Capítulo 16
MERIDIAN NORTE
V olví al taller de Lena sin avisar, algo que ella misma me había prohibido hacer la primera vez que hablamos. Esta vez el chico de la quemadura en el cuello no me detuvo en la puerta trasera. Se limitó a abrirla y a decir, hacia dentro, un nombre que no era el mío.
Debía de tener instrucciones de dejarme pasar si alguna vez volvía sola, sin avisar, con la cara que seguramente tenía esa tarde. Nadie deja pasar así a un desconocido.
—Warren está aquí.
Lena salió a recibirme con los brazos cruzados y una expresión que decía, sin palabras, que todavía quedaban tres de los diez días que me había dado.
Antes de decir nada, miró hacia la puerta que yo acababa de cruzar, después hacia la de emergencia al fondo del taller.
El mismo conteo de salidas de siempre, tan automático que ya empezaba a preguntarme si Lena era capaz de entrar en una habitación sin hacerlo.
Detrás de ella, el mapa de la pared tenía más marcas rojas que la última vez. Conté al menos cuatro nuevas desde mi última visita, repartidas por zonas de la ciudad que ni siquiera sabía que existían.
—Se te acabó el plazo antes de tiempo —dijo—. ¿Vienes a rendirte o a colaborar?
—Vengo a pedir ayuda. Sé dónde puede estar Iris. Puede que también mi madre.
Eso cambió algo en su cara, una grieta rápida en la coraza que llevaba puesta desde el día que la conocí.
—Habla.
Le conté lo del Centro de Continuidad Meridian Norte, lo de Ren, lo de la tarjeta de Elena, todo excepto lo del apagón de la tarde anterior, que todavía no sabía cómo explicarle a nadie sin sonar a alguien que necesitaba que la encerraran también a ella.
—Conocemos ese edificio —dijo Lena, cuando terminé—. O lo conocíamos con otro nombre. Hace dos años perdimos el rastro de alguien cerca de esa zona. Nunca conseguimos confirmar qué había dentro.
—¿Podéis entrar?
Era la única pregunta que de verdad importaba, y la hice conteniendo el aire, como si la respuesta pudiera cambiar según cuánto la temiera.
—Podemos intentarlo. No es tan fácil como forzar una puerta trasera. Tiene seguridad privada, no de Synapsis, lo cual, como dijo tu amigo el técnico, es bueno y malo a la vez.
—¿Cómo sabes lo de Teo?
Se lo pregunté con más dureza de la que pretendía, todavía a la defensiva por la idea de que llevaba semanas siendo observada desde ángulos que ni siquiera podía haber sospechado.
Lena sonrió, sin humor, con la sonrisa de alguien que lleva dos años sabiendo más de lo que dice.
—Te dije que teníamos gente dentro de la agencia. Nunca dije que fuera solo una persona.
No insistí, aunque me quedé con la pregunta clavada en algún sitio para más tarde. Había demasiadas cosas urgentes delante como para gastar tiempo en una más.
—Tenemos menos de tres días —dije—. Quizás menos, si lo de ayer vuelve a pasar.
Le expliqué lo del apagón. Se lo expliqué entero esta vez, la chaqueta, el mensaje, la llamada que colgó al segundo tono. Lena escuchó sin interrumpir, con una atención que no le había visto usar antes, ni siquiera cuando hablamos de su hermana.
Cuando terminé, se quedó mirando el mapa de la pared un momento, como si estuviera recalculando algo en su cabeza que llevaba dos años dando por fijo.
—Eso lo cambia todo —dijo, cuando terminé—. Si Kade puede activarte fuera de sesión, no tenemos margen para planear con la calma que me gustaría. Vamos a entrar mañana por la noche.
—¿Mañana? Necesitáis más tiempo que eso para preparar algo así, ¿no?
—Normalmente sí. Pero normalmente no tenemos a alguien que puede convertirse en el problema en cualquier momento, sin avisar. Prefiero entrar mal preparados mañana que entrar bien preparados tarde.
•
Pasamos el día siguiente entero preparando lo poco que se podía preparar en tan poco tiempo.
Teo consiguió, de algún contacto que no quiso nombrar, un plano parcial y viejo del edificio, de cuando todavía figuraba en registros de construcción con un nombre distinto.
Lena reunió a tres personas más de las que ya conocía: el chico de la quemadura, una mujer mayor que no habló durante toda la reunión pero que llevaba un maletín con herramientas que no reconocí, y alguien joven que manejaba las cámaras de seguridad de la zona como quien maneja un juguete conocido.
El plano mostraba tres plantas y un sótano marcado, sin más explicación, como zona restringida. Nadie en la sala supo decirme qué había ahí abajo, y por la forma en que todos evitaron mirarme al decirlo, entendí que era mejor no insistir esa noche.
—Tú no entras —me dijo Lena, sin dejar espacio a discusión, cuando terminamos de repasar el plan por tercera vez—. Entramos nosotros. Tú esperas fuera, con Teo, por si necesitamos identificar a alguien que encontremos dentro.
—Es mi madre. Si está ahí dentro, tengo que ser yo quien la vea primero.
—Y por eso mismo no puedes ser la primera en entrar. Si te desmayas otra vez ahí dentro, sin nadie que sepa qué hacer contigo, nos pones en peligro a todos, incluida a ella.
No pude discutirle la lógica, aunque odiara cada parte de ella.
Antes de salir esa noche, me detuve en la puerta del cuarto de Dante. Estaba despierto, por supuesto, fingiendo leer el mismo libro de siempre.
—Si esto sale mal —empecé a decir.
