Capítulo 14
DIECISIETE AÑOS
L a dirección que Ren me mandó no era ningun sitio que yo conociera: un banco, en un parque diminuto de la Zona Media, de esos que ponen entre dos bloques de oficinas para que los empleados tengan algo verde que mirar durante la pausa de la comida.
Llegué diez minutos antes. Ren ya estaba allí, sentada con las manos entre las rodillas, sin el pelo recogido tan tirante como siempre, vestida con ropa que no era la que usaba en la agencia. Parecía más joven así. Parecía, sobre todo, cansada de una manera que no tenía nada que ver con el sueño.
Me senté a una distancia calculada: ni tan cerca como para parecer que la perdonaba de antemano, ni tan lejos como para que pareciera que había venido a atacarla. No sabía todavía cuál de las dos cosas iba a hacer.
—Gracias por venir sola —dijo, sin mirarme, cuando me senté a su lado—. Lo digo en serio. No sé si yo habría tenido el valor.
Tenía el registrador de Teo en el bolsillo, ya encendido desde antes de salir de casa. No se lo dije. Después de ocho años de silencio, no le debía a Ren el beneficio de la duda sobre si merecía saber que la estaba grabando.
Una parte de mí, pequeña y todavía infantil e inocente, había esperado encontrarme con una villana clara, alguien a quien odiar sin complicaciones. La Ren que tenía delante, con las manos temblando ligeramente sobre las rodillas, no me lo iba a poner tan fácil.
—Empieza por donde quieras —dije—. Pero empieza.
Ren tardó tanto en hablar que un par de palomas llegaron a acercarse a nuestros pies, decidieron que no teníamos nada de comer, y se fueron otra vez.
—Tenía veintiséis años. Llevaba ocho meses en la agencia, en el peor puesto que existe: auxiliar de contratación, que es una manera bonita de decir que era yo quien iba a buscar a la gente que ya estaba lo bastante desesperada como para decir que sí a cualquier cosa.
—Se miró las manos—. Un día, mi supervisor me pasó un nombre.
Una mujer con dos hijos, sin pareja, con el sueldo justo para no deberle nada a nadie pero tampoco para ahorrar.
Perfecta, dijo él. Ese fue literalmente el adjetivo que usó. Perfecta.
—Elena.
—Elena Warren. —A Ren se le cerraron los párpados un momento, como si decir el nombre completo en voz alta le costara algo físico—.
La contraté para sesiones normales. Nada extraño, al principio.
Pero a los pocos meses empezó a subir de nivel más rápido de lo normal.
Compatibilidad excepcional, decía su ficha. Nunca supe con quién, hasta ahora.
—¿Nunca preguntaste?
—Al principio no. Después sí, y me dijeron que no era asunto mío. Y después de eso dejé de preguntar del todo, porque para entonces ya tenía miedo de la respuesta.
—¿Por qué debería creerte? —pregunté, más dura de lo que había planeado ser—.
Llevas dos años sentada al otro lado de esas cláusulas negras, cobrando comisión cada vez que yo firmaba algo que no podía leer entero.
Eso no suena a alguien que tenía miedo. Suena a alguien que decidió que el miedo pagaba mejor que la verdad.
Ren no se defendió. Encajó la frase entera, sin apartar la mirada, como quien lleva tiempo esperando que alguien se la diga en voz alta.
—Tienes razón en parte. Cobré la comisión. Todas las veces. Nunca he dicho que sea buena persona, Mara. He dicho que estoy intentando dejar de ser tan mala.
No fue una disculpa. Fue algo más incómodo que una disculpa: fue sincero.
Contra toda lógica, me dio rabia haberla creído tan rápido. Pero la creía. Había algo en la forma exacta en que no intentaba quedar bien que resultaba más convincente que cualquier defensa elaborada.
—¿Qué pasó el día que desapareció?
—Entró a una sesión de veinticuatro horas.
La más larga que había hecho hasta entonces.
—La voz de Ren se volvió más pequeña, como si tuviera que empujar cada palabra para que saliera—.
Nunca volvió a despertar del todo. O sí despertó, pero no como ella.
Cuando la vi dos días después, en un pasillo donde no debería haber estado, no me reconoció. Me miró como se mira a una desconocida.
El banco de madera pareció encogerse bajo el peso de las dos, aunque no se movió ni un centímetro.
—¿Está viva?
Ren no contestó enseguida, y ese silencio fue la respuesta más larga que me había dado en toda la conversación.
—No lo sé con certeza. La trasladaron esa misma semana a un centro que no aparece en ningún registro público. Yo dejé de tener acceso a su expediente al día siguiente de preguntar demasiado alto por qué una auxiliar de contratación había recibido instrucciones de reclutar a alguien tan específica.
—¿Específica cómo?
Ren se giró hacia mí, mirándome de frente al fin, con una atención que no me había dedicado en toda la conversación.
—El sistema no me pidió una mujer sola con dos hijos, Mara.
El sistema me pidió una mujer sola con dos hijos, uno de ellos una niña de diecisiete años con un perfil neuronal ya registrado en las revisiones escolares obligatorias.
Un perfil que coincidía, según el informe, en un ochenta y tantos por ciento con un patrón que llevaban años sin poder replicar.
Tardé en entender lo que me estaba diciendo, y cuando lo entendí, deseé no haberlo hecho. El parque, con sus dos árboles raquíticos y su banco de madera pintada, de repente parecía un decorado demasiado tranquilo para la conversación que estábamos teniendo.
—Me estás diciendo que me eligieron a mí primero.
—Te digo que te encontraron a ti primero.
Y cuando no pudieron acercarse a ti todavía, porque eras menor y el consentimiento habría sido imposible de conseguir sin preguntas, se conformaron con la siguiente mejor opción disponible en la misma casa: tu madre.
