Capítulo 15
LAS MANOS QUE NO RECUERDO MOVER
D ía uno de cuatro. Pasé la mañana entera con Teo, marcando en un mapa impreso todas las rutas posibles hasta un edificio que no aparecía en ningún mapa de verdad, solo en el rumor de una llamada que Ren no debería haber escuchado.
Había dejado de confiar en cualquier cosa que dependiera de una pantalla conectada a algo. El papel, al menos, no podía avisar a nadie de que lo estábamos mirando.
—El Centro de Continuidad es un centro que no deja rastro —dijo Teo, señalando un punto en la Zona Norte que ni siquiera tenía un nombre de calle—, tiene su propia seguridad, separada de la de Synapsis.
Eso es bueno y malo a la vez. Bueno porque significa que Kade no controla directamente ese edificio.
Malo porque significa que no tenemos ni idea de qué nos vamos a encontrar dentro a nivel de seguridad.
Asentí, aunque llevaba media hora sin poder concentrarme del todo en el mapa. Tenía la nuca fría desde el desayuno, un frío que no se parecía al de un eco pero tampoco se parecía a nada que hubiera sentido nunca fuera de una sala de sesión.
—¿Estás bien? —preguntó Teo, notándolo antes de que yo misma terminara de admitirlo.
—Cansada. Nada más.
No era cansancio. Pero no tenía nombre para lo que era, así que dejé que Teo se lo creyera, y volví a casa a media tarde con la sensación de llevar algo pesado colgado detrás de los ojos.
Me crucé con Yoli en el camino, cargando la compra, y se paró en seco al verme la cara.
—Tienes cara de sesión, y creo que no te tocaba ninguna esta semana.
—Estoy bien.
—No te he preguntado cómo estás. Te he dicho la cara que tienes.
—Yoli dejó las bolsas en el suelo un momento, estudiándome con esa atención profesional que solo se afina después de setenta y pico sesiones—.
Escúchame. Si esto se está poniendo tan feo como parece, lo que deberías hacer es coger el dinero que ya tengas y desaparecer de Meridian una temporada.
No hay contrato que valga más que seguir siendo tú misma.
No pude prometerle que lo haría. Las dos lo sabíamos mientras ella recogía otra vez las bolsas y seguía su camino, y yo el mío.
Dante estaba en el Instituto Priem, en una revisión que se alargaba más de lo habitual. Tenía la casa entera para mí sola, un lujo raro que normalmente habría aprovechado para dormir de verdad.
En vez de eso, me quedé de pie en la cocina, mirando la nevera sin abrirla, con esa sensación exacta de estar esperando algo que no sabía nombrar.
El frío llegó de golpe, entrando por la nuca como llevaba semanas entrando, solo que esta vez no había ningún parche detrás de la oreja, ningún inyector, ninguna sala sin ventanas.
Solo estaba yo, de pie en mi propia cocina, sintiendo cómo el mundo empezaba a doblarse por los bordes exactamente igual que se dobla el techo de una sala de sesión.
Esto no debería estar pasando. No hay parche, no hay inyector, no hay contrato firmado esta semana. Intento agarrarme a la encimera y no sé si mi mano llega a tocarla.
Las luces de la cocina se portan mal, se doblan igual que se doblaron las de la sala la primera noche, y una voz que no es mía empieza a formarse en algún sitio detrás de mis propios pensamientos, no dentro de un sueño esta vez, sino aquí, despierta, de pie, sin nadie que me haya puesto a dormir primero.
Intento decir mi nombre en voz alta, como me enseñó Teo. Esto no es mío. Esto no es mío. La frase se deshace antes de terminar de formarla, como si alguien más estuviera decidiendo qué palabras me merecía terminar de pensar.
Y entonces no hay nada. Otra vez ese blanco que ya conozco demasiado bien, solo que esta vez nadie me lo advirtió, nadie iba a estar esperando fuera para contarme cuánto tiempo había pasado.
Volví en algún momento entre el blanco y el frío de una acera de verdad bajo las rodillas.
No estaba en la cocina.
Estaba de pie, o más bien a medio caer, en una calle que reconocí antes de terminar de reconocerme a mí misma: la entrada trasera de la Casa de Descanso Meridian Sur, la que usaban los técnicos para fumar entre turnos, a siete manzanas de mi casa.
Saqué el teléfono con manos que todavía no sentía del todo mías.
Las tres y veinte de la tarde. Había salido de casa, si es que había sido yo quien había salido y no otra cosa vistiendo mi cuerpo, a la una y cuarto.
Dos horas. Dos horas enteras caminando por Meridian sin que yo estuviera en ningún sitio dentro de mí misma para presenciarlo.
Me miré la ropa. Llevaba puesta una chaqueta que no recordaba haberme puesto, distinta a la que tenía en casa esa mañana. Más fina. Más cara. El tipo de chaqueta que yo jamás me compraría, y que sin embargo me quedaba exactamente bien, como si alguien hubiera sabido mi talla sin preguntármela.
Revisé el teléfono los dedos que todavía me temblaban. Un mensaje enviado a las dos y cuarenta, a un número que no reconocí, sin contacto guardado. Eran cuatro palabras, escritas con una ortografía cuidada que yo nunca usaba al escribir deprisa:
Todavía no está lista.
No recordaba haber escrito eso. No recordaba haber pensado eso. Y sin embargo, mirando la pantalla, sentí una certeza fría y ajena de que la frase era exacta, precisa, dicha por alguien que sabía perfectamente de qué estaba hablando.