—No sigas esa frase. —Cerró el libro, muy serio—. Ve. Encuéntrala. Vuelve. En ese orden, y sin la parte de en medio, no me sirve ninguna de las otras dos.
Le di un abrazo más largo de lo que solíamos darnos, del tipo que se da cuando ninguno de los dos dice en voz alta que podría ser el último, y salí antes de que se me notara demasiado en la cara.
•
El Centro de Continuidad Meridian Norte, visto de noche desde la furgoneta de Lena, parecía exactamente lo que Ren había dicho que era: un edificio con forma de hospital que llevaba mucho tiempo dejando de fingir que curaba a alguien.
Sin cartel. Sin luces en la mayoría de las ventanas.
Un aparcamiento con más cámaras que coches.
Ni siquiera el aire parecía normal alrededor de ese sitio, como si el edificio entero hubiera aprendido a callarse de la misma manera que llevaba años enseñándole a callarse a todo el que trabajaba dentro.
—Backup listo —dijo la chica de las cámaras, desde el asiento delantero de la furgoneta, con un portátil abierto sobre las rodillas—. Tenéis noventa segundos de ciego en la cámara sur antes de que el bucle se note. Usadlos bien.
Nadie me había explicado del todo cómo pensaban conseguir noventa segundos de ciego de una cámara en ese sistema de seguridad privado que ni siquiera Teo conocía bien, y decidí que esa noche no era el momento de empezar a hacer preguntas.
Vi a Lena y a los otros dos cruzar el aparcamiento agachados, casi invisibles contra el asfalto oscuro. Estaba en el lado seguro de algo peligroso, y lo odié con la misma fuerza con la que llevaba semanas queriendo estar precisamente ahí.
Teo, a mi lado, no apartaba los ojos de una radio pequeña apoyada en el salpicadero.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó, sin mirarme, con esa misma pregunta que llevaba hora y media repitiendo cada diez minutos.
—Con miedo. Pero soy yo la que tiene miedo. Eso ya es una victoria comparado con ayer.
Sonrió, apenas, sin dejar de vigilar la radio. Los minutos pasaron despacio, del tipo de despacio que solo existe cuando alguien a quien quieres está haciendo algo peligroso en un sitio que no puedes ver.
La radio crepitó al fin, con la voz de Lena, baja, tensa.
—Tercera planta. Encontramos habitaciones numeradas, no con nombres. Hay una lista pegada a la puerta de la sala de control, con iniciales y códigos. I. M. Compatible con lo que buscamos.
Iris Marín. Tenía que ser ella. El apellido completo de Iris nunca me lo había dicho nadie hasta ese momento, y me llegó de una forma tan indirecta, tan clínica, que casi no lo sentí como un nombre de verdad.
El corazón me golpeaba tan fuerte en ese momento que temí que Teo pudiera oírlo desde su asiento.
—¿La habéis visto? —pregunté por la radio, sin que nadie me diera permiso para usarla.
Un silencio. Después, la voz de Lena, más baja todavía, como si hablara para no despertar a alguien que llevaba mucho tiempo dormida.
—La hemos encontrado. Está viva, Mara. Respirando, con soporte mínimo. No reacciona a nada.
Cerré los ojos un momento, pensando en la bicicleta que Iris nunca llegó a comprar, en la risa que Teo describía como si todavía pudiera oírla. Viva no era lo mismo que a salvo. Pero durante ocho años yo había dado por hecho que las dos palabras significaban lo mismo.
No pregunté si se refería a Iris o si, en algún momento sin que yo lo supiera, había encontrado otras iniciales que hicieran juego con las que llevaba ocho años buscando. La respuesta llegó de todas formas, un segundo después, antes de que terminara de hacerme la pregunta entera.
—Hay otra habitación al final del pasillo. Sin lista en la puerta. Solo un código en la puerta: E.W., sala doce.
Ya tenía la mano en la manija de la furgoneta antes de terminar de procesar lo que acababa de oír.
—Voy para allá.
—Mara, no. —La voz de Teo, firme, con una mano ya sobre mi brazo—. El plan era así por una razón. Si entras ahora, sin que nadie sepa cómo vas a reaccionar al verla, y si esto dispara otro apagón como el de ayer, dentro de un edificio de seguridad privada, no vamos a poder sacarte.
—Es mi madre, Teo. Lleva ocho años en una sala con un número y unas iniciales en la puerta en vez de un nombre.
—Y va a seguir ahí exactamente igual dentro de diez minutos, cuando Lena confirme que la zona está despejada del todo. Diez minutos, Mara. Es lo único que te pido.
Los diez minutos más largos que había vivido en mi vida, incluidas las horas dobladas de cualquier sesión, pasaron con la radio en silencio y mi propio pulso como único sonido dentro de la furgoneta.
Teo me cogió la mano en algún momento de esos diez minutos, sin decir nada, sin que yo se lo pidiera. No fue un gesto romántico. Fue su forma de decir que hay silencios que es mejor esperarlos con alguién más.
Cuando por fin volvió a crepitar, la voz de Lena sonaba distinta. Más despacio, escogiendo cada palabra como quien está a punto de decir algo que no se puede deshacer una vez dicho.
—Zona despejada. Puedes venir. —Una pausa, corta, cargada—. Mara. Prepárate antes de entrar. No es... no es como esperabas.
Salí de la furgoneta antes de que Teo pudiera decir nada más, con las piernas más seguras de lo que tenía derecho a esperar después de diez minutos de terror puro, cruzando el mismo aparcamiento oscuro que había visto cruzar a Lena, hacia una puerta que alguien había dejado abierta para mí por primera vez en ocho años.