Como puente. Como manera de mantener a la familia dentro del radar hasta que tú fueras mayor de edad.
No podía respirar bien. Cada frase de Ren me quitaba un poco más de aire, como si la conversación entera fuera otra sesión de la que no había firmado salir.
—Entonces todo esto, mi madre, la lavandería, la desaparición... todo empezó porque yo tenía diecisiete años y un cerebro que le servía a alguien.
—Empezó así. No terminó ahí. Cuando cumpliste los dieciocho, esperaba que te acercaran directamente.
No lo hicieron. Creo que, después de lo de tu madre, incluso ellos se lo pensaron dos veces.
—Ren se frotó la cara con las dos manos, un gesto de agotamiento absoluto—.
Así que esperaron. Dejaron que la vida te empujara sola hacia el mismo sitio.
Las deudas médicas de tu hermano. La necesidad de dinero rápido.
No tuvieron ni que forzar nada. Solo tuvieron que esperar a que te presentaras tú misma en la puerta de una agencia de anfitrionas, como quien no sabe que ya lleva años en una lista.
—¿Y tú? —pregunté, con una rabia que me salió más fría de lo que esperaba—. ¿Tú estabas ahí, esperando también, cuando por fin me presenté?
—Pedí ser tu agente en cuanto vi tu nombre en la lista de solicitudes nuevas.
—Lo dijo sin defenderse, como quien ya ha decidido de antemano no buscar excusas—.
Pensé que si tenía que pasarte algo, prefería que pasara con alguien vigilandote de cerca antes que con cualquier otro agente que no supiera nada.
Pensé que podía protegerte un poco. Retrasar las cosas. Avisarte sin decirte por qué.
—Cuenta las horas siempre.
Ren me miró, sorprendida de que lo supiera.
—Eso no lo dije yo.
—No. Pero ahora entiendo por qué la primera anfitriona que conocí y el primer técnico que me trató bien me dijeron exactamente lo mismo. Alguien más sabía lo que me estaba pasando antes que yo, y decidieron avisarme con cuatro palabras en vez de contarme la verdad entera.
—No podía contarte la verdad entera, Mara. Firmé cláusulas de confidencialidad que hacen que esta conversación, la que estamos teniendo ahora mismo, sea motivo suficiente para que Synapsis me despida, me demande, y probablemente haga bastante más que eso.
—¿Y por qué la estás teniendo entonces?
Ren tardó un momento largo en contestar, mirando el parque vacío como si la respuesta estuviera escrita en alguna de las palomas que ya se habían ido.
—Porque ya vi lo que le pasó a tu madre por confiar en que el sistema tenía un límite razonable.
Y porque tengo dos hijas, Mara. La mayor tiene quince años.
—Se le quebró la voz, por fin, después de toda la conversación aguantando—.
Si algún día alguien viene a buscarla a ella con la misma palabra, compatibilidad, en la boca, quiero haber sido alguien que hizo algo, aunque fuera tarde y aunque fuera poco.
Me quedé mirando el parque, intentando encajar a esta Ren —asustada, honesta, con hijas que proteger— con la mujer que semanas atrás me había dicho, sin pestañear, que doce horas no era nada.
—Necesito un sitio por donde empezar a buscarla —dije—. Un nombre. Una dirección. Lo que sea.
—Solo tengo un nombre parcial. Lo oí una vez, sin querer, en una llamada que no debía estar escuchando.
Centro de Continuidad Meridian Norte. No aparece en ningún mapa público.
No es un hospital, aunque tiene forma de hospital.
Es donde envían a los que ya no pueden fingir que están bien, pero tampoco pueden morirse de forma que deje rastro.
Se me heló algo por dentro que no tenía nada que ver con el frío de la tarde.
—¿Es ahí donde está Iris?
Ren me miró con una sorpresa que confirmó, mejor que cualquier respuesta, que sabía exactamente de quién le estaba hablando.
—Probablemente. Es el único sitio de la ciudad con ese perfil.
Me guardé el nombre como me había guardado la tarjeta de Elena: en el bolsillo más cercano al cuerpo, como si la cercanía física pudiera protegerlo de desaparecer también.
—Hay algo más que tienes que saber —dijo Ren, ya de pie, con la voz otra vez casi profesional, como si necesitara ese registro para decir lo último—.
Vi el calendario de Kade esta mañana, antes de venir.
Ha pedido adelantar la cuarta sesión. La quiere para dentro de cuatro días, no dentro de dos semanas como estaba previsto.
—¿Por qué tanta prisa de repente?
—No lo sé. Pero si su patrón se parece en algo al de tu madre, cuatro días es justo el tiempo que necesitaría alguien que ha dejado de creer que le queda tiempo de sobra.
Se marchó primero, cruzando el parque con los hombros encogidos, como quien ha soltado un peso pero no ha dejado de sentirlo. Me quedé sola en el banco, con el registrador todavía grabando en el bolsillo.
Llamé a Teo antes de levantarme. Contestó a la primera, como llevaba haciendo un tiempo.
—Tenemos cuatro días —le dije, sin preámbulo—. Y un nombre nuevo: Centro de Continuidad Meridian Norte.
El silencio que siguió fue corto, pero denso, del tipo que hacen las personas cuando ya están calculando, en tiempo real, cuántas cosas hay que hacer bien en cuatro días para que todo salga bien de verdad.
—Es el mismo centro donde está Iris. Más nos vale empezar ya —dijo, por fin.
Colgué con ese nombre nuevo quemándome tanto como la tarjeta, y cuatro días exactos para decidir qué iba a hacer con todo lo que acababa de escuchar.