, blanca, con una sola cama y una ventana falsa que proyecta un cielo que nunca cambia. En la cama hay una mujer que no reconozco: más joven que mi madre, de otra complexión, con el pelo de un color que Elena jamás tuvo.

Durante un segundo entero pienso que Lena se ha equivocado de puerta, que este no es el sitio, que en algún momento vamos a encontrar la sala de verdad y esta mujer desconocida va a quedar atrás como un error administrativo más de un edificio lleno de ellos.

Entonces veo el brazalete de identificación en su muñeca. E. WARREN. Y debajo, un código que ya he aprendido a reconocer sin querer: el mismo formato que llevaba la tarjeta de la caja de latón.

—Esto no es ella —digo, en voz alta, a nadie en concreto—. Esta no es mi madre.

Lena entra detrás de mí, despacio, y cierra la puerta con el mismo cuidado con que se cierran las puertas de las habitaciones donde duerme alguien que no debe despertarse de golpe.

—Es su nombre. Es su brazalete. Y según ese historial médico que hemos podido leer por encima, es su patrón neuronal, verificado tres veces en los últimos ocho años.

—Lena habla bajo, con cuidado, como si cada palabra pudiera romper algo si la dejaba caer con demasiada fuerza—. Pero tienes razón. No es su cuerpo.

Me acerqué a la cama despacio, como si acercarme rápido pudiera romper algo todavía más frágil que el silencio. La mujer respiraba sola, sin máquinas visibles ayudándola, con un movimiento de pecho tan suave que tuve que mirarlo dos veces para confirmar que era real.

—¿Cómo es posible esto?

—No lo sabemos del todo. Nuestra teoría, con lo poco que hemos podido leer de su historial, es que la sesión de veinticuatro horas de hace ocho años no fue una extracción fallida sin más.

Fue una extracción que salió mal a mitad de camino.

Tu madre no volvió del todo a su propio cuerpo.

Y cuando ese cuerpo dejó de sostenerla, la trasladaron a este, el único que tenían disponible con compatibilidad suficiente para no dejarla desaparecer del todo.

No sabemos de quién era antes. El historial de esta habitación empieza el mismo día que termina el de tu madre, y no dice nada más.

Me arrodillé junto a la cama, buscando en esa cara desconocida algo, cualquier cosa, que me recordara a la mujer del parque de la fotografía.

No encontré nada. Los ojos cerrados, la forma de la nariz, el color del pelo: todo pertenecía a otra persona, a una desconocida que llevaba ocho años prestando su cuerpo sin haberlo firmado nunca.

—Mamá.

La palabra me salió rota, pequeña, del tamaño exacto que tenía cuando la usaba a los nueve años y no al que tenía ahora.

Nada. Ningún movimiento, ningún parpadeo, ninguna señal de que alguien allí dentro me hubiera oído.

Le cogí la mano —una mano ajena, con unas uñas cortadas por otra persona, con una cicatriz pequeña en el pulgar que no era de mi madre— y la sostuve de todas formas, porque la mano en sí ya no importaba tanto como lo que fuera que llevara dentro sosteniéndola desde el otro lado.

Y entonces, despacio, como quien se abre paso a través de agua muy fría, los párpados de la mujer temblaron.

Se abrieron unos ojos que no eran los de mi madre, de un color que mi madre nunca tuvo, y por un instante no hubo nada dentro de ellos salvo el vacío blanco y líquido que yo misma conocía demasiado bien de mis propias sesiones.

Después, algo cambió. Un enfoque. Un esfuerzo visible, casi doloroso de ver, como quien intenta levantar un peso que lleva años sin mover.

—¿Ma...? —La voz que salió de esa boca ajena era ronca, quebrada por el desuso, pero la cadencia, el ritmo exacto de esa media palabra, era inconfundiblemente suyo—. ¿Eres...?

—Soy yo. Soy Mara.

Los ojos ajenos se llenaron de algo que solo podía ser reconocimiento, un instante puro y completo antes de que la confusión volviera a nublarlo todo.

Quise memorizar ese instante entero, cada detalle de él, sabiendo que quizás no tuviera otro igual en mucho tiempo.

La luz de la ventana falsa. El peso exacto de su mano.

La forma en que, por un segundo, el mundo entero se redujo a las dos, sin Kade, sin Synapsis, sin ninguna de las cosas que llevaban ocho años decidiendo por las dos qué podíamos y qué no podíamos tener.

—Mara creció —dijo, con una sorpresa infantil que no encajaba con nada de lo que yo sabía sobre los últimos ocho años—. Mara tenía diecisiete. ¿Cuánto... cuánto tiempo?

—Ocho años, mamá. Han pasado ocho años.

Algo se quebró en su cara, un dolor que no supe si era por el tiempo perdido o por algo más profundo, algo que no tenía palabras todavía.

—Dante —dijo, de pronto, con urgencia, apretándome la mano con una fuerza que no encajaba con un cuerpo tan débil—. Dante tenía siete. ¿Está...?

—Está bien, mamá. Está conmigo. Está a salvo.