Marqué el número, con el pulso disparado, más por necesidad de hacer algo que por un plan real. Sonó tres veces. Al cuarto tono, alguien descolgó sin decir nada, escuchó mi respiración durante dos segundos exactos, y colgó.
Volví a marcar. Número desconectado.
Llamé a Teo caminando, sin atreverme a quedarme quieta cerca de esa puerta trasera un segundo más de lo necesario.
—Necesito que vengas a mi casa. Ahora.
Se lo conté todo en cuanto abrió la puerta, atropellada, todavía con la chaqueta puesta porque no había querido quitármela sola, como si necesitara un testigo antes de decidir qué hacer con una prueba que no sabía si era peligrosa o solo extraña.
Teo no dijo nada durante un rato que se hizo demasiado largo. Cuando habló, lo hizo con la voz de alguien que ha estado evitando decir algo desde hacía días y ya no puede seguir evitándolo.
—Esto no debería ser posible sin sesión activa.
Un eco se filtra en sueños, en antojos, en gestos pequeños.
Nunca había oído hablar de una toma de control completa, fuera de sala, sin inyector, sin nada.
Si esto es real, Mara, significa que la fusión ya no depende de que tú entres a esa sala.
Kade puede alcanzarte estés donde estés.
Me quité por fin la chaqueta y se la di. Le dio la vuelta, miró la etiqueta interior, y algo en su cara se tensó todavía más.
—Esta tienda está en la Zona Alta. Nivel de precio que ni tú ni yo pagaríamos por una prenda.
—¿Crees que la compré yo? Con mi cuerpo, quiero decir. Con mis manos, con mi tarjeta.
—Creo que alguien la compró usando tu cuerpo como excusa. Eso es distinto a que la compraras tú.
No me hizo sentir mejor. Si acaso, lo empeoró: la idea de que otra persona hubiera entrado en una tienda, hubiera elegido una prenda, hubiera pagado con dinero que probablemente tampoco era mío rastreable de ninguna forma limpia, todo dentro de mi piel, mientras yo estaba encerrada tras un cristal que ni siquiera había sabido que existía esa tarde.
—Tenemos que adelantar lo del centro —dije—. No podemos esperar cuatro días si esto puede volver a pasar mañana, o esta noche, o mientras estoy hablando contigo ahora mismo sin saberlo.
—Si nos precipitamos sin un plan, podemos perder la única baza que tenemos: que todavía no saben que sabemos lo del centro.
—¿Y si mientras planificamos con calma vuelvo a desaparecer dos horas y esta vez despierto habiendo hecho algo que no se pueda arreglar con devolver una chaqueta?
Teo no tuvo respuesta para eso. Se quedó mirando la chaqueta doblada sobre la mesa, como si esperara que la prenda misma decidiera por los dos.
La puerta se abrió antes de que ninguno de los dos encontrara nada más que decir. Dante entró arrastrando la mochila, con la cara de quien ha tenido un día largo en el Instituto, y se paró en seco al vernos a los dos ahí, con una prenda desconocida sobre la mesa y las caras que teníamos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, mirando primero la chaqueta, después a mí, después a Teo, sumando las piezas con la misma velocidad con la que sumaba todo lo demás que nadie quería que sumara.
—Nada —dije, con la mentira ya gastada de tantas veces repetirla.
—No me mientas, Mara. No hoy.
Había algo en su voz que no le había oído nunca, ni siquiera en las peores noches del Instituto Priem: una firmeza que no pedía permiso.
Miré a Teo. Teo me miró a mí. Y en ese momento, algo cambió: decidí que la promesa de contarle a Dante lo que pudiera ya no significaba lo mismo que llevaba semanas significando.
—Siéntate —le dije—. Te lo voy a contar todo. Todo de verdad, esta vez.
Dante se sentó despacio, con la mochila todavía puesta, como si no se fiara de quedarse el tiempo suficiente para necesitar quitársela.
Empecé por el principio: la cicatriz de la cadera que no me hice yo. Terminé por el final, o por lo más parecido a un final que teníamos esa tarde: un mensaje que yo no recordaba haber escrito, a un número que no conocía, diciéndole a alguien que todavía no estaba lista.
Teo llenó los huecos técnicos que yo no supe explicar bien, con la voz más suave de la que le había oído usar nunca, como si hablarle a un chico de quince años sobre fusión neuronal exigiera un cuidado distinto al que usaba conmigo.
Cuando terminé, Dante no lloró, ni gritó, ni hizo ninguna de las cosas que yo había estado temiendo durante semanas que hiciera si algún día se enteraba.
Dejó pasar un silencio largo, mirando la chaqueta que no era mía, y después dijo la única frase que yo no había previsto entre todas las que había ensayado en mi cabeza para este momento.
—Entonces tenemos menos de cuatro días, no cuatro días enteros. Porque lo que sea que te está pasando no está esperando a que se cumpla el plazo.
Teo y yo nos miramos. Ninguno de los dos había pensado en decirlo con esas palabras exactas, pero Dante, con quince años y una enfermedad que le enseñaba cada día a medir el tiempo de otra manera, había llegado antes que ninguno de los dos a la única conclusión que de verdad importaba.
—Tiene razón —dijo Teo, en voz baja—. Vamos a tener que movernos como si el plazo fuera mañana, no dentro de cuatro días.
Esa noche dormí con la chaqueta ajena guardada en una bolsa, lejos de mi cuarto, como si pudiera contagiarme algo con solo estar cerca. No sirvió de mucho. Cerré los ojos sabiendo que ya no tenía ninguna garantía de que fueran a ser míos hasta la mañana siguiente.