—¿Y tú? —preguntó, con una lucidez repentina que dolió más que la confusión de antes—. ¿Estás a salvo tú, Mara?

No supe mentirle. No a ella, no ahí, no con su mano temblando entre las mías.

—No del todo.

Algo se le rompió en la cara, una angustia tan pura y tan reconocible que por un momento fue, sin ninguna duda, cien por cien mi madre y nadie más.

—No dejes que te hagan lo que me hicieron a mí.

Pareció tranquilizarse durante un segundo entero. Y entonces, sin previo aviso, la cara se le vació otra vez, los ojos perdieron el enfoque, y cuando volvió a hablar la voz ya no sonaba a mi madre sino a alguien completamente distinto, con un acento que nunca le había oído usar.

—El inventario del tres no cuadra —dijo, mirando el techo, con una voz práctica y ajena que no tenía nada que ver con la pregunta sobre Dante de hacía diez segundos—. Hay que revisarlo antes de las siete.

Me quedé helada, con su mano todavía en la mía, sin saber a cuál de las dos mujeres que acababan de hablar debía responderle.

Detrás de mí, oí a Lena moverse, un paso atrás, el tipo de paso que da alguien que acaba de encontrar la prueba que llevaba tiempo persiguiendo y descubre que no la quería tanto como creía.

—¿Mamá? —probé, con cuidado, como quien llama a una puerta que ya sabe que puede no abrirse.

La cara ajena se volvió hacia mí de nuevo, y por un segundo largo no hubo nadie detrás de esos ojos, ni mi madre ni la mujer del inventario, solo el mismo vacío blanco que yo conocía de cada apagón.

Después, poco a poco, mi madre volvió a subir a la superficie, como quien nada de vuelta desde muy hondo.

—Perdóname —dijo, con la voz rota otra vez—. A veces ella también quiere hablar. No siempre puedo impedirlo.

—Mara —dijo Lena, desde la puerta, con la voz tensa de quien lleva un rato calculando riesgos que los demás no ven—. Tenemos que irnos. La seguridad hace ronda cada cuarenta minutos y ya hemos usado treinta y cinco.

—No puedo dejarla así.

—No podemos moverla esta noche. No sin arriesgarnos a matarla de verdad en el proceso, y no sin un plan mejor que la desesperación. —Lena bajó la voz, sin dureza esta vez—. Pero ahora sabemos que está viva. Eso no lo sabíamos hace una hora. Es más de lo que teníamos.

Me incliné sobre la cama una última vez. Los ojos de mi madre —porque decidí que seguían siendo suyos, sin importar de quién fuera el resto— habían vuelto a enfocarse, aunque con menos fuerza que antes, como una batería que se agota.

—Voy a volver —le dije—. Te lo prometo. Voy a encontrar la forma de sacarte de aquí.

Sonrió, un gesto pequeño y torcido en una boca que no era la suya, pero que en ese instante fue, sin ninguna duda, la sonrisa exacta que yo recordaba de una fotografía en un parque que ya no existía con ese nombre.

—Cuenta las horas —susurró, antes de que los ojos se le volvieran a cerrar—. Siempre cuenta las horas, Mara.

Salí de la sala doce con esas palabras clavadas más hondo que ninguna de las otras revelaciones de las últimas semanas, entendiendo por fin, con una claridad helada, de dónde había salido originalmente la advertencia que Yoli y Teo llevaban meses repitiéndome sin saber que la estaban heredando de alguien más.

Lena me sacó del edificio con una mano firme en el codo, como quien guía a alguien que ha dejado de confiar en sus propias piernas.

Nos detuvimos un segundo frente a la puerta de Iris, la primera que habíamos abierto esa noche, y por la rendija alcancé a ver un pie descalzo, quieto, bajo una manta demasiado fina para el frío que hacía en ese pasillo.

No entré. No hacía falta. Ya sabía, ahora, exactamente lo que iba a encontrar si lo hacía.

Cruzamos el pasillo, la escalera, el aparcamiento, en un silencio que ninguna de las dos rompió hasta llegar a la furgoneta.

Teo me vio la cara antes de que dijera una sola palabra y no preguntó nada. Simplemente abrió los brazos, y yo, que llevaba semanas sin dejarme abrazar por nadie más que Dante, dejé que lo hiciera.

—Está viva —dije, contra su hombro, con la voz todavía rota—. Pero no está bien. No sé si alguna vez va a poder estar bien del todo.

—Entonces vamos a encontrar la manera de que esté lo mejor posible. Viva ya es más de lo que teníamos esta mañana.

La furgoneta arrancó, alejándonos del edificio sin cartel, con Lena al volante y el resto del equipo en silencio detrás.

Miré por la ventanilla trasera hasta que el Centro de Continuidad Meridian Norte desapareció entre los otros edificios sin nombre de la Zona Norte, preguntándome cuántas salas más, con cuántos otros nombres tachados y sustituidos, habría detrás de esas mismas ventanas oscuras.

Cuatro días, había dicho Ren. Menos de cuatro, corrigió Dante. Ahora, con la voz de mi madre todavía en los oídos pidiéndome que contara las horas, ese número volvía a parecer una eternidad y un instante a la vez.